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El lado oscuro de las bebidas energéticas en los exámenes: ¿ayuda o riesgo para la salud?

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Profesores de la Facultad de Ciencias de la Salud y la ESCET alertan de los peligros que puede tener para los estudiantes el consumo de bebidas energéticas.
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A día de hoy, son pocos los estudios que analizan el consumo de bebidas energéticas en el ámbito universitario y los factores de riesgo asociados a su ingesta.

En este contexto, una investigación desarrollada por profesores de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) se sitúa entre los pocos trabajos que abordan, desde una perspectiva epidemiológica, los hábitos de consumo de estas bebidas durante los periodos de mayor estrés —como la época de exámenes— y a lo largo del curso académico.

Los resultados muestran que el 81% de los estudiantes encuestados consume bebidas energéticas para mantenerse despiertos y concentrados, mientras que un 65% considera insuficientes las campañas de prevención e información sobre sus efectos. Aunque no es el foco principal del estudio, los investigadores también apuntan a la presencia de un fenómeno preocupante: la mezcla de bebidas energéticas con alcohol, una combinación que puede enmascarar los efectos del alcohol y aumentar los riesgos para la salud.

El trabajo fue presentado en el XV Congreso Internacional de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica (AEBI). El equipo está liderado por Yolanda Valcárcel, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública, junto con los profesores Gema Vera, Nancy Paniagua y Miguel Martínez, del área de Farmacología, y Yolanda Segura, del área de Ingeniería Química. Todos ellos integran el grupo ApSUM.

En el proyecto también participaron Pablo Palomares, estudiante del Grado en Enfermería y fisioterapeuta, y las alumnas del Grado en Farmacia Lady E. Vera e Irene Moreno.

“La colaboración de los alumnos ha sido fundamental para comprender cómo viven los estudiantes las situaciones de estrés o ansiedad, cada vez más frecuentes”, destaca la profesora Valcárcel.

La investigación ha sido financiada por el Observatorio del Estudiante de la URJC y abre la puerta a futuras iniciativas orientadas a la promoción de la salud y la prevención del consumo de bebidas energéticas entre la comunidad universitaria.
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¿Es saludable beber alcohol o lo mejor es ni probarlo?

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Tras la resaca de la Navidad y el comienzo de año, llega el momento de los buenos propósitos. Entre ellos suele estar hacer deporte y tener hábitos más saludables. Hemos hablado con varios expertos sobre los últimos estudios de consumo de alcohol y su impacto en la salud, ya que cada vez más gente en España cree que tiene algún beneficio, cuando no es real.
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Son las 9 de la mañana, y el laboratorio está en absoluto silencio. Rudolph Schutte prepara una solución de etanol al 70% para desinfectar los equipos cuando, de buenas a primeras, levanta la vista de los instrumentos y suelta una sonora carcajada. “Es asombroso, absolutamente increíble, que consumamos por diversión la misma sustancia que usamos para matar bacterias y virus”, dice para sus adentros este experto en fisiología cardiovascular y epidemiología de la Universidad Anglia Ruskin (Reino Unido).

La anécdota nos la cuenta al preguntarle por sus últimos estudios acerca de los efectos del consumo de alcohol sobre la salud y los mitos acerca de la protección cardiovascular entorno a esta sustancia. “El gel hidroalcohólico que empleamos desde que empezó la pandemia de covid-19 para desinfectar las manos es precisamente eso, alcohol, etanol”, puntualiza. Y ese etanol no solo destruye microorganismos: destruye en general a las células. “Está claro que nos han tenido que lavar muy bien el cerebro para que nos hayamos creído que consumir alcohol podría tener algún beneficio para la salud, ¿no le parece?”, continúa.

No le faltan razones para estar asombrado. Para empezar, porque el alcohol se relaciona de manera causal con más de 200 enfermedades y con 6 tipos de cáncer. Pero también porque, a escala global, es el tercer factor de riesgo relacionado con los estilos de vida con mayor carga de enfermedad. Y sin embargo, la última encuesta de consumo de drogas realizada en España por el Ministerio de Sanidad indica que cada vez más gente cree que beber alcohol es saludable o forma parte de una dieta equilibrada.

Estudios fallidos por mala praxis

Uno de los motivos por los que hasta ahora los estudios arrojaban datos confusos sobre los verdaderos efectos del alcohol, opina Schutte, es que las comparaciones se hacían entre abstemios y bebedores. “Eso suponía un problema, porque un largo porcentaje de abstemios lo es por problemas de salud, lo que implica que en realidad son un grupo de alto riesgo, y no un adecuado grupo de control”, aclara. La buena noticia es que este aspecto de los estudios ha cambiado y se suele calcular el riesgo (o beneficio) del consumo de alcohol comparando a los bebedores ocasionales con los consumidores moderados. “Y ahí ya se está viendo claramente que la relación entre consumo de alcohol y salud es lineal”, avanza Schutte.

Otra mala praxis que enmascaraba el perjuicio que supone el consumo de alcohol era mezclar todo tipo de bebidas alcohólicas en los estudios epidemiológicos. “Se ha hecho aun sabiendo que el efecto perjudicial del vino es mucho menor que el de la cerveza y otras bebidas espiritosas”, lamenta el investigador, que no es nada partidario de meterlas a todas en el mismo saco.

A esto se le suma que, en lo que a salud cardiovascular se refiere, hasta hace poco el foco de atención se centraba en los efectos de la bebida sobre la incidencia de enfermedades de las arterias coronarias y de infarto de miocardio. Si se amplía a otras patologías vasculares, los posibles efectos protectores del alcohol desaparecen.

“Existe una asociación favorable entre el alcohol procedente del consumo de vino y la salud coronaria, que por cierto aún no sé explicar, quizás se deba al popular el revesratol”, apunta el científico. “Pero el consumo de otras bebidas alcohólicas tiene el efecto contario: hace que aumenten las cardiopatías”.

Mejor no consumir, y si se hace, lo mínimo

La conclusión de Schutte es rotunda: la cantidad recomendada de alcohol debería ser cero. “Mis investigaciones indican que incluso una o dos pintas de cerveza al día pueden perjudicar a la salud”, justifica en alusión al estudio que acaba de publicar en la revista científica Journal of Hyperthension basado en el seguimiento a 500.000 pacientes durante siete años.

Rosario Ortolá, investigadora en el departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, es de la misma opinión. “Venimos de unos años de mensajes confusos a la población basados en algunos estudios epidemiológicos que afirmaban que beber una o dos bebidas alcohólicas al día mejoraba la salud cardiovascular, incluso se empezó a recomendar una copita de vino diaria como hábito saludable, pero los estudios tenían déficits metodológicos importantes”, corrobora. En efecto, una vez que se han corregido, hemos visto que el consumo de alcohol es dañino incluso en cantidades pequeñas.

