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El sobrepeso afecta a casi la mitad de la población de todos los países de América Latina y el Caribe


Mientras que el hambre y la desnutrición disminuyen, el sobrepeso y la obesidad han aumentado de manera preocupante, afectando sobre todo a mujeres y niños.
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La obesidad y el sobrepeso han aumentado a lo largo de América Latina y el Caribe, con un impacto mayor en las mujeres y una tendencia al alza en niños y niñas, han señalado la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Según su nuevo informe conjunto, el Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe , cerca del 58% de los habitantes de la región vive con sobrepeso (360 millones de personas).

Salvo en Haití (38,5%), Paraguay (48,5%) y Nicaragua (49,4%) el sobrepeso afecta a más de la mitad de la población de todos los países de la región, siendo Chile (63%), México (64%) y Bahamas (69%) los que presentan las tasas más elevadas.

La obesidad afecta a 140 millones de personas, el 23% de la población regional y las mayores prevalencias se pueden observar todas en países del Caribe: Bahamas (36,2%) Barbados (31,3%), Trinidad y Tobago (31,1%) y Antigua y Barbuda (30,9%).

El aumento de la obesidad ha impactado de manera desproporcionada a las mujeres: en más de 20 países de América Latina y el Caribe, la tasa de obesidad femenina es 10 puntos porcentuales mayor que la de los hombres.

Según el Representante Regional de la FAO Eve Crowley, "Las tasas alarmantes de sobrepeso y obesidad en América Latina y el Caribe deben ser un llamado de atención a los gobiernos de la región para introducir políticas que aborden todas las formas del hambre y malnutrición, vinculando seguridad alimentaria, sostenibilidad, agricultura, nutrición y salud".

La Directora de la OPS, Carissa F. Etienne, explicó que, "la región enfrenta una doble carga de la malnutrición que se combate con una alimentación balanceada que incluya alimentos frescos, sanos, nutritivos y producidos de manera sostenible, además de abordando los principales factores sociales que determinan la malnutrición", por ejemplo la falta de acceso a alimentos saludables, a agua y saneamiento, a servicios de educación y salud, y programas de protección social, entre otros.

Unir agricultura, alimentación, nutrición y salud

El Panorama señala que uno de los factores que explican el alza de la obesidad y el sobrepeso ha sido el cambio en los patrones alimentarios. El crecimiento económico, el aumento de la urbanización y los ingresos medios de las personas y la integración de la región en los mercados internacionales han reducido el consumo de preparaciones tradicionales y aumentado el consumo de productos ultra procesados, un problema que afecta con mayor fuerza a las zonas y países que son importadores netos de alimentos.

Para hacer frente a esta situación, la FAO y la OPS llaman a promover sistemas alimentarios saludables y sostenibles que liguen agricultura, alimentación y nutrición y salud. Para ello, los Estados deben fomentar la producción sostenible de alimentos frescos, seguros y nutritivos, asegurando su oferta, diversidad y el acceso a los mismos, especialmente para los sectores más vulnerables. Esto debe ser complementado con educación nutricional y advertencias para los consumidores sobre la composición nutricional de alimentos altos en azúcar, grasas y sal.

Desnutrición infantil cae pero aún afecta a los más pobres

Según el Panorama, la región ha logrado reducir considerablemente el hambre y hoy sólo un 5,5% de la población vive subalimentada, siendo el Caribe la subregión con la mayor prevalencia (19,8%), en gran parte debido al hecho que Haití posee la prevalencia de subalimentación más alta del planeta: 53,4%.

La desnutrición crónica infantil (baja talla para la edad) en América Latina y el Caribe también ha presentado una evolución positiva: cayó de 24,5 % en 1990 a 11,3% en 2015, una reducción de 7,8 millones de niños.

A pesar de este gran avance, actualmente 6,1 millones de niños aún viven con desnutrición crónica: 3,3 millones en Sudamérica, 2,6 millones en Centroamérica y 200 mil del Caribe. 700 mil niños y niñas sufren desnutrición aguda, el 1,3% de los menores de 5 años.

Prácticamente todos los países han logrado mejorar la nutrición de sus niños, pero cabe destacar que la desnutrición afecta más a la población más pobre y a las zonas rurales. "Ahí es donde los gobiernos deben enfocar sus esfuerzos", dijo Crowley.

Las prevalencias más altas de desnutrición crónica infantil en la región se pueden observar en Guatemala y Ecuador, mientras que Chile y Santa Lucía tienen las menores tasas. La desnutrición crónica presenta niveles superiores en las zonas rurales de todos los países analizados.

Aumenta el sobrepeso infantil

El Panorama señala que en América Latina y el Caribe el 7,2% de los niños menores de 5 años vive con sobrepeso. Se trata de un total de 3,9 millones de niños, 2,5 millones de los cuales viven en Sudamérica, 1,1 millones en Centroamérica y 200 000 en el Caribe.

Los mayores aumentos en el sobrepeso infantil entre 1990 y 2015 se vieron -en términos de números totales- en Mesoamérica (donde la tasa creció de 5,1% a 7%), mientras que el mayor aumento en la prevalencia se dio en Caribe (cuya tasa creció de 4,3% a 6,8%), mientras que en Sudamérica -la subregión más afectada por el sobrepeso infantil- hubo una disminución marginal, y su tasa pasó de 7,5% a 7,4%.

Políticas para mejorar la nutrición

Según el Panorama, Barbados, Dominica y México han aprobado impuestos a las bebidas azucaradas, y Bolivia, Chile, Perú y Ecuador cuentan con leyes de alimentación saludable que regulan la publicidad y/o el etiquetado de alimentos.

La Directora de la OPS resaltó que estas medidas deben ser complementadas con políticas para aumentar la oferta y acceso a alimentos frescos y agua segura, con el fortalecimiento de la agricultura familiar, la implementación de circuitos cortos de producción y comercialización de alimentos, sistemas de compras públicas y programas de educación alimentaria y nutricional.

Mejorar la sostenibilidad de la agricultura

La trayectoria actual del crecimiento agrícola regional es insostenible, debido, entre otros factores, a las graves consecuencias que está teniendo en los ecosistemas y recursos naturales de la región.

"La sostenibilidad de la oferta alimentaria y su diversidad futura se encuentran bajo amenaza, a menos que cambiemos la forma en que hacemos las cosas", explicó Crowley, destacando que 127 millones de toneladas de alimentos se pierden o desperdician anualmente en América Latina y el Caribe.

Según la FAO y la OPS, hay que hacer más eficiente y sostenible el uso de la tierra y de los recursos naturales, mejorar las técnicas de producción, almacenamiento y transformación y procesamiento de los alimentos, y reducir las pérdidas y desperdicios de alimentos para asegurar el acceso equitativo a los mismos.
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Cómo tener una dieta saludable y a la vez cuidar del planeta

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Elegir alimentos con criterio de sostenibilidad es bueno para la salud humana y para el medio ambiente. Así lo propone la nueva guía saludable de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, que también busca promover la actividad física de todas las personas.
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Con el objetivo conjunto de promover la salud ciudadana y la del planeta, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha presentado recientemente la campaña ‘Come sano, muévete y cuida tu planeta’ y la actualización de sus consejos sobre dieta y ejercicio teniendo en cuenta, por primera vez, el criterio de sostenibilidad.

En un documento divulgativo titulado Recomendaciones dietéticas saludables y sostenibles complementadas con recomendaciones de actividad física para la población española, esta agencia del Ministerio de Consumo detalla numerosas propuestas prácticas para mantener una alimentación sana, una vida activa y promover un modelo de consumo más respetuoso con el medio ambiente.

