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El cambio climático aumentará los incendios forestales producidos por rayos de tormenta

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El Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) encabeza un estudio que concluye que los rayos podrían aumentar un 40% antes del fin de este siglo. El trabajo apunta a un gran aumento de los incendios forestales en la cuenca mediterránea, además de en el centro y en la costa occidental de Norteamérica.
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El cambio climático aumentará los incendios forestales producidos por rayos de tormenta
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Los rayos son la principal causa de incendios naturales en el mundo, que pueden propagarse rápidamente en función de las condiciones meteorológicas y del combustible disponible, liberando a la atmósfera cantidades considerables de carbono, óxidos de nitrógeno y otros gases que intervienen en la crisis climática. Distintos estudios han sugerido que la frecuencia y distribución de los rayos puede cambiar en el futuro, y un estudio encabezado por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y publicado en Nature Communications muestra un aumento de más del 40% en los rayos totales, lo que aumenta a su vez el riesgo de incendios forestales.

“Este trabajo pretende explorar la variación de los rayos para predecir patrones futuros de incendios forestales, y para ello hemos combinado las mediciones de rayos proporcionadas por el instrumento GLM, a bordo del satélite GOES-R, con la base de datos de incendios forestales proporcionada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Nuestra investigación indica que los rayos con corrientes continuas tienen una mayor probabilidad de provocar incendios forestales en comparación con aquellos sin corrientes continuas”, apunta Francisco J. Pérez-Invernón, investigador del IAA-CSIC con una beca de posdoctorado de la Fundación “la Caixa” que lidera el estudio.

Los rayos con corriente continua, que constituyen en torno al 10% del total de los rayos que se producen, son un tipo específico de rayo que presenta una descarga de muy larga duración (decenas o centenares de milisegundos), que suministra más energía a la vegetación y aumenta la probabilidad de incendio.

“Simulamos la década de 2090 bajo el escenario de la Trayectoria de Concentración Representativa 6.0 (RCP6.0), uno de los escenarios de estabilización de las emisiones definidos en el quinto informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC). Nuestros resultados mostraron un aumento del 43% y del 41% en los rayos totales y de larga duración a nivel mundial, respectivamente. En particular, se observó un aumento del 47% de los rayos de larga duración sobre la tierra, lo que podría aumentar el riesgo de incendios forestales inducidos por rayos en el futuro”, señala Francisco J. Pérez-Invernón (IAA-CSIC / Fundación La Caixa).

Los resultados predicen una disminución del riesgo de incendios forestales provocados por rayos en las regiones polares en la década de 2090, excepto en algunas pequeñas áreas de Escandinavia, Alaska y Siberia, donde el riesgo podría ser elevado debido a un aumento de los rayos de corriente prolongada. Por otro lado, apuntan a un mayor riesgo de incendios forestales provocados por rayos en el Sudeste Asiático, Sudamérica, África y Australia, y un cambio notable en los patrones regionales en Norteamérica y Europa. En concreto, estiman un gran aumento de los incendios forestales provocados por rayos a lo largo de la cuenca mediterránea y en las costas occidental y central de Norteamérica en la década de 2090.

“Además, hemos visto que el aumento de temperatura y de la probabilidad de que se produzcan tormentas secas en la cuenca mediterránea aumentarán la probabilidad de que los rayos produzcan incendios. Las tormentas secas son aquellas en las que la alta temperatura en niveles cercanos al suelo favorece que las gotas de lluvia se sequen antes de llegar a la superficie, aumentando así la probabilidad de que un rayo produzca un incendio y de que el mismo se extienda”, añade el investigador.

Este estudio no ha podido ofrecer resultados concluyentes en otras áreas de la península, un vacío que cubrirá un satélite geoestacionario recientemente lanzado por Europa. Denominado Meteosat Third Generation, incorpora un instrumento óptico capaz de observar, de forma continua y por primera vez en Europa y África, la ocurrencia de rayos y su posible descarga continua. “Sin duda, los datos que nos proporcionará este instrumento y el uso de modelos regionales podrán ayudarnos a predecir mejor la variación futura en el riesgo de incendio por rayo en la Península Ibérica”, concluye Pérez-Invernón (IAA-CSIC / La Caixa).
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Trabajo de referencia | F. J. Pérez-Invernón et al. "Variations of lightning-ignited wildfire patterns under climate change". Nature Communications, Feb. 2023. https://www.nature.com/articles/s41467-023-36500-5
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El 38% de la Amazonia sufre degradación provocada por la actividad humana

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En una proyección para 2050, factores de degradación de la selva amazónica, como incendios y tala ilegal, seguirán figurando entre las principales fuentes de emisiones de carbono si no se toman medidas urgentes. Así lo evidencia un estudio, cuyos resultados publica hoy en la revista Science, firmado por 35 autores de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
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En una proyección para 2050, factores de degradación de la selva amazónica, como incendios y tala ilegal, seguirán figurando entre las principales fuentes de emisiones de carbono si no se toman medidas urgentes. Así lo evidencia un estudio, cuyos resultados han sido publicados en la revista Science, firmado por 35 autores de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

El trabajo es fruto del proyecto Análisis, Integración y Modelización del Sistema Tierra (Aimes), vinculado a la iniciativa internacional Future Earth, que reúne a científicos e investigadores que estudian la sostenibilidad.

En el artículo se señala que por lo menos 2.5 millones de kilómetros cuadrados del bosque amazónico están siendo degradados en toda la cuenca debido a los incendios forestales, los efectos de borde (los cambios que se producen en zonas forestales próximas a otras deforestadas), las talas selectivas (como las ilegales) y las sequías extremas -causas que, además, interactúan entre ellas-, y su impacto en las dimensiones, ecológicas, ambientales, sociales y económicas. Esto representa el 38% de los bosques remanentes en la región.

Dicha situación genera tantas o más emisiones de carbono como la deforestación. Con respecto a este tema, la bióloga Dolors Armenteras Pascual, directora del grupo de investigación en Ecología del Paisaje y Modelación de Ecosistemas (Ecolmod), de la Facultad de Ciencias de la UNAL, anota que cuantificar la degradación es una tarea muy compleja porque aparentemente ese ecosistema sigue siendo un bosque.

Expresa que, “el trabajo mide por primera vez las emisiones de carbono por degradación, que totalizan 0.2 gigatoneladas de carbono (GtC) por año, una cifra que tiene implicaciones muy grandes en términos de biodiversidad y funcionamiento de la cuenca”.

En el caso de una región tan grande como la cuenca amazónica cuantificar y mapear estas perturbaciones es algo muy difícil. “Dicho estudio avanza en ello y lo pone de nuevo en la mira internacional”, afirma la investigadora, quien formó parte del grupo de científicos que lo desarrollaron.

Sobre los aspectos que influyen en la degradación en la Amazonia colombiana, manifiesta: “los causantes degradación coinciden con los motores que se mencionan en el estudio: extracción de madera, incendios que penetran en el bosque causando unos impactos tremendos y efectos de borde cuando se fragmenta el bosque, factores que suelen estar asociados a su conversión en pasturas”.

