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Al principio, en cada persona infectada había muchas versiones ligeramente distintas del virus (nubes mutantes), pero en las variantes recientes esa diversidad se ha reducido.
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Virus del Covid-19 (el Sars-CoV-2) / Pixabay
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El Covid-19 cambia por dentro: el virus ha perdido diversidad genética al adaptarse a los humanos
Desde su aparición en 2019, el SARS-CoV-2 —el virus que causa la COVID-19— no ha dejado de evolucionar. Variantes como Delta y Ómicron aparecieron con mutaciones que aumentaron su capacidad para transmitirse y esquivar la respuesta del sistema inmunitario. Pero ahora, un nuevo estudio liderado por el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBM, CSIC-UAM) revela un cambio más sutil, aunque igualmente importante: el virus ha reducido su diversidad genética interna dentro de las personas infectadas a medida que se ha ido adaptando a la población humana.
Este hallazgo, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), ofrece una nueva forma de entender cómo ha cambiado el comportamiento del virus a lo largo de la pandemia. El trabajo ha sido coordinado por la Dra. Celia Perales, el Dr. Esteban Domingo y el Dr. Ignacio Gadea, con la colaboración de la Fundación Jiménez Díaz, la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad Northwestern (EE. UU.).
Muchas versiones del mismo virus
Los virus de ARN, como el SARS-CoV-2, no son idénticos entre sí. Cada vez que se multiplican, generan pequeñas variaciones genéticas, formando lo que los científicos llaman una “nube de mutantes”. En otras palabras, dentro de cada persona infectada no hay una única versión del virus, sino muchas versiones ligeramente diferentes. Esa diversidad interna le da al virus una gran ventaja: le permite adaptarse mejor a los cambios en su entorno, como la respuesta del sistema inmunitario o los tratamientos.
Menos diversidad con el paso del tiempo
El estudio del CBM muestra que en las primeras olas de la pandemia estas “nubes” eran muy amplias y variadas. Sin embargo, con variantes más recientes como Ómicron, se han vuelto mucho más limitadas.
“Nuestro trabajo demuestra que la diversidad interna del virus también evoluciona, y que este cambio puede influir en su capacidad de transmisión o en cómo responde al sistema inmunitario”, explica Celia Perales. “Vigilar esta dinámica es clave para anticipar su comportamiento”.
Un virus más adaptado
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores analizaron muestras de pacientes de Madrid entre 2020 y 2022, cubriendo desde la primera hasta la séptima ola. Observaron que, con el paso del tiempo, la variedad de mutaciones dentro de cada persona infectada disminuía.
Esto no significa que el virus haya dejado de mutar. De hecho, sigue acumulando cambios importantes, sobre todo en la proteína S (Spike), la “llave” que utiliza para entrar en las células humanas. Estas mutaciones han favorecido que se transmita con más facilidad y esquive mejor la inmunidad generada por infecciones previas o por la vacuna.
Lo que cambia, según los autores, es la forma en que el virus genera y mantiene su diversidad. Para comprobarlo, replicaron en laboratorio virus de diferentes olas y vieron que su capacidad de mutar no había variado. Esto sugiere que la reducción observada se debe a su adaptación al cuerpo humano, quizá por los órganos donde se multiplica o por la presión del sistema inmunitario.
Por qué es importante
Comprender esta evolución “interna” del virus ayuda a conectar lo que ocurre dentro del cuerpo con lo que se observa a nivel global. Esta relación entre la biología molecular y la epidemiología puede servir para mejorar las estrategias de prevención y vigilancia.
Los investigadores destacan que no basta con seguir las mutaciones más conocidas, como las que cambian la proteína Spike: también hay que observar cómo evoluciona el conjunto genético del virus. Esta información puede ayudar a anticipar posibles cambios que afecten la eficacia de las vacunas o de los tratamientos.
En definitiva, este trabajo muestra que el SARS-CoV-2 sigue adaptándose, no solo a nivel de variantes visibles, sino también en su forma de comportarse dentro de cada persona. Entender esa evolución es fundamental para seguir protegiendo a la población.
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Trabajo de referencia | Martínez-González B, et al. SARS-CoV-2 mutant spectrum complexity is an epidemiologically evolvable trait. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), (2025). https://doi.org/10.1073/pnas.2515706122
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Una investigación de la URV analiza las redes sociales y las búsquedas en Internet y concluye que la COVID-19 hace renacer un término nuevo, staycation, que describe un viejo concepto de comportamiento turístico que ya apareció durante la crisis de 2008.
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Un equipo investigador del Departamento de Gestión de Empresas de la Universitat Rovira i Virgili (URV) está trabajando en torno a la reaparición del staycation, un fenómeno que apareció por primera vez durante la crisis financiera de 2008 y que volvió a ser de uso común durante la pandemia de la COVID-19. Staycation es un neologismo, una expresión derivada de la combinación de estancia y vacaciones (stay y vacation, en inglés). La definición de este término, que todavía no está bien desarrollado en la literatura científica, impulsó a los investigadores a proponer algunas claves para entenderlo mejor.
"La pandemia provocó un fuerte resurgimiento de las staycations, ya que obligó a muchas personas a pasar sus vacaciones en casa o cerca de casa a causa de las restricciones de movilidad". Esta evidencia explicada por el investigador del Departamento de Gestión de Empresas de la URV, Babajide Muritala, es el punto de partida de su último artículo. El fenómeno del staycation se generalizó por primera vez en 2008, cuando la economía mundial entró en una profunda recesión acompañada de una fuerte subida de los precios del combustible. Esto supuso que la población dispusiera de menos ingresos para gastar en viajes de ocio y turismo y dio lugar a la sustitución de los viajes de ocio internacionales por actividades de turismo nacional.
Durante la primera parte de la pandemia, en 2020, la principal medida preventiva implementada por los gobiernos para frenar la propagación del nuevo virus SARS-CoV-2, antes de que se desarrollaran vacunas y nuevos medicamentos, fueron acciones de intervención no-farmacéutica. Éstas incluían la obligatoriedad de quedarse en casa, confinamientos y restricciones de movilidad. Esto provocó que, en términos de turismo, la población optara por el turismo nacional y las staycations, mientras que el turismo internacional se detuvo casi por completo. Según los principales estudios, en abril de 2020, los viajes internacionales habían caído hasta un 97% en todo el mundo.
En su último estudio, los investigadores proporcionan una imagen completa del crecimiento y la práctica de las staycations durante los dos primeros años de la pandemia, mediante el análisis de datos de redes sociales y búsquedas en Internet. Para realizar este análisis, hicieron una modelización de datos en Twitter mediante la técnica conocida como Asignación Latente de Dirichlet, un método analítico de texto utilizado para extraer los principales temas de un gran cuerpo de texto sin etiquetar. En paralelo, utilizaron datos de Google Trends para identificar patrones globales de búsqueda en Internet sobre las staycations, incluida una comparación de búsquedas relacionadas para los años 2020 y 2021.
