Si la disminución continúa al ritmo actual, algunos glaciares de baja altitud en los Andes tropicales podrían perder entre el 78 y el 97% de su volumen de aquí a finales de siglo, dejando a las poblaciones de la región sin parte de sus recursos hídricos.
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La mayoría de los glaciares del mundo llevan retrocediendo en los últimos decenios debido al cambio climático. Pero el fenómeno es especialmente rápido en los Andes tropicales desde la década de los cincuenta. Así, el único glaciar que todavía queda en Venezuela debería desaparecer de aquí a 2021. En Perú, hogar del mayor número de glaciares tropicales en el continente, los glaciares de la Cordillera Blanca han experimentado un retroceso rápido en los últimos decenios.
Los glaciares de Bolivia también han ido retrocediendo con rapidez desde la década de los ochenta, y algunos de ellos han perdido dos tercios de su masa o más. En Chile y Argentina, el retroceso de los glaciares de baja altitud en la Patagonia y la Tierra del Fuego se está acelerando. En Colombia, es probable que para mediados del presente siglo sólo resistan los glaciares más grandes situados en los picos más altos. En Ecuador, la reducción de glaciares ha sido enorme en los últimos cincuenta años.
El agua del deshielo de los glaciares es precisamente una fuente de agua fundamental para millones de personas, en especial para las poblaciones de las tierras altas andinas de Bolivia, Chile y el Perú. Representa aproximadamente el 5% del suministro de agua en Quito (Ecuador), el 61% en La Paz (Bolivia) y el 67% en Huaraz (Perú). En los años de sequía, esta proporción puede alcanzar el 15% en Quito, el 85% en La Paz y el 91% en Huaraz.
La situación es aún más preocupante si se tiene en cuenta que la temperatura media anual de la mayoría de los países de los Andes tropicales se está incrementando (Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela). En estos países, la temperatura ha aumentado alrededor de 0,8°C durante el último siglo y todavía podría aumentar entre 2 y 5°C antes de finales del siglo XXI. En los Andes meridionales podría subir, según las estimaciones, entre 1 y 7°C.
Para abordar los desafíos de abastecimiento de agua de las poblaciones que dependen de los glaciares, este Atlas ofrece una serie de recomendaciones para los responsables políticos de la región. Aboga en particular por una mejor integración de los datos científicos y los conocimientos de los pueblos indígenas y locales en la toma de decisiones políticas, la mejora de las infraestructuras de seguimiento del cambio climático, la implementación de una buena gestión del agua o el fortalecimiento de la coordinación entre los países andinos.
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En los últimos 20 años, los glaciares han perdido de media un total de 267 gigatoneladas de hielo cada año, según las observaciones realizadas en más de 200.000 de ellos. Los resultados, que se incluirán en el próximo informe del IPCC, muestran que este deshielo es la causa del 21 % del aumento observado en el nivel del mar desde el año 2000.
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Los glaciares son indicadores muy sensibles de la crisis climática. Prueba de ello es que desde mediados del siglo XX estas masas de hielo están experimentando un deshielo considerable en todo el mundo, independientemente de la altitud o latitud en la que se encuentren. Pero, hasta ahora, esta pérdida de masa solo había sido medida de manera parcial, analizando solo una parte de estas grandes masas de hielo.
Un nuevo trabajo ha estimado por primera vez el deshielo de todos los glaciares inventariados del mundo, es decir unos 217.175 (sin contar con los mantos de hielo continental de la Antártida y Groenlandia) “con una resolución espacial y temporal sin precedentes”, detalla a SINC Inés Dussaillant, del Servicio de Monitorización Mundial de Glaciares de la Universidad de Zúrich, Suiza, y coautora del estudio.
Los resultados, publicados hoy en la revista Nature, revelan lo rápido que los glaciares han perdido espesor y masa de hielo desde el año 2000 hasta el 2019. En las últimas dos décadas, “los glaciares del mundo perdieron un total de 267 gigatoneladas de hielo al año en promedio”, indica Dussaillant.
Además, según el estudio, el retroceso de la masa de hielo se aceleró drásticamente durante ese periodo. “Entre 2000 y 2004 los glaciares perdieron 227 gigatoneladas de hielo por año, mientras que entre 2015 y 2019, al final del periodo de estudio, la masa perdida ascendió a los 298 gigatones por año”, precisa a SINC la investigadora.
Para calcular los cambios en el espesor y masa de hielo, así como la incesante aceleración de este deshielo global, el equipo internacional de científicos, liderado por Romain Hugonnet, de la Universidad de Toulouse en Francia, utilizó el archivo completo de imágenes estereoscópicas ASTER, tomadas por el satélite Terra de la NASA. “Esto nos permitió crear modelos digitales de elevación de alta resolución de todos los glaciares del mundo y reconstruir una serie temporal de cambios de elevación glaciar desde el 2000”, subraya la investigadora.