La nueva guía ha sido elaborada teniendo en cuenta la investigación científica más actualizada por el Comité Científico de la AESAN, un panel muy diverso que incluye, entre otros, a expertos en epidemiología y salud pública, en ciencia y tecnología de los alimentos, en seguridad alimentaria o en veterinaria, como destaca a SINC Esther López-García, coordinadora del mismo y catedrática de medicina preventiva y salud pública de la Universidad Autónoma de Madrid.

Aunque ya sabíamos que mantener hábitos saludables es determinante para prevenir las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer, “ahora hay una gran corriente de pensamiento que aboga por que la alimentación, además de sana, también deba ser sostenible”, subraya esta experta en nutrición. Con ese fin, estas nuevas recomendaciones nacen del marco planteado por la Comisión EAT-Lancet para una dieta saludable dentro de los límites planetarios publicado en 2019 en The Lancet, aclara López-García.

El propósito de ese nutrido grupo de expertos internacionales se antojaba ambicioso: lograr alimentar con una dieta sana a los casi 10.000 millones de pobladores que se estima tenga la Tierra en 2050.

La necesaria “transformación global del sistema alimentario”

La creciente población mundial —8.000 millones de habitantes en la actualidad— y el impacto que los sistemas alimentarios tienen sobre la salud humana y la del planeta plantean retos crecientes sobre la forma en la que obtenemos y consumimos nuestros alimentos. Según la web Our World In Data de la Universidad de Oxford, la producción de alimentos representa más de una cuarta parte (26 %) de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, y la mitad de la tierra habitable y el 70 % de la extracción mundial de agua dulce se destinan a la agricultura.

Por otro lado, un amplio análisis de los riesgos alimentarios en 195 países durante el periodo entre 1990 y 2017, también publicado en The Lancet en 2019, estimó que 11 millones de muertes y 255 millones de AVAD (Años de Vida Ajustados por Discapacidad, que expresan el número de años perdidos debido a enfermedad, discapacidad o muerte prematura) fueron atribuibles a factores de riesgo alimentarios.

Los principales, la ingesta elevada de sodio (sal) y la baja ingesta de cereales integrales o frutas. Según especialistas en nutrición y epidemiología de la Universidad de Harvard, “los factores que influyen en que las personas consuman una dieta de baja calidad son múltiples e incluyen la falta de conocimientos, la falta de disponibilidad, el elevado coste, la escasez de tiempo, las normas sociales y culturales, la comercialización y promoción de alimentos de baja calidad y la palatabilidad”.

Por todo ello, los expertos de la Comisión EAT-Lancet citados por López-García urgían a “una transformación global del sistema alimentario”. “Los alimentos que comemos y cómo los producimos determinarán la salud de las personas y del planeta, y deben introducirse cambios importantes para evitar tanto la reducción de la esperanza de vida, como la continua degradación del medio ambiente”, advertían.

Dieta mediterránea: equilibrada y sostenible

Las nuevas recomendaciones de la AESAN buscan promover un patrón de dieta equilibrada con predominio de alimentos de origen vegetal sobre los de origen animal, “en línea con el patrón de dieta mediterránea, que a su vez contribuye a reducir el impacto medioambiental del sistema alimentario”. Según López-García, “la dieta mediterránea es un ejemplo de dieta basada en plantas porque la mayoría de los alimentos son de origen vegetal, cumple casi todas las recomendaciones que hacemos y es culturalmente aceptable”.

La guía recomienda, por ejemplo, “comprar productos frescos de temporada, proximidad y mínimamente procesados (como los congelados) y productos a granel o en envases reciclables”. También aconseja, siempre que se pueda, preparaciones caseras y, en caso de consumir alimentos procesados, elegir los que tengan menos sal, azúcar y grasas que no sean aceite de oliva.

Sobre las frutas y hortalizas, aconseja consumir “también aquellas con defectos estéticos, pues conservan todas sus propiedades nutritivas” y limita el desperdicio de alimentos. En relación con las legumbres —que tienen poco impacto ambiental, un precio asequible y son ricas en proteínas y otros nutrientes—, la guía recomienda cocinarlas en grandes cantidades y congelarlas, así como triturar las sobras de las ya cocinadas para preparar hamburguesas, albóndigas o purés.

Acerca de los cereales, cuyo impacto ambiental es bajo, “se aconseja priorizar los de grano entero y productos integrales, minimizando el consumo de alimentos elaborados con harinas refinadas”, remacha López García.

En relación con los frutos secos, se recomiendan entre 3 raciones semanales y hasta una diaria (consideradas como un puñado que permita cerrar la mano), teniendo en cuenta que en menores de 5 años no se aconsejan enteros por el riesgo de asfixia. “Su impacto ambiental es variable, ya que algunos métodos de cultivo son poco respetuosos con el medioambiente, como el caso de las almendras”, advierte la guía.

Según López García, las patatas y otros tubérculos deben separarse de los grupos anteriores por sus diferentes propiedades nutricionales, en especial su alto índice glucémico. “Aunque las patatas son de los alimentos con menor impacto ambiental, se recomienda su consumo moderado, priorizando los cereales de grano entero y las legumbres como fuentes de hidratos de carbono de digestión lenta”, subraya esta experta.

Menos carne y mejor si es blanca

“El consumo de proteína vegetal debería ocupar una de las raciones proteicas de las dos comidas principales diarias; la otra se puede destinar a pescado, huevos, lácteos o carne”, indica López García. Sobre la carne, la guía recomienda reducir su consumo a entre nada en absoluto y 3 raciones semanales que fuesen, preferentemente, de carne blanca, así como minimizar el consumo de carne procesada.

El consumo de carne y en especial el de carne roja se ha vinculado a problemas de salud y su producción tiene un mayor impacto ambiental que la de otros alimentos, sobre todo la de vaca y cordero. Al tiempo, habría que aumentar el consumo de otras fuentes de proteína, como las legumbres, los frutos secos o los huevos. Estos últimos tienen alto valor nutricional y un impacto ambiental relativamente bajo.

“Si puedes, elige productos procedentes de ganaderías donde la cría de animales cumpla con los más altos estándares de bienestar animal y consume todas las partes del animal (incluyendo cortes grasos y casquería) para evitar el desperdicio”, señala la guía, aunque recomienda elegir cortes magros si se necesita controlar las calorías.

En cuanto al pescado, “se recomiendan 3 o más raciones a la semana, priorizando el azul (sardinas, boquerones, caballa, chicharro, etc.) sobre el blanco y las especies con menor impacto ambiental”, sugiere López García.

Para la leche y los lácteos, muy nutritivos, se recomienda no superar 3 raciones al día, “evitando aquellos con azúcares añadidos y alto contenido en sal”, aconseja esta catedrática. “Sin embargo, debido su elevado impacto ambiental, se sugiere reducir las raciones diarias de lácteos si se consumen otros alimentos de origen animal”, matiza.

Además, las recomendaciones tienen en cuenta las necesidades nutricionales particulares de las personas mayores (el 20% del total de la población española) y aquellas situaciones en las que se necesita reducir calorías para mantener un peso saludable porque más de la mitad de la población de nuestro país presenta exceso de peso.

