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El confinamiento de los insectos. La biodiversidad y su conexión con el ser humano


La mayoría de los insectos son magníficos sensores de alarma y excelentes bioindicadores del estado de salud ambiental de cada ecosistema. Si un simple virus ha sido capaz de cambiar nuestra manera de vivir y de percibir el mundo, la desaparición de los insectos puede acarrear la extinción del Homo sapiens de la Tierra.
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Los Artrópodos constituyen aproximadamente el 80% de las especies de organismos vivos que se conocen y cerca del 90% de los animales. Entre ellos, los insectos, con más de un millón de especies, supone que más de la mitad de todos los seres vivos conocidos (animales y vegetales) son insectos. En España se calcula que esta cifra se sitúa por encima de las 45.000 especies. Tan solo el orden Coleoptera (escarabajos) cuenta con unas 370.000 especies. Cifras apabullantes si hablamos de biodiversidad y si las comparamos con las 44.000 especies de vertebrados donde se incluyen mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces. Por tanto, los insectos son los animales con más éxito sobre la Tierra, y a la vez los más sensibles a cualquier cambio que afecte al medio natural en el que se desenvuelven.

La enorme diversidad de especies diferentes les proporciona uno de los estatus más relevantes en el reino animal, por lo que desempeñan un papel esencial en todos y cada uno de los ecosistemas del planeta. El mayor beneficio que prestan los insectos es su encomiable labor de mantener el equilibrio necesario en cada ambiente, y sobre todo, el sostenimiento de las cadenas alimenticias y polinización vegetal llevadas a cabo por estos animales; y este servicio a la naturaleza y al sostenimiento de la vida los hacen totalmente gratis. Su pequeño tamaño y capacidad de volar les permite acceder a casi todos los hábitats y microhábitats terrestres y acuáticos que se conocen.

La mayoría de los insectos son magníficos sensores de alarma y excelentes bioindicadores del estado de salud ambiental de cada ecosistema. Su estudio, catalogación y seguimiento de sus poblaciones, desde un punto de vista tanto cualitativo como cuantitativo, aporta a los científicos los datos necesarios para desarrollar distintos modelos de seguimiento ecológico de cada hábitat. Aun así, en estos últimos 35 años, su dominio en cuanto al número de especies y sobre todo en el número de individuos que conforman sus poblaciones se han disuelto como un azucarillo en un vaso de agua hirviendo. El número de mariposas, polillas, abejas, grillos, saltamontes, escarabajos, hormigas, avispas, moscas, cigarras, luciérnagas, chinches, tijeretas, libélulas, caballitos del diablo…, se ha reducido de forma alarmante en todo el mundo. Casi un tercio de las especies de saltamontes, grillos y chicharras están amenazadas, muchas de ellas en peligro de extinción. Esto mismo sucede de con el resto de órdenes y familias que conforma la Clase Insecta.

Los ciclos biológicos de la mayoría de los insectos son muy sensibles a cualquier cambio. La revista científica Science publicó los escalofriantes datos de la Sociedad Entomológica de Krefeld, en Alemania, que ha constatado que la biomasa de insectos ha disminuido en este país un 80% desde 1989. En Cataluña se sabe que tres cuartas partes de las mariposas están en declive, datos que perfectamente pueden ser extrapolables al resto de España. La reducción de insectos es alarmante y crece cada año.

La riqueza en especies de insectos depende del estado de conservación de las formaciones vegetales, y no solo del tipo de bosque o de matorral considerado. Su diversidad aumenta con la heterogeneidad estructural vegetal y su conservación depende en buena medida de la conservación del medio natural. La transformación y destrucción de los hábitats, proliferación de las carreteras y vías rápidas, el incremento exponencial de piscinas en zonas urbanas, uso indiscriminado de insecticidas (neonicotinoides) y cambio climático son, entre otras muchas, las causas más importantes del declive de esta Clase Zoológica.

La Sociedad Española de Ciencias Forestales asegura que la falta de gestión forestal sostenible está relacionada con el origen de pandemias como la actual de la Covid-19 y que la deforestación es una de las causas de pérdida de hábitats naturales de especies que entran en contacto con seres humanos y pueden transmitir zoonosis que son el origen de pandemias como la actual. Muchos procesos de deforestación se dan actualmente en bosques tropicales para satisfacer las necesidades de alimentos y materias primas y que una adecuada racionalización del consumo de recursos naturales y una mayor tasa de aprovechamiento forestal sostenible en nuestros bosques reduciría la presión sobre los bosques tropicales y por ende reduciría las pérdidas de hábitats de especies capaces de transmitir estas zoonosis.

