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El rol de los murciélagos en el surgimiento de nuevas enfermedades virales

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Marcela Orozco, investigadora del CONICET, explica por qué estos mamíferos voladores están en escena en la pandemia actual y qué impacto tuvo la actividad humana en anteriores epidemias con virus similares.
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Mucho se habló sobre los murciélagos como posible origen del coronavirus SARS-CoV2, que se diseminó en el mundo al pasar a los humanos y que produce la enfermedad nombrada como COVID-19. Marcela Orozco, es investigadora del Instituto de Ecología, Genética y Evolución de Buenos Aires (IEGEBA, CONICET-UBA), y estudia este tipo de surgimiento de enfermedades humanas para detectar estos “saltos” de especie, o saltos zoonóticos, en el contexto de las interacciones ecológicas.

Estos mamíferos particulares, únicos con capacidad de volar de manera sostenida, explica la científica, son considerados excelentes reservorios de virus. Es decir, habitualmente son capaces de mantener diferentes virus en su organismo sin enfermar. ¿Por qué los murciélagos son capaces de hacerlo? ¿Por qué ellos y no otras especies?

Mucho tiene que ver con la evolución de los murciélagos a poder volar. Mantener esa actividad hace que tengan un organismo en constante estrés fisiológico, que si no existiera una forma de atenuarlo, podría generarles un daño, porque habría moléculas oxidantes circulando permanentemente en su organismo.

“Lo que ocurre es que durante el proceso evolutivo los murciélagos lo que hicieron para poder volar, es mitigar el estrés oxidativo asociado a actividades metabólicamente costosas como el vuelo. Han logrado desarrollar mecanismos que actúan disminuyendo la inflamación y evitando la tormenta de citoquinas, un fenómeno que comparte el estrés y la respuesta inmunológica”.

A su vez, su respuesta inmune es capaz de controlar determinados virus “son capaces de mantener un delicado equilibrio entre la respuesta inmune antiviral y la respuesta inflamatoria, es un proceso súper eficiente, pueden controlar la replicación viral pero tienen bloqueados algunos mecanismos de la inflamación, entonces inhiben algunos procesos que podrían llevarlos a la muerte”.

Un sistema siempre atento

“En la mayoría de los vertebrados el proceso inflamatorio se desencadena cuando hay un estímulo. En el caso de los murciélagos, fue estudiado el funcionamiento de un interferón en particular, que está todo el tiempo alerta, y si bien tiene una respuesta más atenuada -por esta inhibición de las vías de inflamación- es una respuesta más rápida, porque está siempre encendido”.

“Esto a su vez obliga a los virus a replicarse más rápidamente para intentar ‘sobrevivir’, y a su vez, el hecho de que algunos virus puedan recombinarse, mutar y adaptarse a nuevas especies incrementaría su virulencia y patogenicidad”.

Las consecuencias de la degradación de ambientes

Cuando los ambientes silvestres son degradados, algunas especies pueden extinguirse, mientras que otras pueden desplazarse buscando nuevos ambientes más óptimos y en esa búsqueda muchas veces entran en contacto con animales domésticos y con los humanos, por ejemplo en entornos productivos. Esos animales domésticos terminan siendo los intermediarios y a veces los amplificadores de algunos virus, los que terminan acercándose a las personas.

“Este coronavirus que provocó la pandemia actual y se adaptó de alguna manera a los humanos, podría tener su origen en coronavirus de murciélagos. Se conocen coronavirus parecidos como el que provocó el SARS -síndrome agudo respiratorio- en 2003, por eso se postula que este podría tener un origen similar. Aún no se demostró este origen para COVID aunque todas las miradas están puestas ahí, justamente por las similitudes que hay”.

En la epidemia de 2003, el coronavirus que causó el SARS afectó parte de Asia y fue contenido con medidas de distanciamiento e higiénicas. Recién en 2017, se pudo identificar en colonias mixtas de murciélagos distintos coronavirus que entre sí daban origen al que originó SARS, es decir, sus ancestros directos.

En algunos casos, aclara la investigadora, se observa que existe un hospedador intermediario, una especie que media entre los murciélagos reservorio de virus y el humano. Aquí, en la transmisión influye el manejo de las especies para consumo, la venta ilegal y los también los desplazamientos que se dan como consecuencia de la degradación del medioambiente. Por ejemplo, en los mercados de animales, el hacinamiento de distintas especies domésticas y silvestres que terminan compartiendo patógenos es un factor de riesgo que propicia la transmisión.

“En el caso de SARS se postula que los hospedadores intermediarios fueron las civetas, para el caso de MERS [el coronavirus que produjo la epidemia de 2012 en Oriente Medio] se conoce que los dromedarios son los reservorios del virus. Para el COVID aún no se sabe si hubo un hospedador intermedio, y se postula que podría ser el pangolín, pero realmente aún es un gran interrogante”.

“Lo que nos hace pensar que debería existir un hospedador intermediario es que, justamente, en el momento en que ocurre el brote, los murciélagos de la especie a la que se está apuntando, estaban hibernando. Debería haber sido difícil que esos murciélagos hubieran provocado un salto directo a las personas. Por eso se piensa en un otro vertebrado que haya funcionado como nexo, entre lo que sucede en los ambientes naturales y lo que pasa en los mercados de China”.

“En el caso de los dromedarios, es más cultural, porque la convivencia entre humanos y dromedarios, en Medio Oriente y África es alta, ya que acompañan a las personas en ceremonias religiosas y también son parte de actividades productivas. Hay épocas del año en las que, especialmente desde la zona que se conoce como Cuerno de África, se nueve una gran cantidad de dromedarios durante distintas actividades; dentro de Medio Oriente las peregrinaciones multitudinarias mueven conjuntamente personas y animales, y el contacto es estrecho”.
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ETIQUETAS • Covid-19, Coronavirus, Salud
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Este es el tiempo que dura el SARS-CoV-2 en diversas superficies


Científicos de EE UU han analizado cuánto permanece el nuevo coronavirus en varios materiales de uso común. En los aerosoles del aire son estables hasta tres horas, cuatro horas en el cobre, un día entero en el cartón y hasta dos o tres días en el plástico y el acero inoxidable.
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Virus SARS-CoV-2 (en amarillo) emergiendo de células (rosadas y azules) cultivadas en el laboratorio.
Imagen vista con el microscopio electrónico de barrido y virus aislados de un paciente en EEUU. / NIAID-RML
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El virus que causa la enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) es estable durante varias horas o días en aerosoles y diversas superficies, según el estudio que acaban de publicar en The New England Journal of Medicine un equipo de científicos de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), la Universidad de California en Los Ángeles y la Universidad de Princeton en EEUU.

Los autores han imitado lo que sucede cuando una persona infectada deposita el coronavirus sobre materiales cotidianos del hogar y los hospitales, como puede ocurrir al toser o tocar objetos. Para ello han utilizado muestras reales del patógeno.

