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La pandemia en los ojos de la Filosofía

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La pandemia por COVID-19 ha dado un vuelco a nuestros hábitos cotidianos y también está transformando nuestra sociedad. Cuatro profesores e investigadores de la Universidad de Valladolid (UVa) desentrañan esta situación desde puntos de vista diferentes.
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En el último año, la pandemia de COVID-19 ha transformado nuestras vidas, trastocando cada una de nuestras rutinas y actividades familiares, laborales y de ocio. De igual forma nos ha sacudido como sociedad, y no solo a nivel sanitario. En los ámbitos económico y político, entre otros muchos, los estragos del virus son evidentes. Todo ello nos marcará para siempre y hablaremos de un antes y después de la pandemia.

Todo ha ocurrido muy rápido y un fenómeno de estas dimensiones, con tanta afectación, requiere una profunda reflexión. Para salir reforzados y para extraer lecciones valiosas de lo sucedido. La Filosofía ejerce aquí un papel clave, como disciplina que invita precisamente a la reflexión.

¿Qué lugar está teniendo el conocimiento científico y cuál debería tener en la gestión de la pandemia? ¿Qué expectativas tiene la sociedad respecto al papel de la Ciencia ante una situación como esta? ¿En qué medida los gobiernos deben recurrir a los expertos? ¿Cómo puede afectar la pandemia a la democracia? ¿Y a otros ámbitos diferentes, como la creación artística?

La Filosofía puede ofrecer respuestas desde diversos ángulos a estas preguntas complejas que requieren de un análisis pausado. Así lo aseveran los distintos equipos e investigadores que integran el Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid (UVa). Cada uno, desde su área, tiene mucho que aportar a este análisis de plena actualidad.

¿Qué hay detrás de las cifras de fallecidos?

María Caamaño Alegre es una de las investigadoras del Área de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la UVa. Junto con Adán Sus, organiza cada año el festival de filosofía ‘Valladolid Piensa’, que trata de llevar a la calle precisamente la reflexión filosófica y el diálogo sobre asuntos de actualidad. En el Área se investiga, entre otras líneas, el paradigma del conocimiento científico en la sociedad actual, la interpretación de las teorías científicas o la relevancia social de la Ciencia.

Caamaño Alegre examina una cuestión clave desde el inicio de la pandemia: cómo se realiza el cómputo de fallecimientos por COVID-19 y las implicaciones que conlleva la elección y el diseño de un método.

“La muerte en principio es un dato cuantificable. Pero los datos con los que se opera en ciencia no son brutos, siempre hay que fijar un procedimiento para obtenerlos", explica. “Un procedimiento certero y directo es disponer de una prueba de COVID positiva una vez se ha certificado una muerte. Eso demuestra la relación causal, pero este procedimiento tuvo un alcance muy limitado sobre todo en la etapa inicial y más cruenta de la pandemia, cuando no había suficientes test. El dato que se obtuvo de esta forma fue permanentemente una infraestimación, junto con otros factores como los retrasos en la certificación de muertes o los problemas en la transmisión de los datos de fallecidos", continúa.

La investigadora de la UVa alude a otro de los procedimientos aplicados, el llamado exceso de muertes. “Consiste en hacer una comparativa entre el promedio de muertes en un periodo determinado durante de varios años junto con otros factores, como la reducción de las muertes por accidente de tráfico debido al confinamiento, y obtener la diferencia con los datos de la pandemia, entendiendo como hipótesis más simple que esa diferencia se debe a la incidencia del COVID-19". Aunque es un procedimiento indirecto porque no hay una constatación de que ese exceso de fallecidos haya estado infectado, añade, “tiene un mayor alcance porque recoge los casos que se escapan con el otro método".

Así, apuesta por conjugar los distintos procedimientos disponibles para alcanzar una mayor precisión. “Hasta donde se pueda, es interesante combinar distintos procedimientos y cruzar los datos. Esa posible triangulación redunda claramente en un incremento de la calidad de los datos y de la evidencia", aduce.

El triunfo de la tecnocracia

José Manuel Chillón trabaja en el ámbito de la Historia de la Filosofía. Un marco que invita a considerar la actualidad desde diversos ángulos. “No solo hay una manera de ver la realidad, no solo hay una verdad", apunta el también profesor e investigador de la UVa. “A lo largo de la Historia de la Filosofía ha habido precisamente un trabajo muy importante por reclamar otra forma de conocimiento, otro modo de acceso a la realidad al margen de ese prioritario y absoluto como es el científico", recuerda, y en este sentido reflexiona sobre el papel de los expertos en la gestión de la pandemia.

“Está muy bien la Democracia, pero ahora que estamos en un momento crítico parece que ha triunfado la tecnocracia, el discurso de que solo los que saben, solo los expertos, son los que pueden gobernar. Esto siempre es peligroso por lo que la tecnocracia tiene de aristocracia", subraya.

Una crisis de liderazgo en la que acudir a los expertos, a su juicio, se “vende" como recurrir al sentido común. “Creo que es un atentado contra el pensamiento y contra la propia esencia de la Democracia, la pluralidad y la diversidad de voces de lo público", advierte Chillón, quien incide en que si solo se confía en la Ciencia “al final se crean modos de vida totalitarios, que en el fondo es lo que hay detrás de la reclamación crítica de la Democracia".

La pandemia desnuda la crisis de representatividad

En el Área de Filosofía Moral y Política de la UVa se trabaja en dos líneas muy potentes, como son los estudios de género y el análisis del poder. En este último campo, Fernando Longás Uranga indaga precisamente en el agotamiento de la Democracia representativa y las amenazas que se ciernen sobre ella.

“La pandemia no ha hecho más que sintomatizar esa crisis de la Democracia", recalca. “La política de partidos y de Gobierno hace aguas en una situación como esta. La crisis está ahí y me da la impresión de que los políticos no tienen elementos teóricos e ideológicos para enfrentar este tipo de dificultades", agrega.

En su opinión, un síntoma claro de esta situación ha sido el modo en que los políticos “se han refugiado permanentemente en la literatura científica, en tomar las decisiones que los técnicos les dicen, en hacer caso a la Ciencia", abunda. “¿A qué se refieren con eso, acaso no se pueden tomar decisiones políticas sobre una pandemia como ésta?", cuestiona. Una situación que pone al descubierto “algo que ya estaba de antes, una crisis de representatividad".

¿Cómo se integrará la pandemia en las Artes?

Desde hace dos décadas, el Área de Estética y Teoría de las Artes de la UVa analiza conceptos como arte o belleza. Qué caracteriza al arte, cómo se define una obra o un objeto artístico o en qué se diferencia, por ejemplo, de uno artesanal, son algunas de las cuestiones que han abordado, junto a la propia historia del pensamiento estético. Y prestando una especial atención al teatro, un elemento menos común en este ámbito de estudio.

“Ahora estamos a la expectativa de cómo los artistas van a integrar la incertidumbre que acabamos de descubrir con la pandemia. Si van a lanzar un mensaje de esperanza, si por el contrario van a representarlo en términos de tragedia o de catástrofe, o si nos van a interpelar como sujetos que hemos vivido junto a ellos una situación traumática", plantea Adrián Pradier.

El profesor e investigador de la UVa detalla que los primeros que han empezado a afrontar la situación, y además con mucha virulencia, “de una manera muy cruda y al mismo tiempo con mucha autenticidad", han sido los artistas grafiteros.