Un aumento continuado del nivel del mar
La pérdida de masa de hielo observado a lo largo de los últimos 20 años ha sido responsable del 21 % del aumento del nivel del mar en el mismo periodo, lo que representa unos 0,74 mm cada año, recalcan los autores. De hecho, el retroceso de los glaciares de montaña son el segundo factor que más contribuye al aumento del nivel del mar actual.
“La primera causa, responsable de cerca de la mitad del aumento del nivel del mar, se debe a la expansión térmica del agua a medida que se calienta. El agua del deshielo de los mantos de hielo continental de la Antártica y Groenlandia y el almacenamiento de agua terrestre representan el tercio restante”, explica la autora suiza.
El trabajo supone un gran avance científico sobre los efectos de la crisis climática, por eso los resultados se incluirán en el próximo Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), que se publicará a finales de este año.
Los hallazgos permitirán, además, mejorar los modelos hidrológicos y hacer predicciones más precisas a escala global y local, como por ejemplo, para estimar la proporción de la contribución del deshielo de los glaciares a los ríos que nacen del Himalaya o de los Andes durante los próximos años, dos regiones de gran preocupación hídrica.
“Si el retroceso de sus glaciares continúa acelerándose, países densamente poblados como India y Bangladesh y algunas regiones de Chile, Argentina y Perú podrían enfrentarse a la escasez de agua o de alimentos en unas pocas décadas a venir”, advierte la científica.
Pero para Dussaillant, el mensaje de esta investigación es sobre todo de gran relevancia política: “El mundo debe entender que es de suma importancia actuar ahora para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París y luchar para lograr un escenario de cambio climático en el que se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero”.
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Trabajo de referencia | Romain Hugonnet et al. “Accelerated global glacier mass loss in the early twenty-first century” Nature
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Un estudio liderado desde el CSIC en el que participa la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) revela que el glaciar de Monte Perdido resistió a los periodos cálidos de la época romana y medieval. Para los autores, la excepcionalidad del actual cambio climático podría provocar, en las próximas décadas, la desaparición de este glaciar pirenaico junto a la de muchos otros del sur de Europa.
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Una investigación publicada en la revista The Cryosphere ha permitido conocer la edad del hielo del glaciar de Monte Perdido, uno de los pocos glaciares pirenaicos que todavía resisten en el actual contexto de aumento de temperaturas a escala global. El volumen total y el espesor del hielo de este glaciar disminuye cada año y está previsto que en unas pocas décadas haya desaparecido completamente. A pesar de que el retroceso de este y otros glaciares pirenaicos es evidente, todavía no se conocía si el glaciar experimentó otros periodos de retroceso semejantes en los últimos milenios, o si incluso pudo llegar a desaparecer como respuesta a periodos cálidos históricos anteriores al actual.
Ahora, un estudio enmarcado en el proyecto EXPLORA PaleoICE, dirigido por Ana Moreno del Instituto Pirenaico de Ecología-CSIC, y en el que participan los investigadores Jerónimo López y Belén Oliva de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), revela que el glaciar de Monte Perdido resistió a los periodos cálidos de la época romana y medieval.
“Gracias a varias dataciones realizadas por la técnica de carbono-14 en pequeños restos orgánicos encontrados en el hielo, pudimos determinar que el glaciar de Monte Perdido está presente desde, al menos, los últimos 2.000 años”, declaran los autores.
Cambio climático excepcional
En concreto, el estudio pone de manifiesto que el glaciar de Monte Perdido perduró durante el periodo romano y la Edad Media, aunque experimentó una importante etapa de fusión en un periodo climático que los científicos conocen como la “Anomalía Climática Medieval”, que tuvo lugar entre los siglos X y XIV, y que se caracterizó por experimentar elevadas temperaturas medias y abundantes sequías en varias zonas del planeta.
“Los resultados de nuestro trabajo contribuyen a contextualizar el calentamiento actual y otorgan la categoría de excepcional al cambio climático de nuestros días, al menos en los últimos 2.000 años”, enfatizan los autores.
Además de aportar evidencias de otras épocas cálidas anteriores en las que el glaciar de Monte Perdido retrocedió, los investigadores demuestran que el glaciar ha perdido en el último siglo el hielo acumulado en los últimos 600 años.
“Es decir, prácticamente, en los últimos 100 años, se ha fundido todo el hielo correspondiente al periodo conocido como Pequeña Edad del Hielo. Durante esta etapa fría, que tuvo lugar entre los siglos XV y XIX, los glaciares de toda Europa experimentaron un avance considerable como consecuencia de las bajas temperaturas y de un aumento de las precipitaciones en forma de nieve”, detallan los autores.
Los análisis geoquímicos han confirmado esta enorme pérdida de hielo reciente. Los indicadores de actividad humana que se han analizado en el glaciar —como el hollín, el mercurio o el plomo derivado de la gasolina, y que aparecen en cantidades muy elevadas en nuestros días— se encuentran en valores muy inferiores a los esperables en la parte superior de la secuencia de hielo.