“Lo que decimos en Salud Pública ahora mismo es que no hay evidencia científica alguna de que para mejorar la salud haya que recomendar beber alcohol y que, aunque los riesgos de beber un vaso de alcohol al día son ínfimos, está demostrado que aumenta riesgo de cáncer, mama, colon y estómago”. Razones de sobra, subraya, para que sea mejor evitarlo. “No consumir alcohol, y si se consume, cuanto menos mejor: ese es el mensaje”, resume. Aunque es consciente de que la misión de la Salud Púbica nos es prohibir sino informar sobre los riesgos “para que cada persona tome una decisión con conocimiento de causa”.

Ortolá es partidaria de desterrar la expresión “consumo moderado” y reemplazarla por “consumo de bajo riesgo”. “Es lo que se está empezando a hacer en los círculos epidemiológicos, y esa nueva terminología implica que asumimos que el riesgo cero no existe cuando consumimos alcohol”, matiza.

El caso particular del vino

¿Y el resveratrol? ¿Ha dejado de ser la panacea este polifenol, antioxidante natural, presente en los arándanos, la uva y el vino tinto? Pues no está tan claro y, aunque lo fuera, “querer consumir este polifenol antioxidante tan potente nunca puede ser una justificación para beber alcohol, porque está presente también en muchas frutas”.

Puesta a desterrar mitos, Ortolá también pone en duda que los beneficios del vino sean tan distintos a las del resto de bebidas. “Posiblemente es una ilusión óptica, una mala interpretación de los datos: obviamos que las personas que consumen vino suelen tener mayor nivel socioeconómico, siguen dietas más saludables y practican más ejercicio físico”.

Maira Bes Rastrollo, profesora de medicina preventiva y salud pública en la Universidad de Navarra, incorpora algunos matices. “Aunque como experta en salud pública soy partidaria del alcohol cero, basándonos estrictamente en las evidencias no podemos simplificar tanto el mensaje”. Está claro que no se debe fomentar que quien no consume alcohol empiece a hacerlo. Pero, ¿qué pasa con las personas que ya beben y quieren seguir haciéndolo? “Pues todo depende de la edad: en menores de 30 años, la tolerancia con el alcohol debe ser cero, ninguna persona debería beber; pero a partir de los 40 la cosa cambia un poco”, le explica a SINC.

Lo hace poniendo sobre la mesa datos del último informe sobre la Carga Mundial de las Enfermedades (Global Burden of Disease, en inglés), publicados por la revista The Lancet hace pocos meses. Los análisis indican que el 59,1% de los adultos jóvenes con edades comprendidas entre 15 y 39 años están consumiendo cantidades de alcohol que ponen en riesgo su salud. Y si nos fijamos solo en los hombres se eleva hasta el 76,7%. Preocupante, no cabe duda.

Sin embargo, y aquí viene la polémica, los datos indican también que a partir de los cuarenta “un consumo muy, muy moderado puede tener cierto efecto protector frente a enfermedades cardiovasculares y diabetes”. En esos casos, en lugar de indicarle al paciente tajantemente “deje usted de beber”, se le puede recomendar “mantener un consumo muy moderado, optando preferentemente por vino tinto, sin llegar jamás a emborracharse, repartido a lo largo de toda la semana y acompañando siempre a las comidas”, relata la investigadora. Es decir, lo que los expertos denominan un patrón mediterráneo del consumo de alcohol.

Informar en el etiquetado como con el tabaco

Bes está implicada en un proyecto llamado Nameti que aspira a ser el primer estudio en medir de manera objetiva la influencia que la bebida tiene en nuestro organismo, con un ensayo aleatorizado y sin influencia de la industria. Para despejar las dudas sobre los efectos del alcohol de una vez por todas.

Sea cual sea el resultado, si algo tiene claro Maira Bes es que “si alguien bebe mucho alcohol, la recomendación será siempre que disminuya el consumo, aunque cuánto exactamente dependerá de su edad”. Pero “bajo ningún concepto los expertos en salud podemos recomendarle a un paciente que empiece a beber como medida protectora, eso es una aberración”, insiste la investigadora navarra.

Esto se explica no solo por las implicaciones fisiológicas directas, sino porque el alcohol dispara el riesgo de accidentes de tráfico, pérdida de autocontrol y depresión. Además de que se le atribuyen el 22% de las muertes con violencia interpersonal, aumenta el riesgo de contraer tuberculosis y sida.

Parecen motivos de sobra para que la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) reclame que se obligue por ley a incorporar en las bebidas alcohólicas un etiquetado con información nutricional y advertencias sobre los daños que produce el consumo de alcohol, de forma similar a lo establecido con los envases de tabaco, como ya han hecho varios países europeos.
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FUENTE • Agencia SINC.....
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Identifican una molécula que podría servir para tratar la celiaquía

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Investigadores españoles han mostrado que la molécula neprosina puede degradar la proteína gliadina y el péptido 33-mero, uno de los principales detonantes de esta enfermedad crónica autoinmunitaria, que se desencadena en respuesta a la ingesta de gluten.
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Un trabajo liderado por científicos del Instituto de Biología Molecular de Barcelona (IBMB-CSIC) ha identificado una molécula que podría contrarrestar el efecto de los péptidos tóxicos causantes de la celiaquía, una enfermedad crónica autoinmunitaria que se desencadena en respuesta a la ingesta de gluten.

Se trata de la neprosina, hallada de forma natural en el fluido digestivo de la planta carnívora Nepenthes ventrata. Los autores han descifrado el mecanismo de acción, estructura y características más relevantes de la molécula de cara a un posible tratamiento de la patología. El estudio se ha publicado en Nature Communications.

Una respuesta inflamatoria en el intestino

Lo que desencadena la celiaquía son varias proteínas ricas en prolaminas que se encuentran en los cereales. Cuando estas son digeridas en el estómago, se rompen en otras más pequeñas (péptidos) que pueden resultar tóxicas. Entre estos péptidos, uno de los más relevantes es el 33-mero, que es un fragmento de la alfa-gliadina, una glucoproteína del trigo.

El 33-mero es capaz de resistir los ácidos gástricos del estómago, llegar al intestino delgado y, una vez allí, atravesar la mucosa intestinal. En el caso de personas con celiaquía, este péptido se une con especial facilidad a un receptor del sistema inmunitario (el antígeno leucocitario humano o HLA), lo que desencadena una respuesta autoinmunitaria e inflamatoria que origina toda una serie de manifestaciones características de la enfermedad.

Los resultados muestran que la neprosina puede degradar el péptido 33-mero antes de que llegue al intestino, con lo que se podría evitar esa respuesta inflamatoria autoinmunitaria.