En cambio, en la práctica escénica y audiovisual se está viviendo una especie de “paréntesis", quizás motivado en que los proyectos que se están llevando ahora a cabo fueron concebidos antes de la pandemia. “No sabemos aún si se afrontará la pandemia desde el arte y la producción audiovisual o si se establecerá un antes y un después y habrá un vacío en medio, ya que por el momento se está hablando poco o nada de ella. En mi opinión, el arte tiene que ayudarnos a asumir lo que hemos vivido y lo que nos va a tocar vivir", valora Pradier.

El relato de estos cuatro investigadores ejemplifica cómo la Filosofía es clave para interpretar y mejorar nuestra comprensión sobre la realidad de la pandemia. Una realidad que no tiene un único enfoque y que solo desde el pensamiento y la diversidad de voces se puede llegar a desentrañar.
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La covid-19 puede haber provocado la pérdida de más de 20,5 millones de años de vida a escala mundial

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Una investigación publicada en la revista Scientific Reports, con la participación destacada del Centro de Investigación en Economía y Salud (CRES-UPF) y el Max Planck Institute for Demographic Research, ha calculado el índice de años de vida perdidos (years of life lost, YLL) en 81 países debido a la pandemia.
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Los grandes efectos directos e indirectos de la COVID-19 han obligado a la administración a dar respuestas a través de las políticas de protección, a fin de encontrar un equilibrio entre minimizar el impacto inmediato de la pandemia sobre la salud y contener los daños socio-económicos a largo plazo para la sociedad.

Un parámetro clave en el cálculo de cómo se pueden justificar las políticas restrictivas es el impacto de la mortalidad de la COVID-19, que ha llevado a crear grandes colaboraciones internacionales, con el objetivo de recoger datos para registrar las defunciones atribuibles a la pandemia.

A pesar de sus limitaciones, cada una de estas vías de investigación y sus medidas de salud asociadas (tasa de infección, defunciones y exceso de defunciones) son importantes para informar a la ciudadanía y a los responsables políticos sobre el impacto de la mortalidad de la COVID-19.

"Nuestros resultados confirman que el impacto de la mortalidad de la COVID-19 es grande, no sólo en cuanto al número de muertes, sino también en cuanto a los años de vida perdidos", afirman los autores, que consideran que su estudio es una radiografía de la situación de la pandemia a principios del año 2021.

¿Cuántos años de vida se han perdido con la COVID-19? ¿Y en relación con otras enfermedades?

El índice de años de vida perdidos (years of life lost, YLL) es la diferencia entre la edad de la muerte de un individuo y su esperanza de vida. Los investigadores estimaron el YLL causado por la COVID-19 mediante datos sobre más de 1.279.866 defunciones en 81 países. También analizaron datos de la esperanza de vida e hicieron proyecciones de muertes totales de covid-19 por país.

Los autores calculan que en total se han perdido 20.507.518 años de vida debido a la COVID-19 en los 81 países incluidos en el estudio, con una media de dieciséis años por fallecimiento individual. Del total de años perdidos, el 44,9% se ha producido en individuos de entre 55 y 75 años, un 30,2% de en individuos menores de 55 años y un 25% en los mayores de 75 años. En los países para los que se disponía del cálculo del número de muertes por sexo, el YLL fue un 44% superior en hombres que en mujeres.

En los países más afectados por la COVID-19, y en relación a otras causas globales de muerte comunes, el índice de años de vida perdidos debido a la pandemia han sido de dos a nueve veces mayor que el YLL medio asociado a la gripe estacional, y entre 1/4 y 1/2 superior al YLL atribuible a las afecciones cardíacas.

Interpretación de los resultados en el marco de una pandemia en evolución

A 35 de los países analizados, la cobertura de los datos abarca al menos nueve meses; en estos casos, esto sugiere que probablemente incluye los impactos completos de la pandemia en 2020, o al menos sus primeras olas, mientras que para otros países, estos datos todavía están al alza. Los autores advierten que "hay que entender los resultados en el contexto de una pandemia en curso, que evoluciona; se puede decir que el estudio proporciona una instantánea de los posibles impactos de la COVID-19 en cuanto a años de vida perdidos a fecha de 6 de enero de 2021".

Por otra parte, los autores apuntan que "las valoraciones de años de vida perdidos pueden ser subestimadas, debido a la dificultad de registrar con precisión las defunciones relacionadas con la COVID-19", ya que "tanto las políticas como las prácticas sobre la codificación de las muertes se están desarrollando y estandarizando". Además, recalcan que el estudio se limita a analizar la mortalidad prematura, y que una evaluación completa del impacto de la pandemia en la salud debería considerar la carga de discapacidad asociada a la enfermedad.
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Trabajo de referencia | Pifarré i Arolas, H., Acosta, E., López Casasnovas, G., Lo, A., Nicodemo, C., Riffe, T., Myrskylä, M.(febrero 2021). “Years of life lost to COVID-19 in 81 countries”. Scientific Reports. DOI: 10.1038/s41598-021-83040-3
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El impacto del confinamiento empuja a los españoles a tomar peores decisiones

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Una investigación publicada en 'Scientific Reports' apunta que el shock provocado por las restricciones merma las capacidades cognitivas y erosiona el civismo.
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El confinamiento y las restricciones para controlar la pandemia de la COVID-19 han tenido efectos negativos invisibles sobre la capacidad cognitiva y la salud mental de la población. Un estudio liderado por el grupo de investigación Open Evidence de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en colaboración con algunas universidades internacionales y con la empresa BDI Schlesinger Group Market Research, ha analizado el impacto de las medidas tomadas durante la primera y la segunda olas del virus sobre la ciudadanía de tres países de la Unión Europea. El estudio concluye que, debido al shock producido por la situación, los ciudadanos han corrido más riesgos y han tomado peores decisiones, incluyendo una propensión a ser menos altruistas y querer castigar más a los demás, debido a que su capacidad cognitiva se ha visto disminuida.

El estudio, publicado en la revista de acceso abierto Scientific Reports analiza la relación entre el impacto negativo de las medidas tomadas para atajar la epidemia y el funcionamiento cognitivo y las preferencias sociales, temporales y de riesgo de la ciudadanía.

El análisis se ha llevado a cabo con una muestra de casi 5.000 voluntarios de España, Italia y Reino Unido, tres países criticados por la mala gestión de la pandemia y en los que el confinamiento ha tenido un mayor impacto en su población que en otros estados europeos. Los voluntarios tuvieron que responder cuestionarios durante la primera y la segunda ola.

Con el primero de los cuestionarios, los investigadores recogieron información sobre los niveles de exposición a cuatro tipos de impactos durante el confinamiento: trabajo, salud física, salud mental y estrés. Con el segundo, midieron la función cognitiva de los voluntarios, así como una serie de parámetros relacionados con el riesgo, la toma de decisiones, el altruismo y la reciprocidad, entre otros.

"Queríamos ver de qué forma habían impactado el confinamiento y las medidas restrictivas contra la COVID-19 en la vida de las personas, y cómo eso afectaba a su toma de decisiones", explica Francisco Lupiáñez, profesor de los Estudios de Ciencias de la Información y la Comunicación e investigador del grupo Open Evidence de la UOC.

Los resultados del estudio muestran que las personas que estaban más expuestas a las consecuencias de los efectos del confinamiento vieron más disminuida su capacidad cognitiva, tomaron decisiones más arriesgadas y vieron erosionado su civismo.