En suma, los investigadores concluyen que “el calentamiento actual en los Pirineos es más rápido e intenso que el ocurrido en anteriores fases cálidas de los últimos 2.000 años, por lo que es razonable esperar en las próximas décadas no solo la desaparición del glaciar de Monte Perdido sino también la de otros glaciares pirenaicos y del sur de Europa”.
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Trabajo de referencia | Moreno, A., Bartolomé, M., López-Moreno, J.I., Pey, J., Corella, J.P., García-Orellana, J., Sancho, C., Leunda, M., Gil-Romera, G., González-Sampériz, P., Pérez-Mejías, C., Navarro, F., Otero-García, J., Lapazaran, J., Alonso-González, E., Cid, C., López-Martínez, J., Oliva-Urcia, B., Faria, S.H., Sierra, M.J., Millán, R., Querol, X., Alastuey, A., García-Ruíz, J.M. 2021. The case of a southern European glacier which survived Roman and medieval warm periods but is disappearing under recent warming. The Cryosphere, 15, 1157–1172. https://doi.org/10.5194/tc-15-1157-2021
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El retroceso de los glaciares está dando lugar a ecosistemas con diferentes dinámicas que es importante conocer para poder valorar cambios futuros. Las cubiertas criptogámicas, que recubren gran parte de la superficie terrestre, son los primeros colonizadores visibles del suelo deglaciado.
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Cuando, por el efecto del cambio climático, se derrite el hielo en las zonas polares se produce una rápida colonización de la superficie deglaciada. Los primeros signos visibles del cambio son la aparición de cubiertas criptogámicas, estructuras formadas por líquenes, algas o musgos, que colonizan suelos que, tras miles de años bajo una densa capa de hielo, quedan al descubierto. El desarrollo de estas cubiertas está aumentando mucho en las regiones polares, pero ¿qué cambios se producen en el suelo y qué suponen? Eso es lo que ha analizado la investigadora del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), Asunción de los Ríos, junto a colegas del Centro de Ecología funcional de la Universidad de Coímbra (CFE), entre otras instituciones, en un artículo publicado en la revista Science of the Total Environment.
Tras analizar suelos de las dos regiones polares, concretamente de Islandia y de la Isla Livingston (Antártida marítima), han comprobado que los suelos de áreas deglaciadas con cubiertas criptogámicas son más fértiles y ganan en complejidad y diversidad. “Las cubiertas fomentan el desarrollo del suelo, provocan que sean más ricos y tengan mayor diversidad bacteriana además de aumentar su potencial enzimático y sus tasas de funcionamiento”, apunta la investigadora del MNCN. “Este hecho, que a priori puede parecer bueno, lo que nos confirma es que el ecosistema está cambiando. En realidad, pone de manfiesto que los ecosistemas polares están variando su estructura, pero no sabemos qué consecuencias puede llegar a tener a largo plazo”, puntualiza Jorge Durán, investigador del Centre for Functional Ecology y otro de los participantes de este estudio.
Los cambios que provoca el desarrollo de cubiertas criptogámicas varían en función de su habilidad para modificar las características del suelo. En este estudio han analizado cubiertas donde predominaban macroalgas, líquenes o musgos, y han descubierto que los diferentes tipos de cubiertas criptogámicas pueden modificar el suelo a distintas velocidades y en diferentes formas. Por lo tanto, la investigación sugiere que la magnitud de las modificaciones en los suelos polares, debidos al esperado incremento de la extensión de cubiertas criptogámicas en un contexto de cambio climático, dependerá en gran medida de qué tipo de criptógama es capaz de prosperar mejor bajo los nuevos escenarios ambientales.
El papel de las cubiertas criptógamicas
Además de líquenes y musgos, las cubiertas criptogámicas pueden contener microorganismos como bacterias, cianobacterias, algas y hongos. Gran parte de la superficie terrestre, incluyendo suelos y rocas, está cubierta por estas estructuras. Su relevancia en las zonas polares se debe a que además de ser las primeras en ocupar los suelos ante el retroceso del hielo, favorecen que otras comunidades más complejas se desarrollen.
“La cubierta criptogámica es la colonización previa que luego dará paso a la aparición de plantas superiores y, con este estudio, ayudamos a entender cómo facilita el desarrollo del suelo. Por ejemplo, en el estudio damos información sobre cómo cambia la diversidad microbiana o los flujos de gases de efecto invernadero entre el suelo y la atmósfera cuando el suelo es colonizado por diferentes tipos de cubierta criptogámica”, aclara Durán. “La extensión de las áreas deglaciadas por el efecto del cambio climático está aumentando en muchas zonas del planeta, de ahí que necesitemos conocer las dinámicas de colonización de estas áreas y el papel que juegan las cubiertas criptogámicas en la sucesión biológica que sigue al retroceso de los glaciares”, concluye de los Rios.