El papel de la neprosina

Los científicos han obtenido cultivos recombinantes de células humanas para conseguir suficiente cantidad de neprosina. Han identificado y determinado su mecanismo de acción, así como su capacidad para destruir la gliadina y el péptido 33-mero. Experimentos in vivo en un modelo en ratones muestran que la molécula es eficaz degradando ambas estructuras en el estómago.

También han resuelto la estructura tridimensional y el mecanismo químico de acción de la neprosina y han establecido características como su estabilidad térmica, su perfil de pH, y su periodo de latencia, entre otros.

Estos factores son muy importantes para un posible desarrollo de la prevención o tratamiento, hasta ahora inexistente, de la enfermedad. Una vía prometedora son las moléculas que destruyan los péptidos tóxicos, y que pueda ser administradas por vía oral, de forma similar a los comprimidos de lactasa que toman los intolerantes a la lactosa, explican los autores del estudio.

Futuras aplicaciones terapéuticas

Un tratamiento así debería contener una molécula capaz de romper los péptidos tóxicos y ser inocuo para el intestino, ser lo suficientemente eficiente para degradar una buena cantidad de péptidos tóxicos con dosis razonables y debería ser activo antes de pasar al intestino, comentan los investigadores.

"Hemos podido verificar que la neprosina tiene un enorme potencial como medicamento, ya que es mucho más activa en las condiciones extremas de la digestión en el estómago que otras enzimas proteolíticas candidatas actualmente en estudio para su aplicación terapéutica”, apunta F. Xavier Gomis-Rüth.

“Vamos a realizar ahora ensayos más específicos para verificar este potencial antes de pasar a ensayos clínicos y a trabajar con moléculas mutantes que puedan ser más eficientes aún”, añade.

Por su parte, Francisco José Pérez Cano, investigador de la Universidad de Barcelona y otro de los autores, comenta que “el 33-mero es el péptido más tóxico de los que se generan a partir de la gliadina y queda por comprobar si su erradicación bastaría para eliminar las manifestaciones y respuestas fisiopatológicas de la celiaquía”.
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FUENTE • Agencia SINC.....
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La mayoría de los productos alimentarios y bebidas publicitados bajo el concepto 'mediterráneo' no están incluidos en la dieta mediterránea

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Una investigación de la Univeristat Oberta de Catalunya (UOC) y la Universitat Pompeu Fabra (UPF) revela que solo el 13,6% de los productos de los anuncios analizados tienen un valor nutricional alto.
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No todos los productos alimentarios y bebidas que se publicitan como mediterráneos en alusión a un estilo de vida saludable lo son en realidad, al menos no la mayoría. Así lo revela un estudio elaborado por las investigadoras Mireia Montaña, profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), y Mònika Jiménez, profesora del Departamento de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), que concluye que la mayoría de los productos alimentarios y bebidas publicitados bajo el concepto "mediterráneo" no están incluidos en la pirámide nutricional de la dieta mediterránea.

En la investigación se analizaron 1.219 anuncios de alimentos de 103 productos y 541 anuncios de bebidas de 109 productos, correspondientes a publicidad difundida en diferentes tipos de medios de comunicación en España (periódicos, revistas, televisión, radio, internet, etc.) entre 2011 y 2020. Los resultados mostraron que solo el 13,59% de los productos publicitados bajo el reclamo "mediterráneo" tenían un valor nutricional alto, según su valor Nutri-Score. En cuanto al resto, otro 13,59% tenía un valor nutricional muy bajo y un 29,13%, bajo; un 25,27% obtuvo un valor nutricional medio, y un 19,42% tenía un valor nutricional medio-alto.

Como explica Mireia Montaña, llevaban tiempo analizando el contenido de la publicidad de productos de alimentación, sobre todo aquellos destinados a niños y niñas, cuando, al analizar las palabras clave más utilizadas en los anuncios, se dieron cuenta de que muchos de esos productos se vinculan a la dieta mediterránea y eso crea la falsa sensación de que son saludables. De ahí que, aunque no sea estrictamente publicidad engañosa, ambas investigadoras crean necesaria una regulación más estricta.

"Según la legislación española aplicada a la publicidad, no es estrictamente publicidad engañosa. Pero la ley de la publicidad data de los años ochenta y tiene grandes imprecisiones, además de ser muy vaga en ciertos aspectos", señala Mònika Jiménez. "Por eso, aunque algunos de los componentes de estos productos están amparados en el concepto de dieta mediterránea, en realidad se trata de publicidad engañosa, ya que tienen solo algún componente que forma parte de la pirámide nutricional de la dieta mediterránea. Si analizas el etiquetado, no tienen mucho de producto saludable. Es decir, no se mira el producto completo", añade.

Concretamente, los productos alimentarios que más recurren al reclamo de "mediterráneo" son el tomate frito y las salsas, seguidos de sopas y comida precocinada. En cuanto a las bebidas, el 89 % de las bebidas que lo utilizan en el periodo estudiado son alcohólicas. Y se trata de una tendencia que crece cada año. "De 6 productos alimentarios que utilizaban el reclamo 'mediterráneo' en 2011 pasamos a 20 en 2020. Además, este último año solo un 30 % de los productos se consideran de valor nutricional alto o medio-alto. En bebidas, la tendencia también es la misma: pasamos de 8 bebidas que usaban ese reclamo en 2011 a 16 en 2020", señala Mireia Montaña. "Desafortunadamente, encontraremos cada vez más este tipo de reclamos publicitarios con una base incierta porque es algo que vende. Todo lo natural vende", añade Mònika Jiménez.

Un reclamo que puede dañar la salud

Una de las principales razones para fomentar una alimentación saludable basada en la dieta mediterránea es combatir la obesidad. Como llevan años advirtiendo los expertos, la obesidad se ha convertido en una "epidemia" en la sociedad actual. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 44% de las personas adultas de 18 años o más tienen sobrepeso o son obesas. Y el panorama no es distinto en España: la Encuesta Europea de Salud en España del año 2020 reveló que un 16,5% de hombres de 18 años o más y un 15,5% de mujeres padecen obesidad. La principal causa de esta situación es una dieta basada en productos de nivel nutricional bajo que, a su vez, son ricos en grasa, sal o azúcares.

"La dieta mediterránea ha sido reconocida como un patrón dietético que tiene múltiples beneficios para la salud y contribuye a muchos otros objetivos de desarrollo sostenible propuestos por las Naciones Unidas", recuerda la profesora Mireia Montaña, también investigadora del Grupo de Aprendizajes, Medios de Comunicación y Entretenimiento (GAME) de la UOC. "Consciente de esos beneficios, la publicidad lo utiliza como reclamo para llegar a los consumidores, pero el lenguaje engañoso puede dañar la salud de los consumidores", indica la profesora de la UOC.