Así han llegado a la conclusión de que SARS-CoV-2, responsable del síndrome respiratorio agudo grave, se detecta en aerosoles (las partículas en suspensión del aire) durante un tiempo máximo de tres horas, hasta cuatro horas en el cobre (presente en muchas monedas), hasta 24 horas en el cartón y hasta dos o tres días en el plástico y el acero inoxidable.

Estos resultados proporcionan información clave sobre la estabilidad del virus que está causando una pandemia, y confirma que las personas pueden adquirirlo a través del aire y después de tocar objetos contaminados.

Una estabilidad similar a SARS-CoV-1

Los científicos de los NIH, en las instalaciones del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas en Montana, compararon cómo el ambiente afecta a SARS-CoV-2 en relación a su antecesor el SARS-CoV-1, causante del SARS, empleando muestras de los dos tipos.

El SARS-CoV-1, al igual que su pariente actual, también surgió en China, e infectó a más de 8.000 personas entre 2002 y 2003. Sin embargo, fue erradicado en 2004 gracias al seguimiento intensivo de contactos y a las medidas de aislamiento de las personas contagiadas.

En el nuevo estudio de estabilidad, los dos coronavirus se comportaron de manera similar, lo que desafortunadamente no explica por qué COVID-19 se ha convertido en un brote mucho más grande.

Propagación asintomática del virus

Los autores también destacan otros aspectos de sus observaciones. Por ejemplo, se preguntan por qué hay más casos de SARS-CoV-2. Las evidencias sugieren que las personas infectadas ahora podrían estar propagando el virus sin reconocer, o incluso antes de reconocer, los síntomas. Esto haría que las medidas de control de enfermedades que fueron efectivas contra el SARS-CoV-1 lo sean menos contra su sucesor.

Además, a diferencia del SARS-CoV-1, la mayoría de los casos secundarios de transmisión de SARS-CoV-2 parecen estar ocurriendo en ambientes comunitarios en lugar de sanitarios. Sin embargo, los entornos hospitalarios también son vulnerables a la introducción y propagación del nuevo coronavirus, cuya estabilidad en aerosoles y superficies probablemente también contribuye aquí a su transmisión.

Por otra parte, el estudio reafirma las recomendaciones que dan los profesionales sanitarios ante la gripe y otros virus respiratorios. Aunque la población está cada vez más concienciada, se insiste en las medidas para prevenir la propagación del SARS-CoV-2: evitar el contacto cercano con personas infectadas; no tocarse los ojos, la nariz y la boca; quedarse en casa cuando estás enfermo (y ahora también cuando no); toser o estornudar en el codo y usar pañuelos desechables que se tiran a la basura; y limpiar y desinfectar objetos y superficies que se tocan con frecuencia.
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Referencia | N van Doremalen, et al. Aerosol and surface stability of HCoV-19 (SARS-CoV-2) compared to SARS-CoV-1. The New England Journal of Medicine. DOI: 10.1056/NEJMc2004973 (2020).
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FUENTE | Agencia SINC
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ETIQUETASSaludInvestigación

En busca de los orígenes del virus que ha puesto en jaque a todo el planeta


El SARS-CoV-2 no ha sido fruto de una manipulación contra las grandes economías gestada en un laboratorio. Los científicos ya han comprobado que se originó por procesos naturales y probablemente se transmitió a las personas desde los murciélagos pasando por diferentes especies. Aún no saben si se convirtió en patógeno para los humanos después de habernos contagiado. Si ese paso sucedió antes, en un animal, la posibilidad de que se produzcan más brotes en el futuro aumentaría.
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Image by Konstantin Kolosov from Pixabay
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Cuando el pasado 31 de diciembre se hicieron públicos los primeros casos de una extraña neumonía en Wuhan (China), la comunidad científica supo que se enfrentaba a un virus desconocido. Tras la secuenciación del genoma, los investigadores chinos dedujeron que se trataba de un nuevo coronavirus, en concreto el SARS-CoV-2, también llamado HCoV-19.

De los siete coronavirus que conocemos, el nuevo virus es, junto al SARS-CoV-1 (que causó una epidemia en 2003 en China) y MERS-CoV (que generó un brote en 2012 en Arabia saudí), uno de los más mortíferos causando problemas respiratorios graves, en especial a pacientes con patologías previas.

Hoy la enfermedad actual del COVID-19 ha alcanzado en tres meses a unas 220.000 personas en todo el mundo y ha provocado la muerte a unas 9.000 personas, sobre todo en China e Italia, lo que ha obligado a tomar medidas drásticas para frenar la pandemia.

Para los científicos es vital desentrañar el origen del virus, por eso trabajan desde el primer momento con los datos genómicos ya obtenidos. Un equipo del Scripps Research Translational Institute en La Jolla, EEUU, con el investigador Kristian G. Andersen a la cabeza, ha publicado en la revista Nature Medicine los probables escenarios por los cuales podría haber surgido y refuta las teorías conspirativas sobre su aparición.

“Nuestros análisis muestran claramente que el SARS-CoV-2 no es una construcción de laboratorio o un virus manipulado a propósito”, revelan en el trabajo los autores, que han analizado las principales características del virus comparando seis genomas: tres de murciélago, el SARS humano, el del pangolín y el SARS-CoV-2.

El equipo de Andersen, director de Genómica de Enfermedades Infecciosas, comparó los datos disponibles de la secuencia del genoma para las cepas conocidas de coronavirus, y determinó “firmemente que el SARS-CoV-2 se originó a través de procesos naturales”, indica Andersen, referente mundial sobre epidemiología y evolución de los virus.

Un virus imperfecto

Al analizar el genoma de un virus que no ha ni evolucionado ni cambiado mucho desde que salió de Wuhan, los científicos se centraron, entre otros rasgos del virus, en las proteínas de espícula, unas armaduras en su exterior que le permiten agarrarse y penetrar las paredes exteriores de las células humanas y animales, y que están directamente implicadas en la penetración en la célula, a través de un receptor conocido como ACE2.

Pero se fijaron en especial en dos características importantes de esta proteína de espícula: el dominio de unión al receptor (RBD, por sus siglas en inglés), un tipo de gancho que se adhiere a las células huésped; y el lugar de escisión o transposición, una especie de abridor de latas molecular que permite que el virus abra y penetre las células anfitrionas.

En su estudio, el equipo quiso determinar la probabilidad de que la estructura de esta proteína del virus encajara en ese receptor. “Entonces observaron que esta encaja bastante bien, pero no es perfecta”, manifiesta a SINC Fernando González Candelas, catedrático de Genética de la Universidad de Valencia e investigador de FISABIO.

Al analizar esa “construcción” dentro del virus constataron que tenía fallos. De ser manipulado genéticamente, esas estructuras deberían tener otras características para ser mucho mejores, pero el virus no las tiene. “Su diseño no es el que haría un ingeniero con el objetivo de crear un virus que provoque una pandemia”, indica González Candelas.

Un virus que hubiera sido creado en laboratorio no tendría los desajustes que se observan en SARS-CoV-2. “Partimos de la idea de que si haces una manipulación para conseguir un determinado objetivo lo que vas a intentar directamente, como todo buen ingeniero, es que tu producto sea el mejor posible”, explica el experto.