Este trabajo está enmarcado en el proyecto CRYPTOBIOS (CTM2015-64728-C2-2-R, MINECO/FEDER, UE)) y es resultado de la colaboración de investigadores del MNCN-CSIC, Centre for Functional Ecology (Universidad de Coimbra, Portugal), Institute of Landscape Ecology (Universidad de Münster, Germany) and Icelandic Institute of Natural History (Islandia).
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Trabajo de referencia | Durán J., Rodríguez A., Heiömarsson S., Lehmann J., del Moral A., Garrido-Benaven I., De los Ríos A. (2021) Science of the Total Environment Cryptogamic cover determines soil attributes and functioning in polar terrestrial ecosystems.
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El cambio climático se está convirtiendo rápidamente en uno de los riesgos más significativos para los sitios del Patrimonio Mundial, según el informe “Patrimonio mundial y turismo en un clima cambiante” publicado por la UNESCO, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), y la Unión de Científicos Comprometidos (USC).
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“Tenemos que entender, vigilar y abordar mejor en todo el mundo la amenaza del cambio climático sobre los sitios del Patrimonio Mundial”, dijo Mechtild Rössler, directora del Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
“Tal y como como destacan las conclusiones del informe, alcanzar el objetivo que marca el Acuerdo de París de limitar el aumento global de la temperatura a un nivel inferior a los grados centígrados es de vital importancia para la protección del nuestro patrimonio mundial para las generaciones actuales y futuras”. El nuevo informe examina 31 sitios culturales y naturales inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial en 29 países que son vulnerables a fenómenos como el aumento de las temperaturas, el derretimiento de los glaciares, la subida del nivel del mar, los fenómenos climáticos extremos, las sequías o el mayor riesgo de incendios.
En él se documenta el impacto climático en sitios turísticos emblemáticos tales como Venecia, Stonehenge o las Islas Galápagos y otros sitios del Patrimonio Mundial como la Región floral del Cabo, en Sudáfrica; la ciudad portuaria de Cartagena de Indias, en Colombia; y el Parque Nacional de Shiretoko, en Japón.
“El cambio climático está afectando a sitios del Patrimonio Mundial en todo el mundo”, dijo Adam Markham, autor principal del informe y subdirector del Programa de Clima y Energía de la UCS. “Algunas estatuas de la Isla de Pascua están en riesgo de perderse en el mar debido a la erosión costera. En muchos de los arrecifes de coral más importantes del mundo, incluyendo los de las islas de Nueva Caledonia en el Pacífico Occidental, se observa este año una decoloración de los corales sin precedentes relacionada con el cambio climático. El cambio climático podría llegar incluso a causar que algunos sitios del Patrimonio Mundial pierdan su condición”.Dado que los sitios del Patrimonio Mundial deben tener un “valor universal excepcional”, el informe recomienda que el Comité del Patrimonio Mundial tome en cuenta el riesgo de posibles sitios que se degraden por el cambio climático antes de añadirlos a la Lista..
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La capa de hielo que cubre la Antártida es uno de los mejores registros existentes para entender cómo se comportó el clima de la Tierra en el pasado.
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La Antártida "esconde las huellas del pasado del planeta Tierra". Así se explica en el libro Past Antartica (Elsevier), que acaba de publicar el geógrafo e investigador Ramón y Cajal de la UB Marc Oliva. La obra supone el primer esfuerzo realizado hasta ahora para reconstruir el pasado del continente «más frío, seco y remoto» de nuestro planeta sintetizando el conocimiento que existe sobre él en las diferentes disciplinas (como la geología, la climatología la biología o la historia).
El geógrafo Marc Oliva, que publica el libro junto a Jesús Ruiz Fernández, de la Universidad de Oviedo, afirma que "la capa de hielo que cubre la Antártida es uno de los mejores registros existentes para entender cómo se comportó el clima de la Tierra en el pasado". Ahora bien, a pesar del interés científico, "el aislamiento físico del continente antártico, la dureza de las condiciones climáticas imperantes y el reducido número de estaciones científicas hacen muy difícil la investigación para averiguar cómo fue la Antártida en el pasado".
El continente antártico, tal y como lo entendemos hoy en día, nació como resultado de la tectónica de placas: cuando el istmo de tierra que lo conectaba con Sudamérica se rompió, comenzó una migración de la Antártida hacia el polo sur, paralela a un enfriamiento a larga escala. Así se empezó a acumular una ingente masa de hielo que persiste hasta nuestros días. El libro que ahora se publica recoge aportaciones de las diversas perspectivas sobre la evolución que ha experimentado hasta ahora el continente antártico y organiza las investigaciones en cuatro apartados: variabilidad climática pasada, geología y dinámica geomorfológica, biodiversidad y cambios ecológicos en el pasado, y expediciones humanas y tendencias climáticas recientes.