Por otro lado, durante situaciones con una demanda nutricional elevada, como el embarazo, la lactancia o con la falta de apetito asociada al envejecimiento, la guía recomienda tomar alimentos de alto aporte nutricional y facilidad de consumo, como lácteos (mejor sin azúcares añadidos) y huevos (idealmente, de gallinas criadas en libertad o camperas para contribuir al bienestar animal).

El aceite de oliva virgen es el aceite ideal para todas las comidas por su contenido en sustancias beneficiosas, como los flavonoides, y su mayor calidad organoléptica. Por último, se recomienda el agua como bebida de elección en una dieta saludable. “Tanta como sea necesaria y, siempre que sea posible, del grifo o corriente, de menor impacto ambiental”, recuerda López García.

Mejor cuanta más actividad física y menos tiempo sentados y ante pantallas

La AESAN complementa los consejos dietéticos con recomendaciones de actividad física por grupos de edad (desde niños menores de un año, hasta adultos mayores de 65) que pueden integrarse en el trabajo, los desplazamientos y las tareas cotidianas. “La actividad física es buena para corazón, cuerpo y mente”, señala a SINC Susana Aznar Laín, catedrática en actividad física y salud en la Universidad de Castilla La Mancha y que también ha asesorado a la agencia. “Cualquier tipo de actividad es mejor que ninguna y cuanta más, mejor”, añade.

Como explica esta especialista, que también es ciclista federada, alpinista y esquiadora, “cuando una persona piensa en actividad física, quizás tiene una idea prefijada de una instalación deportiva, de una ropa específica, etc. La industria nos vende muchos mensajes, pero lo importante es dejar claro que toda actividad cuenta, ya sea de transporte, recreativa, deportiva, de actividades domésticas, subir escaleras o ir andando al trabajo: todo sirve”. Además, “todo el mundo puede beneficiarse”, insiste. “Todos los grupos de edad, las mujeres embarazadas o durante el puerperio, las personas con afecciones crónicas o discapacidad, etc.”

Asimismo, esta experta hace hincapié en el fortalecimiento muscular: “es muy importante trabajar la fuerza, sobre todo en niños y adolescentes, en los que ayuda a que la musculatura y la masa ósea se consoliden bien, y en las personas mayores, para favorecer la independencia, prevenir caídas y la osteoporosis”.

En definitiva, “hay que intentar realizar tres estrategias: sentarse menos, moverse más de la forma que sea y hacer ejercicio”. Incluso hay esperanza para quienes pasan la jornada frente a un escritorio porque “8 horas de estar sentado se pueden compensar con entre una hora y 75 minutos de actividad moderada al día”, apunta Aznar Laín. ¿Y qué entendemos por moderada? “Lo mejor es el test del habla”, aclara: “una intensidad es moderada para alguien cuando mientras hace una actividad pueda hablar, pero le cuesta un poquito”.

Para quienes usan podómetros de pulsera, esta especialista alude a la conocida recomendación de caminar 10.000 pasos diarios, popularizada por la estadounidenses Catrine Tudor-Locke, decana de la Facultad de Salud y Servicios Humanos de la Universidad de Nuevo Hampshire. En 2012, ella y David R. Bassett, catedrático y jefe de Fisiología del Ejercicio en la Universidad de Tennessee, también en EE UU, firmaron un artículo titulado “¿Cuántos pasos al día son suficientes?” en Sports Medicine en el que consideraban que, a partir de esa cifra de pasos, se podría considerar a los individuos como "activos".

No obstante, hoy sabemos que “cuantos más pasos, mejor”, sostiene Aznar Laín. “Las últimas evidencias científicas indican que un aumento de 1000 pasos al día se asocia con una reducción significativa de la mortalidad”. Así lo constata, de hecho, una reciente revisión sistemática publicada en The Lancet Public Health: “los beneficios para la mortalidad, en particular para los adultos mayores, pueden observarse a niveles inferiores a la referencia popular de 10.000 pasos al día”, concluían sus autores. La AESAN recomienda alcanzar al menos 7.000-8.000 pasos (unos 6 kilómetros).

A la inversa que con los pasos, sobre el tiempo de exposición en la infancia y la adolescencia a pantallas (teléfono móvil, máquinas de juegos, tabletas, televisión, etc.), esta agencia aconseja que sea “cuanto menos, mejor”, en especial para los más pequeños: nada en los menores de 1 año y 1 hora al día como máximo para niñas y niños de 1 a 2 años. “Hay que huir un poco de las pantallas”, advierte Aznar Laín.
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Ideas prácticas destacadas:

Al comprar: prepara una lista y lleva tu bolsa o cesta de la compra, mejor de tela o de malla. Compra a granel y si usas envases, que sean reciclables. Mejor, alimentos de cercanía y de temporada, consultando la información nutricional del etiquetado. El sistema Nutri-Score refleja la calidad nutricional global: de mayor (letra A y color verde) a menor (letra E y color naranja fuerte). Se recomiendan elegir productos con letra A o B. Diferencia también entre la fecha de caducidad y la de consumo preferente.

Al cocinar: planifica los menús semanales, cocina al vapor —mantiene sus propiedades nutricionales—, cocina varios alimentos a la vez cuando uses el horno y congela antes de desperdiciar.

Al comer: mejor alimentos frescos no procesados o mínimamente procesados, consume preferentemente piezas enteras de frutas y hortalizas de temporada y proximidad y de distintas variedades y colores, come más legumbres (en verano, puedes prepararlas en ensalada) y no favorezcas alimentos dulces (con azúcar o edulcorantes) o salados para no acostumbrar el paladar, especialmente en la infancia. Un ejemplo de plato saludable constaría de un 50 % de frutas y verduras, un 25 % de cereales integrales y de un 25 % de proteínas saludables. Come con tranquilidad y, si puede ser en compañía, mejor.

Muévete más y siéntate menos: aprovecha las actividades cotidianas (anda, aunque sea trayectos cortos, sube escaleras, pasea en la pausa del café en lugar de sentarte), usa las instalaciones deportivas de tu ayuntamiento (parques o polideportivos) y, si cuentas los pasos diarios, haz al menos 7.000-8.000 (unos 6 kilómetros).
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Recomendaciones de un vistazo:

Hortalizas: al menos 3 raciones al día. Por ejemplo, un plato de ensalada, de hortalizas cocidas o una crema.

Frutas: al menos de 2-3 raciones diarias. Mejor si se cultivan en la región o el país. “El consumo de zumos de frutas no es un sustituto de las frutas enteras”, advierte López-García.

Cereales: entre 3 y 6 raciones al día, dependiendo de si se lleva una vida más o menos activa. Lo ideal, integrales y de distintos tipos, incluyendo los menos habituales (sorgo, mijo, trigo, espelta o trigo sarraceno) para fomentar la diversidad de cultivos.

Legumbres: entre 4 raciones a la semana, e incluso a diario. “Son los alimentos de origen vegetal con menor impacto ambiental y son asequibles”, recalca López García.

Proteínas: cada semana, al menos 4 raciones de legumbres, 3 de frutos secos (mejor crudos, sin sal, ni grasas o azúcar), 3 de pescado (mejor azul que blanco) y hasta 4 huevos. Además, no más de 3 lácteos al día sin azúcares añadidos. En cuanto a la carne, reduce su consumo.

Aceite de oliva: ideal en todas las comidas. Su consumo favorece la conservación del olivo y el valor paisajístico de la zona mediterránea.

Agua: es la bebida de elección en una dieta saludable. Mejor del grifo siempre que sea posible, mucho más barata que la embotellada y no genera residuos plásticos. Hay que beberla siempre que se tenga sed. Tanto el consumo de alcohol, como el de bebidas azucaradas o edulcoradas se han relacionado con diversas enfermedades.