"La gente tenía mermadas sus capacidades para tomar decisiones, y reaccionaba de maneras no predecibles. En lugar de tener más cuidado por la pandemia, se arriesgaban porque no podían más", señala el investigador. En cuanto a la relación con los demás, "querían, por ejemplo, que se castigara a aquellos que no llevaban mascarilla o que se saltaban las restricciones, a pesar de que ellos mismos eran más proclives a tomar decisiones que implicaban un mayor riesgo".

Según este investigador, "se tomaron decisiones muy duras sin tener en cuenta el coste social que tendrían". "Solo se tuvo en cuenta una perspectiva a corto plazo. Y ahora sabemos que cuatro de cada diez ciudadanos estaba en riesgo de sufrir una enfermedad relacionada con la salud mental a consecuencia del shock vivido durante esta pandemia. Todo ello tendrá implicaciones a medio plazo".

Otro de los efectos que han constatado los autores en este trabajo es que, bajo el shock de la pandemia, la gente tendía a querer beneficios inmediatos y tomaba decisiones al momento, algunas trascendentales, como mudarse de la ciudad a entornos rurales. "Eran decisiones en las que la valoración de costes y beneficios estaba muy condicionada por la pandemia. Parecía que se acababa el mundo y la gente quería un beneficio inmediato, sin pensar en el mañana", considera Lupiáñez.

A juicio de los autores, las conclusiones de este trabajo tienen importantes implicaciones en términos de salud pública. La actual pandemia y las estrategias de mitigación, como los confinamientos, han generado consecuencias perjudiciales importantes en términos de impacto laboral y de salud. Es importante que se tengan en cuenta para "diseñar mejores respuestas y campañas de comunicación para futuras pandemias", sostienen.
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Trabajo de referencia | Bogliacino, F.; Codagnone, C.; Montealegre, F. et al. (2021). Negative shocks predict change in cognitive function and preferences: assessing the negative affect and stress hypothesis. Scientific Reports, 11, 3546. https://doi.org/10.1038/s41598-021-83089-0
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FUENTE • UOC/DICYT
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La pandemia resucita el plástico de un solo uso


El uso de guantes, máscaras, batas, y otros equipos de protección individual ante el SARS-CoV-2, además de envases, mamparas y bolsas se ha disparado, y con ellos la fabricación de plástico. Ante el miedo al contagio, este material de usar y tirar, que a partir de 2021 iba a sufrir mayores restricciones de uso en muchos países, resurge para protegernos, pero pone en riesgo la salud del medio ambiente.
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Adeline Marcos, Agencia SINC | El año 2021 iba a marcar el final de las bolsas de plástico y de otros plásticos de un solo uso como pajitas y cubiertos. A pocos meses de iniciar la puesta en marcha de estas medidas, este material, aparentemente en horas bajas, rebrota como la pandemia que lo sustenta en forma de mascarillas, guantes y máscaras protectoras, entre otros equipos de protección individual, los llamados EPI.

Para evitar el riesgo de infección frente al coronavirus, nos acompañan millones de productos de plástico, la mayoría desechables. En abril se recibían en España cuatro millones de mascarillas a la semana, según expuso el Ministro de Sanidad, Salvador Illa. Ahora se importan cinco veces más.

Hasta el 22 de mayo se han distribuido a comunidades autónomas y otros organismos más de 113 millones de mascarillas, más de 36 millones de guantes de nitrilo, más de 210.000 gafas de protección, más de 353.000 batas, 4,7 millones de test rápidos, más de 852.000 kits PCR y más de 880.000 de calzas o delantales, entre otros. Desde el 10 de marzo, en total el material sanitario supera ya los 159 millones de unidades.

La confección de mascarillas higiénicas de uno o varios usos ha empezado a ser ahora nacional, a cargo de una empresa española cuyo objetivo es la producción de diez millones de mascarillas mensuales. A escala internacional, y según datos recogidos por los servicios aduaneros chinos, en el mes de marzo China vendió cerca de 3.860 millones de mascarillas a los países afectados por la pandemia, además de 37,5 millones de trajes de protección, 16.000 respiradores y 2,84 millones de kits de detección de la COVID-19.

En la actualidad, todos estos productos de plástico, la mayoría de usar y tirar y de complicado reciclaje –ya que se trata de artículos sanitarios– se fabrican por millones. En busca de un material para frenar los contagios en la pandemia de COVID-19, el plástico ha sido el mejor candidato.

“Es liviano, económico, duradero y versátil. Es raro encontrar todas esas características en un solo material. Pero todo eso conlleva un coste ambiental que, hasta hace poco, no se había incluido en la ecuación. Eso está empezando a cambiar”, indica a SINC Nicholas Mallos, director senior del programa Océanos Libres de Basura de la asociación Ocean Conservancy.

Además, no solo es ligero, ideal como material de protección personal, “su gran éxito radica también en su bajo coste económico”, recalca a SINC Ethel Eljarrat, investigadora en el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) del CSIC en Barcelona. Los precios bajos del petróleo debido a la pandemia podrían permitir fabricar mucho plástico aún más barato.

Medidas antiplástico

Además de los EPI, durante el confinamiento ha aumentado el empleo de otros productos como los envases alimentarios y bolsas de plástico, artículos incluidos en algunas medidas, como el Real Decreto 293/2018, para reducir su uso.

“No es sorprendente que el consumo de plásticos de un solo uso haya aumentado drásticamente desde el comienzo de la pandemia: mientras que las personas soportan el confinamiento, la comida para llevar y la entrega a domicilio se han disparado”, señala Mallos.

Desde 2018, la directiva europea ha disminuido progresivamente el uso de las bolsas de plástico, que ya no eran proporcionadas gratuitamente en los comercios. A partir de enero de 2021 se iba a prohibir la entrega gratuita o no a los consumidores.

Eljarrat considera que lograr ahora esta medida será complicado debido a la situación. “La pandemia ha cambiado completamente nuestros hábitos de uso de plástico”, añade la experta. Este material de usar y tirar se ha convertido en el preferido por la sociedad ante el miedo al contagio y habrá que esperar a que se resuelva la pandemia para volver a concienciar sobre la problemática de los residuos.

Al decreto sobre las bolsas de plástico se sumaba la prohibición, gracias a la Directiva (UE) 2019/904 en la Unión Europea de ciertos artículos de un solo uso como bastoncillos de algodón, cubiertos, platos, palitos de globos y pajitas a partir de julio de 2021, y que será traspuesta al ordenamiento español a través del Anteproyecto de Ley de Residuos y Suelos Contaminados.

“La irrupción de la pandemia no debería afectar a esta medida y los estados miembros deberían afrontar estos objetivos evitando retrasarlos con la excusa de la COVID-19”, declara a SINC Eljarrat.

En este sentido, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) ha presentado esta semana unas orientaciones para la prevención y gestión de los residuos durante este periodo. Todas ellas van encaminadas a apoyar la economía circular y el cumplimiento de las directivas europeas.

Desde el Ministerio, además de la protección de los trabajadores, se recomienda, entre otras medidas, fomentar el uso y fabricación de mascarillas higiénicas reutilizables; reducir la utilización de guantes de un solo uso y ser rigurosos con las medidas de higiene; ofrecer soluciones alcohólicas o geles de desinfección para los clientes a la entrada y salida de los establecimientos; evitar en la hostelería el uso de vajillas desechables; disponer de un contenedor de envases independiente; y fomentar el empleo de las bolsas reutilizables –que deberán ser desinfectadas– ante las de un solo uso.

Pero “para que esto sea efectivo, el Ministerio debería lanzar mensajes más claros y concretos a toda la sociedad”, asegura Eljarrat. Según la experta, sería conveniente clarificar qué mascarillas son reutilizables, dejar claro que los guantes no aportan un beneficio extra o indicar cómo se deben lavar y desinfectar las bolsas reutilizables.