Además de una regulación más rigurosa, las investigadoras concluyen que también es necesario formar al consumidor para que entienda las etiquetas nutricionales. "Al fin y al cabo estamos hablando de alimentos y, por lo tanto, de salud. Pero en nutrición todo es muy laxo, y no debería ser así porque una mala alimentación se traduce en camas de hospital, obesidad y enfermedad", afirma Jiménez.
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Trabajo de referencia | Jiménez-Morales, M.; Montaña Blasco, M. (2021). "Presence and strategic use of the Mediterranean Diet in food marketing: Analysis and association of nutritional values and advertising claims from 2011 to 2020". NFS Journal.https://doi.org/10.1016/j.nfs.2021.04.003
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Los hábitos de consumo de carne de la antigüedad podrían ser clave para combatir el cambio climático

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Un estudio del CSIC relaciona el tamaño de los animales domésticos y los hábitos de la ingesta de carne con los cambios socio-económicos entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía. La ganadería del pasado podría ayudar a desarrollar políticas más sostenibles que combatan el cambio climático, apoyando la ganadería extensiva y las razas adaptadas a los recursos locales.
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Un proyecto de la Institución Milá y Fontanals (IMF) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha analizado más de 200.000 restos animales en más de un centenar de yacimientos entre la Edad de Bronce (siglo XII a.C) y la Antigüedad tardía (siglo VI d.C). En este periodo, los cambios políticos y económicos determinaron la evolución del consumo de carne y, por tanto, la elección de las especies domésticas y su tamaño, llegando a aumentar un 30% en época romana. Este trabajo podría ser clave en el desarrollo de políticas más sostenibles que ayuden a combatir el cambio climático mediante una mejor integración de la ganadería extensiva, respetuosa con los recursos locales y con razas adaptadas a cada región.

“Los huesos enterrados bajo nuestros pies nos muestran cómo la ganadería se ha ido adaptando a los cambios políticos, económicos, ambientales y tecnológicos a lo largo de la historia”, explica Silvia Valenzuela Lamas, científica titular de la IMF-CSIC.

El proyecto ZooMWest, financiado con más de un millón de euros por el Consejo Europeo de Investigación (ERC, por sus siglas en inglés), detalla la evolución de la ganadería de la península Ibérica y el norte-centro de Italia a lo largo de 1.700 años. Sólo en el noreste, se han analizado más de 90.000 restos animales pertenecientes a 101 yacimientos ubicados en las regiones de Girona, Tarragona, Lleida y Barcelona. Este recorrido ganadero entre los siglos XIII a.C y VII d.C, es decir, entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía, refleja el predomino de dos modelos productivos determinados por el contexto político y económico de cada época.

“En sistemas económicos más locales, la ganadería se ajusta a las condiciones ecológicas de cada zona y los animales son más pequeños. En cambio, en sistemas económicos más grandes, como en época romana, se prioriza la producción de cerdo y vacuno, y los animales son más grandes”, detalla la investigadora.

El estudio, publicado en varios artículos de acceso abierto, relaciona este último modelo con las políticas ganaderas actuales. El resultado es un sistema intensivo donde prima el número y el tamaño de las reses sobre su impacto en la biodiversidad y sobre su dependencia del comercio internacional. Por ejemplo, Europa importa cada año 27 millones de toneladas de productos de soja de todo el mundo para alimentación animal.

La utilización de técnicas innovadoras de computación y meta-análisis han permitido comprobar que las vacas actuales son aún mayores que en época romana, y que estas ya eran un 30% más grandes respecto a las de Edad del Hierro. Este tamaño permite obtener un mayor rendimiento de cada animal, pero también incrementa las exigencias de agua y comida para alimentarlo. “Actualmente, la producción de cereal en España no cubre las necesidades internas, en particular para alimentación animal, y por ello hay que importar millones de toneladas de soja y cereales cada año. La ganadería intensiva es muy dependiente del comercio a larga distancia y, si la cadena de suministro cae, se cae todo”, destaca la investigadora.

La información aportada por la arqueología podrá ser utilizada para encontrar métodos ganaderos que sean más sostenibles a largo plazo. Las claves se encuentran en modificar los hábitos de consumo de carne y en la promoción de granjas que hagan uso de recursos locales y renovables para mantener su producción. Estás prácticas podrían tener un impacto positivo en el cambio climático mediante el desarrollo de una ganadería más respetuosa con el entorno.
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Los embalses emiten dos veces más carbono del que capturan y almacenan

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Un estudio publicado en la revista Nature Geosciences cambia la hipótesis tradicional del papel ecológico de los embalses en el ciclo global del carbono. Tradicionalmente, los embalses eran considerados unos sumideros netos de carbono que acumulan más carbono del que emiten hacia la atmósfera.
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Los embalses de agua tienen un papel decisivo en la distribución de agua potable (consumo, irrigación, etc.) y en la producción de energía eléctrica, y suponen a la vez un enorme impacto en el funcionamiento de los ríos donde se ubican. Tradicionalmente, los embalses son considerados unos sumideros netos de carbono que acumulan más carbono del que emiten hacia la atmósfera.

Ahora, un nuevo estudio cambia la hipótesis tradicional del papel ecológico de los embalses en el ciclo global del carbono y revela que emiten dos veces más carbono del que capturan. En el estudio, publicado en la revista Nature Geosciences, participa el profesor Biel Obrador, de la Facultad de Biología y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universitat de Barcelona, y otros expertos del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental en Magdeburg (UFZ, Alemania) y del Instituto Catalán de Investigación del Agua (ICRA) en Girona. La investigación se ha desarrollado en el marco del proyecto C-HydroChange del Plan Nacioal del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Las redes fluviales transportan grandes cantidades de materia orgánica desde los ecosistemas terrestres hasta los océanos. Parte de esta materia orgánica es metabolizada por las comunidades acuáticas y se emite a la atmósfera como dióxido de carbono (CO2) o metano (CH4), dos gases con un importante efecto invernadero. Cuando un río desemboca en un embalse, este material orgánico se va acumulando progresivamente en los sedimentos. "Hay una gran cantidad carbono orgánico permanentemente enterrado en los sedimentos de los embalses. Hasta ahora, se consideraba que los embalses enterraban más carbono del que emitían", detalla el experto Phillip Keller, miembro del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental, en Alemania (UFZ), y primer autor del estudio.