Sal: no se deben superar los 5 g al día entre la añadida y la presente en los alimentos. La sal de mesa tiene que ser yodada (lo que se puede comprobar en el envase) y, como alternativa, se pueden usar hierbas aromáticas y condimentos, como el orégano, el tomillo o el pimentón.
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FUENTE • Agencia SINC.....
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Nuevas recomendaciones contra la diabetes resaltan el papel clave de la dieta mediterránea

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La guía, elaborada con la colaboración del catedrático de Nutrición de la URV Jordi Salas-Salvadó, recomienda que los profesionales de la salud prioricen ayudar al paciente a alcanzar un peso y unos hábitos alimentarios saludables, antes de recurrir a tratamientos farmacológicos sin haber promovido previamente cambios en su estilo de vida.
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Imagen de Jill Wellington en Pixabay
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La Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes (EASD, por sus siglas en inglés) ha publicado recientemente nuevas recomendaciones en materia de dietética y nutrición dirigidas a profesionales de la salud, con el objetivo de prevenir y controlar la diabetes. En un contexto social “frenético y globalizado”, en el que con frecuencia se recurre de forma rápida a los fármacos, la guía propone priorizar cambios en el estilo de vida antes que la prescripción médica cuando esta no sea estrictamente necesaria. La estrategia se centra en alcanzar un peso saludable y seguir patrones alimentarios “prácticos, sostenibles y basados en alimentos”, inspirados en modelos como la dieta mediterránea, la nórdica o la vegetariana. En muchos casos —aunque no en todos—, estas modificaciones pueden lograr un control efectivo de la enfermedad sin necesidad de medicación.

Las nuevas recomendaciones han sido publicadas en la revista Diabetologia en nombre de la EASD, tras el trabajo del Diabetes and Nutrition Study Group, un grupo multidisciplinar y multinacional en el que participa Jordi Salas-Salvadó, catedrático de Nutrición de la Universitat Rovira i Virgili, investigador del Instituto de Investigación Sanitaria Pere Virgilii (IISPV), miembro de ICREA Academia y coordinador del CIBERobn del Instituto Carlos III. Salas-Salvadó es, además, el único representante español en estas recomendaciones desde su inicio hace ocho años.

En la actualidad se distinguen dos tipos principales de diabetes. La diabetes tipo 1, de origen autoinmune, provoca un déficit de insulina y afecta a unas 90.000 personas en España. Por otro lado, la diabetes tipo 2, vinculada sobre todo al exceso de peso en personas con predisposición —por ejemplo, por antecedentes familiares—, afecta a más de cinco millones de personas en el país y requiere un control estricto de la alimentación y el uso de fármacos orales para regular la glucemia y frenar la progresión de la enfermedad. Las novedades de la EASD se centran, principalmente, en este segundo tipo, basándose en una exhaustiva revisión de la evidencia científica disponible.

Uno de los mensajes clave de la guía es la importancia de lograr una pérdida de peso significativa (entre 10 y 15 kilos en personas con exceso), ya que este cambio puede tener un impacto comparable al de varios tratamientos farmacológicos: mejora la glucemia, la secreción de insulina y la presión arterial, y en muchos casos incluso permite la remisión de la enfermedad sin necesidad de medicación. Para conseguirlo, se recomienda adoptar un estilo de vida saludable, que incluya dejar de fumar, aumentar la actividad física y seguir una dieta hipocalórica equilibrada.

En cuanto a la alimentación, se aconsejan patrones basados en alimentos vegetales mínimamente procesados: cereales integrales, verduras enteras, frutas, legumbres, frutos secos, semillas y aceites vegetales no tropicales ni hidrogenados. Se recomienda, además, reducir al mínimo el consumo de carnes —especialmente roja y procesada—, bebidas azucaradas, dulces y productos refinados. Este enfoque coincide con los principios de las dietas mediterránea, nórdica y vegetariana, que han demostrado mejorar la glucemia y diversos factores de riesgo cardiometabólico, además de asociarse —en el caso de la mediterránea— con un menor riesgo cardiovascular y una reducción de la mortalidad por todas las causas.

La guía desaconseja las dietas muy bajas en hidratos de carbono, y prioriza aquellas ricas en fibra, con un mínimo diario de 35 gramos. Si no se alcanza esta cantidad con la alimentación, se recomienda el uso de alimentos enriquecidos o suplementos. También se sugiere que menos del 10% de la energía diaria provenga de azúcares, que pueden sustituirse por edulcorantes. En cuanto a las grasas, estas deberían proceder principalmente de fuentes vegetales ricas en ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados, como frutos secos, semillas y aceites vegetales saludables.
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Trabajo de referencia | The Diabetes and Nutrition Study Group (DNSG) of the European Association for the Study of Diabetes (EASD). Evidence-based European recommendations for the dietary management of diabetes. Diabetologia Abril 2023. https://diabetologia-journal.org
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ETIQUETAS • SaludAlimentaciónDieta MediterráneaNutrición.....
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Reemplazar la carne roja por carne blanca, huevos o pescado reduce el riesgo del síndrome metabólico


En personas con un alto riesgo cardiovascular, el consumo excesivo de carne roja y carne roja procesada se asocia a tener un 27% y un 37% respectivamente de riesgo más alto de sufrir síndrome metabólico en comparación con aquellas que raramente consumen. Reemplazarlos por alimentos como la carne blanca, legumbres, pescado y huevos se ha relacionado con un menor riesgo de sufrir síndrome metabólico. Los resultados se publican en la revista científica Clinical Nutrition, en el marco del estudio PREDIMED (Prevención con Dieta Mediterránea).
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El síndrome metabólico se define como un conglomerado de factores de riesgo como obesidad abdominal, hipertensión arterial, niveles bajos de colesterol HDL en sangre, niveles altos de triglicéridos y concentraciones elevadas de glucosa en sangre. Se calcula que aproximadamente una cuarta parte de los adultos en países desarrollados presentan esta condición. Se ha demostrado que las personas con síndrome metabólico presentan dos veces más riesgo de morir por un ataque al corazón o una embolia cerebral (accidente cerebrovascular) que los que no lo presentan.

Las carnes rojas tienen un alto valor nutricional para el organismo, por su aporte de proteínas, hierro y vitamina B12 en particular. Pero pese a su alto valor nutritivo, diferentes estudios han relacionado recientemente el consumo excesivo de carne roja con enfermedades como la diabetes tipo 2, la enfermedad cardiovascular y el cáncer. Sin embargo, aún hay poca evidencia científica que respalde su asociación con el riesgo de padecer síndrome metabólico. En 2010 un estudio liderado por investigadores de la Unidad de Nutrición de la Universidad Rovira i Virgili, observaron que las personas de Reus-Tarragona que participaron en el estudio PREDIMED y que respondían a un mayor consumo de carne roja y carne roja procesada tenían un mayor riesgo de sufrir síndrome metabólico, tras un año de seguimiento.

Ahora, los investigadores del CIBERobn, -el Centro de Investigación Biomédica en Red, Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición- pertenecientes a diferentes universidades, hospitales y centros de investigación de España, han ido más allá y han evaluado esta asociación en el marco del estudio PREDIMED. Además, también han valorado el efecto de sustituir una ración de carne roja y carne roja procesada por otros alimentos ricos en proteínas sobre la aparición de este síndrome.