Los resultados de su análisis mostraron que, aunque la población optase por destinos cercanos a su lugar de residencia o incluso en su propio municipio, intentaban conseguir una distancia psicológica, eligiendo por ejemplo alojamiento en hoteles. Con esta decisión evitaban la cotidianidad, las rutinas y las tareas habituales del hogar, de forma similar a la sensación de estar en entornos más alejados. Una evidencia que demuestra este fenómeno es la gran cantidad de temas y búsquedas en internet relacionados con hoteles.
Su estudio también ofrece un análisis del concepto staycation, que ha ido creciendo constantemente desde su generalización durante la crisis financiera y que ahora se ha acelerado, y se espera que siga siendo popular en los próximos años. Este término proporciona una visión crítica para las empresas de hostelería y los responsables políticos en materia turística sobre cómo aumentar los ingresos y promover un turismo de proximidad. Los autores, además, ofrecen una serie de recomendaciones al sector, entre las que se encuentran, por ejemplo, que los hoteles ofrezcan y comercialicen paquetes de estancias, especialmente durante la temporada baja, para el turismo internacional. Asimismo, se recomienda a los responsables políticos el suministro de vales de estancia o planes de crédito y la promoción del turismo local y sostenible.
El artículo, publicado en la revista científica Heliyon, ha recibido financiación del programa de investigación e innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea a través de las Acciones Marie Skłodowska-Curie y de la URV.
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Trabajo de referencia | Babajide Abubakr Muritala, Ana-Beatriz Hernández-Lara, Maria-Victoria Sánchez-Rebull. COVID-19 staycations and the implications for leisure travel. Heliyon 8 (2022) e10867. DOI 10.1016/j.heliyon.2022.e10867.
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La pandemia de COVID-19 alteró el modo en que las personas perciben el paso del tiempo, según se señala en un estudio brasileño publicado en la revista Science Advances.
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Karina Toledo | Agência FAPESP
Al final del primer mes de aislamiento social, en mayo de 2020, los participantes en su mayoría (un 65%) informaron sentir que las horas se arrastraban más lentamente, un fenómeno al que los investigadores caracterizan como una “expansión temporal”, que se mostró asociado a la sensación de soledad y a la falta de experiencias positivas durante ese lapso de tiempo.
Para el 75% disminuyó la sensación de “presión temporal”, cuando el reloj parece andar rápido y falta tiempo para dar cuenta de las demandas cotidianas y para el esparcimiento. Los entrevistados en su mayor parte (el 90%) afirmaron estar cumpliendo el aislamiento social en aquel momento.
“Realizamos el seguimiento de los voluntarios durante cinco meses para ver si esa ‘fotografía’ del comienzo de la pandemia cambiaría en el transcurso del tiempo. Observamos que esa sensación de expansión temporal fue disminuyendo con el correr de las semanas. Pero no notamos diferencias significativas con relación a la presión temporal”, le comenta a Agência FAPESP André Cravo, docente de la Universidad Federal del ABC y primer autor del artículo.
La investigación se puso en marcha el día 6 de mayo, cuando 3.855 voluntarios convocados a través de los medios sociales contestaron un cuestionario online con diez preguntas y cumplieron una pequeña tarea cuyo objetivo consistió en evaluar la habilidad de estimar pequeños intervalos temporales: cosas como apretar un botón para indicar que habían pasado 30 o 60 segundos. Luego se les preguntaba a los participantes al respecto de sus rutinas de la semana anterior (si habían cumplido las tareas necesarias y cuánto tiempo le habían dedicado al ocio) y cómo se estaban sintiendo (si estaban contentos o tristes, o si se sentían solos, etc.).
“A todos se los invitó a que regresaran semanalmente para someterse a una nueva evaluación, pero no todos adhirieron. Para el análisis final, tuvimos en cuenta los datos de 900 participantes que contestaron el cuestionario durante al menos cuatro semanas, no necesariamente seguidas”, informa Cravo.
Al aplicar escalas estándar para investigaciones de esta índole, que varían de cero a cien puntos, los científicos analizaban las respuestas y calculaban semanalmente si había un aumento o una disminución en los dos parámetros evaluados: la expansión y la presión temporal.
“Aparte de ese aumento o de esa disminución en las escalas, pretendíamos descubrir qué factores aparecían aparejados a esos cambios. Y en el transcurso de los cinco meses, observamos un patrón parecido: en las semanas en que la persona se sentía más sola y vivenciaba menos afectos positivos, también sentía que el tiempo transcurría más despacio. En tanto, en situaciones con alto nivel de estrés, sentía que el tiempo pasaba más rápido”, informa Cravo.
En la primera evaluación, a los participantes también se les preguntó cómo percibían el paso del tiempo antes de la pandemia. Y al comparar las respuestas con las referentes al primer mes de la cuarentena, fue posible observar un aumento promedio de 20 puntos en la expansión temporal y una disminución de 30 puntos en la presión temporal, según comenta Raymundo Machado, investigador del Instituto del Cerebro del Hospital Israelita Albert Einstein y coautor del artículo. “Pero, por supuesto, existe un sesgo de memoria en esos resultados, pues no se habían efectuado mediciones así antes de la pandemia”, comenta el investigador.
Según los datos descritos en el artículo, los jóvenes fueron los que más sintieron que el tiempo se estancaba al comienzo de la pandemia, el período de mayor adhesión a las medidas de distanciamiento social. A excepción de la edad, los factores demográficos –entre ellos la cantidad de personas dentro de la residencia, la profesión y el género– no tuvieron influencia sobre los resultados.
Para los autores, este puede ser un fecto del perfil de la muestra, compuesta fundamentalmente por personas de la región sudeste de Brasil (el 80,5%), mujeres (el 74,32 %), con alta escolaridad (el 71,78% con educación superior), de clase media alta (el 33,08%) y de trabajadores de los sectores de la educación (19,43%) y la salud (15,36%).
“Esta es una característica que suele ser común en muchos estudios realizados online en Brasil: una mayor participación de mujeres de la región sudeste del país y con alta escolaridad. Es posible que tuviésemos una muestra más representativa de la población brasileña lográsemos ver la influencia de factores demográficos”, sostiene Machado.
El reloj interior
Si bien la pandemia modificó a forma en que los participantes en la investigación sentían el paso del tiempo, parece no haber afectado su habilidad de estimar pequeños lapsos temporales (medida a través de la tarea de pulsar el botón).
“Todos poseemos la habilidad de estimar el tiempo a intervalos cortos. Lo que nosotros hicimos fue tomar los resultados de ese test de estimación del tiempo [cuánto sobrestimaban o subestimaban el lapso propuesto en la tarea] y compararlos con las escalas de percepción. Y observamos que una cosa no se relaciona con la otra”, comenta Machado.