Ni siquiera el confinamiento humano en estos meses ha hecho reactivar las poblaciones de insectos. Si un simple virus ha sido capaz de cambiar nuestra manera de vivir y de percibir el mundo, la extinción de los insectos puede acarrear la desaparición de los humanos de la Tierra. Tan solo las abejas polinizan el 30% de las flores; que sumados a las mariposas, escarabajos y resto de insectos llegan a polinizar más del 90%; por tanto casi todo el Reino Vegetal, unas 270.000 especies, dependen de ellos para perpetuarse. Sin ellos no habría fruta que comer.
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Los confinamientos evitaron tres millones de muertes en Europa, 450.000 de ellas en España


Dos estudios publicados esta semana en la revista Nature analizan la efectividad de las intervenciones no farmacológicas a la hora de controlar la pandemia de SARS-CoV-2. Sus resultados coinciden y no dejan lugar a dudas: el aislamiento ha valido la pena.
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Las llamadas “intervenciones no farmacológicas” contra la COVID-19, como confinamientos, no solo han sido un éxito a la hora de controlar la pandemia, sino que evitaron millones de muertes solo en Europa. Son las principales conclusiones de un estudio publicado este lunes en la revista Nature por los modelizadores del Imperial College de Londres (Reino Unido) a partir de datos de once países, entre ellos España.

“Los confinamientos tuvieron un efecto muy significativo e hicieron caer R0 por debajo de 1 en todos los países analizados”, resumía el coautor del estudio Samir Bhatt en una rueda de prensa telefónica a la que ha tenido acceso SINC. Esto quiere decir que la transmisión del SARS-CoV-2 se redujo lo suficiente como para frenar su extensión.

Las modelizaciones utilizaron las muertes observadas en once países europeos —entre ellos, Reino Unido, España, Italia, Alemania y Bélgica— para estimar la transmisión ocurrida semanas antes, representada por el ya famoso número reproductivo básico R, que representa el número medio de casos que genera cada infectado.

Según sus resultados, unos tres millones de personas habrían muerto por COVID-19 hasta el pasado 5 de mayo en los países estudiados. En el caso de España, las muertes evitadas oscilarían entre las 360.000 y las 540.000, aunque el valor más probable estaría alrededor de las 450.000.

“Un número enorme que no tiene en cuenta el efecto del colapso de los sistemas sanitarios”, según Bhatt. “Nuestro trabajo muestra que estos once países han controlado la epidemia gracias a las medidas, algo que no habría sucedido de no haberlas tomado”.

Mucho camino por recorrer

El modelo también estimó que, para entonces, entre 12 y 15 millones de personas se habrían infectado. Esto, que supone una prevalencia de entre el 3 y el 4%, cuadra con los estudios de seroprevalencia realizados. De hecho, en el caso de España, el 5,5% calculado por los investigadores del Imperial College es muy similar al 5,2% que reveló la segunda ronda del estudio ENE-COVID-19.

A pesar del éxito de las medidas, o más bien debido a él, los autores advierten de que todavía queda mucho camino por delante. “Estamos solo al principio de la pandemia y muy lejos de la inmunidad de grupo. Las probabilidades de que haya una segunda ola [si se vuelve al escenario inicial] son muy reales”, aseguró Bhatt. Por eso, los investigadores inciden en que se debe considerar “cuidadosamente” las intervenciones necesarias para seguir manteniendo la transmisión bajo control.

El modelo no está exento de limitaciones. En primer lugar, utiliza las muertes reportadas, cuando las cifras de excesos de muertes han mostrado en países como España que este dato no es perfecto. Para compensarlo, los investigadores aseguran que han tenido en cuenta escenarios en los que los fallecidos eran infrarreportados.

Además, el modelo asume que cada medida tuvo el mismo efecto en todos los países, cuando en realidad los confinamientos no fueron igual de efectivos en todas partes. “No podemos estimar si se podría haber mantenido un mejor equilibrio entre las medidas y la vida de la gente ni cómo, solo que las intervenciones realizadas tuvieron un alto impacto y salvaron vidas”, concluye Bhatt.

Pero, ¿qué medidas son mejores?

Otro estudio publicado también ayer en Nature sí analizó la efectividad de varias de estas medidas a la hora de frenar la curva. “Quisimos medir cómo afectó cada una directamente, para que la sociedad sepa cuáles son mejores contra la pandemia”, resumía el investigador de la Universidad de California en Berkeley (EE UU) y coautor del estudio, Solomon Hsiang.

Para ello los investigadores estudiaron datos de más de 1.700 intervenciones en China, Corea del Sur, Italia, Irán, Francia y Estados Unidos. Emplearon las tasas de infecciones diarias de SARS-CoV-2, las definiciones de caso y los tiempos en los que se implantaron las medidas de contención hasta el 6 de abril.

Los resultados mostraron que de media, sin medidas, la tasa de crecimiento de casos hubiera sido del 38% al día, “lo que implica que los casos se habrían doblado cada dos días”, en palabras de Hsiang.