Carne roja y síndrome metabólico

Los resultados de la publicación muestran que los participantes con un consumo elevado de carne, especialmente carne roja y carne roja procesada, presentaban respectivamente un 27% y un 37% mayor riesgo de padecer síndrome metabólico, en comparación con aquellos con un consumo más bajo. Sin embargo, los participantes con un consumo más elevado de carne blanca tenían hasta un 17% menor riesgo. La publicación también concluye que el hecho de sustituir una ración de carne roja y carne roja procesada por una ración de un alimento alternativo rico en proteínas como la carne blanca, pescado, legumbres y huevos se asocia a un menor riesgo de padecer síndrome metabólico. Este dato refuerza la importancia de seguir una alimentación variada incluyendo alimentos alternativos y más próximos a la dieta mediterránea. Es decir, el consumo de carnes rojas y procesadas con una frecuencia de hasta una a dos raciones a la semana está recomendado y no se asocia a más riesgo de síndrome metabólico. Sin embargo, su consumo diario desplazaría la inclusión de otros alimentos ricos en nutrientes esenciales como el pescado, las legumbres y la carne blanca que como hemos visto protege el desarrollo de este síndrome, subrayan los investigadores.

En esta investigación se analizaron los datos de 1.868 participantes de entre 55 y 80 años sin síndrome metabólico al inicio del estudio, pero con un alto riesgo cardiovascular. Los resultados refuerzan la hipótesis que la carne roja y sus procesados promueven el desarrollo de síndrome metabólico si se consumen en exceso. Se han sugerido diferentes mecanismos para explicar la existencia de esta asociación, especialmente para las carnes procesadas, ya que éstas son ricas en sal, hierro y nitritos/nitratos. Sin embargo, los investigadores afirman que son necesarios más estudios clínicos para poder afirmar con rotundidad esta asociación.

El trabajo ha sido publicado este marzo en la revista científica Clinical Nutrition. El estudio ha sido liderado por Nerea Becerra-Tomás y los doctores Nancy Babio y Jordi Salas-Salvadó, director de la Unidad de Nutrición Humana de la Universidad Rovira i Virgili y el Instituto de Investigación Sanitaria Pere i Virgili, e investigador principal de la red CIBERobn del Instituto Carlos III, instituciones a las que pertenecen también las dos investigadoras.

El estudio PREDIMED ha sido llevado a cabo por distintos equipos investigadores pertenecientes a diferentes universidades y hospitales españoles y ha estado financiado mayoritariamente por el Instituto de Salud Carlos III.
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Referencia bibliográfica | Becerra-Tomás N, Babio N, Martínez-González MÁ, Corella D, Estruch R, Ros E, Fitó M, Serra-Majem L, Salaverria I, Lamuela-Raventós RM, Lapetra J, Gómez-Gracia E, Fiol M, Toledo E, Sorlí JV, Pedret-Llaberia MR, Salas-Salvadó J. Replacing red meat and processed red meat for white meat, fish, legumes or eggs is associated with lower risk of incidence of metabolic syndrome. Clin Nutr. 2016 Mar 31. pii: S0261-5614(16)30005-X. doi: 10.1016/j.clnu.2016.03.017. [Epub ahead of print]
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El riesgo de obesidad es un 45% mayor entre adolescentes con dieta basada en alimentos ultraprocesados

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Investigadores brasileños realizaron esta constatación con base en datos de 3.587 chicos con edades entre los 12 y los 19 años que participaron en el sondeo nacional de salud y nutrición de Estados Unidos.
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Con base en datos de 3.587 adolescentes con edades entre los 12 y los 19 años que participaron en el sondeo nacional de salud y nutrición de Estados Unidos, investigadores de la Universidad de São Paulo (USP), en Brasil, calcularon en qué medida impacta el consumo de alimentos ultraprocesados en el riesgo de padecer obesidad.

En dicho estudio, los chicos quedaron divididos en tres grupos de acuerdo con la cantidad que ingerían de esos productos. Al comparar a los que comían más alimentos ultraprocesados (en promedio un 64 por ciento del total de gramos de su dieta) con quienes comían menos de estos productos (un 18,5 por ciento en promedio), se observó que los del primer grupo tenían probabilidades un 45 por ciento mayores de padecer obesidad, un 52 por ciento mayores de padecer obesidad abdominal (la grasa localizada en la zona del estómago) y –el dato más preocupante– un 63 por ciento más altas de padecer obesidad visceral (la acumulación de grasa entre los órganos), que está altamente relacionada con el desarrollo de hipertensión, enfermedad arterial coronaria, diabetes tipo 2, dislipidemia y elevación del riesgo de mortalidad.

Los resultados completos de esta investigación, que contó con el apoyo de la FAPESP, se publicaron en el Journal of the Academy of Nutrition and Dietetics. El estudio obtuvo financiación de la FAPESP en el marco de cuatro proyectos.

“La evidencia científica es bastante sólida con relación al papel negativo de los alimentos ultraprocesados en la pandemia de obesidad. Esto ha sido palmariamente demostrado en lo concerniente a los adultos. Entre los jóvenes, ya habíamos constatado que el consumo de estos productos es elevado –representa alrededor de las dos terceras partes de la dieta de los adolescentes estadounidenses–, pero los resultados referentes a la asociación entre patrones alimentarios basados en alimentos ultraprocesados y desenlaces de salud, entre ellos la obesidad, eran escasos e inconsistentes”, explica Daniela Neri, primera autora del artículo e integrante del Núcleo de Investigaciones Epidemiológicas en Nutrición y Salud (Nupens) de la Facultad de Salud Pública de la USP.

El contexto

Coordinado por el profesor Carlos Augusto Monteiro, el equipo del Nupens fue pionero en la asociación de los cambios en el procesamiento industrial de los alimentos con la pandemia de obesidad, que tuvo su inicio en Estados Unidos en la década de 1980 y que, en el siglo XXI, llegó a la mayoría de los países del mundo. Con base en esta hipótesis, el grupo desarrolló una clasificación de los alimentos denominada NOVA, basada en su nivel de procesamiento industrial. En ese trabajo, se apoyaron las recomendaciones presentes en la Guia Alimentar para a População Brasileira publicada en 2014, que recomienda priorizar las preparaciones culinarias con alimentos in natura o mínimamente procesados y evitar los ultraprocesados, una categoría que puede incluir desde refrescos, galletas rellenas y snacks en paquetes hasta un aparentemente inocente pan de miga integral.

“En líneas generales, las bebidas y alimentos ultraprocesados contienen aditivos químicos –tales como colorantes, aromatizantes, emulsionantes y espesantes– que apuntan a mejorar las características sensoriales de esos productos. Muchos poseen una alta densidad energética y elevados tenores de azúcar y grasa, lo que contribuye directamente con el aumento de peso. Pero incluso los de bajas calorías, como una bebida gaseosa diet, pueden favorecer el desarrollo de la obesidad en formas que van más allá de la composición nutricional. Por ejemplo, al interferir en la señalización de la saciedad del organismo o modificando la microbiota intestinal”, explica Neri.

La metodología

En la investigación publicada, se evaluó la dieta de los adolescentes mediante la aplicación de una metodología conocida como Recordatorio Alimentario de 24 horas, que consiste en la obtención de información referente a los tipos y las cantidades de todos los alimentos y bebidas ingeridos el día anterior a la entrevista, como así también de los horarios y los lugares de consumo de las comidas. Los participantes incluidos en el análisis en su mayoría (el 86 por ciento) pasaron por dos entrevistas de ese tipo, con un intervalo de dos semanas entre ellas.