La experta destaca que, “los efectos de estas perturbaciones exacerban la vulnerabilidad de las comunidades locales, que ven disminuida la disponibilidad de especies comestibles (por ejemplo, los peces), afectando su seguridad alimenticia, o especies de uso tradicional de donde extraen aceites y otros productos medicinales; además, se facilita la transmisión de enfermedades transmitidas por vectores, ya que, al deteriorarse la calidad del bosque, se dispersan con mayor facilidad”.

Bosques inteligentes

El trabajo es el resultado de una revisión analítica de datos científicos previamente publicados, basados en imágenes de satélite combinados con datos sobre los cambios en la región amazónica entre 2001 y 2018.

Para esto se consideraron cuatro motores principales de la degradación: los incendios forestales, los efectos de borde (los cambios que se producen en zonas forestales próximas a otras deforestadas), las talas selectivas (como las ilegales) y las sequías extremas.

Las distintas zonas forestales pueden verse afectadas por uno o varios de estos factores, que tienen orígenes diferentes. "A pesar de la incertidumbre sobre el efecto total de estas perturbaciones, está claro que el efecto total puede ser tan importante como el efecto de la deforestación tanto para las emisiones de carbono como para la pérdida de biodiversidad", afirma Jos Barlow, investigador de la Universidad de Lancaster (Inglaterra) y coautor del estudio.

En una proyección realizada a 2050, los cuatro factores de degradación seguirán siendo las principales fuentes de emisión de carbono a la atmósfera, independientemente del aumento o cese de la deforestación.

Los autores proponen la creación de un sistema de vigilancia de la degradación, así como la prevención y el freno de la tala ilegal y el control del uso del fuego. En su opinión, podría aplicarse el concepto de "bosques inteligentes" que, al igual que la idea de "ciudades inteligentes", utilizarían distintos tipos de tecnologías y sensores para recoger datos útiles con el fin de mejorar la calidad del medio ambiente.

Valioso aporte desde Colombia

En relación con la contribución de la UNAL al estudio, la investigadora Armenteras Pascual destaca que, “nos invitaron porque somos referencia internacional en incendios y deforestación amazónica, además de contar con una experiencia de más de dos décadas con publicaciones científicas, en muchos casos con estudios realizados desde y con las condiciones que tenemos en Colombia donde los recursos para investigación son mínimos y a veces invertidos en el lugar equivocado”.

En Ecolmod, se han publicado estudios arbitrados en revistas científicas sobre principalmente dos de los cuatro motores que aparecen en el artículo de Science, identificados como causantes de degradación: incendios forestales y efecto de borde.

“Articularnos con este grupo de investigadores fue clave para aportar el conocimiento que hemos construido desde Colombia sobre la degradación de nuestros bosques, y aunque siempre hay algunas diferencias locales, la tendencia para toda la región es la misma”, concluye la profesora Armenteras Pascual.
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El deshielo de todos los glaciares del mundo se ha acelerado en lo que llevamos de siglo

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En los últimos 20 años, los glaciares han perdido de media un total de 267 gigatoneladas de hielo cada año, según las observaciones realizadas en más de 200.000 de ellos. Los resultados, que se incluirán en el próximo informe del IPCC, muestran que este deshielo es la causa del 21 % del aumento observado en el nivel del mar desde el año 2000.
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Los glaciares son indicadores muy sensibles de la crisis climática. Prueba de ello es que desde mediados del siglo XX estas masas de hielo están experimentando un deshielo considerable en todo el mundo, independientemente de la altitud o latitud en la que se encuentren. Pero, hasta ahora, esta pérdida de masa solo había sido medida de manera parcial, analizando solo una parte de estas grandes masas de hielo.

Un nuevo trabajo ha estimado por primera vez el deshielo de todos los glaciares inventariados del mundo, es decir unos 217.175 (sin contar con los mantos de hielo continental de la Antártida y Groenlandia) “con una resolución espacial y temporal sin precedentes”, detalla a SINC Inés Dussaillant, del Servicio de Monitorización Mundial de Glaciares de la Universidad de Zúrich, Suiza, y coautora del estudio.

Los resultados, publicados hoy en la revista Nature, revelan lo rápido que los glaciares han perdido espesor y masa de hielo desde el año 2000 hasta el 2019. En las últimas dos décadas, “los glaciares del mundo perdieron un total de 267 gigatoneladas de hielo al año en promedio”, indica Dussaillant.

Además, según el estudio, el retroceso de la masa de hielo se aceleró drásticamente durante ese periodo. “Entre 2000 y 2004 los glaciares perdieron 227 gigatoneladas de hielo por año, mientras que entre 2015 y 2019, al final del periodo de estudio, la masa perdida ascendió a los 298 gigatones por año”, precisa a SINC la investigadora.

Para calcular los cambios en el espesor y masa de hielo, así como la incesante aceleración de este deshielo global, el equipo internacional de científicos, liderado por Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulouse en Francia, utilizó el archivo completo de imágenes estereoscópicas ASTER, tomadas por el satélite Terra de la NASA. “Esto nos permitió crear modelos digitales de elevación de alta resolución de todos los glaciares del mundo y reconstruir una serie temporal de cambios de elevación glaciar desde el 2000”, subraya la investigadora.

Un aumento continuado del nivel del mar

La pérdida de masa de hielo observado a lo largo de los últimos 20 años ha sido responsable del 21 % del aumento del nivel del mar en el mismo periodo, lo que representa unos 0,74 mm cada año, recalcan los autores. De hecho, el retroceso de los glaciares de montaña son el segundo factor que más contribuye al aumento del nivel del mar actual.

“La primera causa, responsable de cerca de la mitad del aumento del nivel del mar, se debe a la expansión térmica del agua a medida que se calienta. El agua del deshielo de los mantos de hielo continental de la Antártica y Groenlandia y el almacenamiento de agua terrestre representan el tercio restante”, explica la autora suiza.

El trabajo supone un gran avance científico sobre los efectos de la crisis climática, por eso los resultados se incluirán en el próximo Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), que se publicará a finales de este año.

Los hallazgos permitirán, además, mejorar los modelos hidrológicos y hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la proporción de la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos que nacen del Himalaya o de los Andes durante los próximos años, dos regiones de gran preocupación hídrica.

“Si el retroceso de sus glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentarse a la escasez de agua o de alimentos en unas pocas décadas a venir”, advierte la científica.

Pero para Dussaillant, el mensaje de esta investigación es sobre todo de gran relevancia política: “El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París y luchar para lograr un escenario de cambio climático en el que se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero”.
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Trabajo de referencia | Romain Hugonnet et al. “Accelerated global glacier mass loss in the early twenty-first century” Nature
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FUENTE • Agencia SINC.....
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Los glaciares de los Pirineos podrían desaparecer en las próximas décadas

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Un estudio liderado desde el CSIC en el que participa la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) revela que el glaciar de Monte Perdido resistió a los periodos cálidos de la época romana y medieval. Para los autores, la excepcionalidad del actual cambio climático podría provocar, en las próximas décadas, la desaparición de este glaciar pirenaico junto a la de muchos otros del sur de Europa.
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Una investigación publicada en la revista The Cryosphere ha permitido conocer la edad del hielo del glaciar de Monte Perdido, uno de los pocos glaciares pirenaicos que todavía resisten en el actual contexto de aumento de temperaturas a escala global. El volumen total y el espesor del hielo de este glaciar disminuye cada año y está previsto que en unas pocas décadas haya desaparecido completamente. A pesar de que el retroceso de este y otros glaciares pirenaicos es evidente, todavía no se conocía si el glaciar experimentó otros periodos de retroceso semejantes en los últimos milenios, o si incluso pudo llegar a desaparecer como respuesta a periodos cálidos históricos anteriores al actual.