Marc Oliva explica que el libro nació porque "detectamos que, a menudo, las diferentes especialidades no tienen trato entre sí". Por ejemplo, los geomorfólogos estudian las zonas donde el hielo se ha retirado y la edad en que lo hizo. Pero que la zona se deshelase hace 10.000 o 25.000 años tiene consecuencias para los biólogos, ya que si hay hielo, no hay especies vegetales, "y saber la edad en que el hielo se retiró posibilita entender por qué hay unas determinadas comunidades vegetales u otras". En conclusión, "el libro nace con la voluntad de estrechar vínculos, interacciones entre las diferentes disciplinas que estudian el pasado en el continente helado para poder prever mejor el futuro".
Sobre ese futuro, Oliva apunta que "en el aspecto climático los informes internacionales proyectan cambios importantes, especialmente en la Antártida occidental y la península antártica, donde el calentamiento podría aumentar la fusión de los glaciares y la superficie libre de hielo". Ello podría hacer que el ser humano quisiera aprovechar la ausencia de hielo y explotar los recursos que esconde el continente, "aunque existe la firme voluntad por parte de los países firmantes del Tratado Antártico de que el continente siga siendo un santuario para la ciencia y la paz".
Marc Oliva es el investigador principal del Grupo de Investigación Antarctic, Arctic and Alpine Environments (ANTALP) de la UB. Ha participado en ocho expediciones a la Antártida y cuatro al Ártico. También ha investigado en distintas cordilleras del planeta para analizar los procesos de la superficie de la Tierra que tienen lugar en entornos climáticos fríos. Su investigación se centra en el estudio de los procesos geomorfológicos actuales y pasados, así como en el clima pasado en las regiones polares y en las altas montañas.
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Un nuevo estudio ha estimado a qué altura viven los habitantes del planeta. Según sus autores, estos datos podrían ayudar a comprender cómo se adapta el cuerpo humano a entornos en los que hay menos oxígeno.
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Agencia SINC | Hasta la fecha, el conocimiento sobre la altitud a la que habita la población mundial era bastante limitado. Las estimaciones existentes procedían de conjeturas o se basaban en relaciones entre censo y altura.
Un nuevo estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), comparte los datos de la primera estimación poblacional a escala mundial en función de la altura a la que habitan. Según sus registros, alrededor de 81,6 millones de personas viven a 2.500 metros sobre el nivel del mar.
“Es necesario saber cuántas personas viven a gran altura y dónde para comprender el impacto en la fisiología, la adaptación, la salud y las enfermedades humanas”, expresa Joshua Tremblay, investigador en la Facultad de Ciencias de la Salud y el Ejercicio de la Universidad de Columbia Británica en Okanagan (Canadá) y autor del estudio.
Para llegar a obtener esta cifra, Tremblay y su compañero Philip N. Ainslie, ambos científicos de la misma universidad, combinaron datos de población y elevación georreferenciados para crear estimaciones a escala mundial. Posteriormente clasificaron los datos obtenidos en intervalos de 500 metros. De esta forma, obtuvieron que 500,3 millones de humanos viven a partir de los 1.500 metros de altitud, 81,6 millones a más de 2.500 metros y 14,4 millones a más 3.500 metros.
El país que más habitantes tiene en altitudes comprendidas entre los 1.500 y los 2.500 metros es Etiopía, mientras que en China es donde más personas viven a altitudes muy altas, por encima de los 3.500 metros. En relación a su población total, Bolivia es la nación con más residentes comprendidos entre los 2.500 y los 3.500 metros.
En el caso de España, y de acuerdo con sus estimaciones, 46.984 personas vivirían a más de 1.500 metros de altura. De ellas, 197 lo harían en altitudes comprendidas entre los 2.500 y los 3.000 metros, y 8 personas entre 3.000 y 3.500 metros.
Adaptación a la altura
Para los autores de este estudio, conocer la ubicación y el tamaño de las poblaciones que viven a gran altura es un paso fundamental para comprender cómo se adapta el cuerpo humano al entorno. Según explican, vivir a una altitud demasiado alta puede propiciar el estrés fisiológico. Un ejemplo de ello es la dificultad para que el oxígeno acceda a los sistemas vasculares de las personas.
“La mayor parte de la investigación a gran altitud se basa en habitantes de tierras bajas de países occidentales industrializados, ricos y democráticos, que ascienden a grandes alturas para realizar sus investigaciones”, indica Tremblay. “Sin embargo, hay poblaciones que han vivido con éxito en altitudes elevadas durante miles de años y que se enfrentan a presiones cada vez mayores”, añade.