Una desescalada “plastificada”

Estas recomendaciones surgen a raíz del aumento del uso de plásticos de un solo uso durante la desescalada por razones de higiene. En el sector hotelero, por ejemplo, se ha anunciado la instalación de mamparas de metacrilato en las recepciones, la entrega de un kit de prevención (mascarillas y guantes de protección de uso obligatorio) o la sustitución de los buffets en los restaurantes por paquetes monodosis para cada cliente.

Además, se va a incrementar el uso de bolsas de plástico entre el personal de hoteles y restaurantes para almacenar la ropa de calle que ha estado en contacto con el exterior. Los empleados solo podrán llevar uniforme y el calzado en su lugar de trabajo, según el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, por lo que cada día deberán usar una bolsa de plástico, que antes de la pandemia, no era necesaria.

El plástico estará más presente que nunca también en las cartas y menús de los bares. Cuando estas no puedan ser “cantadas”, digitalizadas (QR) o apuntadas en carteles o pizarras, tanto hoteles como restaurantes deberán presentar a sus clientes cartas desechables u optar por un documento plastificado que se desinfecte después de cada uso. También se priorizarán las monodosis desechables en los productos de autoservicio como vinagreras o aceiteras.

Lo que preocupa a los expertos es que los desechos plásticos relacionados con alimentos y bebidas constituyen la mayoría de la basura que se acumula cada año en las playas y a lo largo de las vías fluviales.

“De hecho, en 2018, todos menos dos de los 10 artículos principales registrados por voluntarios estaban relacionados con alimentos o bebidas, como botellas, tapas de botellas, pajitas y cubiertos”, recalca Mallos, sobre las campañas de recogida de Ocean Conservancy. Ese año, la asociación recogió unos 400.000 artículos como tampones, condones, pañales y jeringas en solo un día.

El medio ambiente se ahoga en plásticos

Como ocurre con las botellas y otros productos, muchos de los equipo de protección utilizados durante la pandemia acabarán en el medio ambiente. “Lamentablemente, ya se han empezado a ver mascarillas flotando en las playas del archipiélago de Soko, situado entre Hong Kong y Lantau, lo que nos indica ya una mala gestión de este nuevo residuo”, apunta la investigadora del CSIC.

Hasta ahora, cada año llegaban a mares y océanos cerca de 12 millones de toneladas de residuos plásticos, el equivalente a 1.200 veces la Tour Eiffel, según Greenpeace. “Si durante los últimos años se ha observado el impacto ambiental de estos desechos tanto en el medio acuático como en el terrestre, es evidente que el incremento en la producción de material plástico a raíz de la COVID-19 traerá consecuencias negativas para el medio ambiente”, afirma Eljarrat

La enorme cantidad de máscaras, guantes y otros artículos de EPI, que hoy ya están poblando calles y aceras de todo el mundo, terminen llegando al océano. “Y si actúan como otro tipo de desechos, las tortugas marinas, las aves marinas y otros animales oceánicos podrían ingerirlos o enredarse en ellos”, señala Mallos.

En un estudio, publicado en la revista Marine Policy, se estimó que los artículos relacionados con la pesca, los globos y las bolsas de plástico eran los elementos más peligrosos para que estas especies queden enredadas. A ellos se añadía el riesgo de asfixia con bolsas y otros utensilios de plástico que eran ingeridos por los animales.

Pero los mares no serán los únicos ecosistemas afectados, los terrestres también se verán perjudicados no solo por la longevidad de este material –que puede permanecer cientos de años en el entorno–, sino también por su composición. Los polímeros, así como la gran cantidad de aditivos químicos, muestran efectos nocivos, incluso para la salud humana.

Sin embargo, el material ha encontrado en la pandemia un aliado para justificar su presencia. De hecho, los ecologistas temen que la industria del plástico haya explotado la emergencia sanitaria para sostener que el plástico de un solo uso es necesario para asegurar la vida de las personas. Ante su uso masivo actual, solo queda la gestión eficiente de estos residuos y un correcto reciclaje, además de fomentar materiales biodegradables.

Alternativas biodegradables

Las medidas como las de la reducción de plásticos de un solo uso fueron aprobadas pensando en alternativas fácilmente disponibles y asequibles. “Otra solución para la problemática del plástico se halla en el desarrollo de materiales alternativos a los plásticos más biodegradables y más reciclables, así como el avance en el diseño de nuevos aditivos químicos que sean menos contaminantes”, señala a SINC Eljarrat.

En España, un grupo de científicos del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA) del CSIC, liderado por José María Lagarón, ya ha empezado a desarrollar materiales de filtración biodegradables y viricidas para introducirlos en las mascarillas.

Además de ofrecer mayor protección en estos dispositivos frente al SARS-CoV-2, el objetivo es evitar que los residuos generados por las mascarillas se conviertan en un problema medioambiental. Los filtros fungibles obtenidos se podrán intercambiar cada día para no tener que desechar el producto en su totalidad.

“Si a día de hoy dispusiéramos de estas soluciones, el actual incremento del uso de material plástico no estaría afectando tan negativamente al medio ambiente”, concluye Eljarrat. Tras la pandemia, cuando la seguridad sanitaria esté asegurada, habrá que inculcar de nuevo a la sociedad la importancia del desarrollo de la economía circular.
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FUENTE | Agencia SINC
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• ETIQUETAS • COVID-19 • Coronavirus • Salud • Sociedad • Contaminación • Medio Ambiente •
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¿Abrazar la tradición frente a los peligros?

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Los resultados de esta investigación, liderada por la UCLA (Universidad de California) y en la que participa la Universidad de Sevilla, podrían ser útiles para la comunicación sobre medidas de salud ante próximas pandemias.
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Un estudio realizado en 27 países, liderado desde el departamento de Antropología de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) y en el que participa la Universidad de Sevilla, sugiere que durante los primeros años de la pandemia de COVID-19 el tradicionalismo ha estado asociado con el apoyo a conductas de protección más estrictas frente a esta epidemia.

La investigación, publicada recientemente en la revista Nature Scientific Reports, ha revelado que las personas que están más de acuerdo con afirmaciones como “Las tradiciones son el fundamento de una sociedad sana y deben ser respetadas” también tienden a apoyar un patrón más estricto de conductas de protección personal frente a la pandemia.

Ya en investigaciones previas se ha apuntado a una asociación entre un mayor tradicionalismo y una mayor atención a la posibilidad de amenazas externas. En estos estudios, el tradicionalismo psicológico fue medido por los investigadores como una variable agregada a partir de las respuestas de los participantes a una serie de preguntas sobre su valoración de las tradiciones o su negativa a mostrar acuerdo ante afirmaciones del tipo “La gente debería desafiar las tradiciones sociales con el fin de hacer avanzar a la sociedad”. Es decir, se mostraban a favor de la tradición por encima de otros valores.

La desconfianza hacia la ciencia tapaba el efecto

Los recientes resultados del estudio internacional, al apuntar a una asociación entre tradicionalismo y medidas de precaución frente a la pandemia, pueden parecer contraintuitivos. Después de todo, en varios casos muy mediáticos, las comunidades más reacias a la hora de seguir las recomendaciones de salud pública eran precisamente comunidades muy tradicionalistas o conservadoras (como en Estados-Unidos, o algunas comunidades religiosas ultra-ortodoxas). El estudio también evidencia que en ocasiones el tradicionalismo suele ir acompañado de desconfianza hacia la ciencia o bien de una orientación diferente sobre las prioridades económicas y sociales.