Según Cravo, las evidencias que constan en la literatura científica indican que la sensación de que el tiempo pasa más de prisa o más despacio parece recibir el influjo fundamentalmente de dos factores: la relevancia del tiempo en un determinado contexto y la imprevisibilidad.
“Si se nos hizo tarde para ir al trabajo, por ejemplo [lo que vuelve al tiempo relevante en ese contexto], y debemos esperar que el ómnibus llegue a la parada [algo incierto], tenemos la percepción extrema de que los minutos no pasan. En tanto, cuando estamos viajando y divirtiéndonos, no le damos relevancia al tiempo y este parece pasar volando”, dice.
Tal como lo destaca el investigador, esta percepción suele cambiar cuando nos acordamos de estas mismas situaciones ocurridas en el pasado.
“Cuando recordamos todo lo que hicimos en las vacaciones, parece que ese tiempo duró más. Es lo contrario a lo que sucede cuando estamos en la cola del banco: en ese momento, el tiempo parece que se arrastra, pero cuando nos acordamos de esa situación al cabo de un lapso de tiempo, parece que todo fue muy rápido”, comenta.
En el caso de la pandemia de COVID-19, dice Cravo, sigue siendo un misterio cómo nos acordaremos del paso del tiempo durante la fase en que perduraron las medidas de distanciamiento social. “Diversos marcadores temporales, tales como el carnaval, las fiestas de los santos de junio y los cumpleaños se perdieron durante los últimos dos años. Por ende, esta es una pregunta que permanece sin respuesta aún.”
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Un estudio de las universidades Rey Juan Carlos y Complutense de Madrid ha comparado los síntomas durante la fase aguda y a los seis meses de la infección de las variantes Wuhan, alfa y delta del SARS-CoV-2.
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La fatiga es el síntoma persistente de COVID-19 más común en diferentes variantes del virus
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Por primera vez, un grupo de investigación liderado por la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y en el que participa la Universidad Complutense de Madrid (UCM), ha comparado los síntomas al inicio y seis meses después de tres grupos de pacientes infectados con diferentes variantes (Wuhan, alfa y delta) del SARS-CoV-2 que requirieron hospitalización.
Una de las conclusiones principales, publicada en Pathogens, es que la fatiga es un síntoma que afecta en proporción similar a los pacientes independientemente de la variante del virus.
“Al mantenerse constante a través de las variantes, puede ser uno de los criterios clínicos clave para la definición de esta enfermedad”, indica César Fernández de las Peñas, Catedrático del Departamento de Fisioterapia, Terapia Ocupacional, Rehabilitación y Medicina Física de la URJC. No obstante, la gran cantidad de síntomas asociados con el SARS-CoV-2 “complica establecer un único criterio diagnóstico”, añade.
Según el estudio, los pacientes infectados con la variante de Wuhan tuvieron de media más síntomas en la fase aguda de la enfermedad que el resto de variantes, siendo fiebre, disnea -dificultad para respirar- y síntomas gastrointestinales los más comunes, mientras que con la variante delta había más cefalea y anosmia –pérdida de olfato-. Según Fernández de las Peñas, “la presencia de anosmia en la variante delta determina que no se debería hablar de una gripalización del SARS-CoV-2”.
“Estas diferencias se han ido observando en la clínica a lo largo de las diferentes olas, pero hemos sido los primeros en compararlos de forma sistemática” en un estudio científico, destaca el Dr. Fernández de las Peñas.
Seguimiento telefónico seis meses después
Para llevar a cabo el estudio, los investigadores revisaron los datos de los 200 pacientes durante su hospitalización. A los 6 meses del cuadro agudo, se realizaron entrevistas telefónicas para conocer la situación y sintomatología de esas personas tras la hospitalización. La fatiga tuvo una persistencia similar en los tres grupos de pacientes, aunque existieron múltiples síntomas con todas las variantes del virus.
Aquellos infectados con la variante de Wuhan, tenían un mayor número de síntomas persistentes (3 frente a 2 del resto de variantes) y la disnea fue el más frecuente. Los pacientes con delta reportaron más alopecia.
“Parece que la incidencia de COVID persistente puede ser menor conforme pasa el tiempo y ante la presencia de nuevas variantes como ómicron, probablemente condicionado por la vacunación, pero sigue siendo un problema grave dado el gran número de contagios que ocurren”, indica Juan Torres Macho, investigador del Departamento de Medicina de la UCM y coautor del trabajo.
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Trabajo de referencia | Fernández-de-las-Peñas, C.; Cancela-Cilleruelo, I.; Rodríguez-Jiménez, J.; Gómez-Mayordomo, V.; Pellicer-Valero, O.J.; Martín-Guerrero, J.D.; Hernández-Barrera, V.; Arendt-Nielsen, L.; Torres-Macho, J. “Associated-Onset Symptoms and Post-COVID-19 Symptoms in Hospitalized COVID-19 Survivors Infected with Wuhan, Alpha or Delta SARS-CoV-2 Variant”. Pathogens 2022, 11, 725. DOI: 10.3390/pathogens11070725.
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La pandemia por COVID-19 ha dado un vuelco a nuestros hábitos cotidianos y también está transformando nuestra sociedad. Cuatro profesores e investigadores de la Universidad de Valladolid (UVa) desentrañan esta situación desde puntos de vista diferentes.
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En el último año, la pandemia de COVID-19 ha transformado nuestras vidas, trastocando cada una de nuestras rutinas y actividades familiares, laborales y de ocio. De igual forma nos ha sacudido como sociedad, y no solo a nivel sanitario. En los ámbitos económico y político, entre otros muchos, los estragos del virus son evidentes. Todo ello nos marcará para siempre y hablaremos de un antes y después de la pandemia.
Todo ha ocurrido muy rápido y un fenómeno de estas dimensiones, con tanta afectación, requiere una profunda reflexión. Para salir reforzados y para extraer lecciones valiosas de lo sucedido. La Filosofía ejerce aquí un papel clave, como disciplina que invita precisamente a la reflexión.
¿Qué lugar está teniendo el conocimiento científico y cuál debería tener en la gestión de la pandemia? ¿Qué expectativas tiene la sociedad respecto al papel de la Ciencia ante una situación como esta? ¿En qué medida los gobiernos deben recurrir a los expertos? ¿Cómo puede afectar la pandemia a la democracia? ¿Y a otros ámbitos diferentes, como la creación artística?
La Filosofía puede ofrecer respuestas desde diversos ángulos a estas preguntas complejas que requieren de un análisis pausado. Así lo aseveran los distintos equipos e investigadores que integran el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid (UVa). Cada uno, desde su área, tiene mucho que aportar a este análisis de plena actualidad.
¿Qué hay detrás de las cifras de fallecidos?