Con base en este recordatorio, los chicos quedaron divididos en tres grupos. En el primero estaban los que consumían hasta un 29 por ciento de los gramos totales de su dieta en ultraprocesados. En el segundo, aquellos para quienes ese porcentaje varió entre el 29 y el 47 por ciento, y en el último tercio quedaron aquellos con valores superiores al 48 por ciento.

También se evaluaron los datos antropométricos de los participantes, entre ellos el peso, la altura y la circunferencia de la cintura. Estos índices se analizaron para su edad y el sexo, de acuerdo con el patrón de crecimiento del Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos.

“El riesgo de obesidad total se estimó con base en el IMC, que se calcula dividiendo el peso [en kilos] sobre la altura al cuadrado [en metros]. En tanto, para evaluar la obesidad abdominal nos basamos en la medida de la circunferencia abdominal. Y un parámetro menos conocido, que es el diámetro abdominal sagital, se utilizó como proxy [valor representativo] de la obesidad visceral”, comenta Neri.

Tal como lo explica la investigadora, el diámetro abdominal sagital es una forma indirecta y no invasiva de medir la cantidad de grasa existente entre los órganos. “El individuo se acuesta en la camilla y, con una especie de regla [un calibre], se constata la distancia existente entre la parte inferior de la espalda hasta la zona del ombligo, de manera tal que la grasa subcutánea más blanda caiga hacia los costados y la grasa visceral, que es más rígida, permanezca en el lugar. De este modo, se evitan eventuales errores de medición que podrían causar los pliegues en la zona de la cintura.”

Todos los datos analizados en la investigación de la USP se extrajeron del National Health and Nutrition Examination Survey (Nhanes), el sondeo nacional de salud y nutrición realizado continuamente en Estados Unidos. Se trata de un banco de datos público que abarca una muestra nacionalmente representativa de la población de Estados Unidos. En el estudio, se utilizó información recabada entre 2011 y 2016. Según Neri, las conclusiones pueden extrapolarse a los jóvenes brasileños, que también están expuestos tempranamente a los alimentos ultraprocesados, aunque en menor proporción.

“No existe en Brasil ningún estudio que suministre al mismo tiempo información sobre el consumo alimentario de los adolescentes y datos antropométricos recabados en evaluaciones presenciales. Este tipo de sondeo nutricional tiene un alto costo y requiere contar con financiación continua. Acá hay algunas iniciativas similares, pero más sencillas”, comenta Neri.

En el Vigitel, que es el sondeo nacional que realiza anualmente el Ministerio de Salud de Brasil para monitorear los factores de riesgo y de protección contra enfermedades crónicas, por ejemplo, el recabado de datos se realiza por teléfono y únicamente con personas mayores de 18 años. Los datos más recientes de ese estudio, dados a conocer en enero de este año por el Instituto de Estudios para Políticas de Salud (IEPS), apuntan que el índice de obesidad en la población adulta brasileña pasó del 11,8 % en el año 2006 al 21,5 % en 2020, es decir que prácticamente se duplicó.

En tanto, la Encuesta de Presupuestos Familiares (POF, en portugués) del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) aporta datos sobre el consumo alimentario de adolescentes y adultos en el país, pero no contiene información sobre el estado de salud de los encuestados.

Según la edición más reciente de la POF, realizada entre 2017 y 2018, más de la mitad (el 53,4 por ciento) de las calorías que consumen los brasileños provienen de los alimentos in natura (verduras, frutas, carnes, leche, etc.) o mínimamente procesados (cereales y harinas, por ejemplo), el 15,6 por ciento de ingredientes culinarios procesados (tales como sal, azúcar y aceite), el 11,3 por ciento de alimentos procesados (quesos, panes artesanales, frutas y legumbres en conserva) y el 19,7 por ciento de alimentos ultraprocesados. Entre los adolescentes analizados en la POF, la proporción de alimentos ultraprocesados representa el 27 por ciento del total de las calorías diarias, mientras que entre los adultos de 60 años o más ese porcentaje es del 15,1 por ciento.

Comparaciones

En el marco de otro estudio realizado en el Nupens, los investigadores compararon los datos referentes al patrón alimentario de los adolescentes de la POF 2017-2018 con información similar proveniente de otros siete países: Argentina, Australia, Chile, Colombia, México, Estados Unidos y el Reino Unido.

La participación de los alimentos ultraprocesados en la dieta de los jóvenes varió bastante entre las naciones: fue menor en Colombia (el 19 por ciento de las calorías de la dieta) y en Brasil (el 27 por ciento) y más alta entre los británicos (el 68 por ciento) y los estadounidenses (el 66 por ciento). Pese a la discrepancia detectada en el consumo, el impacto sobre la calidad de la dieta fue muy similar en todas las poblaciones analizadas, comenta Neri.

“En ese estudio, los jóvenes también quedaron divididos en grupos de acuerdo con el consumo de alimentos ultraprocesados. Y observamos que a medida que aumenta la participación de esos productos, se registra un deterioro de la calidad de la dieta, es decir, crecen la densidad energética y los tenores de azúcar. Por otra parte, se produce una disminución de las fibras. El efecto negativo es muy parecido en todos los países, independientemente de la proporción de alimentos ultraprocesados, de la región o de la cultura.”

Si bien el arroz con frijoles sigue ubicándose en la base de la alimentación brasileña, según remarca la investigadora, un estudio difundido el año pasado por el Ministerio de Salud nacional reveló que el consumo de alimentos ultraprocesados es frecuente en Brasil incluso entre niños de menos de cinco años: más del 80 % de los chicos ubicados en esa franja etaria los consumen regularmente.

“La ingestión de esos productos les quita espacio a los alimentos in natura o mínimamente procesados en una fase en la cual los hábitos alimentarios se están formando”, alerta Neri. “Esta exposición de los niños y los adolescentes a esos alimentos obesogénicos constituye una verdadera programación de problemas de salud futuros. Es realmente preocupante.”

Para la investigadora, el control de esa exposición es algo que se ubica más allá de la capacidad de las familias, toda vez que sería necesario remodelar todo el sistema alimentario actual. “Aparte de concientizar a los consumidores, es necesario operar en diversos frentes mediante la implementación de políticas públicas. Existen diferentes estrategias posibles, tales como la restricción de la publicidad, fundamentalmente aquella destinada a niños, y la elevación tributaria de esos productos, al tiempo que se amplía el acceso a los alimentos in natura. Otra medida fundamental se refiere al etiquetado, que debe contener información más clara, a los efectos de orientar las decisiones alimentarias de los consumidores”, sostiene Neri.
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Los horarios de las comidas pueden afectar a la pérdida de peso de pacientes obesos operados


Según la principal conclusión del estudio, el 70% de los pacientes operados clasificados como fracasos primarios comen después de las tres de la tarde, y todo indicaría que el horario de la comida influye sobre la pérdida de peso.
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Los horarios de las comidas pueden incidir en la pérdida de peso en pacientes con obesidad severa después de una cirugía bariátrica, según revela un nuevo estudio publicado en la revista Clinical Nutrition. La investigación, realizada en la Universidad de Barcelona y el Hospital Clinic en colaboración con la Universidad de Murcia, ha sido dirigida por la Dra. Maria Izquierdo, de la Facultad de Farmacia de la UB, y la Dra. Marta Garaulet (Facultad de Biología de la Universidad de Murcia).