Sin embargo, cuando se tienen en cuentan estas dinámicas, reflejadas en los datos de la investigación y comparadas en los 27 países, el efecto del tradicionalismo sobre las conductas de protección se muestra mayor: A idénticas actitudes sobre la ciencia o sobre las prioridades económicas, una persona tradicionalista suele mostrar claramente más apoyo a las medidas de protección frente a amenazas como la COVID. Lo que sucede es que en algunos casos más llamativos la desconfianza ante la ciencia o la actitud ante la economía “tapaban” este efecto.

Investigación fundamental, también aplicada

El profesor del departamento de Filosofía, Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Sevilla, Hugo Viciana, ha llevado a cabo la parte del trabajo realizado desde España.

Hugo Viciana destaca que “los datos que emergen de esta comparativa son fascinantes ya que arrojan luz sobre una dimensión antropológica del ser humano tan relevante como la naturaleza del apego a las tradiciones.”

Además, afirma que las “investigaciones como esta pueden ayudar a diseñar la comunicación de medidas de salud pública al revelar detalles que antes se habían pasado por alto.”
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Trabajo de referencia | Samore, T., Fessler, D.M.T., Sparks, A.M. et al. Greater traditionalism predicts COVID-19 precautionary behaviors across 27 societies. Sci Rep 13, 4969 (2023). https://doi.org/10.1038/s41598-023-29655-0
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ETIQUETAS • Sociedad • Covid-19 • Pandemia • Investigación • Salud.....
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La pandemia y el aislamiento social alteraron la forma de percibir el tiempo

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La pandemia de COVID-19 alteró el modo en que las personas perciben el paso del tiempo, según se señala en un estudio brasileño publicado en la revista Science Advances.
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Karina Toledo | Agência FAPESP

Al final del primer mes de aislamiento social, en mayo de 2020, los participantes en su mayoría (un 65%) informaron sentir que las horas se arrastraban más lentamente, un fenómeno al que los investigadores caracterizan como una “expansión temporal”, que se mostró asociado a la sensación de soledad y a la falta de experiencias positivas durante ese lapso de tiempo.

Para el 75% disminuyó la sensación de “presión temporal”, cuando el reloj parece andar rápido y falta tiempo para dar cuenta de las demandas cotidianas y para el esparcimiento. Los entrevistados en su mayor parte (el 90%) afirmaron estar cumpliendo el aislamiento social en aquel momento.

“Realizamos el seguimiento de los voluntarios durante cinco meses para ver si esa ‘fotografía’ del comienzo de la pandemia cambiaría en el transcurso del tiempo. Observamos que esa sensación de expansión temporal fue disminuyendo con el correr de las semanas. Pero no notamos diferencias significativas con relación a la presión temporal”, le comenta a Agência FAPESP André Cravo, docente de la Universidad Federal del ABC y primer autor del artículo.

La investigación se puso en marcha el día 6 de mayo, cuando 3.855 voluntarios convocados a través de los medios sociales contestaron un cuestionario online con diez preguntas y cumplieron una pequeña tarea cuyo objetivo consistió en evaluar la habilidad de estimar pequeños intervalos temporales: cosas como apretar un botón para indicar que habían pasado 30 o 60 segundos. Luego se les preguntaba a los participantes al respecto de sus rutinas de la semana anterior (si habían cumplido las tareas necesarias y cuánto tiempo le habían dedicado al ocio) y cómo se estaban sintiendo (si estaban contentos o tristes, o si se sentían solos, etc.).

“A todos se los invitó a que regresaran semanalmente para someterse a una nueva evaluación, pero no todos adhirieron. Para el análisis final, tuvimos en cuenta los datos de 900 participantes que contestaron el cuestionario durante al menos cuatro semanas, no necesariamente seguidas”, informa Cravo.

Al aplicar escalas estándar para investigaciones de esta índole, que varían de cero a cien puntos, los científicos analizaban las respuestas y calculaban semanalmente si había un aumento o una disminución en los dos parámetros evaluados: la expansión y la presión temporal.

“Aparte de ese aumento o de esa disminución en las escalas, pretendíamos descubrir qué factores aparecían aparejados a esos cambios. Y en el transcurso de los cinco meses, observamos un patrón parecido: en las semanas en que la persona se sentía más sola y vivenciaba menos afectos positivos, también sentía que el tiempo transcurría más despacio. En tanto, en situaciones con alto nivel de estrés, sentía que el tiempo pasaba más rápido”, informa Cravo.

En la primera evaluación, a los participantes también se les preguntó cómo percibían el paso del tiempo antes de la pandemia. Y al comparar las respuestas con las referentes al primer mes de la cuarentena, fue posible observar un aumento promedio de 20 puntos en la expansión temporal y una disminución de 30 puntos en la presión temporal, según comenta Raymundo Machado, investigador del Instituto del Cerebro del Hospital Israelita Albert Einstein y coautor del artículo. “Pero, por supuesto, existe un sesgo de memoria en esos resultados, pues no se habían efectuado mediciones así antes de la pandemia”, comenta el investigador.

Según los datos descritos en el artículo, los jóvenes fueron los que más sintieron que el tiempo se estancaba al comienzo de la pandemia, el período de mayor adhesión a las medidas de distanciamiento social. A excepción de la edad, los factores demográficos –entre ellos la cantidad de personas dentro de la residencia, la profesión y el género– no tuvieron influencia sobre los resultados.

Para los autores, este puede ser un fecto del perfil de la muestra, compuesta fundamentalmente por personas de la región sudeste de Brasil (el 80,5%), mujeres (el 74,32 %), con alta escolaridad (el 71,78% con educación superior), de clase media alta (el 33,08%) y de trabajadores de los sectores de la educación (19,43%) y la salud (15,36%).

“Esta es una característica que suele ser común en muchos estudios realizados online en Brasil: una mayor participación de mujeres de la región sudeste del país y con alta escolaridad. Es posible que tuviésemos una muestra más representativa de la población brasileña lográsemos ver la influencia de factores demográficos”, sostiene Machado.

El reloj interior

Si bien la pandemia modificó a forma en que los participantes en la investigación sentían el paso del tiempo, parece no haber afectado su habilidad de estimar pequeños lapsos temporales (medida a través de la tarea de pulsar el botón).

“Todos poseemos la habilidad de estimar el tiempo a intervalos cortos. Lo que nosotros hicimos fue tomar los resultados de ese test de estimación del tiempo [cuánto sobrestimaban o subestimaban el lapso propuesto en la tarea] y compararlos con las escalas de percepción. Y observamos que una cosa no se relaciona con la otra”, comenta Machado.

Según Cravo, las evidencias que constan en la literatura científica indican que la sensación de que el tiempo pasa más de prisa o más despacio parece recibir el influjo fundamentalmente de dos factores: la relevancia del tiempo en un determinado contexto y la imprevisibilidad.

“Si se nos hizo tarde para ir al trabajo, por ejemplo [lo que vuelve al tiempo relevante en ese contexto], y debemos esperar que el ómnibus llegue a la parada [algo incierto], tenemos la percepción extrema de que los minutos no pasan. En tanto, cuando estamos viajando y divirtiéndonos, no le damos relevancia al tiempo y este parece pasar volando”, dice.

Tal como lo destaca el investigador, esta percepción suele cambiar cuando nos acordamos de estas mismas situaciones ocurridas en el pasado.