María Caamaño Alegre es una de las investigadoras del Área de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la UVa. Junto con Adán Sus, organiza cada año el festival de filosofía ‘Valladolid Piensa’, que trata de llevar a la calle precisamente la reflexión filosófica y el diálogo sobre asuntos de actualidad. En el Área se investiga, entre otras líneas, el paradigma del conocimiento científico en la sociedad actual, la interpretación de las teorías científicas o la relevancia social de la Ciencia.
Caamaño Alegre examina una cuestión clave desde el inicio de la pandemia: cómo se realiza el cómputo de fallecimientos por COVID-19 y las implicaciones que conlleva la elección y el diseño de un método.
“La muerte en principio es un dato cuantificable. Pero los datos con los que se opera en ciencia no son brutos, siempre hay que fijar un procedimiento para obtenerlos", explica. “Un procedimiento certero y directo es disponer de una prueba de COVID positiva una vez se ha certificado una muerte. Eso demuestra la relación causal, pero este procedimiento tuvo un alcance muy limitado sobre todo en la etapa inicial y más cruenta de la pandemia, cuando no había suficientes test. El dato que se obtuvo de esta forma fue permanentemente una infraestimación, junto con otros factores como los retrasos en la certificación de muertes o los problemas en la transmisión de los datos de fallecidos", continúa.
La investigadora de la UVa alude a otro de los procedimientos aplicados, el llamado exceso de muertes. “Consiste en hacer una comparativa entre el promedio de muertes en un periodo determinado durante de varios años junto con otros factores, como la reducción de las muertes por accidente de tráfico debido al confinamiento, y obtener la diferencia con los datos de la pandemia, entendiendo como hipótesis más simple que esa diferencia se debe a la incidencia del COVID-19". Aunque es un procedimiento indirecto porque no hay una constatación de que ese exceso de fallecidos haya estado infectado, añade, “tiene un mayor alcance porque recoge los casos que se escapan con el otro método".
Así, apuesta por conjugar los distintos procedimientos disponibles para alcanzar una mayor precisión. “Hasta donde se pueda, es interesante combinar distintos procedimientos y cruzar los datos. Esa posible triangulación redunda claramente en un incremento de la calidad de los datos y de la evidencia", aduce.
El triunfo de la tecnocracia
José Manuel Chillón trabaja en el ámbito de la Historia de la Filosofía. Un marco que invita a considerar la actualidad desde diversos ángulos. “No solo hay una manera de ver la realidad, no solo hay una verdad", apunta el también profesor e investigador de la UVa. “A lo largo de la Historia de la Filosofía ha habido precisamente un trabajo muy importante por reclamar otra forma de conocimiento, otro modo de acceso a la realidad al margen de ese prioritario y absoluto como es el científico", recuerda, y en este sentido reflexiona sobre el papel de los expertos en la gestión de la pandemia.
“Está muy bien la Democracia, pero ahora que estamos en un momento crítico parece que ha triunfado la tecnocracia, el discurso de que solo los que saben, solo los expertos, son los que pueden gobernar. Esto siempre es peligroso por lo que la tecnocracia tiene de aristocracia", subraya.
Una crisis de liderazgo en la que acudir a los expertos, a su juicio, se “vende" como recurrir al sentido común. “Creo que es un atentado contra el pensamiento y contra la propia esencia de la Democracia, la pluralidad y la diversidad de voces de lo público", advierte Chillón, quien incide en que si solo se confía en la Ciencia “al final se crean modos de vida totalitarios, que en el fondo es lo que hay detrás de la reclamación crítica de la Democracia".
La pandemia desnuda la crisis de representatividad
En el Área de Filosofía Moral y Política de la UVa se trabaja en dos líneas muy potentes, como son los estudios de género y el análisis del poder. En este último campo, Fernando Longás Uranga indaga precisamente en el agotamiento de la Democracia representativa y las amenazas que se ciernen sobre ella.
“La pandemia no ha hecho más que sintomatizar esa crisis de la Democracia", recalca. “La política de partidos y de Gobierno hace aguas en una situación como esta. La crisis está ahí y me da la impresión de que los políticos no tienen elementos teóricos e ideológicos para enfrentar este tipo de dificultades", agrega.
En su opinión, un síntoma claro de esta situación ha sido el modo en que los políticos “se han refugiado permanentemente en la literatura científica, en tomar las decisiones que los técnicos les dicen, en hacer caso a la Ciencia", abunda. “¿A qué se refieren con eso, acaso no se pueden tomar decisiones políticas sobre una pandemia como ésta?", cuestiona. Una situación que pone al descubierto “algo que ya estaba de antes, una crisis de representatividad".
¿Cómo se integrará la pandemia en las Artes?
Desde hace dos décadas, el Área de Estética y Teoría de las Artes de la UVa analiza conceptos como arte o belleza. Qué caracteriza al arte, cómo se define una obra o un objeto artístico o en qué se diferencia, por ejemplo, de uno artesanal, son algunas de las cuestiones que han abordado, junto a la propia historia del pensamiento estético. Y prestando una especial atención al teatro, un elemento menos común en este ámbito de estudio.
“Ahora estamos a la expectativa de cómo los artistas van a integrar la incertidumbre que acabamos de descubrir con la pandemia. Si van a lanzar un mensaje de esperanza, si por el contrario van a representarlo en términos de tragedia o de catástrofe, o si nos van a interpelar como sujetos que hemos vivido junto a ellos una situación traumática", plantea Adrián Pradier.
El profesor e investigador de la UVa detalla que los primeros que han empezado a afrontar la situación, y además con mucha virulencia, “de una manera muy cruda y al mismo tiempo con mucha autenticidad", han sido los artistas grafiteros.
En cambio, en la práctica escénica y audiovisual se está viviendo una especie de “paréntesis", quizás motivado en que los proyectos que se están llevando ahora a cabo fueron concebidos antes de la pandemia. “No sabemos aún si se afrontará la pandemia desde el arte y la producción audiovisual o si se establecerá un antes y un después y habrá un vacío en medio, ya que por el momento se está hablando poco o nada de ella. En mi opinión, el arte tiene que ayudarnos a asumir lo que hemos vivido y lo que nos va a tocar vivir", valora Pradier.
El relato de estos cuatro investigadores ejemplifica cómo la Filosofía es clave para interpretar y mejorar nuestra comprensión sobre la realidad de la pandemia. Una realidad que no tiene un único enfoque y que solo desde el pensamiento y la diversidad de voces se puede llegar a desentrañar.
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Marcela Orozco, investigadora del CONICET, explica por qué estos mamíferos voladores están en escena en la pandemia actual y qué impacto tuvo la actividad humana en anteriores epidemias con virus similares.
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Mucho se habló sobre los murciélagos como posible origen del coronavirus SARS-CoV2, que se diseminó en el mundo al pasar a los humanos y que produce la enfermedad nombrada como COVID-19. Marcela Orozco, es investigadora del Instituto de Ecología, Genética y Evolución de Buenos Aires (IEGEBA, CONICET-UBA), y estudia este tipo de surgimiento de enfermedades humanas para detectar estos “saltos” de especie, o saltos zoonóticos, en el contexto de las interacciones ecológicas.