La nueva investigación se basa en el seguimiento realizado durante seis años a 270 pacientes del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Clínic de Barcelona, dirigido por el Dr. Josep Vidal, que es profesor del Departamento de Medicina de la UB. Todos ellos presentaban un grado severo de obesidad y habían sido sometidos a cirugía bariátrica, es decir, a un conjunto de procedimientos quirúrgicos para reducir su peso. Durante este periodo, además de analizar los parámetros que evalúan la pérdida de peso en los pacientes, el equipo de investigación también valoró la ingesta alimentaria, la actividad física, el cronotipo —para conocer si un sujeto era más matutino, vespertino o intermedio—, las horas de sueño y los horarios de las comidas.

Distinta evolución en la pérdida de peso

Después de la cirugía bariátrica, los pacientes pueden clasificarse en tres grupos según la evolución en la pérdida de peso. Así, el primer grupo (un 70% de los pacientes) estaría formado por aquellos que pierden el 80% del exceso de peso después de la cirugía y que se mantienen así a lo largo de los años (son clasificados como buenos respondedores). Otro grupo de los pacientes operados (un 20%) pierde también un porcentaje importante de peso en los dos primeros años; pero lo recupera lentamente a lo largo del tiempo. Por último, un tercer grupo, que representa un 10 % de los pacientes intervenidos, solo pierde un porcentaje bajo de su exceso de peso desde el principio (son los llamados fracasos primarios).

Según la principal conclusión del estudio, el 70% de los pacientes operados clasificados como fracasos primarios comen después de las tres de la tarde, y todo indicaría que el horario de la comida influye sobre la pérdida de peso. Tal como explica la profesora Maria Izquierdo, que también es miembro del Centro de Investigación Biomédica en Red de la Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN), «se comprobó que no influía ni el género (ser hombre o mujer), ni la edad o el tipo de cirugía utilizado. Lo más sorprendente es que entre estos tres grupos no se encontraron diferencias en la ingesta alimentaria ni tampoco en el nivel de actividad física ni las horas de sueño».

Cuando el horario de la comida marca diferencias

Los horarios de las comidas influyen en el funcionamiento correcto de nuestros ritmos circadianos. Recientemente, se ha determinado que la alteración de estos ritmos circadianos —la cronodisrupción— puede influir en el desarrollo de la obesidad y el síndrome metabólico. Así, la Dra. Garaulet, en un estudio previo, ya había comprobado que en población con obesidad moderada, después de un tratamiento dietético de veinte semanas, la hora de la comida podía ser determinante; ya que los pacientes que comían después de las tres de la tarde perdían menos peso que los que comían antes de las tres.

«Los mecanismos de la influencia del horario de las comidas sobre la pérdida de peso pueden estar asociados —comenta la Dra. Garaulet— a alteraciones en el metabolismo de la glucosa, disminución del gasto energético basal y alteraciones en los patrones circadianos del cortisol o de la temperatura». Estos mecanismos podrían explicar, en parte, por qué comer tarde se asocia a alteraciones metabólicas propias de la obesidad y a una pérdida menor de peso corporal.

El nuevo trabajo publicado en la revista Clinical Nutrition amplía resultados previos en esta línea de investigación sobre la interacción entre cronobiología, nutrición e impacto sobre la salud. «En el actual estudio, hemos comprobado lo mismo que lo que se observaba en población con obesidad moderada, con la diferencia de que la población aquí estudiada tenía obesidad severa, y que el tratamiento aplicado —la cirugía bariátrica— es mucho más drástico. Sin embargo, la hora de la comida principal continúa influyendo, y eso es muy interesante», concluye la Dra. Izquierdo.
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Identificada una huella metabólica asociada a la percepción de saciedad

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Resultados del estudio europeo SATIN (SATiety INnovation) muestran por primera vez la existencia de una relación entre determinados metabolitos en sangre y la saciedad percibida tras el consumo de alimentos.
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La regulación de la saciedad se considera un factor importante que condiciona para una mayor o menor ingesta energética y por tanto con un impacto importante en el desarrollo y/o en la progresión de la obesidad. El equipo formado por las y los investigadores Lucia Camacho Barcia, Jesús García-Gavilán, Christopher Papandreou y Mònica Bulló que lidera el grupo de investigación en Nutrición y Enfermedades Metabólicas (NuMeD) del Departamento de Bioquímica y Biotecnología de la Universitat Rovira i Virgili (URV) y del Instituto de Investigación Sanitaria Pere i Virgili (IISPV), -integrado en el grupo Tecnatox-, han identificado, en colaboración con investigadores de Dinamarca y Reino Unido, un grupo de metabolitos en la sangre que se relacionan con una mayor percepción de saciedad tras la ingesta de alimentos.

El estudio, realizado en 140 voluntarios con sobrepeso y obesidad, ha demostrado que concentraciones más elevadas de glicina y ácido linoleico se asocian con una mayor sensación de saciedad, mientras que la sacarosa y algunas esfingomielinas (C32: 2, C38: 1) se asociaron de forma negativa. A pesar de que la metabolómica se ha utilizado ampliamente en la investigación nutricional, esta es la primera vez en la que se utiliza para estudiar la percepción de saciedad. Estos resultados, no solo contribuyen al diseño de posibles estrategias para medir la saciedad de manera más objetiva que los métodos habitualmente utilizados, sino que también contribuyen a una mejor comprensión de las vías metabólicas implicadas en la regulación de la saciedad que en el futuro, pueden resultar en una herramienta útil para el diseño de estrategias más efectivas para el control del apetito y del peso corporal.

Esta investigación se engloba en un estudio más amplio que se realizó con el objetivo de evaluar en qué medida la regulación de la saciedad podría contribuir al control del peso corporal a medio plazo, cuyos resultados se publicaron con anterioridad. El trabajo que se publica ahora profundiza en los aspectos metabólicos de la regulación del hambre y la saciedad. Los análisis se han realizado con los datos recogidos durante la realización de las pruebas de saciedad, Para ello, 151 voluntarios del estudio SATIN acudieron a las instalaciones de los centros reclutadores en ayunas. Ahí se les sirvió un desayuno controlado y se recogieron los datos de saciedad durante las dos horas siguientes al desayuno. Estos voluntarios almorzaron también en las mismas instalaciones y se les dio la cena para llevar, con lo cual el estudio disponía de los datos controlados del consumo de alimentos a lo largo de todo el día. Estas pruebas de saciedad se realizaron en diversas ocasiones durante el estudio.

Con la identificación de estas sustancias que permiten predecir la saciedad, se podría realizar una nutrición más personalizada y plantear el diseño de productos para el control del hambre y la saciedad a través de la modulación de estos metabolitos ya sea aumentando o disminuyendo su concentración en sangre.
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Trabajo de referencia | Camacho-Barcia L, García-Gavilán J, Papandreou C, Hansen TT, Harrold JA, Finlayson G, Blundell JE, Sjödin A, Halford JCG, Bulló M. Circulating «Metabolites Associated with Postprandial Satiety in Overweight/Obese Participants: The SATIN Study». Nutrients. 2021 Feb 8;13(2):549. doi: 10.3390/nu13020549. PMID: 33567505.
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El confinamiento debido a la COVID-19 ha hecho que los españoles coman de una forma más saludable


El grupo de investigación de la Universidad de Granada muestra cómo el confinamiento debido a la COVID-19 ha hecho que los españoles vuelvan a poner la dieta mediterránea en sus mesas. Contra todo pronóstico, durante las primeras semanas del confinamiento hemos aumentado el consumo de vegetales, legumbres y frutas y disminuido la ingesta de fritos, comida rápida, bebidas carbonatadas y carnes rojas.
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Image by Дарья Яковлева from Pixabay
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Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Granada (UGR) y publicado en la revista Nutrients señala que, contra todo pronóstico, el confinamiento debido a la COVID-19 ha hecho que los españoles coman de una forma más saludable, y vuelvan a poner la dieta mediterránea en sus mesas.