Ahora, un estudio enmarcado en el proyecto EXPLORA PaleoICE, dirigido por Ana Moreno del Instituto Pirenaico de Ecología-CSIC, y en el que participan los investigadores Jerónimo López y Belén Oliva de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), revela que el glaciar de Monte Perdido resistió a los periodos cálidos de la época romana y medieval.

“Gracias a varias dataciones realizadas por la técnica de carbono-14 en pequeños restos orgánicos encontrados en el hielo, pudimos determinar que el glaciar de Monte Perdido está presente desde, al menos, los últimos 2.000 años”, declaran los autores.

Cambio climático excepcional

En concreto, el estudio pone de manifiesto que el glaciar de Monte Perdido perduró durante el periodo romano y la Edad Media, aunque experimentó una importante etapa de fusión en un periodo climático que los científicos conocen como la “Anomalía Climática Medieval”, que tuvo lugar entre los siglos X y XIV, y que se caracterizó por experimentar elevadas temperaturas medias y abundantes sequías en varias zonas del planeta.

“Los resultados de nuestro trabajo contribuyen a contextualizar el calentamiento actual y otorgan la categoría de excepcional al cambio climático de nuestros días, al menos en los últimos 2.000 años”, enfatizan los autores.

Además de aportar evidencias de otras épocas cálidas anteriores en las que el glaciar de Monte Perdido retrocedió, los investigadores demuestran que el glaciar ha perdido en el último siglo el hielo acumulado en los últimos 600 años.

“Es decir, prácticamente, en los últimos 100 años, se ha fundido todo el hielo correspondiente al periodo conocido como Pequeña Edad del Hielo. Durante esta etapa fría, que tuvo lugar entre los siglos XV y XIX, los glaciares de toda Europa experimentaron un avance considerable como consecuencia de las bajas temperaturas y de un aumento de las precipitaciones en forma de nieve”, detallan los autores.

Los análisis geoquímicos han confirmado esta enorme pérdida de hielo reciente. Los indicadores de actividad humana que se han analizado en el glaciar —como el hollín, el mercurio o el plomo derivado de la gasolina, y que aparecen en cantidades muy elevadas en nuestros días— se encuentran en valores muy inferiores a los esperables en la parte superior de la secuencia de hielo.

En suma, los investigadores concluyen que “el calentamiento actual en los Pirineos es más rápido e intenso que el ocurrido en anteriores fases cálidas de los últimos 2.000 años, por lo que es razonable esperar en las próximas décadas no solo la desaparición del glaciar de Monte Perdido sino también la de otros glaciares pirenaicos y del sur de Europa”.
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Trabajo de referencia | Moreno, A., Bartolomé, M., López-Moreno, J.I., Pey, J., Corella, J.P., García-Orellana, J., Sancho, C., Leunda, M., Gil-Romera, G., González-Sampériz, P., Pérez-Mejías, C., Navarro, F., Otero-García, J., Lapazaran, J., Alonso-González, E., Cid, C., López-Martínez, J., Oliva-Urcia, B., Faria, S.H., Sierra, M.J., Millán, R., Querol, X., Alastuey, A., García-Ruíz, J.M. 2021. The case of a southern European glacier which survived Roman and medieval warm periods but is disappearing under recent warming. The Cryosphere, 15, 1157–1172. https://doi.org/10.5194/tc-15-1157-2021
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El calentamiento global ya es responsable de una de cada tres muertes relacionadas con el calor

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Un estudio con participación del CSIC ha analizado la mortalidad en más de 700 ciudades de todo el mundo a lo largo de 30 años y su relación con el cambio climático. Un 30% de las muertes relacionadas con el calor en España se atribuyen al cambio climático derivado de la actividad humana.
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Un estudio internacional con participación de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) muestra por primera vez la contribución real del cambio climático provocado por el hombre en el aumento de los riesgos de mortalidad debido al calor. Entre 1991 y 2018 más de un tercio de todas las muertes en las que influyó el calor fueron atribuibles al calentamiento global. El estudio, el más amplio de este tipo hasta la fecha, ha utilizado datos de 732 ciudades en 43 países de todo el mundo. Los resultados se han publicado en el último número de la revista Nature Climate Change.

El calentamiento global está afectando a la salud humana de varias maneras, y una de ellas es el aumento de la mortalidad y la morbilidad asociadas con el calor. Las condiciones climáticas futuras predicen un aumento sustancial de las temperaturas medias y la aparición de fenómenos extremos como olas de calor, lo que conducirá a un aumento de la carga sanitaria relacionada. Sin embargo, hasta ahora, ningún estudio ha evaluado si este impacto ya se ha producido en las últimas décadas y en qué medida.

Este estudio internacional, coordinado por la Universidad de Berna (Suiza), la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres (Reino Unido) con la participación del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), muestra que el 37% de las muertes relacionadas con el calor entre 1991 y 2018 se pueden atribuir a cambios en el clima relacionados con las actividades humanas.

“España es uno de los países del sur de Europa donde más calentamiento se ha observado. En términos relativos y durante el periodo estudiado, España tuvo un 30% de muertes relacionadas con el calor atribuidas al cambio climático inducido por el ser humano”, indica el investigador del CSIC y autor del estudio Aurelio Tobías. “El número de muertes por calor relacionado con el cambio climático es de 704 por año en el período de verano en las capitales de provincia de España, en concreto, 177 en Madrid, 94 en Barcelona y 39 en Sevilla”, especifica Tobías.

Cuanto más calentamiento global, más muertes

La investigación epidemiológica puso el foco en el calentamiento global provocado por el ser humano, en un estudio denominado de "detección y atribución" ya que identifica y atribuye los fenómenos observados a cambios en el clima y el tiempo. Específicamente, los investigadores examinaron las condiciones climáticas pasadas proyectadas en escenarios con y sin emisiones antropogénicas, por lo que pudieron separar el calentamiento y el impacto en la salud relacionado con la actividad humana de las tendencias naturales.

"Prevemos que la proporción de muertes relacionadas con el calor continúe creciendo si no hacemos algo para parar el cambio climático o no nos adaptamos", indica Ana M. Vicedo-Cabrera, investigadora de la Universidad de Berna (Suiza) y primera autora del estudio. "Hasta ahora, la temperatura global media solo ha aumentado alrededor de un grado centígrado, que es una fracción de lo que podríamos enfrentar si las emisiones continúan aumentando sin control".

Aunque en promedio más de un tercio de las muertes relacionadas con el calor se deben al cambio climático inducido por el hombre, el impacto varía sustancialmente entre regiones, desde unas pocas docenas hasta varios cientos de muertes cada año, según los cambios locales del clima y la vulnerabilidad de su población. Curiosamente, las poblaciones que viven en países de ingresos bajos y medianos, que son responsables de una pequeña parte de las emisiones antropogénicas en el pasado, son las más afectadas, con una proporción de mortalidad más alta en América Central y Sur, y Sur-Este de Asia.