Además, la hipótesis de la evolución natural del virus fue respaldada por datos sobre la estructura molecular general del SARS-CoV-2, que de ser manipulada hubiera podido construirse a partir de la de otro virus que se sabe que causa enfermedades. Pero no fue así. Según el estudio, su estructura molecular difería sustancialmente de las de los coronavirus ya conocidos y se parecía más a la de virus relacionados que se encuentran en murciélagos y pangolines.

“Ha sido el proceso azaroso de la evolución que ha permitido al virus desarrollar una estructura de la espícula y de otras características que le permite invadir células humanas. Al estar en contacto con humanos ha provocado una infección y luego posteriores infecciones que han dado lugar a la epidemia”, subraya el investigador español.

¿De dónde viene el SARS-CoV-2?

“Cualquier patógeno viral para los humanos sale de la nada. En teoría, un virus antiguo de un reservorio natural se convertirá en patógeno viral para el ser humano a través de muchos huéspedes intermedios”, apunta a SINC Zhigang Zhang, investigador en el Laboratorio Estatal clave para la Conservación y Utilización de Recursos Biológicos en la Universidad de Yunnan (China) y autor de un estudio publicado en Current Biology.

Según Zhang, el salto directo de los anfitriones originales al humano rara vez ocurre. “Por lo tanto, encontrar el reservorio natural es de gran importancia para detener la propagación del virus”, constata el experto. “De hecho, los animales, incluidos los humanos, tienen muchos virus dentro de su cuerpo y la mayoría son inofensivos para sus anfitriones”, continúa.

La respuesta sobre el origen del virus es aún incierta y los científicos barajan varios escenarios. El primero de ellos es que el virus pudo evolucionar a través de la selección natural en un huésped no humano y luego saltó a estos, como ocurrió en otros brotes con las civetas para el SARS y los camellos para el MERS.

En el caso de SARS-CoV-2, como sucede con otros coronavirus, el reservorio más probable son los murciélagos (Rhinolophus affinis), por la similitud con los virus del propio animal. Pero no existen casos documentados de transmisión directa murciélago-humano. Ahí intervendría un huésped intermedio, que posiblemente estuvo relacionado con murciélago y humanos.

“El murciélago sería el huésped primario u original, por comparación con los coronavirus de murciélago ya conocidos y que estén emparentados con ellos”, recalca Fernando González Candelas de la UV. Para el científico, el nuevo virus es el que se parece más a los coronavirus de estos animales, aunque “aún no se haya aislado el virus más próximo a él”. Pero también aparecen diferencias.

Para entenderlo, el experto pone el ejemplo de una escalera. “Es como querer saltar un escalón de un metro y pensar que de un salto no puedes subirlo. Necesitas dos o tres escalones intermedios, difíciles cada uno, pero posibles. Es cuestión de tiempo que se consiga pasar de la base al escalón superior”, ilustra.

Escenario 1: el pangolín como salto intermedio

En esa etapa intermedia de murciélagos a humanos, el virus habría pasado por algún huésped, cuya selección natural le habría predispuesto a infectar a humanos, “simplemente porque los receptores son lo suficientemente parecidos como para que luego al saltar a humanos sea mucho más sencillo”, dice González.

En este escenario, las diferentes características del virus habrían evolucionado a su estado actual antes de penetrar en humanos. Como señalan en el estudio de Nature Medecine, la epidemia actual habría surgido en cuanto los humanos se habrían infectado. El virus convertido ya en patógeno habría estado listo para propagarse entre las personas.

En el trabajo de Zhang se plantea la posibilidad de que este huésped intermedio sea el pangolín por las muestras de pulmón analizadas y en las que se detectó por primera vez la existencia de un CoV similar al SARS-CoV, coincidiendo con el inicio de la epidemia. “Conjeturamos que los pangolines malayos muertos pueden llevar un nuevo CoV estrechamente relacionado con el SARS-CoV-2”, recalcan en el estudio de Current Biology.

Según detalla a SINC el investigador chino, el camino de la infección que ha provocado el brote sería el siguiente: en la base estaría el murciélago (con resistencia o levemente susceptible al virus), seguido de múltiples especies cruzadas, entre las cuales el pangolín podría ser una víctima y susceptible al virus, antes de llegar al humano, aún más susceptible al virus y en contacto con animales para la obtención de herramientas, alimentos, caza y otros usos, incluidos los comercios ilegales.

A pesar de los hallazgos, ante la imposibilidad de realizar más experimentos a falta de la muestra original, el equipo chino recalca que aún se debate si las especies de pangolín son buenas candidatas para el origen del SARS-CoV-2.

“Teniendo en cuenta la amplia propagación de SARS-CoV en reservorios naturales, como murciélagos, camellos y pangolines, nuestros hallazgos serían significativos para encontrar nuevos huéspedes intermedios de SARS-CoV-2 para bloquear la transmisión entre especies”, concluyen.

Según González Candelas, el virus va expandiéndose en todo tipo de organismos a los que puede infectar. “El pangolín sería otro, no solamente en la escalera que llega al humano, pero en una escalera colateral cuyo final no sabemos cuál es”, añade, teniendo en cuenta que "la evidencia que existe no es lo suficientemente fiable o robusta como para dar eso por aceptado".

Escenario 2: desarrollado en humanos

El otro escenario que explicaría el origen del SARS-CoV-2 es que, sin descartar los escalones intermedios, una versión no patógena del virus pudo saltar de un huésped animal a los humanos, pasando desapercibida, y evolucionar a su estado patógeno actual dentro de la población humana.

Así, para explicar por qué este virus funciona tan bien en humanos, el equipo de Kristian Andersen sugiere que el último paso sucede en nuestro organismo cuando la proteína de espícula evoluciona ya en un huésped humano. “La última fase, la que de verdad hace que este virus sea muy infectivo en humanos, habría permitido que el virus se haya adaptado a humanos en humanos primero”, declara González Candelas.

“A partir de ese momento, al pasar de humano a humano, el ajuste es mucho mejor”, señala el investigador español. De este modo, a las personas a las que les llega el virus todavía no muy bien adaptado a humanos no sufren demasiada enfermedad. “No tienen una sintomatología que llame la atención ni desarrollan neumonía, pero el virus en ellos se adapta”, indica el experto.

Una vez adaptado, con los mecanismos de infección que conocemos, puede haber pasado a otro humano. “En ese momento se iniciaría la cadena de transmisiones que da lugar a la epidemia”, dice González Candelas.

Pero para los científicos aún es difícil, si no imposible, saber cuál de los escenarios es el más probable en el caso del SARS-CoV-2. Lo que sí saben es que, si el virus llegó a los humanos en su forma de patógeno actual desde una fuente animal, la posibilidad de que se produzcan más brotes en el futuro aumentaría porque la cepa que causa la enfermedad podría seguir circulando entre los animales.