Estos mamíferos particulares, únicos con capacidad de volar de manera sostenida, explica la científica, son considerados excelentes reservorios de virus. Es decir, habitualmente son capaces de mantener diferentes virus en su organismo sin enfermar. ¿Por qué los murciélagos son capaces de hacerlo? ¿Por qué ellos y no otras especies?
Mucho tiene que ver con la evolución de los murciélagos a poder volar. Mantener esa actividad hace que tengan un organismo en constante estrés fisiológico, que si no existiera una forma de atenuarlo, podría generarles un daño, porque habría moléculas oxidantes circulando permanentemente en su organismo.
“Lo que ocurre es que durante el proceso evolutivo los murciélagos lo que hicieron para poder volar, es mitigar el estrés oxidativo asociado a actividades metabólicamente costosas como el vuelo. Han logrado desarrollar mecanismos que actúan disminuyendo la inflamación y evitando la tormenta de citoquinas, un fenómeno que comparte el estrés y la respuesta inmunológica”.
A su vez, su respuesta inmune es capaz de controlar determinados virus “son capaces de mantener un delicado equilibrio entre la respuesta inmune antiviral y la respuesta inflamatoria, es un proceso súper eficiente, pueden controlar la replicación viral pero tienen bloqueados algunos mecanismos de la inflamación, entonces inhiben algunos procesos que podrían llevarlos a la muerte”.
Un sistema siempre atento
“En la mayoría de los vertebrados el proceso inflamatorio se desencadena cuando hay un estímulo. En el caso de los murciélagos, fue estudiado el funcionamiento de un interferón en particular, que está todo el tiempo alerta, y si bien tiene una respuesta más atenuada -por esta inhibición de las vías de inflamación- es una respuesta más rápida, porque está siempre encendido”.
“Esto a su vez obliga a los virus a replicarse más rápidamente para intentar ‘sobrevivir’, y a su vez, el hecho de que algunos virus puedan recombinarse, mutar y adaptarse a nuevas especies incrementaría su virulencia y patogenicidad”.
Las consecuencias de la degradación de ambientes
Cuando los ambientes silvestres son degradados, algunas especies pueden extinguirse, mientras que otras pueden desplazarse buscando nuevos ambientes más óptimos y en esa búsqueda muchas veces entran en contacto con animales domésticos y con los humanos, por ejemplo en entornos productivos. Esos animales domésticos terminan siendo los intermediarios y a veces los amplificadores de algunos virus, los que terminan acercándose a las personas.
“Este coronavirus que provocó la pandemia actual y se adaptó de alguna manera a los humanos, podría tener su origen en coronavirus de murciélagos. Se conocen coronavirus parecidos como el que provocó el SARS -síndrome agudo respiratorio- en 2003, por eso se postula que este podría tener un origen similar. Aún no se demostró este origen para COVID aunque todas las miradas están puestas ahí, justamente por las similitudes que hay”.
En la epidemia de 2003, el coronavirus que causó el SARS afectó parte de Asia y fue contenido con medidas de distanciamiento e higiénicas. Recién en 2017, se pudo identificar en colonias mixtas de murciélagos distintos coronavirus que entre sí daban origen al que originó SARS, es decir, sus ancestros directos.
En algunos casos, aclara la investigadora, se observa que existe un hospedador intermediario, una especie que media entre los murciélagos reservorio de virus y el humano. Aquí, en la transmisión influye el manejo de las especies para consumo, la venta ilegal y los también los desplazamientos que se dan como consecuencia de la degradación del medioambiente. Por ejemplo, en los mercados de animales, el hacinamiento de distintas especies domésticas y silvestres que terminan compartiendo patógenos es un factor de riesgo que propicia la transmisión.
“En el caso de SARS se postula que los hospedadores intermediarios fueron las civetas, para el caso de MERS [el coronavirus que produjo la epidemia de 2012 en Oriente Medio] se conoce que los dromedarios son los reservorios del virus. Para el COVID aún no se sabe si hubo un hospedador intermedio, y se postula que podría ser el pangolín, pero realmente aún es un gran interrogante”.
“Lo que nos hace pensar que debería existir un hospedador intermediario es que, justamente, en el momento en que ocurre el brote, los murciélagos de la especie a la que se está apuntando, estaban hibernando. Debería haber sido difícil que esos murciélagos hubieran provocado un salto directo a las personas. Por eso se piensa en un otro vertebrado que haya funcionado como nexo, entre lo que sucede en los ambientes naturales y lo que pasa en los mercados de China”.
“En el caso de los dromedarios, es más cultural, porque la convivencia entre humanos y dromedarios, en Medio Oriente y África es alta, ya que acompañan a las personas en ceremonias religiosas y también son parte de actividades productivas. Hay épocas del año en las que, especialmente desde la zona que se conoce como Cuerno de África, se nueve una gran cantidad de dromedarios durante distintas actividades; dentro de Medio Oriente las peregrinaciones multitudinarias mueven conjuntamente personas y animales, y el contacto es estrecho”.
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Una investigación publicada en la revista Scientific Reports, con la participación destacada del Centro de Investigación en Economía y Salud (CRES-UPF) y el Max Planck Institute for Demographic Research, ha calculado el índice de años de vida perdidos (years of life lost, YLL) en 81 países debido a la pandemia.
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Los grandes efectos directos e indirectos de la COVID-19 han obligado a la administración a dar respuestas a través de las políticas de protección, a fin de encontrar un equilibrio entre minimizar el impacto inmediato de la pandemia sobre la salud y contener los daños socio-económicos a largo plazo para la sociedad.
Un parámetro clave en el cálculo de cómo se pueden justificar las políticas restrictivas es el impacto de la mortalidad de la COVID-19, que ha llevado a crear grandes colaboraciones internacionales, con el objetivo de recoger datos para registrar las defunciones atribuibles a la pandemia.
A pesar de sus limitaciones, cada una de estas vías de investigación y sus medidas de salud asociadas (tasa de infección, defunciones y exceso de defunciones) son importantes para informar a la ciudadanía y a los responsables políticos sobre el impacto de la mortalidad de la COVID-19.
"Nuestros resultados confirman que el impacto de la mortalidad de la COVID-19 es grande, no sólo en cuanto al número de muertes, sino también en cuanto a los años de vida perdidos", afirman los autores, que consideran que su estudio es una radiografía de la situación de la pandemia a principios del año 2021.
¿Cuántos años de vida se han perdido con la COVID-19? ¿Y en relación con otras enfermedades?
El índice de años de vida perdidos (years of life lost, YLL) es la diferencia entre la edad de la muerte de un individuo y su esperanza de vida. Los investigadores estimaron el YLL causado por la COVID-19 mediante datos sobre más de 1.279.866 defunciones en 81 países. También analizaron datos de la esperanza de vida e hicieron proyecciones de muertes totales de covid-19 por país.