Para llevar a cabo el proyecto COVIDiet, los investigadores, pertenecientes al grupo de investigación Alimentación, Nutrición y Salud (AGR-141) del departamento de Nutrición y Bromatología de la UGR, lanzaron una encuesta online el 20 de marzo (una semana después de la declaración del Estado de Alarma) destinada a la población adulta española, en la que se incluían preguntas relacionadas con la adherencia a la Dieta Mediterránea y cambios en el comportamiento alimentario referente al consumo de productos procesados, fritos, aperitivos, alcohol o tipo de cocinado, además de cambios en la actividad física y en el peso corporal, entre otras.

La encuesta tuvo una buena acogida y fue contestada por un total de 7.514 participantes de todo el territorio nacional, de los que en su mayoría (el 70%) fueron mujeres, personas mayores de 35 años y con estudios superiores.

La juventud opta por la dieta mediterránea

Los resultados del estudio muestran cómo la adherencia a la Dieta Mediterránea se incrementó de manera global durante el confinamiento. La Dieta Mediterránea está considerada como patrón de dieta saludable en la que destaca la presencia de aceite de oliva, frutas, verduras, nueces, vino tinto y pescado. Sorprendentemente, este cambio fue mayor en los participantes más jóvenes (18 a 35 años). Esta mejora se asoció con un menor consumo de repostería, carnes rojas y bebidas edulcoradas o carbonatadas y un mayor consumo de vegetales, frutas y aceite de oliva durante el confinamiento comparado con su ingesta habitual.

Resulta interesante también el hecho de que algo más de la mitad de los participantes (57,3%) declararon haber disminuido la ingesta de alcohol, aunque también su actividad física (59,6%). Además, durante las primeras etapas del confinamiento, la mayoría de los participantes afirmaron no haber experimentado cambios en la frecuencia del cocinado o en el consumo de aperitivos y comida rápida, y el 63,7% de los participantes declararon no estar comiendo más durante el confinamiento.

Hay que señalar también que, a pesar de la falta de suministros de alimentos al inicio del confinamiento, tan solo un 28% de los participantes experimentó alguna dificultad a la hora de encontrar algunos alimentos, siendo la carne (23.83%), las verduras (13,8%) y el pescado (12,1%) los mayoritarios.

COVIDiet es un proyecto con proyección internacional, liderado por la investigadora Celia Rodríguez Pérez, del departamento de Nutrición y Bromatología de la Universidad de Granada, en el que han participado investigadores de prestigio de 16 países: España, Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, Croacia, Dinamarca, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Polonia, Serbia, Eslovenia, Montenegro, Alemania y Turquía.

Tras evaluar el comportamiento alimentario de parte de la población española durante el confinamiento, el siguiente paso del proyecto COVIDiet es conocer y comparar de qué manera el confinamiento debido al COVID-19 ha influido en el comportamiento alimentario de la población de los diferentes países implicados en el estudio.

“Aunque la adherencia a la Dieta Mediterránea durante en confinamiento ha aumentado, lo españoles estamos todavía lejos de llevar una buena alimentación en cuanto a Dieta Mediterránea se refiere. Por ello, debemos mantener los comportamientos saludables adquiridos durante este período para lograr que se conviertan en hábitos. Sólo así podremos conseguir un estado de salud óptimo que tenga un impacto positivo en la prevención de enfermedades crónicas, así como en las complicaciones derivadas del COVID-19”, señalan los autores.
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Trabajo de referencia | Celia Rodríguez-Pérez, Esther Molina-Montes, Vito Verardo, Reyes Artacho, Belén García-Villanova, Eduardo Jesús Guerra-Hernández and María Dolores Ruíz-López. Changes in Dietary Behaviours during the COVID-19 Outbreak Confinement in the Spanish COVIDiet Study. Nutrients 2020, 12(6), 1730; https://doi.org/10.3390/nu12061730. Available online on: https://www.mdpi.com/2072-6643/12/6/1730/htm
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Dormir poco y tener un sueño variable dificulta la pérdida de peso


Los resultados forman parte del estudio Predimed-Plus, y se han obtenido tras el seguimiento durante un año de casi 2.000 pacientes con sobrepeso y síndrome metabólico.
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Tener un patrón de sueño variable y de corta duración se asocia con dificultades para reducir peso y grasa corporal. Esta es una nueva conclusión del estudio Predimed-Plus, Prevención con Dieta Mediterránea, que ha publicado en el número de junio de International Journal of Obesity. Se trata del primer trabajo que examina si la calidad del sueño puede tener relación con la pérdida de peso y la reducción del tejido adiposo.

En su estudio, los investigadores de la Unidad de Nutrición Humana de la Universitat Rovira i Virgili en colaboración con otros grupos de investigación del estudio Predimed Plus evaluaron los cambios en el peso y la adiposidad -la grasa corporal- de los 1.986 individuos que participaron en el estudio durante todo un año y que presentaban sobrepeso, obesidad y síndrome metabólico. Los pacientes siguieron un programa intensivo de intervención en el estilo de vida para perder peso, basado en una dieta mediterránea baja en calorías, realización de actividad física y terapia conductual. Los investigadores observaron que aquellos que tenían una alta variabilidad del sueño -no dormir las mismas horas cada noche- al inicio del estudio presentaron una menor pérdida de peso a los 12 meses de seguimiento. Además, tener un sueño variable y dormir poco -menos de 6 horas diarias- se asoció a una menor disminución del índice de masa corporal y de la circunferencia de la cintura, respectivamente.

Estos resultados ponen de manifiesto que adoptar medidas para conseguir un patrón de sueño adecuado puede tener un impacto a la hora de mantener el peso y prevenir otras alteraciones metabólicas asociadas al exceso de grasa corporal.

El estudio lo ha encabezado Christopher Papandreou, investigador principal de la Unidad de Nutrición Humana del Departamento de Bioquímica y Biotecnología de la URV y por Jordi Salas-Salvadó, director de la Unidad, Director Clínico de Nutrición del Servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario de Sant Joan de Reus, investigador principal CIBERobn, y ambos miembros del Instituto de Investigación Sanitaria Pere i Virgili (IISPV).
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Referencia | C.Papandreou, M.Bulló, A. Díaz-López, M.A. Martínez-González, D. Corella, O.Castaér. J. Vioque, D. Romaguera, A. J. Martínez, N.Pérez-Farinós, J. López-Miranda, R. Estruch, A. Bueno-Cavanillas, A.Alonso-Gómez, J.A. Tur, F.J. Tinahones, L. Serra-Majem, V.Martin, J. Lapetra, C. Vazquez, X. Pintó, J. Vidal, L. Damiel, M. Delgado-Rodriguez, E. Ros, I. Abete, J. Barón-López, A. Garcia-Arellano, J. V. S., N. Babio, H. Schröder, E. Toledo, M. Fitó & J. Salas-Salvadó. High sleep variability predicts a blunted weight loss response and short sleep duration a reduced decrease in waist circumference in the PREDIMED-Plus Trial. Int J Obes (Lond). DOI: https://doi.org/10.1038/s41366-019-0401-5
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