Sin embargo, según el coautor del estudio de Nature Medecine, Andrew Rambaut, de la Universidad de Edimburgo, las posibilidades de que se produzca otra epidemia disminuyen si un coronavirus no patógeno entra en la población humana y luego desarrolla propiedades similares al SARS-CoV-2.
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FUENTE | Agencia SINC
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ETIQUETASSociedadSalud

La Covid-19 y el lado oscuro de la promiscuidad de la vida


Juli Peretó, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universitat de València y vicedirector del Instituto de Biología Integrativa de Sistemas I2SysBio, escribe en el ESPECIAL COVID-19 de Mètode sobre la coexistencia de los humanos con el resto de la naturaleza y qué podemos aprender de la pandemia para futuras ocasiones.
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Hace unos 4.000 millones de años apareció la vida. Quizás en un charco de aguas templadas, como soñó Charles Darwin, unas burbujas moleculares empezaron a hacer copias de sí mismas. Así emergía una continuidad histórica, una transmisión vertical de padres a hijos, de las instrucciones genéticas de estos sistemas primitivos. Pero pronto existieron intercambios de información entre diferentes linajes, transmisiones horizontales de genes.

Las transmisiones genéticas vertical y horizontal son dos caras de la misma evolución. La vertical es un pilar fundamental de la teoría propuesta por Darwin, lo que él denominó «principio de divergencia». Esta transferencia genealógica de información genética es la base de la relación arborescente de los seres vivos entre sí: cualquier linaje evolutivo está emparentado con otro a través de un antepasado común situado en el punto de divergencia de las dos ramas que llevan a ellos. Gracias a las técnicas de secuenciación y análisis computacional de genes y genomas podemos ir mucho más allá que Darwin. Hoy extendemos esta biología comparada a cualquier ser vivo, incluyendo los organismos unicelulares más simples o procariontes (arqueas y bacterias). La gran conjetura de Darwin queda confirmada a través de la lectura filogenética de los genomas: toda la vida terrestre comparte un antepasado común universal o LUCA (por las siglas en inglés).

La transferencia horizontal de genes y genomas forma parte de la naturaleza de las cosas y, como no podría ser de otra manera, del canon contemporáneo de la biología evolutiva. Lynn Margulis contribuyó, en la segunda mitad de siglo pasado, a que aceptemos con naturalidad que además de la transferencia vertical de información genética, la vida es promiscua y, con mucha soltura, intercambia información entre linajes. A veces, esto pasa entre organismos muy alejados evolutivamente, como en el origen de las células complejas con núcleo, o eucariontes, cuando una bacteria y una arquea unieron sus destinos y generaron una diversidad de seres complejos que incluyen, entre otros muchos, los hongos, las plantas y los animales.

Desde la profundidad de los tiempos geológicos, toda esta evolución celular, procariótica y después eucariótica, ha sido acompañada por los virus, un universo de entidades evolutivas con la habilidad de entrar en las células, parasitar su maquinaria metabólica y hacer copias de sí mismas. Quizás desde LUCA, si no antes, este intercambio de genes a través de virus acompañó la evolución celular: se conocen virus de arqueas, bacterias o eucariontes y constituyen una diversidad fabulosa (la virosfera o el viroma) todavía muy poco explorada.

Los virus han tenido un papel crucial en la evolución, como atestiguan las improntas que han dejado incrustadas en los genomas celulares. El genoma humano contiene tres veces más de secuencias de origen vírico que de genes humanos. Pero también queremos saber de los virus como causantes de enfermedades, en humanos y en muchos organismos que nos interesan, como son las plantas y los animales domesticados. Si hay algo que tienen en común los virus es una extraordinaria capacidad de mutar. Los virus acumulan cambios genéticos a gran velocidad, a veces moviéndose al filo de su extinción. En esta exploración de diversidad, los virus pueden «aprender» a saltar de una especie a otra. Para eso, tiene que coincidir que el virus acumule mutaciones que le permitan reconocer las células de otra especie, pero, obviamente, que haya también un contacto físico entre individuos de las diferentes especies. En el caso de los humanos, se habla de zoonosis cuando se produce el salto desde otra especie animal a la nuestra, lo que da lugar a la emergencia de una nueva enfermedad humana. Esta enfermedad emergente puede adquirir proporciones epidémicas si el virus también consigue una buena transmisión entre humanos.

Del mismo modo que en la década de 1960 se erradicaron en Nueva Guinea las prácticas endocaníbales responsables de la transmisión de una enfermedad infecciosa neurológica grave transmitida por unas proteínas llamadas priones (el kuru), nos podemos preguntar si la promiscuidad humana con animales salvajes, asociada a determinadas costumbres o con la depredación de los ecosistemas, se podría eliminar para reducir el riesgo de zoonosis. La convivencia de humanos con aves en el sudeste asiático, el mercadeo de primates no humanos en el África tropical o el tráfico de una diversidad enorme de animales salvajes asociados a las tradiciones culinarias y médicas asiáticas son el escenario de zoonosis descritas en las últimas décadas. Un estudio reciente muestra la correlación entre la sobreexplotación de los ecosistemas, con la consiguiente pérdida de biodiversidad, y la emergencia de nuevas enfermedades virales (Johnson et al., 2020). Y está muy demostrado el origen zoonótico de muchos virus, como el causante del sida, el virus del Ébola, o los que provocan dolencias respiratorias, como el síndrome respiratorio agudo grave (SARS).

El nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), causante de la pandemia de COVID-19, es el resultado de la evolución natural a partir de coronavirus presentes en la fauna salvaje, como muestra el estudio detallado de su genoma, que deja como una opción muy improbable que sea el resultado de experimentos de laboratorio (Andersen, Rambaut, Lipkin, Holmes y Harry, 2020). A pesar de las dudas que todavía existen, las pistas científicas actuales señalan el mercado de marisco de Huanan, en Wuhan, como el foco de las primeras infecciones: dos tercios de los primeros 41 pacientes hospitalizados habían estado en el mercado. En este mercado, la amalgama de humanos y animales salvajes era espectacular. El SARS-CoV-2 está emparentado con coronavirus de murciélagos, pero su salto desde el pangolín malayo está bajo sospecha. Varias especies de pangolín están amenazadas y son objeto del mayor tráfico ilegal de animales en Asia. Los murciélagos, por su parte, hace tiempo que se han reconocido como grandes reservorios de virus zoonóticos, y en particular de coronavirus, en varias partes del planeta (Calisher, Childs, Field, Holmes y Schountz, 2006).

El Fondo Mundial por la Naturaleza (WWF) ha reclamado el cierre de todos los mercados que se nutren del tráfico ilegal de animales salvajes. El 24 de febrero de 2020 el gobierno chino anunció la prohibición del consumo de animales salvajes no acuáticos para la alimentación (la gastronomía Ye wei, un esnobismo entre la pujante clase mediana-alta china). Sin embargo, todavía se permite su comercio relacionado con la medicina tradicional, una ventana a través de la cual quizás se cuele alguna otra pandemia del futuro. Por supuesto, el uso presuntamente «medicinal» de las escamas de pangolín o de los excrementos de murciélago no ayudarán a evitarlo.