“Cuando recordamos todo lo que hicimos en las vacaciones, parece que ese tiempo duró más. Es lo contrario a lo que sucede cuando estamos en la cola del banco: en ese momento, el tiempo parece que se arrastra, pero cuando nos acordamos de esa situación al cabo de un lapso de tiempo, parece que todo fue muy rápido”, comenta.

En el caso de la pandemia de COVID-19, dice Cravo, sigue siendo un misterio cómo nos acordaremos del paso del tiempo durante la fase en que perduraron las medidas de distanciamiento social. “Diversos marcadores temporales, tales como el carnaval, las fiestas de los santos de junio y los cumpleaños se perdieron durante los últimos dos años. Por ende, esta es una pregunta que permanece sin respuesta aún.”
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Trabajo de referencia | Time experience during social distancing: A longitudinal study during the first months of COVID-19 pandemic in Brazil en el siguiente enlace: www.science.org/doi/10.1126/sciadv.abj7205.
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FUENTE • Agência FAPESP.....
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ETIQUETAS • Covid-19 • Sociedad • Psicología • Salud • Investigación • Coronavirus • Pandemia • .....
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Surgen más de 700.000 nuevos usuarios de bicicleta en España durante la pandemia

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Los nuevos usuarios de la bicicleta se reparten de forma más homogénea en ciudades grandes y pequeñas, mientras que los nuevos usuarios del patinete se concentran en las grandes ciudades. Además, el estudio revela un potencial de 2 millones de posibles nuevos usuarios de bicicleta y de 1,5 millones de posibles nuevos usuarios de patinete para el próximo año.
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Durante la pandemia de la Covid-19 y en ese contexto específico de baja movilidad, más de 700.000 personas de toda España se han incorporado al uso de la bicicleta y más de 370.000 personas se han iniciado con el patinete. En total, a lo largo del último año, más de un millón de personas del país han apostado por el cambio de hábitos hacia medios de movilidad sostenibles e individuales. Este es uno de los grandes resultados del estudio “La bicicleta y el patinete en tiempos de pandemia en las zonas urbanas españolas, realizado por la Red de Ciudades por la Bicicleta (RCxB), a través de GESOP, y presentado hoy en el Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA), celebrado en IFEMA (Madrid).

La presentación del estudio ha ido a cargo del presidente de la Red de Ciudades por la Bicicleta (RCxB) y vicepresidente de Movilidad, Transporte y Sostenibilidad del AMB, Antoni Poveda, y la directora de GESOP, Àngels Pont. El acto también ha contado con la participación del Director del Observatorio Nacional de Seguridad Vial de la DGT, Álvaro Gómez.

Entre los objetivos del estudio, en el que se han realizado 1.500 encuestas telefónicas durante el mes de abril del 2021, estaban analizar el cambio de movilidad durante la pandemia hacia medios más sostenibles (específicamente, hacia la bicicleta y el patinete), conocer el perfil de los nuevos usuarios y averiguar las expectativas de su uso en futuro cercano. Entre otros, también, se buscaba conocer los tipos de uso que se da a cada vehículo y saber cómo valoran los usuarios las infraestructuras existentes.

“El estudio nos ha revelado que, en un marco general de baja movilidad a consecuencia de la pandemia causada por la Covid-19, muchas personas se han acercado al uso de la bicicleta y el patinete, especialmente en las grandes ciudades. Han surgido miles de nuevos usuarios. Otros se lo han planteado y muchos piensan que lo utilizaran en el futuro. En este sentido, también hemos descubierto que tenemos más de 2 millones de futuros usuarios potenciales”, explica, a grandes rasgos, el presidente de la RCxB y vicepresidente de Movilidad, Transporte y Sostenibilidad del AMB, Antoni Poveda, apuntando a las grandes posibilidades de crecimiento que tiene actualmente la bicicleta.

“Estos resultados que hoy presentamos nos confirman que, todas administraciones, instituciones y asociaciones, con consenso e independientemente del color político, debemos seguir mejorando e incrementando las políticas a favor de la bicicleta, para convertirla en un verdadero medio de transporte diario. Ante el crecimiento de su uso, es nuestra obligación seguir mejorando y ampliando infraestructuras y servicios. Era una necesidad ya anterior a la pandemia y ésta solo ha hecho que acelerarla y ratificarla. Tenemos que mejorar los servicios e infraestructuras. Favorecerá a los usuarios habituales y facilitará su uso entre los nuevos usuarios y, sobre todo, entre los potenciales”, ha añadido Poveda.

Se reduce la brecha de género entre los ciclistas

Por otro lado, el estudio concluye que en este último año las personas que se han incorporado al uso de la bicicleta durante la pandemia han contribuido a reducir la brecha de género entre las ciclistas. Se ha pasado de un 63% de usuarios hombres a un 60,1% y de un 37% de usuarias mujeres a un casi 40%. Por otro lado, el estudio apunta que no parece existir brecha de género entre las personas usuarias de patinete, aunque durante la pandemia el uso del patinete ha crecido entre las mujeres.

La bici tiene un uso homogéneo en todo el país, mientras que el patinete se concentra en las grandes ciudades

Otra de las grandes conclusiones del estudio realizado por la RCxB y GESOP es que los usuarios de la bicicleta se reparten de forma más homogénea en todo el país, tanto en ciudades grandes como pequeñas, mientras que los usuarios del patinete se concentran mayoritariamente en las grandes ciudades, y todavía más entre los que se han incorporado más recientemente.

Más del 80% de los nuevos usuarios de patinete se concentran en las ciudades de más de 100.000 habitantes. Concretamente, el 36,9% de los nuevos usuarios de patinete se encuentran el ciudades de 100.000 a 500.000 habitantes, y el 43,6% de los nuevos usuarios se concentran en ciudades de más de 500.000 habitantes.

La bicicleta destaca por sus múltiples usos y el patinete, más ligado a la movilidad obligada

Según la encuesta, los usuarios de la bicicleta asignan a este medio de transporte más usos que al patinete. Un 25% de los usuarios de bicicleta la han utilizado para ir a trabajar o al centro de estudios. Esta cifra baja al 22,4% en el caso de los nuevos usuarios de bicicleta. Por otro lado, un 34,3% de los usuarios de la bicicleta indican que la usan regularmente para hacer desplazamientos cotidianos. No obstante, la mitad o más de los ciclistas dicen utilizar la bicicleta para pasear (50,6%) o hacer deporte (55,6%).

En cambio, el uso del patinete está más ligado a la movilidad obligada. En general, un 29,8% de los usuarios que han utilizado el patinete durante la pandemia lo han hecho para ir a trabajar o al centro de estudios. En el caso de los nuevos usuarios, esta cifra asciende al 34,3%. A parte, un 58,4% de los usuarios de patinete indica que lo utilizan para hacer desplazamientos cotidianos. En el caso de los nuevos usuarios, esta cifra supone el 46,7%. Finalmente, un 29,6% de los usuarios de patinete lo usan para ir a pasear. Siendo esta cifra el 18,2% en el caso de los nuevos usuarios.

Cambios de hábitos durante la pandemia, la bici y el patinete ganan terreno a otros medios de transporte

El estudio de la RCxB y GESOP también ha analizado qué medios de transporte han sido sustituidos por la bicicleta y el patinete. En primer lugar del ranking, la bicicleta ha sustituido al vehículo privado motorizado. Un 31,2% de los nuevos usuarios han cambiado el vehículo motorizado por la bicicleta. Además, en segundo lugar también se destaca que un 41,5% de los nuevos usuarios de bicicleta han cambiado el caminar por el ir en bicicleta.