“Este es el mayor estudio de detección y atribución sobre los riesgos actuales del cambio climático para la salud”, dice Antonio Gasparrini, autor principal del artículo. “El mensaje es claro: el cambio climático no solo tendrá impactos devastadores en el futuro, sino que ya estamos experimentando las nefastas consecuencias de las actividades humanas en nuestro planeta”, advierte este investigador.
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Referencia científica | A. M. Vicedo-Cabrera, N. Scovronick , F. Sera, D. Royé , R. Schneider, A. Tobias, et al. The burden of heat-related mortality attributable to recent human-induced climate change. Nature Climate Change. DOI: 10.1038/s41558-021-01058-x
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Una investigación analiza la adaptación poblacional al aumento de calor en España

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Una investigación liderada por el ISCIII ha analizado en las 52 provincias españolas la evolución temporal de la Temperatura de Mínima Mortalidad (TMM) desde 1983 hasta 2018, con el objetivo de determinar si el ritmo de aumento de este indicador es suficiente para compensar el aumento de las temperaturas en España a lo largo de ese período. Los resultados se han publicado en la revista Science of The Total Environment.
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La Temperatura de Mínima Mortalidad (TMM) representa un rango óptimo de temperaturas de confort en el que la mortalidad de la población que se está estudiando es mínima o tiene su mínimo valor. Este indicador puede utilizarse para medir la adaptación poblacional al calor; según sea su evolución en el tiempo, puede utilizarse como indicador de que es posible adaptarse al aumento de temperaturas provocadas por el calentamiento global. Otro objetivo del estudio es analizar si el ritmo de evolución de la MMT sería suficiente, de mantenerse constante, para compensar el aumento previsto de temperaturas en un escenario de emisiones desfavorable (RCP 8.5) para el horizonte temporal 2051-2100.

El estudio, realizado con apoyo de la Fundación Biodiversidad, cuenta con la participación de los investigadores de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) Julio Díaz, Cristina Linares, José Antonio López Bueno, Miguel Ángel Navas y Dante Culqui. Según explican Díaz y Linares, "cuando representamos en un gráfico X-Y la temperatura máxima diaria (eje X) frente a la mortalidad diaria que se produce a esa temperatura (eje Y), esta gráfica tiene forma de V. El vértice de esa V es lo que denominamos Temperatura de Mínima Mortalidad (TMM); a la derecha de esa TMM se representaría la mortalidad atribuible al calor y a la izquierda la mortalidad por frío". La TMM no es estática, sino que evoluciona con el tiempo: "Un desplazamiento de esa TMM hacia valores más altos podría interpretarse como que cada vez hace falta más calor para que aumente la mortalidad, y podría ser indicador de la adaptación poblacional al calor".

Muchas diferencias por provincias

La investigación señala que la temperatura máxima diaria en España en el periodo 1983-2018 ha aumentado a un ritmo de 0,41°C por década, mientras que la TMM (este indicador se ha determinado para todas las provincias españolas y para cada año) ha aumentado de media a un ritmo mayor, de 0,64°C por década. Es decir, la TMM se ha desplazado a mayor ritmo que lo ha hecho la temperatura por el calentamiento global, por lo que podría hablarse de adaptación al calor de la población española. En todo caso, analizando todas las provincias se observa una importante heterogeneidad geográfica, en el sentido de que en algunos territorios la TMM ha mantenido un ritmo de incremento muy superior a la media de 0,64ºC/década, mientras que en otras ni siquiera se ha producido incremento en la TMM, sino cierta disminución a lo largo del tiempo.

La Agencia Española de Meteorología (AEMET) también participa en el estudio. Se sabe, por modelos de predicción de la AEMET, que la temperatura máxima diaria en el horizonte temporal 2051-2100 en un escenario de altas emisiones de CO2 (RCP8.5) va a crecer a un ritmo de 0,66°C por década (tal y como reveló un estudio publicado hace dos años), es decir, "prácticamente al mismo ritmo que nos estamos adaptando al calor", señalan Díaz y Linares. Según explican los investigadores de la ENS, "adaptarse al calor es clave, ya que hacerlo supone que no se va a producir un drástico incremento de la mortalidad por calor en los próximos años, como sugieren algunos otros estudios que hemos realizado en España".

Con los datos obtenidos en este trabajo, el reto está ahora en continuar la investigación para lograr más información, y en conocer qué factores económicos, sociales, de infraestructuras, sanitarios, etc., pueden estar implicados en que unas provincias se adapten mejor que otras al calor, ya que con este conocimiento habría más posibilidades de modificar los factores relacionados y mejorar en la adaptación poblacional al calor en todas las regiones.
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Trabajo de referencia | F. Follos, C. Linares, J.A. López-Bueno, M.A. Navas, D. Culqui, J.M. Vellón, M.Y. Luna, G. Sánchez-Martínez, J. Díaz. Evolution of the minimum mortality temperature (1983–2018): Is Spain adapting to heat?, Science of The Total Environment, Volume 784, 2021,147233. ISSN 0048-9697. https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2021.147233.
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Los hábitos de consumo de carne de la antigüedad podrían ser clave para combatir el cambio climático

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Un estudio del CSIC relaciona el tamaño de los animales domésticos y los hábitos de la ingesta de carne con los cambios socio-económicos entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía. La ganadería del pasado podría ayudar a desarrollar políticas más sostenibles que combatan el cambio climático, apoyando la ganadería extensiva y las razas adaptadas a los recursos locales.
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Un proyecto de la Institución Milá y Fontanals (IMF) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha analizado más de 200.000 restos animales en más de un centenar de yacimientos entre la Edad de Bronce (siglo XII a.C) y la Antigüedad tardía (siglo VI d.C). En este periodo, los cambios políticos y económicos determinaron la evolución del consumo de carne y, por tanto, la elección de las especies domésticas y su tamaño, llegando a aumentar un 30% en época romana. Este trabajo podría ser clave en el desarrollo de políticas más sostenibles que ayuden a combatir el cambio climático mediante una mejor integración de la ganadería extensiva, respetuosa con los recursos locales y con razas adaptadas a cada región.

“Los huesos enterrados bajo nuestros pies nos muestran cómo la ganadería se ha ido adaptando a los cambios políticos, económicos, ambientales y tecnológicos a lo largo de la historia”, explica Silvia Valenzuela Lamas, científica titular de la IMF-CSIC.

El proyecto ZooMWest, financiado con más de un millón de euros por el Consejo Europeo de Investigación (ERC, por sus siglas en inglés), detalla la evolución de la ganadería de la península Ibérica y el norte-centro de Italia a lo largo de 1.700 años. Sólo en el noreste, se han analizado más de 90.000 restos animales pertenecientes a 101 yacimientos ubicados en las regiones de Girona, Tarragona, Lleida y Barcelona. Este recorrido ganadero entre los siglos XIII a.C y VII d.C, es decir, entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía, refleja el predomino de dos modelos productivos determinados por el contexto político y económico de cada época.