Un nuevo escenario para calcular el balance global del ciclo del carbono

Para calcular el balance de carbono en las masas de agua, no sólo es preciso considerar las zonas inundadas sino también aquellas zonas que se secan cuando desciende el nivel del agua. Cuando el sedimento entra en contacto con la atmósfera, se estimulan los procesos de mineralización y se emite mucho dióxido de carbono, tal como han constatado estudios previos en embalses, lagos, ríos y estanques llevados a cabo por los equipos UB-IRBio, ICRA y UFZ. "Cuando se secan, los sedimentos emiten mucho más carbono que las zonas cubiertas de agua", explica Biel Obrador, que es miembro del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Biología y del Grupo de Investigación Forestream de la UB.

"Cuando desciende el nivel del agua del embalse, las grandes superficies se secan. Hasta ahora, estas áreas no se habían considerado en el cálculo del balance del carbono de los embalses. Nuestro estudio pretende cerrar esta brecha de conocimiento", apunta Obrador.

En el marco del trabajo, los investigadores emplearon una base de datos de imágenes de satélite con información disponible de cerca de 6.800 embalses de todo el mundo desde 1985 hasta 2015. "Para cada embalse hay datos mensuales durante un periodo de 30 años. Así pues, podríamos cuantificar exactamente cuándo, dónde y durante cuánto tiempo los embalses no estaban completamente llenos y determinar la extensión de la superficie seca", explica el experto Matthias Koschorreck, miembro también del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental (UFZ).

Como media, el 15% de la superficie total de los embalses no estaba cubierta por agua. Con estas cifras, los científicos recalcularon la emisión global de carbono de los embalses. "Nuestros cálculos muestran que las emisiones de carbono habían sido claramente subestimadas en el pasado. Como media mundial, los embalses emiten dos veces la cantidad de carbono que entierran. Por lo tanto, hay que replantear su imagen como sumidero neto de carbono", subraya Biel Obrador.

Las conclusiones del estudio también revelan que las fluctuaciones del nivel del agua dependen tanto del uso del embalse como de su ubicación geográfica. "Los embalses para riego fluctúan más que los embalses hidroeléctricos. Y en lugares con menos fluctuaciones estacionales de las precipitaciones -próximas a los polos y al ecuador- el nivel del agua es más estable en comparación con latitudes intermedias", subraya Rafael Marcé, miembro del Instituto Catalán de Investigación del agua (ICRA) y de la Universidad de Girona.

Los expertos apuntan al hecho que el flujo de carbono en las zonas secas afectaría al balance global de carbono de las aguas continentales. "Esperamos que nuestro estudio aumente la conciencia de que las zonas secas deben ser consideradas en el balance global de carbono de las aguas continentales", destacan los expertos. Además, los resultados pueden impulsar nuevas estrategias de gestión de los embalses compatibles con el clima. "En caso de que sea necesario reducir el nivel de agua de un embalse para realizar tareas de mantenimiento, sería indicado considerar cuál es el mejor periodo para hacerlo. Si el trabajo se realiza en la estación fría, los procesos de mineralización son más lentos y se emite menos carbono desde las zonas secas", apuntan los autores.

El estudio de las emisiones de gases de efecto invernadero de los embalses -en particular, los embalses completamente secos después de ser desmantelados- centra una de las líneas de investigación del equipo UB-IRBio. "En todo el mundo, muchos embalses se acercan al final de su vida útil como infraestructuras. ¿Cuál es el balance de carbono de un embalse cuando se elimina la presa y se vacía el embalse? Esperamos dar pistas al respecto en futuros trabajos", concluye Biel Obrador.
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Descubren cómo se guardará la electricidad en las paredes de nuestras casas

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Un nuevo hallazgo se aproxima al hecho de poder construir viviendas que sean capaces de almacenar, en sus propias estructuras, la energía que necesitamos consumir.
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Fotografía | Unsplash
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Un grupo de investigación de la Universidad de Washington (EE.UU.) logra modificar ladrillos para convertirlos en acumuladores de energía eléctrica, siendo capaces de mantener encendida una luz de emergencia durante cinco horas.

Actualmente, no es extraño ver paneles solares en los tejados de los edificios captando energía que es almacenada en baterías. Esta energía, luego, es empleada como fuente de electricidad. Ahora, un grupo de científicos de la Universidad de Washington en Saint Louis, Missouri, EE.UU., dan un paso más allá. En su publicación de Nature Communications, los investigadores muestran la manera como han sido capaces de modificar los ladrillos usados en la construcción, para que almacenen directamente la energía sin recurrir a baterías, como se viene haciendo. El cambio consiste, esencialmente, en insertar unas sustancias en su interior que posibilitan la acumulación de energía. Como publica Smartlighting, el método es aplicable en ladrillos normales o reciclados, porque lo principal es que contengan poros y óxido de hierro.

Cualquier ladrillo está compuesto por sílice, alúmina y hematita, siendo, esta última, un pigmento natural rojo y el que contiene el óxido de hierro, según explican las publicaciones de National Geographic y Energy News. Además de esta composición, si los mirásemos con un microscopio, claramente, observaríamos que poseen una estructura porosa. Si se rellenan estos poros con vapor de un ácido, como el clorhídrico, el óxido se disuelve y si se añade otra segunda sustancia orgánica, se desencadena una síntesis química de polimerización, tal como explican el investigador Julio M. D’Arcy de la Universidad de Washington y desde el portal Xataka. Esta reacción da lugar a unas nanofibras de plástico conductor conocido como PEDOT (acrónimo de poli, 3,4-etilendioxitiofeno). Este material recubre los ladrillos y absorbe iones, permitiendo el almacenamiento directo de energía eléctrica y no de química, al contrario de lo que sucede en las baterías, puntualiza Julio M. D’Arcy de la Universidad de Washington. Para completarlo, según afirman sus autores en la publicación de Nature Communications, también incluyen gel de alcohol de polivinilo para prevenir cortocircuitos y, además, se recubre de epoxi para aislarlo y no producirnos calambres. Al incluir este último elemento se permite que incluso funcionen bajo el agua. Es más, la inserción de PEDOT, provoca pocos cambios en la estructura de los ladrillos. Asimismo, al añadirlo, los ladrillos se tornan azules.