Para comprender a qué se refiere exactamente, Tremblay expone el siguiente ejemplo: “Cuando los habitantes de tierras bajas viajan a grandes altitudes, nuestros cuerpos desarrollan respuestas fisiológicas ineficientes, lo que conocemos como mal de altura”, expone. “Sin embargo, las personas que estudiamos han adquirido la capacidad de prosperar en altitudes extremadamente elevadas. Sus experiencias pueden aportar información al diagnóstico y al tratamiento de enfermedades para todos los seres humanos, al mismo tiempo que nos ayudan a comprender cómo mejorar la salud y el bienestar de las altitudes elevadas”, continúa.
Además, el impacto de la crisis climática sobre los entornos y las condiciones de vida de las personas incrementan la necesidad de continuar con trabajos de este tipo. “Tendemos a pensar en el cambio climático como un problema para las poblaciones costeras de baja altitud, pero el derretimiento de la nieve, los glaciares y los fenómenos meteorológicos extremos limitan los recursos hídricos y agrícolas. Los residentes de gran altitud están en primera línea de este problema. Necesitamos ampliar esta investigación para comprender sus efectos”, concluye Tremblay.
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Trabajo de referencia | Tremblay, Joshua C, Ainslie, Philip N. “Global and country-level estimates of human population at high altitude”. PNAS (2021)
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Es el registro más austral del planeta de una de las extinciones más importantes en la historia de la Tierra. El profundo trabajo de investigación que ha supuesto la realización del mapa representa una completa base de datos que será usada por futuros grupos de investigadores como paleontólogos, geoquímicos o paleoclimatólogos, entre otros.
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Indicios del meteorito que acabó con los dinosaurios./IGME
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Los materiales geológicos ahora cartografiados de la isla Marambio contienen un registro fósil excepcional, muy estudiado por científicos de todo el mundo, en el que se concentran la mayoría de las publicaciones paleontológicas de esta zona de Antártida. Además, registran también la apertura del Estrecho de Drake, que tuvo lugar hace unos 34 millones de años y que dio lugar al desarrollo de la Corriente Circumpolar Antártica, la cual contribuyó al aislamiento térmico de la Antártida y al inicio de la generación de los actuales casquetes glaciares.
Un trabajo que se traduce en la edición conjunta por parte del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) y del Instituto Antártico Argentino (IAA), dentro la nueva “Serie Cartográfica Geocientífica Antártica” del IGME, de los Mapas Geológico y Geomorfológico a escala detallada (1:20.000) de la isla Marambio (Seymour, en la notación anglosajona), un lugar excepcional del planeta por su riqueza geológica y paleontológica. Los mapas, que se acompañan de una extensa y detallada memoria, son el producto de más de una década de fructífera colaboración entre los investigadores del IGME y el IAA.
Manuel Montes, investigador del IGME, explica que “la importancia de esta cartografía geológica es que ayuda a comprender los grandes cambios climáticos y paleoecológicos que tuvieron lugar en la Tierra antes y después del límite. El profundo trabajo de investigación que ha supuesto la realización del mapa representa una completa base de datos que será usada por futuros grupos de investigadores como paleontólogos, geoquímicos o paleoclimatólogos, entre otros”.
La isla Marambio se encuentra en las proximidades del extremo nororiental de la Península Antártica y es uno de los lugares más interesantes y visitados de la Antártida desde el punto de vista científico. Mucho de este interés radica en que en ella se encuentra el estrato geológico más extenso y austral del planeta que alberga los restos del meteorito causante de la extinción de los dinosaurios. Esta capa corresponde al denominado límite K-Pg (entre las épocas geológicas Cretácico y Paleógeno) de una edad de 66 millones de años (Ma).
El nivel contiene el registro de un cambio fundamental en la historia evolutiva de la vida en la tierra, pues significó la extinción de la mayoría de los grupos faunísticos dominantes hasta entonces en la Era Mesozoica, como los dinosaurios y los reptiles marinos (plesiosaurios), y la expansión de otros, como los mamíferos, a l largo de la Era Cenozoica en la que nos encontramos.
Cuando el meteorito de unos 10 km de diámetro impactó, al parecer en las costas de lo que hoy es la península del Yucatán en México, sus cenizas se esparcieron por todo el mundo y durante décadas estuviero decantándose sobre toda la superficie de la Tierra. Estas cenizas estaban enriquecidas en elementos raros como el Iridio, que aparecen en proporciones ínfimas en la superficie de la tierra pero que son más abundantes en los meteoritos.
La anomalía geoquímica, junto con las extinciones de grandes grupos de fósiles (plesiosaurios, ammonites, etc.), se encuentran registradas dentro de un estrato verdoso, rico en un mineral llamado glauconita, de unos 5 m de espesor que, a lo largo de 7 km, atraviesa la isla de Marambio. Esta capa verdosa se ha cartografiado con detalle por primera vez en los mapas recientemente publicados.
El estudio de esta capa puede ofrecer las claves para entender los actuales cambios climáticos y su relación sobre la evolución de los seres vivos. “De hecho en Marambio el límite K-Pg tiene asociado un horizonte de mortalidad de peces que no aparece en otras secciones de este tipo en el mundo”, apunta Manuel Montes.