“En sistemas económicos más locales, la ganadería se ajusta a las condiciones ecológicas de cada zona y los animales son más pequeños. En cambio, en sistemas económicos más grandes, como en época romana, se prioriza la producción de cerdo y vacuno, y los animales son más grandes”, detalla la investigadora.

El estudio, publicado en varios artículos de acceso abierto, relaciona este último modelo con las políticas ganaderas actuales. El resultado es un sistema intensivo donde prima el número y el tamaño de las reses sobre su impacto en la biodiversidad y sobre su dependencia del comercio internacional. Por ejemplo, Europa importa cada año 27 millones de toneladas de productos de soja de todo el mundo para alimentación animal.

La utilización de técnicas innovadoras de computación y meta-análisis han permitido comprobar que las vacas actuales son aún mayores que en época romana, y que estas ya eran un 30% más grandes respecto a las de Edad del Hierro. Este tamaño permite obtener un mayor rendimiento de cada animal, pero también incrementa las exigencias de agua y comida para alimentarlo. “Actualmente, la producción de cereal en España no cubre las necesidades internas, en particular para alimentación animal, y por ello hay que importar millones de toneladas de soja y cereales cada año. La ganadería intensiva es muy dependiente del comercio a larga distancia y, si la cadena de suministro cae, se cae todo”, destaca la investigadora.

La información aportada por la arqueología podrá ser utilizada para encontrar métodos ganaderos que sean más sostenibles a largo plazo. Las claves se encuentran en modificar los hábitos de consumo de carne y en la promoción de granjas que hagan uso de recursos locales y renovables para mantener su producción. Estás prácticas podrían tener un impacto positivo en el cambio climático mediante el desarrollo de una ganadería más respetuosa con el entorno.
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Los mamíferos terrestres generalistas resisten mejor las alteraciones climáticas

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Una investigación internacional liderada por la Universidad Complutense de Madrid demuestra que la relación entre evolución y cambio climático depende de la especialización ecológica de las especies.
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La capacidad de habitar muchos ambientes –especies generalistas– o pocos –especialistas– es el factor más importante en la adaptación de las diferentes familias de mamíferos terrestres y su evolución frente a los efectos del cambio climático, según una investigación internacional liderada por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

El estudio, publicado en Historical Biology, parte de la hipótesis de los años 80 de la paleontóloga Elisabeth S. Vrba sobre la especialización ambiental de las especies como elemento crucial a la hora de entender la evolución y diversificación de las especies.

“Ya habíamos analizado algunos grupos en anteriores trabajos, pero esta es la primera vez que incluimos información de todas las especies de mamíferos terrestres, más de 5000 repartidas en 153 familias, para examinar esta cuestión” destaca Manuel Hernández Fernández, investigador del Departamento de Geodinámica, Estratigrafía y Paleontología de la UCM y del IGEO.

Los biomas son grandes unidades ecológicas definidas por sus condiciones ambientales; algunos ejemplos incluyen el bosque caducifolio o el matorral esclerófilo.

Las especies capaces de ocupar distintos biomas (generalistas) sufren menos las alteraciones debidas a cambios climáticos, ya que son capaces de aprovechar recursos con distinto origen, y pueden mantenerse sin cambios durante largos periodos de tiempo.

Por su parte, las especies que sólo pueden vivir en un bioma (especialistas) se ven muy afectadas por cambios climáticos que pueden fragmentar sus poblaciones y se diversificarán más.

“Si esta fragmentación se mantiene suficiente tiempo como para que el flujo genético se interrumpa entre ellas, puede dar lugar a la diferenciación de una especie distinta en cada uno de esos fragmentos poblacionales. Esto se refleja en una sobreabundancia de especies especialistas sobre las generalistas”, explica Hernández Fernández.

No obstante, añade, esta mayor capacidad de diversificación tiene la contrapartida de una mayor vulnerabilidad ante los cambios climáticos.

Biomas extremos, más favorables a la diversificación

Para llevar a cabo el estudio, se han recogido datos de distribución de cada especie, considerando qué biomas habitan. Esto ha permitido, además de corroborar la hipótesis, establecer que ciertos biomas representan lugares especialmente favorables para la diversificación de especies especialistas.

“Se trataría de los biomas que se sitúan en los extremos climáticos de nuestro planeta, que sufren mayores alteraciones a causa de las variaciones en el clima terrestre”, indica el paleontólogo de la UCM, que los enumera: las selvas ecuatoriales (extremo cálido-húmedo), los desiertos subtropicales (cálido-seco), las estepas (frío-seco) y las tundras (frío-húmedo)”.

También se ha observado una gran variabilidad entre las distintas familias y biomas, asociada a la heterogeneidad ambiental de estos, así como a la historia evolutiva y las diferencias fisiológicas de cada familia, que condicionan la capacidad de sus especies para sobrevivir o colonizar un nuevo bioma.

“Esto se debe a que además de la especialización ecológica, los procesos de diversificación asociada a los cambios climáticos también deben verse afectados por otros factores, los cuales todavía estamos lejos de entender plenamente”, añade Emilia Galli, coautora del trabajo y también investigadora de la UCM.
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Un estudio revela un cambio sin precedentes en el régimen de incendios del continente europeo

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Los patrones detectados por el estudio perfilan un cambio en una tendencia histórica de más de cincuenta años (1950-2000). Durante ese periodo, los servicios de vigilancia y extinción de incendios habían logrado una reducción o estabilización del área quemada y de las emisiones de CO2 causadas por el fuego en muchas áreas de la cuenca mediterránea. Esta dinámica se ha alterado con la llegada del cambio climático.
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Un estudio revela un cambio sin precedentes en el régimen de incendios del continente europeo relacionado con el cambio climático. Las zonas afectadas se encuentran en el sur, centro y norte del continente, pero este cambio histórico en el régimen de incendios de Europa es más intenso en el área del Mediterráneo. El trabajo, publicado en la revista Scientific Reports, está dirigido por Jofre Carnicer, profesor de ecología de la Facultad de Biología, el Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universitat de Barcelona y el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).

El estudio ha detectado veranos y primaveras con valores de riesgo de incendio sin precedentes durante los últimos años, por lo que muchas zonas de Europa meridional y del Mediterráneo alcanzan condiciones extremas y propicias al fuego. Estas condiciones adversas son cada vez más frecuentes debido al aumento de las olas de calor y la sequía hidrológica.

"Este aumento del riesgo extremo es bastante reciente y en momentos críticos supera la capacidad de extinción del fuego de las sociedades europeas, provocando mayores emisiones de CO2 asociadas al fuego en veranos extremadamente cálidos y secos", puntualiza Jofre Carnicer, primer autor del trabajo y miembro del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la UB.

Los bosques y los sumideros de carbono, amenazados

Por primera vez, el trabajo vincula el aumento del riesgo de incendio con un mayor número de emisiones de CO2 causadas por el fuego y medidas en observaciones de satélite por todo el continente europeo. Este fenómeno se da en la Europa mediterránea, pero también en la Europa más fría, septentrional y boreal, que posee importantes reservorios de carbono en la tundra y los bosques boreales.

Las estimaciones del riesgo de incendio basadas en datos meteorológicos y de detección por satélite de los impactos del fuego han cambiado en los últimos años. Se detecta por primera vez que el reciente aumento del riesgo de incendio por las condiciones meteorológicas se traduce en un aumento muy significativo de las emisiones de CO2 asociadas al fuego en periodos de extremo calor y riesgo de incendio en verano.