Con este descubrimiento, los ladrillos no solo servirían para almacenar calor, sino también electricidad. Siendo, esta última, una necesidad en aumento, en una sociedad con un incremento del empleo de dispositivos y, por ello, que consume más energía, como nos recuerdan desde El Español. Si los comparamos con las ya conocidas baterías de litio, solamente son capaces de guardar un 1% de lo que lo hacen estas, aunque se multiplica por 10 su capacidad si se añaden óxidos metálicos. Sin embargo, pueden llegar a los 10.000 recargados, mucho más que las baterías de litio. Como describen en Muy Interesante, un único ladrillo es capaz de mantener encendido un LED verde durante 10 minutos. No obstante, el principal problema es que para aumentar notablemente sus resultados, se requiere incrementar mucho su superficie. De este modo, se ha detectado que si se unen 2 ladrillos se puede alimentar microdispositivos; si se juntan 50, se puede mantener una luz de emergencia durante 5 horas y si son 60, se logran 50 minutos de iluminación normal. Sin duda, este hallazgo revolucionará la construcción de edificios inteligentes, porque se ha logrado obtener de una forma económica y sencilla, sin generar residuos. Es más, como señalan los propios autores en Nature Communications, este montaje funciona para un rango de temperaturas de entre -20 y 60°C, con valores en el rango del clima de nuestro planeta y, por ello, viable. De cara a los próximos años, se tendrán que encontrar maneras para poder almacenar más energía mediante menos superficie, posibilitando obtener gran cantidad de energía y abastecer los requerimientos energéticos de nuestra sociedad.
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Trabajo de referencia | Energy storing bricks for stationary PEDOT supercapacitors, H. Wang, Y. Diao, Y. Lu, H. Yang, Q. Zhou, K. Chrulski & J. M. D’Arcy, Nature Communications, 11:3882 (2020). https://www.nature.com/articles/s41467-020-17708-1
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Agrotiendas y cooperativas desperdician hasta un 80% menos fruta y verdura que los supermercados

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El desperdicio alimentario en las agrotiendas, cooperativas agrarias y paradas de agricultores es de entre el 1% y el 2%, un porcentaje muy inferior al de los supermercados, donde del 5% al 10% de las frutas y hortalizas acaban en la basura.
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Así se desprende de un estudio del Institut de Ciència i Tecnología Ambientales de la Universidad Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) desarrollado en el marco de un proyecto que pretende contribuir a la creación de municipios resilientes que puedan hacer frente a situaciones de vulnerabilidad en materia alimentaria como la generada por la pandemia de Covid19.

El 80% de los alimentos mundiales se consumen en las ciudades, donde también se concentra el 70% de la generación de residuos. El proyecto PANDÈMIES - “Municipios resilientes a las pandemias mediante el nexo de agricultura de proximidad, energía, agua y residuos. Del piloto al municipio” pretende reducir el desperdicio alimentario, acercar la producción sostenible a los consumidores en las ciudades y concienciar a la población sobre este problema global.

El estudio compara el nivel de desperdicio alimentario de frutas y verduras en los establecimientos de cadena de distribución larga (supermercado, hipermercado) que suministran al 81% de la población, con los de cadena corta (agrotiendas, cooperativas agrarias y venta directa del agricultor), que abastecen al 19% de la población.

El desperdicio en agrotiendas y cooperativas es hasta un 80% menor que en los supermercados debido a que, en este tipo de establecimientos, se establece una mayor relación entre el comprador y el vendedor, que fomenta el consumo de alimentos más variados y de temporada. Asimismo, los clientes suelen tener una mayor conciencia ambiental y tienden a adquirir productos más “feos” estéticamente, la mayoría de los cuales no llegan a los supermercados. Según Pietro Tonini, investigador del ICTA-UAB responsable de este estudio, “entre un 10 y un 15% de lo que se cultiva se queda en el campo debido a exigencias estéticas, a la saturación del mercado o a precios demasiado bajos, unas cifras que no se contabilizan como desperdicio alimentario”.

El estudio, realizado con la colaboración del Ayuntamiento de Sabadell a partir de datos del Parc Agrari de Sabadell y de la cooperativa El Rodal, pone de manifiesto que quienes compran en supermercados/hipermercados suelen hacer un consumo más elevado de productos ultraprocesados, un tipo de alimentos que ha aumentado tras la pandemia. Por el contrario, los clientes de agrotiendas y cooperativas consumen más cantidad de productos frescos, dedican más tiempo a cocinar, y tienen una mayor conciencia ambiental y sobre la alimentación saludable.

Se estima que la distribución de cadena larga desperdicia 60 millones de toneladas de productos alimentarios cada año en Europa, es decir, entre 35 y 38 kilogramos por persona y año. “Esto significa que más de una tercera parte de lo que producimos se desperdicia: un dato terrible”, explica Pietro Tonini quien destaca que, por fortuna, la cadena corta de distribución está creciendo en los países del Mediterráneo.

El objetivo del proyecto es concienciar y promover entre la producción alimentaria sostenible entre la población, acercando la producción al consumidor. “En la actualidad, los mayoristas importan los productos de lejos, de manera que estamos rompiendo el sistema que hay en torno a las ciudades”, concluye Pietro Tonini.
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La nanotecnología prolonga la vida útil de frutas y verduras

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Avances del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos (ICTA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). El propósito era mejorar los empaques que ya había en el mercado. Para ello, utilizaron la misma caja en la que se transportan los aguacates y le agregaron una funcionalidad activa.
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El diseño de empaques para conservar en fresco aguacate Hass, uchuvas, tomates y alimentos procesados como mora en polvo o snacks de piña, son algunos de los desarrollos en los que avanza el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos (ICTA) de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

La comercialización y el transporte de los alimentos es una tarea compleja en la industria por factores como la presencia de microorganismos que disminuyen y afectan su vida útil, y por ende su calidad, lo que los convierte en no aptos para el consumo.

En ese sentido, la aplicación de nanomateriales puede representar una ventaja importante para los productores, distribuidores y exportadores de productos agroindustriales, pues permite reducir el volumen de pérdidas y aumentar los márgenes de ganancia.

El profesor Diego Alberto Castellanos, del Área de Empaques y Vida Útil de Alimentos del ICTA, menciona que los investigadores utilizan la nanotecnología, que se compone de la fabricación, caracterización y manipulación de moléculas de alto rango que, aplicadas a los embalajes, los vuelven más seguros, rentables y no tóxicos.

Por ejemplo, se desarrolló un sistema de empaque para conservar el aguacate Hass, que controla activamente la acumulación de agua en los empaques del producto, mejorando su conservación.

El propósito era mejorar los empaques que ya había en el mercado. Para ello, utilizaron la misma caja en la que se transportan los aguacates y le agregaron una funcionalidad activa.

“Tomamos láminas de ácido poliláctico, un polímero biodegradable, y las llenamos de nanopartículas de dióxido de titanio, que en tamaño de partícula tiene un doble efecto: es antimicrobiano y retarda la madurez del producto. Así, evidenciamos que al poner las láminas dentro del empaque se prolongó la vida útil del aguacate hasta en 43 días” explica el docente.

Recuerda además que la nanotecnología es el estudio y la manipulación de materia en tamaños sumamente pequeños, en general entre 1 y 100 nanómetros (unidad de longitud que permite medir dimensiones imperceptibles al ojo humano). Por ejemplo, una hoja de papel tiene unos 100.000 nanómetros de grosor.