Los autores calculan que en total se han perdido 20.507.518 años de vida debido a la COVID-19 en los 81 países incluidos en el estudio, con una media de dieciséis años por fallecimiento individual. Del total de años perdidos, el 44,9% se ha producido en individuos de entre 55 y 75 años, un 30,2% de en individuos menores de 55 años y un 25% en los mayores de 75 años. En los países para los que se disponía del cálculo del número de muertes por sexo, el YLL fue un 44% superior en hombres que en mujeres.
En los países más afectados por la COVID-19, y en relación a otras causas globales de muerte comunes, el índice de años de vida perdidos debido a la pandemia han sido de dos a nueve veces mayor que el YLL medio asociado a la gripe estacional, y entre 1/4 y 1/2 superior al YLL atribuible a las afecciones cardíacas.
Interpretación de los resultados en el marco de una pandemia en evolución
A 35 de los países analizados, la cobertura de los datos abarca al menos nueve meses; en estos casos, esto sugiere que probablemente incluye los impactos completos de la pandemia en 2020, o al menos sus primeras olas, mientras que para otros países, estos datos todavía están al alza. Los autores advierten que "hay que entender los resultados en el contexto de una pandemia en curso, que evoluciona; se puede decir que el estudio proporciona una instantánea de los posibles impactos de la COVID-19 en cuanto a años de vida perdidos a fecha de 6 de enero de 2021".
Por otra parte, los autores apuntan que "las valoraciones de años de vida perdidos pueden ser subestimadas, debido a la dificultad de registrar con precisión las defunciones relacionadas con la COVID-19", ya que "tanto las políticas como las prácticas sobre la codificación de las muertes se están desarrollando y estandarizando". Además, recalcan que el estudio se limita a analizar la mortalidad prematura, y que una evaluación completa del impacto de la pandemia en la salud debería considerar la carga de discapacidad asociada a la enfermedad.
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Trabajo de referencia | Pifarré i Arolas, H., Acosta, E., López Casasnovas, G., Lo, A., Nicodemo, C., Riffe, T., Myrskylä, M.(febrero 2021). “Years of life lost to COVID-19 in 81 countries”. Scientific Reports. DOI: 10.1038/s41598-021-83040-3
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El proyecto, con participación del CSIC, estudia utilizar energía solar para producir una reacción química que rompa la envoltura de los virus presentes en el aire y los desactive. El estudio prevé integrar la tecnología en los sistemas de climatización y acondicionamiento del aire de centros hospitalarios y en residencias de personas mayores.
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El coronavirus presente en los aerosoles podría tener una vida media de 16 horas. / Image by Gerd Altmann from Pixabay
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Científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) trabajan en el desarrollo de un nuevo sistema fotocatalítico para eliminar el virus SARS-CoV-2, causante de la covid-19, del aire en espacios interiores. El proyecto, liderado por el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) y coordinado por la empresa Aire Limpio, prevé incorporar esta tecnología catalítica en los sistemas de climatización y acondicionamiento del aire.
“La fotocatálisis parte del principio natural de descontaminación de la propia naturaleza. Al igual que, gracias a la luz solar, la fotosíntesis es capaz de eliminar dióxido de carbono (CO2) para generar materia orgánica, la fotocatálisis puede suprimir otros contaminantes habituales en la atmósfera, mediante un proceso de oxidación activado por la energía solar”, según explica Javier Diéguez-Uribeondo, científico y vicedirector de Investigación en el Real Jardín Botánico de Madrid (RJB-CSIC).
Esta reacción fotoquímica convierte la energía solar en energía química en la superficie de un catalizador (material semiconductor), que acelera la velocidad de reacción. Durante el proceso, tienen lugar reacciones tanto de oxidación como de reducción, que provocan de esta forma la eliminación de la mayor parte de los contaminantes, biológicos y químicos, existentes en el aire.
“Esta reacción fotoquímica activada por la luz solar o lámparas y leds específicos UV-A, actúan como fotocatalizadores en la superficie de un semiconductor y generan los radicales hidroxilo, potentes agentes oxidantes, necesarios para reaccionar con las moléculas orgánicas y producir la rotura de la cápside vírica (la envoltura del virus) y su desactivación final”, detalla Benigno Sánchez, investigador del CIEMAT y líder del proyecto.
“Este hecho ya ha sido demostrado con compuestos químicos o paredes bacterianas. Falta demostrar, como este proyecto propone, que desaparece la capacidad infecciosa al confrontar el fotocatalizador así activado con el virus SARS-CoV-2. Estos ensayos ya se están comenzando a realizar en las instalaciones de los miembros participantes”, añade el investigador.
Eliminar el virus del aire de hospitales y residencias
“El objetivo del proyecto es destruir en minutos el SARS-CoV-2 suspendido en el aire interior, los llamados aerosoles, y cualquier bacteria u hongo, de dependencias sanitarias y residencias. Para ello, incorporaremos en los sistemas de acondicionamiento y distribución de aire ya existentes un sistema fotocatalítico eficiente que permita su tratamiento continuado las 24 horas del día y en presencia de pacientes o personas de riesgo”, continúa Diéguez-Uribeondo.
“El proyecto incide fundamentalmente en la prevención de la infección al evitar la transmisión de los virus infectantes por vía aérea. Hay estudios que señalan que el virus en aerosoles generados en laboratorio tiene una vida media de 16 horas. También hay indicios de la presencia de partículas de SARS-CoV-2 y virus infecciosos en las habitaciones con enfermos de covid-19 de los hospitales”, indica Antonio Alcamí, investigador del CSIC en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBM-CSIC-UAM).
“Queremos poner en el mercado el equipo fotocatalítico como una etapa más en los sistemas de climatización y acondicionamiento del aire”, precisa Sánchez.
“La posibilidad de eliminar el virus del aire interior de espacios cerrados puede permitir un descenso generalizado en el número de contagiados y, necesariamente, de fallecidos. La instalación de este tipo de tecnologías propiciará la reducción de contagiados y enfermos y traerá consigo una menor presión sobre los centros sanitarios y demandas asistenciales”, añade Diéguez-Uribeondo.
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¿Puede un organismo extraterrestre producir una pandemia catastrófica en nuestro planeta? Tales preguntas surgen cada vez que planteamos traer a la Tierra muestras de otros mundos del Sistema Solar.
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Mars Rover. Image by skeeze from Pixabay
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¿Puede un organismo extraterrestre producir una pandemia catastrófica en nuestro planeta? Tales preguntas surgen cada vez que planteamos traer a la Tierra muestras de otros mundos del Sistema Solar y, en un contexto como el de la actual COVID-19, que demuestra lo difícil que es contener un patógeno, hace que próximas misiones como la Mars Sample Return enciendan una brillante luz roja en más de uno. ¿Podría una muestra marciana traer «inquilinos» que fueran un riesgo biológico?