"Las zonas boscosas y montañosas del sur y centro de Europa son las áreas donde se detectan los mayores aumentos del riesgo de incendio", apunta Jofre Carnicer. "Estas zonas son grandes reservorios de carbono que estarían amenazados por el fuego, como la cordillera de los Pirineos, los macizos Ibérico y Cantábrico en España, los Alpes, el macizo central francés, los Apeninos italianos en Europa central, y las montañas de los Cárpatos, los Balcanes, el Cáucaso y el Póntico en el sureste de Europa".

El estudio proporciona también mapas continentales de riesgo de incendio actuales y predice la evolución de dicho riesgo en Europa hasta el año 2100, teniendo en cuenta la posibilidad de diferentes trayectorias de cambio climático (2º C, 4º C) y de reducción de las emisiones de CO2.

"Las conclusiones apuntan a que los regímenes de incendios pueden cambiar rápidamente en regiones de la Tierra afectadas por el cambio climático, como las zonas mediterráneas, eurosiberianas y boreales de Europa", indica Carnicer.

Claves para regular el clima

"Los aumentos más significativos del riesgo de incendio afectarán a zonas del sur de Europa que tienen bosques y sumideros de carbono que son claves para la regulación del clima", continúa el investigador. "Los bosques del continente europeo absorben anualmente cerca del 10% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero. En concreto, captan unos 360 millones de toneladas de CO2 al año, una cantidad superior a las emisiones de un país como España, con un valor de alrededor de 214 millones de toneladas".

El aumento del riesgo de incendio descrito en el estudio supone un reto para el desarrollo y la aplicación de la nueva Estrategia forestal europea, que propone mantener una reducción anual de al menos 310 millones de toneladas de CO2 por parte del sector forestal y agrícola en 2030 en Europa. Como consecuencia, "el aumento detectado del riesgo de incendios podría poner en peligro las estrategias de descarbonización basadas en los usos del bosque y el territorio agrícola si no se adoptan estrategias de gestión forestal efectivas que disminuyan el riesgo de incendio", destaca Jofre Carnicer.

"Además, el aumento del riesgo de incendio podría constituir un mecanismo de retroalimentación positiva del cambio climático, en ciclos progresivos de calentamiento, aumento del riesgo de incendio y de mayores emisiones de CO2 causadas por el fuego. En este contexto, reducir las emisiones de CO2 de forma drástica en las próximas dos décadas (2030-2040) es clave para alcanzar un menor riesgo de incendios en el futuro en Europa y globalmente", concluye el experto.

Jofre Carnicer forma parte del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y del Consejo Nacional del Clima en España. Es uno de los autores del Sexto informe de evaluación del Grupo de Trabajo II del IPCC presentado en febrero de 2022, que revelaba los impactos del cambio climático en los ecosistemas y las sociedades a escala global, los riesgos ambientales y sociales previstos para las próximas décadas y las opciones de adaptación disponibles para reducir las consecuencias del cambio climático.
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Trabajo de referencia | Carnicer, J.; Alegria, A.; Giannakopoulos, C.; Di Giuseppe, F.; Karali, A.; Koutsias, N.; Lionello, P.; Parrington, M.; Vitolo, C. "Global warming is shifting the relationships between fire weather and realized fire-induced CO2 emissions in Europe". Scientific Report, junio de 2022. Doi: 10.1038/s41598-022-14480-8
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Reforestaciones planificadas contra los incendios

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Un trabajo internacional apuesta por plantar árboles que ayuden a frenar el avance del fuego en caso de incendio y que puedan regenerarse solos.
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Incendio forestal
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Un grupo internacional de expertos, liderado por la Universidad de Granada (UGR), ha advertido de la necesidad de planificar adecuadamente las reforestaciones que se llevan a cabo a nivel mundial, centrándose no solo en plantar cuantos más árboles mejor, sino en plantar árboles que ayuden a frenar el avance del fuego en caso de incendio.

Su trabajo, que lidera el investigador del departamento de Ecología de la UGR Alexandro B. Leverkus, se publicó en una Letter de la prestigiosa revista Science, una de las más importantes del mundo. En muchos sitios está ocurriendo un boom de reforestaciones auspiciado por movimientos sociales, iniciativas gubernamentales y esfuerzos privados. Uno de los principales objetivos es mitigar el cambio climático mediante la captura de carbono en la vegetación.

A pesar de los múltiples beneficios que aportan las plantas, las reforestaciones pueden tener efectos contraproducentes en el ciclo del carbono debido al aumento en la cantidad y continuidad de combustible en la naturaleza. Un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente alerta de que el riesgo de incendios extraordinariamente severos y extensos está aumentando en muchas partes del mundo debido al cambio climático y a los cambios en la vegetación generados por el ser humano, por ejemplo, mediante la plantación de extensos y densos bosques de coníferas y eucaliptos.

“Si una reforestación aumenta el riesgo de propagación de los incendios, puede revertir sus beneficios en términos de secuestro de carbono, ya que el carbono acumulado se emitirá de nuevo a la atmósfera e incluso se puede hacer más propensa la propagación del fuego a otras zonas. Por ello, los programas de reforestación deberían de tener muy en cuenta la mitigación del riesgo de incendios”, explica el investigador de la UGR.

Por un lado, las actuaciones que modifiquen la vegetación, como las reforestaciones, deberían de considerar cómo la nueva composición y configuración de los paisajes pueden afectar a la dinámica del fuego. “Deberían de favorecerse los paisajes en mosaico, con pequeños parches de distintos tipos de vegetación o uso de suelo y evitando la creación de grandes masas continuas y homogéneas de árboles. Dentro de un bosque, conviene que haya discontinuidades entre la vegetación de sotobosque y las copas de los árboles para evitar que el fuego pueda ascender a estas últimas. El uso en reforestaciones de especies poco inflamables, a baja densidad y con gran diversidad también puede ayudar a frenar el avance del fuego”, señala Leverkus.

Nuevos brotes después del fuego

Por otro lado, es importante reconocer que muchos incendios ocurrirán en zonas reforestadas incluso a pesar de haber tomado este tipo de precauciones. Por ello, resulta muy importante que la reforestación ayude a mejorar la capacidad de la vegetación de regenerarse después del fuego. Hay numerosas especies de plantas que no mueren y que pueden generar nuevos brotes después de que el fuego haya consumido sus hojas y ramas. Ello genera que después de un incendio haya una capacidad de regeneración rápida del ecosistema y de mitigación de las consecuencias negativas como la erosión. El uso de especies rebrotadoras nativas en las reforestaciones puede ser una herramienta clave para mejorar la calidad ambiental, la biodiversidad y la captura de carbono a largo plazo considerando el aumento en el riesgo de incendios.

Los beneficios esperados de las reforestaciones están llevando a generar ambiciosos objetivos políticos para plantar cientos de miles, o millones, o incluso trillones de árboles. “Con ello corremos el grave riesgo de plantar más árboles de la cuenta, en lugares donde no habría árboles de manera natural, en sitios donde afectaríamos a una vegetación nativa y diversa previamente establecida, generando extensas y densas masas de árboles que suponen un alto riesgo de propagación de incendios y con especies cuyo establecimiento sea fácil y económico pero que tengan propiedades negativas de cara a la mitigación de incendios y la regeneración posterior”, destacan los autores en la Letter de Science.