La nanotecnología comprende una gama muy amplia de materiales, procesos de fabricación y tecnologías que se usan para crear y mejorar muchos productos que la gente usa diariamente.

“En el caso concreto de los alimentos, trabajamos con materiales a escala de micrómetros, que es la milésima parte de un milímetro. Estos cambian sus propiedades químicas, y en aplicaciones biodegradables, compostables o fácilmente reciclables, pueden mejorar las cualidades mecánicas, térmicas y de barrera, así como la bioseguridad en los envases”.

“Lo que hacemos es reforzar los materiales de empaque que se utilizan en el día a día, entonces yo puedo tener un vaso, una bandeja, una botella de agua o una lata de atún, y si le incluyo nanomateriales en escala micro, puedo cambiar muchas propiedades de esos materiales y darles el valor agregado”, explica el profesor Castellanos.

Según la necesidad del producto, se utilizan algunos materiales contra los microorganismos en pequeña escala; por ejemplo la plata, si se vuelve más pequeña comienza a ser cada vez más antimicrobiana, destruye las bacterias que se le acercan y en algunas frutas retardan la madurez y hacen que el proceso de degradación sea más lento.

Beneficios

La nanotecnología en envases puede servir para hacer bolsas o empaques más resistentes, menos permeables a contaminantes y para cambiar la opacidad de la luz. Es el caso de los empaques inteligentes, diseñados para detectar cambios microbianos o bioquímicos en los alimentos. En partículas de monóxido de titanio o de zinc se pueden programar para que cuando estén expuestas a la luz día o ultravioleta hagan una barrera e impidan el deterioro del alimento.

El académico destaca que en el ICTA se está trabajando con ciertos nanomateriales que se pueden “programar” para que cambien de color cuando pase algo dentro del empaque. “Por ejemplo, un pollo crudo empacado al vacío, a medida que se va descomponiendo emite ciertos componentes volátiles como la amina, que al reaccionar con nanopartículas hace que cambie de color, indicando que ya no es apto para consumir”.

“El envasado con esta tecnología es útil para identificar las condiciones internas y externas de los alimentos y los contenedores en toda la cadena de suministro”, agrega el profesor.

Por último, asegura que en el mercado existen varios nanomateriales que incluyen nanopartículas de nitruro de titanio, nanopartículas de plata y óxido de nanozinc, nanoarcilla y dióxido de nanotitanio, que se presentan como aditivos funcionales para la industria del envasado de alimentos.
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El riesgo de obesidad es un 45% mayor entre adolescentes con dieta basada en alimentos ultraprocesados

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Investigadores brasileños realizaron esta constatación con base en datos de 3.587 chicos con edades entre los 12 y los 19 años que participaron en el sondeo nacional de salud y nutrición de Estados Unidos.
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Con base en datos de 3.587 adolescentes con edades entre los 12 y los 19 años que participaron en el sondeo nacional de salud y nutrición de Estados Unidos, investigadores de la Universidad de São Paulo (USP), en Brasil, calcularon en qué medida impacta el consumo de alimentos ultraprocesados en el riesgo de padecer obesidad.

En dicho estudio, los chicos quedaron divididos en tres grupos de acuerdo con la cantidad que ingerían de esos productos. Al comparar a los que comían más alimentos ultraprocesados (en promedio un 64 por ciento del total de gramos de su dieta) con quienes comían menos de estos productos (un 18,5 por ciento en promedio), se observó que los del primer grupo tenían probabilidades un 45 por ciento mayores de padecer obesidad, un 52 por ciento mayores de padecer obesidad abdominal (la grasa localizada en la zona del estómago) y –el dato más preocupante– un 63 por ciento más altas de padecer obesidad visceral (la acumulación de grasa entre los órganos), que está altamente relacionada con el desarrollo de hipertensión, enfermedad arterial coronaria, diabetes tipo 2, dislipidemia y elevación del riesgo de mortalidad.

Los resultados completos de esta investigación, que contó con el apoyo de la FAPESP, se publicaron en el Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics. El estudio obtuvo financiación de la FAPESP en el marco de cuatro proyectos.

“La evidencia científica es bastante sólida con relación al papel negativo de los alimentos ultraprocesados en la pandemia de obesidad. Esto ha sido palmariamente demostrado en lo concerniente a los adultos. Entre los jóvenes, ya habíamos constatado que el consumo de estos productos es elevado –representa alrededor de las dos terceras partes de la dieta de los adolescentes estadounidenses–, pero los resultados referentes a la asociación entre patrones alimentarios basados en alimentos ultraprocesados y desenlaces de salud, entre ellos la obesidad, eran escasos e inconsistentes”, explica Daniela Neri, primera autora del artículo e integrante del Núcleo de Investigaciones Epidemiológicas en Nutrición y Salud (Nupens) de la Facultad de Salud Pública de la USP.

El contexto

Coordinado por el profesor Carlos Augusto Monteiro, el equipo del Nupens fue pionero en la asociación de los cambios en el procesamiento industrial de los alimentos con la pandemia de obesidad, que tuvo su inicio en Estados Unidos en la década de 1980 y que, en el siglo XXI, llegó a la mayoría de los países del mundo. Con base en esta hipótesis, el grupo desarrolló una clasificación de los alimentos denominada NOVA, basada en su nivel de procesamiento industrial. En ese trabajo, se apoyaron las recomendaciones presentes en la Guia Alimentar para a População Brasileira publicada en 2014, que recomienda priorizar las preparaciones culinarias con alimentos in natura o mínimamente procesados y evitar los ultraprocesados, una categoría que puede incluir desde refrescos, galletas rellenas y snacks en paquetes hasta un aparentemente inocente pan de miga integral.

“En líneas generales, las bebidas y alimentos ultraprocesados contienen aditivos químicos –tales como colorantes, aromatizantes, emulsionantes y espesantes– que apuntan a mejorar las características sensoriales de esos productos. Muchos poseen una alta densidad energética y elevados tenores de azúcar y grasa, lo que contribuye directamente con el aumento de peso. Pero incluso los de bajas calorías, como una bebida gaseosa diet, pueden favorecer el desarrollo de la obesidad en formas que van más allá de la composición nutricional. Por ejemplo, al interferir en la señalización de la saciedad del organismo o modificando la microbiota intestinal”, explica Neri.

La metodología

En la investigación publicada, se evaluó la dieta de los adolescentes mediante la aplicación de una metodología conocida como Recordatorio Alimentario de 24 horas, que consiste en la obtención de información referente a los tipos y las cantidades de todos los alimentos y bebidas ingeridos el día anterior a la entrevista, como así también de los horarios y los lugares de consumo de las comidas. Los participantes incluidos en el análisis en su mayoría (el 86 por ciento) pasaron por dos entrevistas de ese tipo, con un intervalo de dos semanas entre ellas.