La humanidad del Antropoceno afronta retos fabulosos, como la crisis climática o la emergencia de nuevas enfermedades que, embarcadas en aviones, se globalizan rápidamente. Cómo afirma Sir Martin Rees (2018), no tenemos dónde escondernos si hay una pandemia o un colapso económico o del suministro de alimentos. Para afrontar estos retos es necesario repensar muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, de nuestras escalas de valores, de nuestras prácticas económicas y culturales, en fin, de nuestra coexistencia con el resto de la naturaleza y, especialmente, de nuestro respeto por los animales no humanos. La vida es promiscua y esto ha modelado la biodiversidad a lo largo de la evolución, incluyendo a los humanos. Pero nuestra responsabilidad como especie consciente es evitar que el lado oscuro de esta promiscuidad provoque daños y dolores evitables. Aprendamos de la pandemia de COVID-19 para anticiparnos a la próxima zoonosis que, quién sabe, puede ser todavía más devastadora.
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En busca de una vacuna para COVID-19 que usa un antígeno del coronavirus para estimular la inmunidad


Investigadores del CSIC colocan un gen de un antígeno de SARS-CoV-2 en un ‘vehículo’ sintético de ADN que se introduce en las célulaspara inducir protección frente a la infección. Esta estrategia ha sido probada con éxito en una vacuna para la leishmaniasis canina. Cuenta con la ventaja de que el escalado industrial del candidato a vacuna ya se ha realizado, lo que adelantaría la fase de fabricación, las pruebas en humanos y su producción.
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Un equipo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) busca una vacuna para Covid-19 mediante el uso de un gen de un antígeno del propio coronavirus SARS-CoV-2 para estimular la inmunidad del receptor. El método consiste en colocar el gen del antígeno en un ‘vehículo’ sintético de ADN (un plásmido) que pueda ser introducido en el organismo del paciente e inducir la protección frente a la infección. El equipo está sintetizando las moléculas de ADN correspondientes que se introducirán en el vehículo y en dos meses podría empezar a probarse en modelos de ratón.

Este procedimiento ya ha sido probado en una vacuna para la leishmaniasis canina que se encuentra en la fase IV (petición a la Agencia Europea del Medicamento del permiso de fabricación y comercialización), según explica el director del estudio, el profesor de investigación ad honorem del CSIC Vicente Larraga, del Centro de Investigaciones Biológicas-Margarita Salas. Este desarrollo de vacuna protectora presenta una ventaja adicional: el proceso de escalado industrial del candidato a vacuna ya se ha realizado previamente, lo que adelantaría notablemente la fase industrial de fabricación, las pruebas en humanos y su producción posterior, si los resultados de las pruebas fueran positivos. Con este, ya son tres los proyectos del CSIC que buscan una vacuna para el coronavirus, tras los que dirigen Luis Enjuanes e Isabel Sola, y Mariano Esteban y Juan García Arriaza, ambos del Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC).

“Se trata de una vacuna novedosa de ADN recombinante que introduce, en el animal a vacunar, en lugar del parásito atenuado o un fragmento del mismo o una proteína purificada, el gen de un antígeno del parásito que induzca protección frente a la infección del mismo”, detalla Larraga.

“Esta vacuna utiliza como vehículo de vacunación un plásmido sintético de ADN (pPAL) que ha sido desarrollado en nuestro laboratorio y que permite la integración del gen del antígeno escogido del parásito en el material genético de las células del mamífero receptor y la producción por las mismas del antígeno, que es entonces reconocido por el sistema Inmune del animal vacunado e induce protección cuando se produce la infección natural”, explica el investigador.

Este procedimiento puede ser utilizado también en el caso del virus SARS-CoV-2, ya que se ha desarrollado como vehículo para mamíferos (incluido el hombre). En este caso, se ha elegido como posible antígeno protector de vacunación la proteína S (spike) de la superficie del virus y sus subunidades S1 y S2, que son utilizadas por el mismo para anclarse en la membrana de la célula objetivo y penetrar en ella.

“Se trata, pues, de una vacuna sintética con un vehículo de ADN en el que se introducirán los genes correspondientes a la proteína S del virus completa y a las subunidades 1 y 2 de la misma. En estos momentos se están sintetizando las moléculas de ADN correspondientes que se introducirán en el vehículo previamente desarrollado. Este proceso debería desarrollarse a lo largo de los meses de mayo y junio. A continuación, se probaría su seguridad y eficacia frente a la infección por el virus en el modelo de ratón, bien en animales transfectados con el receptor humano de ACE2 o similares. Si los resultados fueran positivos, se comenzarían las fases I y II de prueba en humanos”, augura Larraga.
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¿Son los animales una ruta de transmisión del SARS-CoV-2 olvidada?

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Un estudio publicado en la revista 'Pathogens' examina el papel de los animales como posibles transmisores del COVID-19.
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Investigadores de las universidades de Burgos y Valladolid han realizado un estudio en el que examinan el papel de los animales como posibles transmisores del nuevo coronavirus SARS-CoV-2. Según exponen, hasta la fecha existe muy poca información al respecto y no se ha reportado ningún caso en ganado. Sin embargo, sí que hay evidencias de animales de compañía infectados con la COVID-19, como es el caso de felinos, perros y visones, en los que la enfermedad se ha transmitido de humano a animal.

La mayoría de los coronavirus que afectan a los seres humanos tienen un origen común en diferentes especies de murciélagos. En el caso del SARS-CoV-2, se especula que varios mamíferos son huéspedes intermediarios, incluido el pangolín, en el que se ha identificado una cepa de coronavirus que muestra una fuerte similitud con la propia del virus causante de la COVID-19. Pero hasta la fecha se dispone de poca información sobre la existencia de este virus en animales y la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) solo ha informado de casos esporádicos.

Es aquí donde entra el análisis de los investigadores burgaleses y vallisoletanos. El equipo recuerda que el primer animal afectado se reportó el 26 de febrero 2020 en Hong Kong, un perro cuyo dueño fue hospitalizado debido a la infección por COVID-19 y dio positivo por SARS-CoV-2. El animal no mostró ningún síntoma clínico específico.

De manera similar, dos perros pertenecientes a un dueño hospitalizado por COVID-19, fueron puestos en cuarentena y uno dio positivo, pero no se detectaron signos clínicos. El 27 de marzo un tigre fue confirmado positivo en el Zoo del Bronx (Nueva York) y otros tres tigres y tres leones mostraron signos clínicos. Se asumió que se habían infectado a través de un empleado asintomático. Asimismo, un gato en una casa con un paciente COVID-19 en Hong Kong, fue confirmado como infectado y no mostró ningún síntoma.

En este sentido, si se ratifica la transmisión de persona a animal, "se deben enfrentar tres escenarios posibles", apuntan los investigadores. El primero estaría relacionado con el ganado para consumo humano, ya que, hasta ahora "no se ha confirmado ningún caso en este tipo de animales". Esto respalda que los alimentos de origen animal pueden considerarse de bajo riesgo infeccioso y, como se afirma en el estudio, “una ruta insignificante de infección para los seres humanos”.