La respuesta breve es «no se descarta», y por eso se intenta desarrollar sistemas seguros que rompan la cadena de contacto entre la nave espacial que regresa y las muestras de rocas de Marte, con técnicas de sellado y soldadura para crear tres o cuatro niveles de contención y esterilización mediante radiaciones y altas temperaturas del exterior del contenedor y la propia nave (con el riesgo de que este proceso altere la muestra sellada). El segundo problema es cómo recoger la muestra con seguridad (¿imaginan si se estrella la sonda durante su regreso a la Tierra?), y el tercero, disponer de un laboratorio dedicado a tratar la muestra marciana (tal laboratorio aún no existe).
¿Podría el equivalente marciano de un virus suponer un peligro? La buena noticia es que muy probablemente no. En la Tierra los virus «funcionan» porque están basados en la maquinaria común a todos los organismos terrestres, que utilizan en su beneficio, pues en el fondo son cadenas de ADN o ARN como las que ya tenemos en nuestro cuerpo. Es difícil que, de haber el equivalente a un virus marciano, pueda provocar ninguna infección en un organismo terrestre; si me permiten la comparación, es como si un iPad pillara un virus de Windows. A no ser que en el remoto pasado hubiera habido contaminación cruzada entre Marte y la Tierra, y la vida en ambos planetas tuviera un origen común (algo que no es posible descartar).
Más peligrosos serían organismos sofisticados, similares a bacterias. La patogenicidad de muchas bacterias terrestres no viene de que su «maquinaria interna» coincida con la nuestra, sino de que pueden encontrar nutritivos nuestros tejidos y, al consumirlos y reproducirse, dañar estos tejidos o interferir en su funcionamiento, o resultarnos tóxicas sus excreciones. Supongamos, por ejemplo, organismos marcianos comedores de hierro que obtengan su fuente de energía de oxidar hierro ferroso (Fe2+) a férrico (Fe3+); tales organismos podrían encontrar sumamente nutritiva nuestra hemoglobina. O un «vegetal» marciano, que sintetice sus componentes a partir de la radiación solar y el escaso dióxido de carbono de Marte; para este, la Tierra sería un paraíso por la abundancia de ambos elementos y podría reproducirse a gran velocidad. Imagínense si encontrara atractivo vivir en nuestras fosas nasales…
Con todo, probablemente a la vida marciana no le iría bien la competición con los organismos terrestres. En Marte, si hay vida, a duras penas subsiste en el límite de la supervivencia en un entorno altamente hostil. En cambio, en la Tierra, donde ha habido una larguísima carrera armamentística de unos seres contra otros, la vida es la norma; el lugar con los organismos más agresivos, peligrosos, venenosos o patógenos es la Tierra. Pero, ojo, creer que si un organismo ha evolucionado en la Tierra está por ese motivo mejor adaptado a este entorno es un error, como nos lo demuestran los problemas asociados a especies invasoras.
En general la comunidad científica comparte la creencia de que la posibilidad de que las rocas de Marte contengan formas de vida que puedan infectar la Tierra es extremadamente baja. Además, es posible que ya haya llegado vida marciana a bordo de meteoritos originados en aquel planeta, y esto no parece que haya ocasionado una catástrofe pandémica… Bueno, al menos que nos conste.
Artículo escrito por Fernando Ballesteros y publicado en la web de la Revista Mètode.
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El grupo de investigación de la Universidad de Granada muestra cómo el confinamiento debido a la COVID-19 ha hecho que los españoles vuelvan a poner la dieta mediterránea en sus mesas. Contra todo pronóstico, durante las primeras semanas del confinamiento hemos aumentado el consumo de vegetales, legumbres y frutas y disminuido la ingesta de fritos, comida rápida, bebidas carbonatadas y carnes rojas.
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Image by Дарья Яковлева from Pixabay
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Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Granada (UGR) y publicado en la revista Nutrients señala que, contra todo pronóstico, el confinamiento debido a la COVID-19 ha hecho que los españoles coman de una forma más saludable, y vuelvan a poner la dieta mediterránea en sus mesas.
Para llevar a cabo el proyecto COVIDiet, los investigadores, pertenecientes al grupo de investigación Alimentación, Nutrición y Salud (AGR-141) del departamento de Nutrición y Bromatología de la UGR, lanzaron una encuesta online el 20 de marzo (una semana después de la declaración del Estado de Alarma) destinada a la población adulta española, en la que se incluían preguntas relacionadas con la adherencia a la Dieta Mediterránea y cambios en el comportamiento alimentario referente al consumo de productos procesados, fritos, aperitivos, alcohol o tipo de cocinado, además de cambios en la actividad física y en el peso corporal, entre otras.
La encuesta tuvo una buena acogida y fue contestada por un total de 7.514 participantes de todo el territorio nacional, de los que en su mayoría (el 70%) fueron mujeres, personas mayores de 35 años y con estudios superiores.
La juventud opta por la dieta mediterránea
Los resultados del estudio muestran cómo la adherencia a la Dieta Mediterránea se incrementó de manera global durante el confinamiento. La Dieta Mediterránea está considerada como patrón de dieta saludable en la que destaca la presencia de aceite de oliva, frutas, verduras, nueces, vino tinto y pescado. Sorprendentemente, este cambio fue mayor en los participantes más jóvenes (18 a 35 años). Esta mejora se asoció con un menor consumo de repostería, carnes rojas y bebidas edulcoradas o carbonatadas y un mayor consumo de vegetales, frutas y aceite de oliva durante el confinamiento comparado con su ingesta habitual.
Resulta interesante también el hecho de que algo más de la mitad de los participantes (57,3%) declararon haber disminuido la ingesta de alcohol, aunque también su actividad física (59,6%). Además, durante las primeras etapas del confinamiento, la mayoría de los participantes afirmaron no haber experimentado cambios en la frecuencia del cocinado o en el consumo de aperitivos y comida rápida, y el 63,7% de los participantes declararon no estar comiendo más durante el confinamiento.
Hay que señalar también que, a pesar de la falta de suministros de alimentos al inicio del confinamiento, tan solo un 28% de los participantes experimentó alguna dificultad a la hora de encontrar algunos alimentos, siendo la carne (23.83%), las verduras (13,8%) y el pescado (12,1%) los mayoritarios.
COVIDiet es un proyecto con proyección internacional, liderado por la investigadora Celia Rodríguez Pérez, del departamento de Nutrición y Bromatología de la Universidad de Granada, en el que han participado investigadores de prestigio de 16 países: España, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, Croacia, Dinamarca, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Polonia, Serbia, Eslovenia, Montenegro, Alemania y Turquía.
Tras evaluar el comportamiento alimentario de parte de la población española durante el confinamiento, el siguiente paso del proyecto COVIDiet es conocer y comparar de qué manera el confinamiento debido al COVID-19 ha influido en el comportamiento alimentario de la población de los diferentes países implicados en el estudio.