Por ello, “hacemos este llamamiento para evitar el énfasis en cuántos árboles queremos plantar y centrarnos en la capacidad de las reforestaciones y la vegetación circundante de capturar carbono a largo plazo, incluso bajo escenarios de incendios futuros. De lo contrario estaremos aumentando el riesgo de nuevos tipos de incendios, de liberación de grandes cantidades de carbono a la atmósfera, de reducción de la cobertura vegetal y de colapso ecosistémico”, concluyen.
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La sequía y la subida del nivel del mar son los impactos del cambio climático que más afectarán a la cuenca mediterránea

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Presentado el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas sobre impactos, adaptación y vulnerabilidad.
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Sequía
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El cambio climático inducido por el ser humano está causando una perturbación peligrosa y generalizada en la naturaleza y afecta a la vida de miles de millones de personas en todo el mundo. Las personas y los ecosistemas con menor capacidad para hacer frente a la situación son ya los más afectados, según afirma la comunidad científica en un informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). La comunidad científica alerta de que el mundo se enfrenta a múltiples riesgos climáticos que viviremos durante las dos próximas décadas y que en el Mediterráneo han comportado a día de hoy un calentamiento de 1,5°C (por encima de la media global, 1,1°C).

Si no se reducen las emisiones en las próximas décadas y se supera temporalmente el nivel de calentamiento establecido en el Acuerdo de París (1,5°C), habrá graves impactos, algunos de los cuales serán irreversibles. El nuevo informe, elaborado por el Grupo de Trabajo II del IPCC, se ha centrado en analizar el impacto del cambio climático en los ecosistemas naturales y los sistemas socioeconómicos, así como la vulnerabilidad y la capacidad de adaptación de estos. También ha evaluado las mejores estrategias para reducir el impacto del cambio global a diferentes escalas. En este equipo internacional de expertos, participa Jofre Carnicer, profesor de ecología de la Facultad de Biología, el Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universidad de Barcelona y el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), que es el único experto de toda Cataluña —y uno de los pocos investigadores de todo el Estado— que ha formado parte de él. El documento lo han aprobado el domingo 27 de febrero de 2022 los 195 gobiernos miembros del IPCC en una sesión de aprobación virtual que se ha prolongado dos semanas, del 14 de febrero al 27 de febrero. El informe final es la segunda entrega del sexto informe de evaluación (IE6) del IPCC, que se completará este año.

Según la comunidad científica, entre 3.300 y 3.600 millones de personas viven en un contexto muy vulnerable al cambio climático, casi la mitad de la humanidad. A nivel global, las zonas más vulnerables son África central, el sudeste asiático y América central, mientras que, en el caso del continente europeo, la región más amenazada es el área del Mediterráneo. En este sentido, el nuevo informe es contundente: para evitar la pérdida creciente de vidas, de biodiversidad y de infraestructuras, es necesario adoptar rápidamente medidas ambiciosas para mitigar el cambio climático y adaptarse a él. A pesar de los avances constantes en experiencias locales que estudian cómo reducir los efectos negativos del cambio climático en diferentes sectores (adaptación), el informe revela que todavía existe una distancia entre las necesidades totales y las acciones pioneras que se están implementando progresivamente. Las consecuencias del cambio climático son más graves entre las poblaciones con menores ingresos y en determinadas zonas geográficas del planeta más vulnerables. Además, también se modulan en función de la edad y el género. El estudio destaca que el desarrollo económico actual es insostenible, y que es esencial considerar la participación inclusiva de todos los actores sociales, así como la equidad y la justicia climática, para desarrollar acciones de mitigación y adaptación transformadoras, encaminadas a un modelo de desarrollo sostenible y resiliente a los impactos del clima.

"Este informe es una advertencia terrible sobre las consecuencias que puede tener no actuar", alerta Hoesung Lee, presidente del IPCC. "Muestra que el cambio climático es una amenaza grave y creciente para nuestro bienestar y para mantener un planeta sano. Nuestras acciones de hoy determinarán la forma en que las personas se acabarán adaptando y cómo la naturaleza responderá a los riesgos climáticos crecientes", afirma.

Jofre Carnicer, autor principal de los capítulos de Europa y el Mediterráneo en el IPCC, es contundente: "El coste ambiental de la inacción es muy elevado, y el informe concluye que es necesario actuar antes de que se cierre la ventana de oportunidad que tenemos, que es de solo de dos o tres décadas. Cada acción es relevante, ya sea en el ámbito gubernamental e internacional, como en industrias y actividades sectoriales, o en cambios del estilo de vida de los ciudadanos, y estas acciones pueden contribuir progresivamente a reducir el calentamiento y los impactos en las próximas décadas y para las futuras generaciones". Por ello, el estudio remarca la necesidad de introducir urgentemente cambios profundos y transformadores en todos los sectores de la sociedad y, en especial, en todas las actividades económicas que generan emisiones. "Los costes de adaptación a los impactos del cambio climático serán mucho más altos si no implementamos drásticamente una reducción de emisiones decidida en las dos próximas décadas que nos acerque a una trayectoria de calentamiento inferior a 2°C", advierte Jofre Carnicer.

La biodiversidad, al límite

El resumen del informe del IPCC considera que la vulnerabilidad humana y la de los ecosistemas son interdependientes. Por eso, pone el acento en los efectos actuales y futuros del cambio climático en la biodiversidad. Para ello, se han utilizado más de 40.000 estudios que examinan los sistemas marinos y terrestres de todo el planeta. La ciencia afirma que el aumento de las oleadas de calor, las sequías y las inundaciones ya supera los umbrales de tolerancia de muchas plantas y animales, lo que ha provocado, por una parte, extinciones locales de poblaciones de algunas especies sensibles a la temperatura o con poca movilidad, como son las especies endémicas o más especialistas; por otra, mortalidades masivas de especies en hábitats más vulnerables al estrés térmico, como las praderas submarinas o los arrecifes coralinos. El informe tiene en cuenta estudios científicos que advierten que más del 50% de las especies del planeta se han desplazado en los últimos años, o hacia latitudes más al norte, o hacia zonas de mayor altitud, para huir del aumento de temperaturas.

Asimismo, el documento ha analizado el riesgo de extinción de más de 100.000 especies sobre las que se dispone documentación científica. Los resultados son preocupantes: "Podemos comprobar que en trayectorias de calentamiento por encima de los 1,5 °C, es decir, sin una reducción drástica de emisiones en las próximas dos décadas, el riesgo de extinción aumenta en muchos grupos taxonómicos, a menudo por encima del 10 % de las especies", asegura Jofre Carnicer. El informe no incluye resultados o información de especies a escala local, porque cada especie tiene una ecología única y cada patrón es extremadamente complejo, pero sí se hace eco de la primera extinción documentada de una especie de mamífero. Se trata del ratón con cola de mosaico (Melomys rubicola), originario de un islote tropical de baja altitud (Bramble Cay) cerca de Papúa Nueva Guinea, y que se ha extinguido después de que se redujera drásticamente su hábitat por impactos climáticos extremos y por la subida del nivel del mar.