En el caso del patinete, éste ha sustituido, en primer lugar, a caminar, y, en segundo lugar, al uso del transporte público. Concretamente, el 33,9% de los nuevos usuarios del patinete lo han cambiado por caminar. Y el 40,2% han optado por el patinete frente al transporte público.

Infraestructuras más preparadas para las bicicletas, y en las grandes ciudades

Según los datos del estudio, en las grandes ciudades se considera que las infraestructuras están más preparadas, especialmente para las bicicletas. En las ciudades de más de 500.000 habitantes, un 70,5% de los usuarios consideran que están muy o bastante preparadas. En el caso de las ciudades de 100.000 a 500.000 habitantes, un 54,1% de los usuarios lo consideran. En el resto de ciudades de menor tamaño, esta opinión favorable se queda en menos del 50% de los entrevistados.

A diferencia de la bicicleta, las infraestructuras se perciben menos preparadas para los patinetes. En general, un 40% de los usuarios de patinete indica que las infraestructuras están muy o bastante bien para el patinete, frente al casi 60% restante que indica que están poco o nada bien.

Usuarios potenciales: 2 nuevos millones posibles usuarios de bici y 1,5 millones de patinetes

Según el estudio y las entrevistas realizadas, se concluye que hay más de 2 millones de personas se plantean utilizar la bici a lo largo del próximo año y casi 1 millón y medio se plantea el uso del patinete. De los más de 20 millones de personas que hay en España entre 16 y 65 años, más de 2,3 millones (10,9%) se plantean utilizar la bicicleta el próximo año. Y cerca de 1,4 millones (7%), se plantean optar por el patinete.

Estos potenciales usuarios se concentran, sobre todo, en las ciudades de más de 100.000 habitantes. Por comunidades autónomas, Madrid, Cataluña, Comunidad Valenciana y Andalucía son las comunidades donde la bicicleta y el patinete despiertan mayor interés.

Y a la pregunta sobre si la bicicleta y el patinete han llegado para quedarse, la respuesta es un sí contundente. En el caso de la bicicleta, un 79,5% confirma que seguro, y un 17,5% dice que probablemente. En el caso del patinete, un 72,7% expone que seguro, y un 24,1% indica que probablemente.
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La pandemia está desdibujando la separación entre hogar y trabajo

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El teletrabajo podría dejar al descubierto información confidencial y generar conflicto de intereses. La pandemia ha venido a colocar al trabajo en casa como parte del ambiente laboral.
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Foto de Michelangelo Buonarroti en Pexels
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El hogar ya no es lugar de refugio y descanso del ajetreo diario en los centros laborales y educativos; la pandemia lo ha convertido en espacio público, oficina y escuela, donde los límites y jerarquías se han diluido, generando estrés al interior de la familia, indicó Jesús Felipe Uribe Prado, investigador del Posgrado de la Facultad de Psicología (FP) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Así, han surgido debates sobre qué labores son más importantes: las del niño en educación básica, las del universitario, las del trabajo del padre o de la madre, cuando todos deberían tener la misma importancia, ha afirmado. 

Los límites también se han visto afectados, y la gente se pregunta “hasta dónde mostrar la casa o hasta qué momento el perro tiene derecho a ladrar, porque está en proceso una videoconferencia o videollamada”. Uribe Prado ha subrayado que con el trabajo en casa (teletrabajo) se enfrentan retos como la ciberseguridad. Pero, ¿de quién depende la seguridad de la información?, ¿de mi empresa o de mi hogar?, “eso se vuelve un problema porque el trabajador podría manejar información confidencial desde casa, que podría ser escuchada por cualquier persona y representar un conflicto de intereses.

Estrategias para reducir el estrés

Desde la década de los 80, la Organización Mundial de la Salud y las secretaría del Trabajo y de Salud definieron que un trabajador puede enfermar por razones físicas (accidente), químicas, al estar expuesto a un compuesto biológico (virus) o a factores psicosociales. En 2018 se introdujo el concepto de factores de riesgo psicosocial en la Norma 035, que incluye el ambiente de trabajo, “y ahora la pandemia ha venido a colocar al trabajo en casa como parte del ambiente laboral”, ha precisado.

Para enfrentar esta situación, el experto considera necesario estar conscientes del peligro de la pandemia, de los cuidados que debemos tener y valorar más la salud, la alimentación y el ejercicio.

“Es necesario que la gente sea resiliente y logre superar los problemas que enfrenta en estos momentos, pero no tenemos por qué hacerlo solos; aprovechando las herramientas informáticas y de comunicación, podríamos acompañarnos de amigos, familia o grupos de apoyo, porque todos juegan un papel importante”.

Además, recomienda tener una agenda similar a la del trabajo, pero en casa: respetar horarios laborales, de descanso, divertirse, alimentarse bien, hacer ejercicio y socializar con la familia.

“Con resistencia, flexibilidad adaptación, aprendizaje y conciencia de lo que implica la salud en tiempos de crisis, saldremos adelante”, finalizó Uribe Prado.
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¿Qué legado dejaron las epidemias a lo largo de la historia?


Tres investigadores analizan las consecuencias de otras enfermedades que azotaron a la población mundial en distintos momentos. Existe un denominador común de todas las enfermedades investigadas a lo largo de los siglos incluido el coronavirus: “En todas las epidemias, del siglo XIX y el siglo XX, hubo incertidumbre biomédica. Además, al comienzo siempre se produce una etapa de negación de la enfermedad.
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Miembros de la Cruz Roja trasladan a una víctima de la pandemia de 1918 en Estados Unidos.
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¿Surgirá un nuevo orden mundial cuando pase la pandemia?, ¿la humanidad adoptará nuevas formas de relacionarse entre sí y con el medio ambiente?, ¿qué magnitud tendrá la crisis económica en puerta? Es imposible saber con certeza cuáles serán las consecuencias del COVID-19. Las preguntas sin respuesta se multiplican en el transcurso de la cuarentena y si bien el horizonte es incierto, algunos científicos revisitan el pasado para aplacar las incógnitas del futuro. En medio del aislamiento, la doctora en historia del Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales (INHUS) del CCT Mar del Plata y docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Adriana Álvarez, el doctor en Física de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Rodolfo Pregliasco, y la doctora en Letras del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Vanina Teglia, se dedicaron a investigar el legado que dejaron ciertos hitos y otras epidemias que azotaron a la humanidad en distintos momentos de la historia.

“Yo nunca estudié que una epidemia haya frenado al mundo como lo está frenando ésta. No vi otra que se haya desarrollado de manera tan armónica y casi paralelamente, y que provoque que la mayoría de los países del mundo estén en cuarentena”, destaca Álvarez. “Ni siquiera tengo precedentes de las epidemias del siglo XIX, porque en esa época los barcos seguían llegando, pero se quedaban cumpliendo las cuarentenas”. Álvarez, que estudia la Historia de la Salud Pública, sí ve un denominador común de todas las enfermedades que investigó a lo largo de los siglos incluido el coronavirus: “En todas las epidemias, del siglo XIX y el siglo XX, hubo incertidumbre biomédica, y eso es algo que ahora, en pleno siglo XXI, se repite”. Según su punto de vista, otro denominador común de todos los momentos epidémicos que estudió es el de la inminente llegada del brote: “Al comienzo siempre se produce una etapa de negación de la enfermedad”, advierte. Las razones de esa negación son múltiples: “A veces se morigera por cuestiones económicas, políticas o para no asustar a la población. En el caso de Argentina, siempre se tendió a pensar que estábamos muy abajo en el globo terráqueo como para que llegaran las enfermedades de otros países. De todas maneras, siempre llegaron”.