En segundo lugar, está probado que el SARS-CoV-2 puede infectar a animales de compañía, como a gatos y a perros, y hay evidencia de infección de persona a animal. Por eso, dado el estrecho contacto entre humanos y sus mascotas, los investigadores inciden en que no hay que descartar la transmisión fecal-oral.

El tercer y último escenario tiene en cuenta a los animales exóticos, que incluyen un gran grupo de especies y además, en algunas regiones se usan como alimento. El contagio a los humanos se asoció con un contacto cercano entre hombres u animales exóticos. Por este motivo, "hay un consenso general cada vez mayor para que en los mercados de animales exóticos, sobre todo en los que se venden animales vivos, tienen que estar estrictamente regulados", precisan.

Como conclusión, indican que el papel de los animales y la COVID-19 debe “analizarse cuidadosamente” a la vez que establecer medidas de preparación y contención. Por ello, recomiendan realizar más estudios al respecto para comprender mejor los riesgos y consecuencias de la infección por SARS-CoV-2, y determinar el papel de los animales como transmisores.

El análisis ha sido realizado por Marta Hernández, David Abad y David Rodríguez de la Universidad de Burgos y por José María Eiros, catedrático de la Universidad de Valladolid y Jefe del Servicio de Microbiología del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid.
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Trabajo de referencia | Hernández, M.; Abad, D.; Eiros, J.M.; Rodríguez-Lázaro, D. Are Animals a Neglected Transmission Route of SARS-CoV-2? Pathogens 2020, 9, 480. https://doi.org/10.3390/pathogens9060480
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El 86% de los empleados estaría dispuesto a teletrabajar total o parcialmente tras la crisis del coronavirus


Resultados preliminares de un estudio desarrollado en la Universitat Politècnica de València: solo el 9% de los encuestados teletrabajaba 5 días a la semana antes de la pandemia y ahora lo hace el 87%. La profesora Gabriela Ribes apunta la necesidad de herramientas tecnológicas para mantener la cultura de empresa, la motivación y la relación entre los empleados que trabajan desde casa.
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Los datos preliminares de un estudio sobre el impacto de la COVID-19 en la forma de teletrabajar en España muestran una gran aceptación por parte de los encuestados: el 86% de los trabajadores estaría dispuesto a teletrabajar después de la pandemia, al menos un día a la semana. Un porcentaje que llega al 18,6% entre los que afirman que lo harían 5 días a la semana.

La coordinadora de este estudio, aún en fase preliminar, es Gabriela Ribes, profesora titular de Organización de Empresas en la Universitat Politècnica de València, quien explica que “el resultado de las primeras 500 encuestas analizadas refleja que muchas empresas se han metido de golpe en un nuevo sistema de trabajo. El teletrabajo obliga a familiarizarnos con herramientas tecnológicas nuevas y nos exige una organización diferente, por eso vemos que hay quienes han de trabajar más horas para adaptarse y un 20% de los encuestados asegura estar haciéndolo durante la situación del COVID-19 más de 5 días a la semana”.

Casi 9 de cada diez, teletrabajando...

De los 500 encuestados -empleados y directivos de organizaciones públicas y privadas de España- el 72,8% no trabajaba nunca desde casa antes de la pandemia. Durante el estado de alarma se ha dado la vuelta a este porcentaje: el 87% está teletrabajando. Y de este estudio se desprende que ha sido mayor el estrés que les ha producido la situación generada por el coronavirus que el teletrabajo: un 47% se consideran bastante o muy estresados por el COVID-19, mientras que el 25,6% reconoce bastante o mucho estrés por tener que trabajar desde su domicilio.

Y para casi la mitad, complicado separar vida personal de la laboral

La encuesta también pregunta por las principales ventajas y desventajas que ha acarreado el teletrabajo: la ventaja más destacada es la disminución del gasto en transporte, seguida por la conciliación de la vida personal y laboral y la flexibilidad horaria. Entre las desventajas, un 72% de los empleados que teletrabajan destacan la escasa relación social y un 42 % observan la dificultad de separar la vida personal de la laboral.

Cultura de empresa

Gabriela Ribes destaca también entre las desventajas la reducción del sentido de pertenencia a la empresa: “En nuestra cultura valoramos mucho las relaciones personales y el estudio apunta que las empresas deben hacer un esfuerzo especialmente intenso en aumentar las relaciones sociales entre los empleados que están trabajando en casa si quieren mantener su motivación y su sensación positiva de formar parte de un equipo”. En este sentido, destaca la importancia de desarrollar herramientas tecnológicas que faciliten la transmisión de valores para mantener fuera de la oficina una cultura de empresa sólida, mejorando la comunicación interna y la relación social entre los empleados.

La profesora Ribes explica que ahora queda la segunda parte del estudio, que se completará con más encuestas e incluirá un estudio estadístico relacional: “Hay cuestiones en las que hemos de profundizar, como por ejemplo cuantificar hasta qué punto las personas con hijos en casa han tenido una experiencia más difícil con el teletrabajo. Hemos constatado que muchas organizaciones han hecho un gran esfuerzo ya para que sus empleados trabajen a distancia: un 46,4% de los encuestados han usado tecnología propia de sus empresas y a la mayoría les han facilitado el ordenador”.

Este estudio forma parte de Match COVID-19, una iniciativa para proyectos que aporten soluciones contra la pandemia en la que participa la Universitat Politècnica de València, junto al resto de universidades públicas de la Comunitat Valenciana, FISABIO, Instituto de Investigación Sanitaria La Fe, INCLIVA y el CSIC.
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Opinión | Doctorándonos en la indefinición. “Este miedo no lo conozco”


Una residente de Prípiat, la ciudad más cercana a la central de Chernóbil, decía después de la explosión: “Este miedo no lo conozco”. El coronavirus se le parece en su invisibilidad y en la incertidumbre. Estos días intento no olvidar que muchos de los aplausos de cada tarde vienen de gente que no hicimos apenas nada para proteger la sanidad.
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Jesús Méndez | Escritor, periodista científico, ex investigador de la epigenética del cáncer y médico de formación. (Fuente: Agencia SINC bajo licencia Creative Commons).
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El coronavirus no es Chernóbil, pero en algunas cosas se le parece. Hay algo extraño en la amenaza invisible, latente, en la sensación de que pueda estar en cualquier lugar [o en ninguno].

¿Y cómo es? Puede que se la hayan enseñado en el cine. ¿Usted la ha visto? ¿Es blanca o cómo? ¿De qué color? Eso le preguntaba un residente de la cercana Prípiat a Svetlana Aleksiévich, eso recoge en su obra Voces de Chernóbil. Se refería a la radiación, claro. En la serie basada en la catástrofe la representan como una especie de lluvia de polvo luminoso. Pero es un recurso visual. Nadie podía verla, olerla. Estaba, pero solo cabía imaginarla.

El niño pregunta por el coronavirus, dice que quiere verlo, que cómo es. Le enseño una fotografía tomada por microscopia electrónica, unas anodinas bolas grises con esa aparente corona alrededor.