Tal es la importancia de estos afloramientos, que se está considerando declararlo como “Geosite” (lugar geológico de relevancia internacional) de la Antártida siguiendo las pautas metodológicas “Global Geosites” en la que participan una comisión internacional en la que también colaboran investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid y del IGME. Tanto los mapas como la información contenida en la memoria, ya están siendo la base de trabajo para la adecuada gestión y conservación de este importante patrimonio geológico mundial.
Este corto periodo de cambios planetarios drásticos, ha sido muy estudiado en todo el mundo. Zumaya en la costa del País Vasco y Caravaca en Murcia, albergan en España sendas secciones de referencia mundiales del límite K-Pg..
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Con el ritmo actual de emisiones de gases de efecto invernadero, el hielo de la Antártida continuará derritiéndose por el incremento de las temperaturas y, en consecuencia, provocará un aumento del nivel del mar de un metro para el año 2100 y de hasta 15 metros para 2500, según un nuevo estudio. Estas estimaciones duplican las previsiones actuales del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático.
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La Antártida fue el principal causante del aumento del nivel del mar en el pasado y puede serlo también en el futuro. Gran parte del hielo del continente se encuentra sobre la superficie terrestre y, cuando se derrite, el incremento del volumen de los océanos es mayor que el que produce el hielo que flota sobre el agua, como sucede en el Ártico.
Un estudio, publicado en Nature, establece un nuevo modelo para calcular la elevación de los mares a partir de las recientes estimaciones del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Los resultados reflejan que, en el peor de los escenarios manteniendo el ritmo actual de emisiones de CO2, el nivel del mar se duplicará en los próximos 100 años.
Según los científicos estadounidenses, el nivel de los océanos aumentará más de un metro en el año 2100 y hasta 15 metros en 2500 si las emisiones de gases de efecto invernadero no cesan.Para llegar a estas conclusiones, los investigadores aplicaron dos nuevos mecanismos de análisis al modelo habitual de estudio de la capa de hielo antártico.
"Hemos combinado modelos de estudio muy sofisticados sobre clima, océanos y plataformas de hielo para simular los cambios pasados y futuros en la capa helada de la Antártida”, explica a Sinc Robert DeConto, uno de los autores del trabajo y científico en la Universidad Amherst (EE UU). Según el modelo, las consecuencias más visibles afectarán a las ciudades de baja altitud, como Boston en EE UU.
Antes y después del deshielo de la Antártida
El equipo de científicos aplicó el modelo a los procesos de deshielo del Plioceno (hace unos tres millones de años) y del último período interglacial sucedido hace unos 125.000 años. Después se proyectaron los resultados en el futuro, observando que la capa de hielo del gélido continente es muy sensible al cambio climático.
"El calentamiento atmosférico será el factor más pernicioso para el hielo de la Antártida si se mantienen las altas emisiones de gases de efecto invernadero”, recalcan los autores. Pero van más allá: el calentamiento del océano retrasará la recuperación del hielo durante miles de años aunque se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero.
"El nivel del mar seguirá siendo muy alto mucho después de que las emisiones se reduzcan”, comenta a Sinc DeConto, situándose en el peor de los escenarios. Sin embargo, en un escenario de emisiones muy reducidas, "el deshielo de la Antártida contribuirá muy poco en el aumento del nivel del mar”, subraya el experto.
En la actualidad, según observan los autores, las grietas en las plataformas de hielo flotantes que se encuentran a baja altitud se están profundizando. Esto provoca que el agua salada entre en contacto con el agua dulce proveniente de las precipitaciones, cada vez más frecuentes por el calentamiento de las temperaturas del aire.
Además, una vez que el hielo flotante se derrite, el agua choca contra la superficie terrestre helada. Como los acantilados de la Antártida son tan altos, no pueden sostener su propio peso y terminan por derrumbarse. Surgen así más plataformas de hielo sobre el océano que terminarán erosionando el continente. Este fenómeno también se produce regularmente en algunos de los grandes glaciares de Groenlandia y la Antártida..
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Referencia bibliográfica | Robert DeConto y David Pollard. "Contribution of Antarctica to past and future sea-level rise". Nature 30 de marzo de 2016. DOI: 10.1038/nature17145
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En una proyección para 2050, factores de degradación de la selva amazónica, como incendios y tala ilegal, seguirán figurando entre las principales fuentes de emisiones de carbono si no se toman medidas urgentes. Así lo evidencia un estudio, cuyos resultados publica hoy en la revista Science, firmado por 35 autores de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
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En una proyección para 2050, factores de degradación de la selva amazónica, como incendios y tala ilegal, seguirán figurando entre las principales fuentes de emisiones de carbono si no se toman medidas urgentes. Así lo evidencia un estudio, cuyos resultados han sido publicados en la revista Science, firmado por 35 autores de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
El trabajo es fruto del proyecto Análisis, Integración y Modelización del Sistema Tierra (Aimes), vinculado a la iniciativa internacional Future Earth, que reúne a científicos e investigadores que estudian la sostenibilidad.