“Aunque la adherencia a la Dieta Mediterránea durante en confinamiento ha aumentado, lo españoles estamos todavía lejos de llevar una buena alimentación en cuanto a Dieta Mediterránea se refiere. Por ello, debemos mantener los comportamientos saludables adquiridos durante este período para lograr que se conviertan en hábitos. Sólo así podremos conseguir un estado de salud óptimo que tenga un impacto positivo en la prevención de enfermedades crónicas, así como en las complicaciones derivadas del COVID-19”, señalan los autores. .
Trabajo de referencia | Celia Rodríguez-Pérez, Esther Molina-Montes, Vito Verardo, Reyes Artacho, Belén García-Villanova, Eduardo Jesús Guerra-Hernández and María Dolores Ruíz-López. Changes in Dietary Behaviours during the COVID-19 Outbreak Confinement in the Spanish COVIDiet Study. Nutrients 2020, 12(6), 1730; https://doi.org/10.3390/nu12061730. Available online on: https://www.mdpi.com/2072-6643/12/6/1730/htm .
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El estudio más completo hasta la fecha ha permitido analizar por primera vez toda la evidencia disponible sobre las mascarillas, la distancia física y la protección de los ojos en sanitarios y la población general. Los 172 estudios revisados muestran que estas medidas, aunque no ofrecen una protección completa, sí impiden la propagación del SARS-CoV-2 si se combinan con la higiene de manos.
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Foto de zydeaosika en Pexels
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Desde el inicio de la pandemia, los consejos sobre el distanciamiento físico y el uso de mascarillas para reducir la transmisión del SARS-CoV-2 han sido contradictorios en muchos países y regiones. No han dejado desde entonces de ser tema de debate. En parte, esto se ha producido porque estos mensajes se han basado en una información limitada.
El nuevo coronavirus se transmite con mayor frecuencia por las gotas respiratorias, especialmente cuando las personas tosen y estornudan. Las partículas, de las que aún se especula sobre el papel en la propagación, pueden alcanzar los ojos, la nariz y la boca de otras personas, directamente o al tocar una superficie contaminada. Por eso se ha recomendado el uso de medidas de protección de estas zonas del cuerpo.
Un metaanálisis publicado en The Lancet ha permitido revisar por primera vez toda la evidencia disponible de la literatura científica al respecto y concluye que mantener al menos un metro de distancia entre personas, así como usar protectores faciales y oculares, dentro y fuera de los entornos de atención médica, podría ser la mejor manera de reducir el riesgo de contagio de COVID-19.
“Nuestros hallazgos son los primeros en sintetizar toda la información directa sobre COVID-19, SARS y MERS [anteriores coronavirus], y proporcionar la mejor evidencia disponible sobre el uso óptimo de estas medidas comunes y simples para ayudar a aplanar la curva e informar sobre las decisiones a tomar ante una pandemia”, señala Holger Schünemann, investigador de la Universidad de McMaster en Canadá, y autor principal del trabajo.
La utilización de estas medidas (mascarillas, distanciamiento y protección ocular) permite de manera inmediata reducir no solo la pandemia actual, sino también prevenir futuros brotes rastreando los contactos contagiados que hayan podido estar a menos de dos metros de distancia. Según los científicos, estos resultados, previstos para orientar a la Organización Mundial de la Salud, pueden ser utilizados también por gobiernos y centros de salud pública para dar consejos claros para disminuir el riesgo de infección.
La mayor protección disponible hasta ahora
En total, los investigadores revisaron de manera sistemática 172 estudios observacionales en 16 países publicados hasta el 3 de mayo sobre las tres infecciones por coronavirus. Así pudieron evaluar el uso óptimo de estas medidas de protección tanto en entornos sanitarios como fuera de ellos entre personas con infección confirmada o probable por COVID-19, SARS o MERS, así como de sus personas cercanas (cuidadores, familiares, sanitarios).
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También se incluyeron 44 estudios comparativos con 25.697 participantes, de ellos siete se centraron en COVID-19 con 6.674 personas, 26 en SARS con 15.928 y 11 de MERS con 3.095 participantes.
Trece estudios sobre los tres virus, con 3.713 participantes, se centraron en la protección ocular. Sus conclusiones mostraron que los protectores faciales, las gafas y los anteojos se asocian con un menor riesgo de infección (6%), en comparación con la ausencia de estas medidas (16%).
En otros 10 estudios sobre los tres virus con 2.647 participantes también se encontraron beneficios similares para las máscaras faciales. El riesgo de infección o transmisión cuando se usa la mascarilla era del 3 % frente al 17 % cuando no se usa. En ese caso, la utilización de las mascarillas se centró dentro de los hogares y entre contactos infectados.
En este sentido, las mascarillas filtrantes N95 y otras del estilo estuvieron asociadas con una mayor protección contra la transmisión viral que las mascarillas quirúrgicas o similares. Para la población general, las máscaras faciales (quirúrgicas desechables o de algodón reutilizable de 12 a 16 capas) son protectoras, incluso en entornos no relacionados con la atención médica.
Sin embargo, los autores señalan que ninguna de estas medidas, incluso usadas y combinadas de manera adecuada, brinda protección completa contra la infección. Además, la certeza en la evidencia es moderada (para el distanciamiento) y baja (en el caso de las mascarillas), esto quiere decir que la confianza en la estimación del efecto es limitada y que el verdadero efecto podría ser sustancialmente diferente. Por esta razón, los científicos sugieren que son necesarios más ensayos completos sobre el uso de estas medidas para confirmar su eficacia.
Disponibilidad para todos
Por otra parte, existe la preocupación de que el uso masivo de mascarillas reduzca el suministro de estos materiales a los trabajadores de la salud y otros cuidadores que tienen mayor riesgo de infección. Por eso, el equipo de investigación enfatiza en formular políticas para asegurar el acceso a las mascarillas a todas las personas.
Entre las soluciones, el coautor Derek Chu, profesor en la Universidad de McMaster indica que “se necesita con urgencia aumentar la capacidad de fabricación para evitar la escasez global”. Pero también subraya que las personas deben tener claro que usar una mascarilla no es una alternativa al distanciamiento físico, la protección ocular o las medidas básicas como la higiene de las manos. “Pero podría añadir una capa de protección”, matiza.
A pesar de estos importantes hallazgos, la revisión tiene ciertas limitaciones. Primero, pocos estudios evaluaron el efecto de estas medidas en entornos no relacionados con la atención médica. Además, la mayoría de las pruebas provienen de estudios sobre SARS y MERS. Por último, el efecto de la duración de la exposición al riesgo de transmisión tampoco se examinó de manera específica. .
Trabajo de referencia | Derek K. Chu et al. “Physical distancing, face masks, and eye protection to prevent person-to-person transmission of SARS-CoV-2 and COVID-19: a systematic review and meta-analysis” The Lancet
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