Las crisis y las oportunidades

Las primeras enfermedades que azotaron a Argentina -epidemias, enfermedades infectocontagiosas, gastrointestinales y fiebres- dejaron al descubierto, según Álvarez, las carencias del país. Por eso mismo, dice, funcionaron como un motor para que se produjeran cambios en diferentes niveles, como el sanitario; el de la infraestructura urbana; el de la cooperación internacional; y el de la organización ciudadana.

Con algo de eso mismo se encontró el físico del CONICET Pregliasco, unos días antes de que se desatara la cuarentena en Argentina, cuando se disponía a preparar una charla para un congreso de Ciencias Forenses que se realizaría a fin de marzo en Bariloche. La charla que iba a dar era sobre “riesgos fantasmas”, es decir, sobre aquellas cosas que no se sabe exactamente si son riesgosas para la salud. “Mi idea era demostrar cómo la ciencia se aplica en esos casos, donde se hace una demanda por ejemplo por la radiación de los celulares, los alimentos transgénicos o los campos magnéticos, para asesorar a la Justicia a tomar decisiones”, explica. Para prepararla, Pregliasco tuvo que indagar en conceptos de epidemiología, y dio con un caso que lo conmocionó por las consecuencias que tuvo en la sociedad: el de la epidemia de cólera en Londres en 1854. Finalmente, el congreso y la charla se suspendieron a raíz de la pandemia, pero Pregliasco quedó prendido de esa historia, releyendo libros y documentos de la época, y sorprendido porque aquella epidemia de cólera fue la que provocó que se rediseñaran las ciudades modernas.

“Ahí me enteré de que la ciudad moderna que conocemos se diseña a partir de ésto, porque hasta entonces no había sistema de cloacas, no había sistema de purificación de agua, ni asistencia hospitalaria –comenta Pregliasco-. En ese entonces Londres era muy antihigiénica. Era una ciudad en pleno crecimiento, pero los efluentes se tiraban al Támesis o a los pozos ciegos, que se rebalsaban y se vaciaban en las calles, el ganado se faenaba en la misma ciudad y se lo alojaba en las plantas bajas de los edificios. Todo eso constituía un escenario de catástrofe. En ese entonces los médicos eran opinólogos, no tenían rigor. Y apareció un médico llamado John Snow, que fue el gran personaje de la pandemia. Junto con el reverendo Whitehead, realizaron un mapa de las personas muertas, y comprobaron que el cólera era provocado por el agua contaminada, y no por los efluvios de miasmas, que era la creencia de la época. Eso produjo un cambio enorme: nació la epidemiología y se creó la red sanitaria de agua tal como hoy la conocemos”.

En Argentina, unos años después, Álvarez trae a colación una historia similar: las epidemias de cólera que se desataron entre 1867 y 1895 en la ciudad de Buenos Aires. Fueron producto de dos factores: el crecimiento poblacional acelerado dado por la inmigración europea, y la actividad comercial concentrada en el puerto de Buenos Aires. En aquel entonces, el crecimiento demográfico y económico, explica la científica, corrió en forma paralela a la falta saneamiento urbano, a las calles inundables, los pantanos, la basura, los olores pestilentes. “Ante esa precaria situación higiénica y el brote de cólera, la primera consecuencia fue que en 1869 comenzara a purificarse el agua destinada al consumo de la población”, apunta la científica.

Fue en ese mismo momento donde comenzaron a aplicarse las cuarentenas, para todo buque que llegara al puerto sin patente o con patente “sucia”, o bien que tuviera enfermos a bordo, justamente para frenar la entrada de las enfermedades exóticas. A pesar de esos cuidados, en 1886 el cólera regresó a Argentina, propagándose en las provincias del interior del país. Además del cólera, en Argentina se propagaba la enfermedad de la viruela, que destapó otra realidad, y fue que la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, carecía de médicos y de hospitales. Aunque la consecuencia de la enfermedad fue positiva: comenzaron a construirse hospitales en mayor número, y no solo de la mano del Estado. “Una vez superada la crisis, fueron las organizaciones vecinales, de damas de beneficencia y organizaciones filantrópicas las que más se encargaron de esas construcciones, lo que hizo fortalecer a un tercer sector de la sociedad como nunca antes”, asegura Álvarez. “Y yo creo que en esta pandemia del COVID-19 va a pasar algo similar: el Estado no tiene un bolsillo infinito, y el tercer sector puede llegar a tener una gran importancia en un futuro cercano”.

Cuando la unión hace la fuerza

Otra endemia que dejó un nuevo legado fue el paludismo o malaria, presente en Argentina desde épocas inmemoriales, señala Álvarez. Recién se logró su erradicación hacia 1950, cuando se inició el primer programa de cooperación internacional vinculado a la lucha palúdica, con la colaboración de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Es decir que permitió vislumbrar la importancia de que los países mancomunen sus fuerzas como nunca antes. “Y en el caso del COVID-19, también está claro que se necesita de cooperación internacional para avanzar, por ejemplo, en la búsqueda de una vacuna, y luego en el acceso a ella por parte de todos los países”, dice Álvarez. En esa línea, Vanina Teglia, investigadora del CONICET especialista en discurso colonial, también considera por estos días que una de las consecuencias de la pandemia del COVID-19 puede llegar a ser la importancia de que el mundo adquiera “un nuevo orden internacional”, que lo reconfigure geopolíticamente.

“Este año se cumplen quinientos años de la primera navegación por el estrecho de Magallanes, pasaje entre los océanos Atlántico y Pacífico que permitió, para la historia mundial, la circunnavegación del globo –advierte Teglia-. Hoy, ante el indeseado coronavirus, la humanidad toma conciencia de que habita ahora un solo mundo interconectado desde todos los aspectos posibles. Paradójicamente, para contrarrestar la propagación de la pandemia, la única medida a mano y efectiva parece ser el aislamiento, la cuarentena, el cierre de fronteras y el control de la cantidad mínima de viajes internacionales, algo que nunca pensamos que veríamos en este mundo. Es decir que para combatir la mundialización del contagio, se anda marcha atrás sobre los pasos dados hace quinientos años, cuando se buscaba, por el contrario, combatir el aislamiento y conectar al mundo definitivamente. Mientras que aquellas acciones tremendamente esforzadas del pasado procuraban el control del mundo con la expansión; hoy, esas mismas acciones han vuelto al planeta un sitio descontrolado y difícil de contener en su peligrosidad para la humanidad.”

Hubo otras epidemias en la historia con otras consecuencias. En los años 1930 y 1940, la epidemia de poliomelitis, recuerda Álvarez, trajo como resultada la apertura de centros de rehabilitación. “No había ese tipo de centros antes de eso”, señala. En el caso del COVID-19, la científica vislumbra que uno de los legados puede llegar a ser el fortalecimiento de determinadas actividades industriales. “Si teníamos una fábrica de pulmotores que fabricaban 17 por mes y ahora fabrica para abastecer al mercado interno y exportar, eso es una consecuencia directa. Lo mismo sucede con quienes fabricaban sweaters y hoy están fabricando barbijos. Es decir que los legados de las epidemias son muchos, son terribles, son traumáticos, porque queda la muerte y el temor, pero también quedan sobre el tapete las fortalezas y las debilidades de una sociedad y qué capacidad tiene para adaptarse al nuevo escenario”.
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