Con base en este recordatorio, los chicos quedaron divididos en tres grupos. En el primero estaban los que consumían hasta un 29 por ciento de los gramos totales de su dieta en ultraprocesados. En el segundo, aquellos para quienes ese porcentaje varió entre el 29 y el 47 por ciento, y en el último tercio quedaron aquellos con valores superiores al 48 por ciento.

También se evaluaron los datos antropométricos de los participantes, entre ellos el peso, la altura y la circunferencia de la cintura. Estos índices se analizaron para su edad y el sexo, de acuerdo con el patrón de crecimiento del Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos.

“El riesgo de obesidad total se estimó con base en el IMC, que se calcula dividiendo el peso [en kilos] sobre la altura al cuadrado [en metros]. En tanto, para evaluar la obesidad abdominal nos basamos en la medida de la circunferencia abdominal. Y un parámetro menos conocido, que es el diámetro abdominal sagital, se utilizó como proxy [valor representativo] de la obesidad visceral”, comenta Neri.

Tal como lo explica la investigadora, el diámetro abdominal sagital es una forma indirecta y no invasiva de medir la cantidad de grasa existente entre los órganos. “El individuo se acuesta en la camilla y, con una especie de regla [un calibre], se constata la distancia existente entre la parte inferior de la espalda hasta la zona del ombligo, de manera tal que la grasa subcutánea más blanda caiga hacia los costados y la grasa visceral, que es más rígida, permanezca en el lugar. De este modo, se evitan eventuales errores de medición que podrían causar los pliegues en la zona de la cintura.”

Todos los datos analizados en la investigación de la USP se extrajeron del National Health and Nutrition Examination Survey (Nhanes), el sondeo nacional de salud y nutrición realizado continuamente en Estados Unidos. Se trata de un banco de datos público que abarca una muestra nacionalmente representativa de la población de Estados Unidos. En el estudio, se utilizó información recabada entre 2011 y 2016. Según Neri, las conclusiones pueden extrapolarse a los jóvenes brasileños, que también están expuestos tempranamente a los alimentos ultraprocesados, aunque en menor proporción.

“No existe en Brasil ningún estudio que suministre al mismo tiempo información sobre el consumo alimentario de los adolescentes y datos antropométricos recabados en evaluaciones presenciales. Este tipo de sondeo nutricional tiene un alto costo y requiere contar con financiación continua. Acá hay algunas iniciativas similares, pero más sencillas”, comenta Neri.

En el Vigitel, que es el sondeo nacional que realiza anualmente el Ministerio de Salud de Brasil para monitorear los factores de riesgo y de protección contra enfermedades crónicas, por ejemplo, el recabado de datos se realiza por teléfono y únicamente con personas mayores de 18 años. Los datos más recientes de ese estudio, dados a conocer en enero de este año por el Instituto de Estudios para Políticas de Salud (IEPS), apuntan que el índice de obesidad en la población adulta brasileña pasó del 11,8 % en el año 2006 al 21,5 % en 2020, es decir que prácticamente se duplicó.

En tanto, la Encuesta de Presupuestos Familiares (POF, en portugués) del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) aporta datos sobre el consumo alimentario de adolescentes y adultos en el país, pero no contiene información sobre el estado de salud de los encuestados.

Según la edición más reciente de la POF, realizada entre 2017 y 2018, más de la mitad (el 53,4 por ciento) de las calorías que consumen los brasileños provienen de los alimentos in natura (verduras, frutas, carnes, leche, etc.) o mínimamente procesados (cereales y harinas, por ejemplo), el 15,6 por ciento de ingredientes culinarios procesados (tales como sal, azúcar y aceite), el 11,3 por ciento de alimentos procesados (quesos, panes artesanales, frutas y legumbres en conserva) y el 19,7 por ciento de alimentos ultraprocesados. Entre los adolescentes analizados en la POF, la proporción de alimentos ultraprocesados representa el 27 por ciento del total de las calorías diarias, mientras que entre los adultos de 60 años o más ese porcentaje es del 15,1 por ciento.

Comparaciones

En el marco de otro estudio realizado en el Nupens, los investigadores compararon los datos referentes al patrón alimentario de los adolescentes de la POF 2017-2018 con información similar proveniente de otros siete países: Argentina, Australia, Chile, Colombia, México, Estados Unidos y el Reino Unido.

La participación de los alimentos ultraprocesados en la dieta de los jóvenes varió bastante entre las naciones: fue menor en Colombia (el 19 por ciento de las calorías de la dieta) y en Brasil (el 27 por ciento) y más alta entre los británicos (el 68 por ciento) y los estadounidenses (el 66 por ciento). Pese a la discrepancia detectada en el consumo, el impacto sobre la calidad de la dieta fue muy similar en todas las poblaciones analizadas, comenta Neri.

“En ese estudio, los jóvenes también quedaron divididos en grupos de acuerdo con el consumo de alimentos ultraprocesados. Y observamos que a medida que aumenta la participación de esos productos, se registra un deterioro de la calidad de la dieta, es decir, crecen la densidad energética y los tenores de azúcar. Por otra parte, se produce una disminución de las fibras. El efecto negativo es muy parecido en todos los países, independientemente de la proporción de alimentos ultraprocesados, de la región o de la cultura.”

Si bien el arroz con frijoles sigue ubicándose en la base de la alimentación brasileña, según remarca la investigadora, un estudio difundido el año pasado por el Ministerio de Salud nacional reveló que el consumo de alimentos ultraprocesados es frecuente en Brasil incluso entre niños de menos de cinco años: más del 80 % de los chicos ubicados en esa franja etaria los consumen regularmente.

“La ingestión de esos productos les quita espacio a los alimentos in natura o mínimamente procesados en una fase en la cual los hábitos alimentarios se están formando”, alerta Neri. “Esta exposición de los niños y los adolescentes a esos alimentos obesogénicos constituye una verdadera programación de problemas de salud futuros. Es realmente preocupante.”

Para la investigadora, el control de esa exposición es algo que se ubica más allá de la capacidad de las familias, toda vez que sería necesario remodelar todo el sistema alimentario actual. “Aparte de concientizar a los consumidores, es necesario operar en diversos frentes mediante la implementación de políticas públicas. Existen diferentes estrategias posibles, tales como la restricción de la publicidad, fundamentalmente aquella destinada a niños, y la elevación tributaria de esos productos, al tiempo que se amplía el acceso a los alimentos in natura. Otra medida fundamental se refiere al etiquetado, que debe contener información más clara, a los efectos de orientar las decisiones alimentarias de los consumidores”, sostiene Neri.
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