—¡No, así no son!—grita indignado. ¡Son más finos y más largos!

El niño piensa irremediablemente en los dibujos de Érase una vez… La vida. Recuerdo un artículo que acabo de terminar sobre la educación de ciencias en la escuela: los niños no son tábulas rasas y no hay que vaciar sus cabezas de ideas erróneas. Van desarrollando sus modelos y lo conveniente es construir sobre ellos, no despojárselos. No tanto por eso sino por abreviar le digo que también, que los hay de muchos tipos.

—¿Los virus no tienen ojos?

Con los primeros casos resulta casi inevitable pensar que esas personas infectadas conviven en lo más íntimo con alguien famoso. Hasta ese extremo llega la influencia de la publicidad.

Los niños van desarrollando sus modelos, como nosotros con la llegada del virus y su extensión. Aprendiendo capa a capa, doctorándonos en la indefinición.

Otra residente de Prípiat: "Este miedo no lo conozco. A quien temo es a los hombres. A la gente armada". La naturaleza de la explosión era demasiado desconocida, sus efectos posiblemente poco evidentes para la gente escasamente informada. Pero a la zona había llegado el ejército, y con él la memoria de todas las guerras vividas.

Aquí el miedo es distinto. No depende de las armas pero sí de los hombres, a quienes el virus necesita. También el miedo acaba desplazándose hacia ellos. Se traduce en distancia social (pero en saludos por los balcones).

—¿Tienen ojos los virus?

El confinamiento infla hasta el extremo la atención selectiva. Reaparece en mi mesa el libro ¿A quién vamos a dejar morir? (Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político) del médico Javier Padilla, publicado hace apenas unos meses que ahora parecen años antes de todo esto. El título del libro es un subrayado recursivo y exponencial.

Opto por continuar con el libro de cuentos que había dejado a la mitad unos días antes que ahora parecen meses antes: La historia universal, de la escocesa Ali Smith. Topo de nuevo con la cita inicial, de Clarice Lispector: "Todo en el mundo empezó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria hubo la prehistoria de la prehistoria, y existía el nunca y existía el sí". Creo que entiendo mucho menos de todo lo que encierra y de todo lo que tiene que ver con aquí y ahora, y sin embargo me convenzo de nuevo de que todo está en todo y de que cualquier tema sirve para hablar sobre lo que realmente se quiere hablar.

En los hospitales empieza a hablarse ya de medicina de guerra.

Hace un tiempo, para el capítulo de un libro, pasé un día con Francis Mojica, el investigador que descubrió las secuencias CRISPR. Me contó que escogió estudiar biología por Félix Rodríguez de la Fuente, y después microbiología, porque es más interesante lo que no ves, porque engloba fisiología, bioquímica, genética, ecología y evolución. Añada las capas que quiera sobre economía, política, psicología, costumbres o desigualdad: solo así la visión del virus —lo que implica y destapa— se hará más inevitablemente real.

Si todo está en todo, imagine la tragedia revertida propuesta por David Trueba. Si asumiéramos que el calor dificulta la transmisión del virus —algo que aún no se ha confirmado—, el contagio se extendería por Europa mientras que en África apenas tendría incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Adivinen el final de su viaje, la improbable bienvenida y la evidente moraleja: Al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno.

Como todo está en todo, nos reíamos de las aplicaciones y drones que controlaban a la población china: ahora ya hay quien las reclama y nos devuelve al precario equilibrio entre libertad y responsabilidad. O, como sucede ante la amenaza terrorista, entre la protección y la privacidad. Como todo está, el ISIS recomienda ahora a sus terroristas que no viajen a Europa.

Como todo está en todo, deseamos que la crisis climática nos preste su ayuda en forma de un calor supuestamente inactivador. Como todo lo está, y como esto pasará, cuando despertemos la misma crisis seguirá aquí.

Si todo está en todo, como decía el escritor Alejandro Rossi: "cualquier acción —pensada a fondo— es un pozo que conduce al centro de la tierra".

Este diálogo de la película Greenberg, con Ben Stiller:

— Ahora mismo intento no hacer nada por un tiempo.
—Eso es valiente a nuestra edad
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A las ocho de la tarde salgo al balcón, oigo los vítores y los aplausos. Quien sale detrás de mí me previene: es más fácil romantizar la cuarentena desde el privilegio, aplaudir como impulso pero también como autocomplacencia. Resulta más difícil y menos intuitivo aplaudir a los abandonados, a los condenados sin capacidad de acción a la inacción. Pienso en las líneas que alguien “Anónimo” publicó en La Marea bajo el título Invocación:

Por las casas demasiado pequeñas para estar mucho tiempo juntas, o mucho tiempo solas
por las casas con violencia, con ruido, sin luz.
Por las personas sin casa.
A la persona que gritó a una vendedora de kleenex en la acera y luego a una mendiga:
¡vete a casa, aquí no puedes estar, ve a tu casa!
que la vida le haga reaccionar (…)
A las que se creen que no están enfermas pues piensan que la salud es una frontera y piensan que una frontera les hace superiores
que la vida les haga reaccionar
y si no lo hace la vida
que lo haga nuestra organización.


Ese texto también pedía por los profesionales sanitarios. Decido que la posible autocomplacencia no exime del aplauso, más aún tras comprobar que a muchos de ellos les está ayudando a continuar, a empujar.

Intento no olvidar que no pocos de esos aplausos vienen de gente que no hicimos apenas nada para proteger la sanidad, que hicieron justo lo contrario de lo que había que hacer para defenderla.

Todo este miedo lo vamos conociendo.
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FUENTE | Agencia SINC
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Claves para mantener los hábitos que eviten los contagios del coronavirus


Después de semanas de confinamiento los mensajes iniciales de medidas de prevención podrían perder su efecto. La psicología apunta estrategias para mantener rutinas saludables.
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Rubén Permuy Iglesias, UOC | Aunque ya han pasado semanas desde el comienzo del confinamiento, debemos seguir en alerta para facilitar que la curva de contagios de la COVID-19 se allane. La solución a la pandemia requiere esfuerzos en muchos ámbitos, desde decisiones gubernamentales hasta las que tienen que ver con la atención sanitaria o las que afectan al día a día de la población. Entre las indicaciones que recibimos de forma continua está la de lavarnos las manos más y mejor de lo que lo solemos hacer, así como evitar tocarnos la cara. Son hábitos que pueden parecer evidentes pero que hay que reforzar para que no caigamos «en la relajación, debido al tiempo que ha pasado desde el inicio del confinamiento», apunta Manuel Armayones, investigador de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), director de desarrollo del eHealth Center de la UOC y profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación.

Lavarse las manos más y mejor

Según informes previos a la pandemia actual, la Organización Mundial de la Salud apuntaba que solo el 5% de la población dedica al menos 15 segundos a lavarse las manos, y una investigación de la Universidad de Michigan ponía de relieve que, de una muestra de más de 3.700 estudiantes analizados, un 10% no se lavaba las manos después de ir al baño. Teniendo en cuenta que nos encontramos en una coyuntura especial por la pandemia, la mejora de este hábito es clave para ayudar a reducir el número de nuevos contagios de la COVID-19.