En el artículo se señala que por lo menos 2.5 millones de kilómetros cuadrados del bosque amazónico están siendo degradados en toda la cuenca debido a los incendios forestales, los efectos de borde (los cambios que se producen en zonas forestales próximas a otras deforestadas), las talas selectivas (como las ilegales) y las sequías extremas -causas que, además, interactúan entre ellas-, y su impacto en las dimensiones, ecológicas, ambientales, sociales y económicas. Esto representa el 38% de los bosques remanentes en la región.
Dicha situación genera tantas o más emisiones de carbono como la deforestación. Con respecto a este tema, la bióloga Dolors Armenteras Pascual, directora del grupo de investigación en Ecología del Paisaje y Modelación de Ecosistemas (Ecolmod), de la Facultad de Ciencias de la UNAL, anota que cuantificar la degradación es una tarea muy compleja porque aparentemente ese ecosistema sigue siendo un bosque.
Expresa que, “el trabajo mide por primera vez las emisiones de carbono por degradación, que totalizan 0.2 gigatoneladas de carbono (GtC) por año, una cifra que tiene implicaciones muy grandes en términos de biodiversidad y funcionamiento de la cuenca”.
En el caso de una región tan grande como la cuenca amazónica cuantificar y mapear estas perturbaciones es algo muy difícil. “Dicho estudio avanza en ello y lo pone de nuevo en la mira internacional”, afirma la investigadora, quien formó parte del grupo de científicos que lo desarrollaron.
Sobre los aspectos que influyen en la degradación en la Amazonia colombiana, manifiesta: “los causantes degradación coinciden con los motores que se mencionan en el estudio: extracción de madera, incendios que penetran en el bosque causando unos impactos tremendos y efectos de borde cuando se fragmenta el bosque, factores que suelen estar asociados a su conversión en pasturas”.
La experta destaca que, “los efectos de estas perturbaciones exacerban la vulnerabilidad de las comunidades locales, que ven disminuida la disponibilidad de especies comestibles (por ejemplo, los peces), afectando su seguridad alimenticia, o especies de uso tradicional de donde extraen aceites y otros productos medicinales; además, se facilita la transmisión de enfermedades transmitidas por vectores, ya que, al deteriorarse la calidad del bosque, se dispersan con mayor facilidad”.
Bosques inteligentes
El trabajo es el resultado de una revisión analítica de datos científicos previamente publicados, basados en imágenes de satélite combinados con datos sobre los cambios en la región amazónica entre 2001 y 2018.
Para esto se consideraron cuatro motores principales de la degradación: los incendios forestales, los efectos de borde (los cambios que se producen en zonas forestales próximas a otras deforestadas), las talas selectivas (como las ilegales) y las sequías extremas.
Las distintas zonas forestales pueden verse afectadas por uno o varios de estos factores, que tienen orígenes diferentes. "A pesar de la incertidumbre sobre el efecto total de estas perturbaciones, está claro que el efecto total puede ser tan importante como el efecto de la deforestación tanto para las emisiones de carbono como para la pérdida de biodiversidad", afirma Jos Barlow, investigador de la Universidad de Lancaster (Inglaterra) y coautor del estudio.
En una proyección realizada a 2050, los cuatro factores de degradación seguirán siendo las principales fuentes de emisión de carbono a la atmósfera, independientemente del aumento o cese de la deforestación.
Los autores proponen la creación de un sistema de vigilancia de la degradación, así como la prevención y el freno de la tala ilegal y el control del uso del fuego. En su opinión, podría aplicarse el concepto de "bosques inteligentes" que, al igual que la idea de "ciudades inteligentes", utilizarían distintos tipos de tecnologías y sensores para recoger datos útiles con el fin de mejorar la calidad del medio ambiente.
Valioso aporte desde Colombia
En relación con la contribución de la UNAL al estudio, la investigadora Armenteras Pascual destaca que, “nos invitaron porque somos referencia internacional en incendios y deforestación amazónica, además de contar con una experiencia de más de dos décadas con publicaciones científicas, en muchos casos con estudios realizados desde y con las condiciones que tenemos en Colombia donde los recursos para investigación son mínimos y a veces invertidos en el lugar equivocado”.
En Ecolmod, se han publicado estudios arbitrados en revistas científicas sobre principalmente dos de los cuatro motores que aparecen en el artículo de Science, identificados como causantes de degradación: incendios forestales y efecto de borde.
“Articularnos con este grupo de investigadores fue clave para aportar el conocimiento que hemos construido desde Colombia sobre la degradación de nuestros bosques, y aunque siempre hay algunas diferencias locales, la tendencia para toda la región es la misma”, concluye la profesora Armenteras Pascual.
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