Estas medidas combinadas evitaron, según los autores, 62 millones de casos confirmados. O, si tenemos en cuenta que la detección nunca es perfecta, unos 500 millones de infecciones. Por eso, Hsiang llega a la misma conclusión que sus colegas del Imperial College.

Según Hsiang, el cierre de negocios, el autoaislamiento en hogares y las medidas de distanciamiento físico —comúnmente resumidas con el término ‘confinamiento’— fueron “sumamente efectivas”.

Por el contrario, las restricciones a la hora de viajar tuvieron “resultados mixtos” alrededor del mundo. En cuanto al cierre de colegios, el investigador aseguró no haber encontrado “evidencias fuertes de que redujera la transmisión del virus”. Aun así, advierte de que es necesario investigar más en este sentido antes de tomar cualquier decisión política.
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FUENTE | Agencia SINC
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El paso de semanas y ver que otros rompen el confinamiento incita a desobedecer el estado de alarma


Según el experto en comportamientos y catedrático del departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Granada Sergio Moreno-Ríos, que ha analizado la respuesta social a la censura de movimientos impuesta en el estado de alarma desde el pasado 15 de marzo.
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El paso de las semanas, el incremento del estrés, la confusión de los mensajes y ver que otras personas rompen el confinamiento incita a desobedecer el estado de alarma pese a que los estudios indican que la sociedad se autoimpone un umbral de valores por el que toleran las trampas pero no saltarse la norma.

El experto en comportamientos y catedrático del departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Granada, Sergio Moreno-Ríos, ha analizado la respuesta social a la censura de movimientos impuesta en el estado de alarma, comportamientos revisados con estudios previos para comprender la reacción ante el confinamiento.

Desde que se decretó el estado de alarma, los cuerpos de seguridad han detenido a más de 5.000 personas y han denunciado a otras 613.000 por quebrar la actual limitación de movimientos. "Vivimos confinados, obligados por una norma que representa una agresión a nuestra libertad pero la cumplimos pese a que no sería demasiado difícil saltársela, ¿por qué?", pregunta Moreno-Ríos, que explica que la gente permanece en casa por la imagen de persona honesta que quiere tener, y no tanto por el castigo.

Según explica este experto, estudios en los que se analiza si el ser humano tendría una conducta deshonesta, como coger todas las monedas de una máquina rota sin que lo vean, demuestran que casi todo el mundo realizaría una conducta prohibida, pero en un grado pequeño, frente a una minoría que lo haría a lo grande.

Moreno-Ríos apunta que la sociedad general está dispuesta a hacer "un poco de trampa", a pasear al perro cuatro veces y no tres o a comprar el pan más lejos de casa, pero acciones que no exijan modificar el autoconcepto por el que todos nos creemos honestos. Sin embargo, según los estudios de comportamiento, ese umbral de ser "buena gente" fluctúa y se hace más fuerte si pensamos que perjudicamos a un conocido, un amigo o a un familiar frente a un "ente desconocido" o a un organismo difuso. "Hacemos un balance de nuestro propio umbral y cuando realizamos acciones buenas, nos sentimos buenos, elevamos ese umbral y es más difícil saltarlo", añade el experto, que recalca además que el cumplimiento de la norma depende de si se concibe como justa o útil, ya que en caso contrario es más probable burlarla.

Cuando hay poca información o es difusa, la sociedad tiende a guiarse por lo que hace su grupo de referencia o sus líderes, "los copiamos", por lo que un madridista verá como deshonesto a un seguidor del Barça si lo ve pasear y reforzará su confinamiento. "Pero si ves a Rajoy saltarse el confinamiento y has votado a su partido, pensarás que tiene una información que tú no sabes y será más fácil que también salgas", señala el catedrático, que afirma que la población cambia al sumar cada día elementos. Esta reacción responde a que el ser humano tiene una forma doble de evaluar las cosas, una intuitiva y desde la "ética rápida que nos lleva a actuar", y otra pausada, deliberada.

El cambio constante en el comportamiento también reacciona a nuevos datos como la bajada del número diario de fallecidos y suma un aumento del estrés, una combinación que hace que aumente la predisposición a saltarse la norma con el paso de las semanas. "Llevamos más tiempo y estamos por tanto más cansados, necesitamos más lo de salir, y hay una oportunidad si existe un grupo que justifica y refuerza la acción", añade para explicar por qué se rompe el confinamiento por cumpleaños o fiestas.

Pese a la consigna de que 21 días bastan para crear un hábito, explica que no funciona porque se han dejado de hacer muchas cosas, no una, y que aunque la costumbre permite llevar mejor el confinamiento, no son condiciones naturales que convertir en hábito. Moreno-Ríos también explica las reacciones minoritarias contra sanitarios o trabajadores de supermercados, ataques que responden al "yo animal" y que buscan un beneficio propio y evitar el peligro, alejarlo, aunque eso suponga atacar a otros.
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