Las medidas de adaptación para mantener la biodiversidad, de cuyos servicios dependemos absolutamente como sociedad, pasan por la restauración de los ecosistemas, la aplicación de soluciones basadas en la naturaleza y el aumento del territorio protegido. "Hay que proteger de forma más consistente las áreas naturales del planeta, porque somos muy dependientes de los servicios ecosistémicos para mantener la seguridad climática en el planeta. Los océanos y bosques absorben el 50% de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero y contribuyen a regular la temperatura del planeta. El informe confirma que un aumento de los impactos climáticos puede causar declives en la eficiencia de absorción global del CO2 por parte de los ecosistemas y retroalimentar así positivamente el calentamiento", sostiene Jofre Carnicer. Para ello, el informe apuesta por pasar del 16% de áreas protegidas en el mundo —un dato pactado en los convenios mundiales sobre biodiversidad— al 30% o al 50% en 2030. "Las soluciones que consisten en proteger la naturaleza o restaurarla son importantes, pero es necesario que vayan acompañadas en primer lugar de reducciones drásticas de emisiones de gases en múltiples sectores durante las dos próximas décadas", puntualiza Carnicer.

Un Mediterráneo en riesgo asimétrico

Mediterráneo se calienta más rápidamente que la mayoría de zonas del mundo este ambiente ya ha aumentado la temperatura en 1,5°C, mientras que la media mundial se mantiene cerca de los 1,1°C. Hay consenso en que la sequía será un riesgo muy relevante en el Mediterráneo. En este sentido, las previsiones apuntan a un aumento considerable de las sequías: por cada grado que aumente la temperatura, veremos reducidas las lluvias en un 4 %, por lo que se prevé una disminución de entre un 5% y un 20%, según sea nuestra capacidad de reducir emisiones.

En el Mediterráneo, es clave abordar el uso del agua en la agricultura para tratar de adaptarse a esta sequía y al aumento de temperaturas. A su vez, es necesario promover otros métodos de agricultura que sean más eficientes y mantengan mejor la humedad del suelo, como la agricultura regenerativa, que mantiene el suelo más fértil y rico en materia orgánica.

Además, en la cuenca del Mediterráneo la vulnerabilidad al cambio climático es muy asimétrica. El informe revisa los objetivos de desarrollo sostenible en esta zona y revela que los indicadores son extremadamente diferentes entre la orilla sur y el norte de la cuenca mediterránea. La orilla sur registra índices de pobreza, seguridad alimentaria, acceso a las energías renovables, al agua, a la educación o a la salud más reducidos. Esto expone aún más a la población de esta zona a efectos del cambio climático porque, por ejemplo, disponen de menos recursos para adaptarse a los impactos futuros. "Un ejemplo muy claro de esa mayor vulnerabilidad al cambio climático en la orilla sur del Mediterráneo es el incremento del nivel del mar en Egipto, un país con 103 millones de habitantes. Solo en el delta del Nilo se espera que más de 6,3 millones de personas puedan quedar seriamente afectadas si el nivel del mar sube por encima de los 80 cm, una hipótesis de escenario planteada según las tendencias de emisiones de gases de efecto invernadero que tenemos hoy", explica Carnicer.

Seguridad alimentaria

En Europa, la agricultura será un foco decisivo de impactos y adaptaciones al cambio climático. La ciencia ya tiene constancia de que en los últimos cincuenta años se han triplicado las pérdidas de los cultivos europeos a causa de la sequía. En todo el mundo también se han observado caídas de producción de hasta el 5 % en los tres cultivos principales: maíz, trigo y arroz. En cuanto al futuro, en la región mediterránea se espera un descenso de hasta el 17% de productividad en los peores escenarios. Por otra parte, a escala mundial se estima que cerca del 10% de la superficie cultivable no podrá dedicarse a la agricultura por culpa del cambio climático en escenarios de alto calentamiento. Además, las personas que trabajan en el campo podrían estar sometidas a 250 días de mucho calor por año.

Aunque en la agricultura ya se toman medidas de adaptación, como los cambios en el calendario de los cultivos, los cambios de zonas de cultivos en áreas más altas, o el uso de especies más resistentes a la salinidad o a la carencia de agua, el informe documenta que en escenarios de elevado calentamiento (>2°C) algunas medidas de adaptación pueden dejar de ser efectivas y no podrán mantener la producción actual de alimentos.

Desarrollo resiliente en el clima

El informe actual reconoce que el desarrollo humano actual no es sostenible ni resiliente al cambio climático. En este contexto, el estudio destaca la necesidad de acciones transformadoras, que mitiguen drásticamente las emisiones y los efectos del cambio climático y que permitan adaptarse al territorio y las personas, con especial énfasis en la urgencia de desplegar opciones inclusivas y equitativas. El trabajo destaca así la necesidad de esquemas de gobernanza justos e inclusivos, en los que las medidas de adaptación se tomen teniendo en cuenta la voz de todos los actores y facilitando actividades de cocreación de las soluciones en los distintos ámbitos. Así, por ejemplo, se tiene en cuenta el conocimiento de las poblaciones locales e indígenas del mismo modo que los conocimientos más científicos. Por último, la comunidad científica remarca en el informe la necesidad de cooperación internacional y la colaboración de los gobiernos a todos los niveles con las comunidades, los grupos socialmente más desfavorecidos, la sociedad civil, los organismos educativos, las instituciones científicas y de otros tipos, los medios de comunicación, y los inversores y empresas para facilitar actividades más sostenibles y resilientes al cambio climático.

IPCC: ciencia internacional en beneficio de las políticas medioambientales

Los informes del IPCC proporcionan a los gobiernos datos del máximo interés científico que pueden utilizar para diseñar las políticas climáticas. También constituyen una contribución fundamental a las negociaciones internacionales para hacer frente al cambio climático en el marco de la Convención Marco sobre el Cambio Climático o Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (MNUCC).

En concreto, el IPCC comprende tres grupos de trabajo: el Grupo de Trabajo I, que analiza las bases físicas del cambio climático; el Grupo de Trabajo II, que estudia el impacto, la adaptación y la vulnerabilidad, y el Grupo de Trabajo III, centrado en la mitigación del cambio climático. Ahora, el nuevo informe del Grupo de Trabajo II amplía el marco de conocimientos sobre el cambio climático que hizo público el Grupo de Trabajo I en agosto de 2021, dentro del marco del sexto informe de evaluación (IE6) del IPCC.

Para elaborar el nuevo informe, un equipo científico internacional de cerca de doscientos expertos —designados por el gobierno de cada país— ha trabajado de forma coordinada durante los últimos siete años para recopilar el máximo de información científica —más de 40.000 publicaciones— sobre la problemática del cambio climático. Posteriormente, todo el conocimiento adquirido lo han revisado en diferentes fases los principales expertos de todo el mundo, así como los interlocutores gubernamentales que elaboran las políticas públicas relacionadas con el cambio climático. Por último, se elabora el informe que reúne las conclusiones más destacadas y se presenta de forma pública y abierta a toda la sociedad.
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