Los expertos apuntan que, tras semanas en casa por mandato gubernamental, es probable que un porcentaje relevante de la población "sufra cansancio mental, se relaje ante estas medidas y no se lave las manos con el cuidado que corresponde", como señala Armayones. El profesor de la UOC, que también es investigador del grupo de investigación Psicología, Salud y Red (PSiNET), afirma que también es probable que algunas de las indicaciones que hacen las instituciones en este sentido por distintos canales puedan perder en buena parte el efecto para ayudar a cumplir las medidas de higiene y precaución que hay que seguir.

Recordar no tocarse la cara

Podemos tener la percepción de que no tenemos costumbre de tocarnos mucho la cara, pero diferentes estudios confirman que lo hacemos decenas de veces cada hora. Como muestra, una investigación de la Universidad de Sídney analizó en el año 2015 a un grupo de estudiantes de Medicina y concluyó que se tocaban la cara 23 veces cada sesenta minutos de media. Y tocarse la cara, como las autoridades sanitarias han confirmado en los mensajes dirigidos a la población, es una manera de contagiarse después de entrar en contacto con la COVID-19 por medio de las manos.

Para evitarlo, los expertos apuntan maneras que nos ayudan a recordar que no hay que tocarse el rostro. Descartando opciones que no parecen factibles para el día a día, como sería llevar un casco integral en la cabeza cuando salimos a comprar, Armayones ejemplifica que una buena manera es "vestir manga larga y, si tenemos que tocarnos la cara o rascárnosla, lo hagamos con la propia manga". Otro ejemplo que destaca el experto de la UOC para no tocarnos la cara mientras estamos sentados es colocar las manos bajo las nalgas.

Hábitos en tiempo de excepcionalidad

Durante la pandemia, lavarnos las manos —especialmente si salimos de casa o estamos en contacto con alguien que haya salido— y evitar tocarse la cara "deben convertirse en nuevos hábitos que tenemos que seguir de la manera más escrupulosa posible", señala Armayones. Esta es una de las claves principales para que nuestro día a día no sea un foco de contagios. Pero ¿establecer hábitos en tiempo de excepcionalidad es sencillo o es fácil caer en la relajación?

Precisamente, para mantenerse en el mejor estado físico y mental durante el confinamiento, los expertos recomiendan impulsar diferentes hábitos saludables, como tener una rutina diaria, hacer ejercicio físico o seguir una dieta variada y saludable, porque, entre otras razones, nos ayudará a dormir mejor y mantendremos una buena calidad del sueño.

Establecer nuevos buenos hábitos no es una novedad para muchas personas y suele ser un objetivo de determinadas épocas como el año nuevo. Aunque tengamos la impresión de que conseguir nuevos retos de estilo de vida es probable que se acabe haciendo cuesta arriba, "cambiar los hábitos humanos es más sencillo de lo que parece si tenemos claro cómo debe hacerse", indica Armayones.

Hace tiempo que la psicología estudia en qué consiste en profundidad un hábito, dónde radica la dificultad para cambiarlos y, sobre todo, qué estrategias pueden ponerse en práctica para cambiarlos. "La mejor manera de superar barreras es conocerlas y, una vez bien conocidas, ser capaces de establecer las estrategias que nos ayudarán a conseguirlo", detalla el experto. Un hábito es un comportamiento que se repite de una manera sistemática, siempre en el mismo momento del día. Por ejemplo, encender la cafetera cuando entramos en la cocina después de levantarnos para preparar el desayuno. "Es un comportamiento que se acaba repitiendo tanto que se vuelve automático. Es decir, lo hacemos sin pensar", puntualiza.

Entonces ¿es difícil que, con motivo de la pandemia, establezcamos el hábito de lavarnos las manos correctamente y recordemos que no hay que tocarse la cara? "COVID-19 nos obliga a adquirir una serie de hábitos muy rápidamente. El reto es que tenemos que introducirlos en nuestras rutinas diarias o, en el caso de no tocarse la cara, debemos ser capaces de no hacer algo que ya era un hábito muy bien establecido para la inmensa mayoría de las personas", apunta Armayones. Para el investigador es importante tomar conciencia de generar nuevos hábitos, aunque pueda implicar un esfuerzo adicional, "porque rompe nuestra cadena de comportamientos. Si lo vamos repitiendo y sobre todo nos felicitamos y celebramos cada vez que lo hacemos —por ejemplo, cantando una de nuestras canciones favoritas—, conseguiremos automatizarlo muy rápidamente", puntualiza.

Empezar por un detalle pequeño y avanzar muy despacio y de forma gradual. Esta sería la estrategia denominada "pasos de bebé" para establecer nuevos hábitos, teorizada por el profesor Brian Jeffrey Fogg, de la Universidad de Stanford, en su libro Tiny Habits. "Se trata de ir haciendo cada vez un poquito más, pero siempre pensando que nuestro compromiso con nosotros mismos solo es llegar a pequeñas metas. Por ejemplo, si quiero desarrollar el hábito de hacer ejercicio en casa y me cuesta mucho ponerme, podría empezar por dar un "paso de bebé" como bailar mi canción favorita durante unos segundos. Eso me permitirá conseguir un primer triunfo y darme cuenta de que puedo hacer alguna actividad para mantenerme en forma, por pequeña que sea, y, poco a poco, avanzar", analiza Armayones. El profesor Fogg también propone determinar un momento clave durante el día para establecer este nuevo comportamiento, como podría ser después de los aplausos de las 20 h. Y, por último, el profesor de Stanford apunta que hay que celebrar nuestros pequeños éxitos. "Se trataría de hacer una pequeña celebración, como darme la enhorabuena, hacer un gesto de victoria o lo que consideremos", aclara Armayones. "Si lo hacemos así, seguramente tendremos bien establecido el nuevo hábito antes de lo que pensamos. Es fácil, cuesta poco probarlo y además funciona", asegura el investigador de la UOC.

Difusión de estrategias para mejorar los hábitos contra la COVID-19

Ayudar a difundir las acciones y la información veraz que nos ayudarán a superar la crisis actual es una responsabilidad compartida por muchos tipos de organizaciones. Es el caso del eHealth Center de la UOC, centro de investigación que se centra en capacitar y empoderar a la ciudadanía y los profesionales con las tecnologías para que lideren el cambio de paradigma en salud. A raíz de la crisis del coronavirus, el eHealth Center tomó la iniciativa de divulgar en Twitter consejos y recursos digitales que faciliten la adquisición de hábitos saludables para ayudar a concienciar a la población aún más para que siga las buenas prácticas de lavarse las manos, no tocarse la cara y otros hábitos recomendados por las autoridades sanitarias.

La guía de recursos impulsada por el centro puede seguirse mediante @eHealthUOC o la etiqueta #eHCovid19U. En ella puede consultarse información práctica y contrastada en catalán, castellano e inglés mientras se mantengan las medidas preventivas para abordar el coronavirus.
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