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Los carbohidratos han sido una excelente fuente de calorías a lo largo de nuestra historia evolutiva, cuando obtener suficientes alimentos era una lucha constante. Científicos de EE.UU. han descubierto que el gen de la saliva responsable de digerir el almidón podría haberse duplicado por primera vez hace más de 800.000 años, antes de la llegada de la agricultura.
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El equipo ha descubierto que la duplicación del gen de la amilasa salival (AMY1) ha tenido un papel clave en la adaptación humana a dietas ricas en carbohidratos / Imagen de mscoeraeliey en Pixabay
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Nuestra atracción por las patatas fritas, la pasta, el pan o los dulces viene de un gen, responsable de la digestión del almidón en la saliva, que se duplicó cuando aún habitábamos en cavernas. Así lo afirma un estudio que se publica esta semana en la revista Science.
Científicos de la Universidad de Búfalo y del Laboratorio Jackson, ambos en EE UU, han desvelado que la duplicación del gen de la amilasa salival (AMY1) ha tenido un papel clave en la adaptación humana a dietas ricas en carbohidratos.
El trabajo muestra cómo las primeras copias de este gen sentaron las bases de la amplia variación genética que aún existe hoy en día y que influye en la eficacia con la que los humanos digieren los alimentos ricos en almidón. El AMY1 no solo puede haber contribuido a dar forma a la adaptación humana a los alimentos ricos en féculas, sino que su duplicación pudo haberse producido hace más de 800.000 años, mucho antes de la llegada de la agricultura e incluso antes de que los humanos y los neandertales divergieran, destacan los autores.
“Cuantos más genes de amilasa se tengan, más de esta enzima se puede producir y más almidón se podrá digerir eficazmente”, explica Omer Gokcumen, coautor del trabajo e investigador de la Universidad de Búfalo.
Gokcumen comenta a SINC que lo más sorprendente del estudio fue “la gran variabilidad estructural que observamos en esta región del genoma, algo bastante raro en genes que codifican proteínas”.
Duplicaciones de “una antigüedad fascinante”
Además, agrega, “fue fascinante descubrir la antigüedad de las copias iniciales. Estas primeras duplicaciones hicieron que la región fuera mutablemente inestable, lo que sigue impulsando la variación que vemos hoy en día”.
Los investigadores analizaron el ADN de 68 humanos antiguos, entre ellos un espécimen de 45.000 años de antigüedad de Siberia, y hallaron que los cazadores-recolectores preagrícolas ya contaban con entre cuatro y ocho copias del gen AMY1, lo que indica que la capacidad de digerir almidón ya era un rasgo importante antes de la domesticación de plantas.
El uso de tecnologías avanzadas como la secuenciación de lectura larga permitió a los investigadores mapear esta región del genoma con un detalle sin precedentes. “Antes, las técnicas de lectura corta no podían diferenciar con precisión entre copias del gen debido a su naturaleza repetitiva”, explica Gokcumen.
Los alimentos ricos en almidón son una excelente fuente de calorías y, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, conseguir suficientes alimentos fue una lucha constante.
“Es probable que nuestros ancestros ansiaran alimentos ricos en calorías, sobre todo en épocas de hambruna. Un alimento rico en calorías como la tortilla española habría sido un sueño para nuestros antepasados en la sabana”, bromea el investigador.
Un impulso codificado en nuestra genética
“Este fuerte impulso por los hidratos de carbono está codificado en parte en nuestra genética. La variación en el gen AMY1 puede desempeñar una función en la forma en que saboreamos y metabolizamos los alimentos ricos en almidón, pero se necesita más investigación para comprender plenamente su impacto”, subraya.
Respecto a la conexión entre la variación genética de este gen y su impacto en la salud metabólica actual, Gokcumen dice que “aún se debaten los mecanismos exactos por los que el AMY1 afecta a la salud humana”.
Lo que esta investigación deja claro, recalca, “es que que AMY1 se ha mantenido e incluso duplicado adaptativamente para conferir algunas ventajas biológicas en el linaje humano por razones evolutivas”.
Sin embargo, “aún no está claro si el efecto principal es directamente metabólico (relacionado con la digestión), sensorial (cómo percibimos los alimentos ricos en almidón) o indirecto a través del microbioma, o una combinación de estos”.
Además, señala Gokcumen, “los efectos de la variación de AMY1 dependen en gran medida de la dieta. Por ejemplo, “el número de copias de este gen puede tener un impacto mínimo en alguien que sigue una dieta cetogénica –baja en carbohidratos–. Nuestro estudio sienta las bases para comprender mejor estas complejidades”.
Copias en neandertales y denisovanos
Los autores encontraron pruebas de replicaciones del gen AMY1 tanto en neandertales como en denisovanos.
Según aclara Gokcumen, “si estas copias son idénticas por descendencia, esto sugeriría que las duplicaciones iniciales se produjeron antes de que los humanos y los neandertales divergieran, potencialmente hace 800.000 años”.
Sin embargo, prosigue, “también es posible que influyera la mezcla entre las primeras poblaciones humanas y los primeros homininos, o que se produjeran copias independientes en ambos linajes. Se necesitan más investigaciones para aclarar estas posibilidades. En cualquier caso, nuestro estudio demuestra claramente que las copias iniciales son anteriores a la agricultura”, reitera.
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Trabajo de referencia | Feyza Yılmaz et al.“Reconstruction of the human amylase locus reveals ancient duplications seeding modern- 2 day variation”. Science.(2024)
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Una investigación evidencia que las personas que cultivan un huerto comen más fibra, realizan más actividad física y padecen menos estrés y ansiedad.
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Un ensayo aleatorizado y controlado de jardinería comunitaria evidencia que las personas que empiezan a cultivar un huerto comen más fibra y hacen más actividad física, dos formas de reducir el riesgo de cáncer y enfermedades crónicas. Además, también disminuyen significativamente los niveles de estrés y ansiedad. Los resultados del estudio, dirigido por un equipo científico de la Universidad de Colorado Boulder, en colaboración con el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), centro impulsado por la Fundación "la Caixa", se publicaron el 4 de enero en la revista Lancet Planetary Health.
"Estos hallazgos proporcionan evidencia concreta de que la jardinería comunitaria podría desempeñar un papel importante en la prevención del cáncer, las enfermedades crónicas y los trastornos de salud mental", señala Jill Litt, autora principal del estudio, investigadora de ISGlobal y profesora del Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad de Colorado Boulder.
Litt ha dedicado gran parte de su carrera a buscar formas asequibles, escalables y sostenibles de reducir el riesgo de enfermedades, especialmente entre las comunidades con rentas bajas. La jardinería parecía un lugar ideal para empezar. "Vayas donde vayas, la gente dice que hay algo en la jardinería que les hace sentirse mejor", afirma, pero es difícil encontrar datos científicos sólidos sobre sus beneficios.
Algunos pequeños estudios observacionales han revelado que las personas que cultivan un huerto tienden a comer más fruta y verdura y a tener un peso más saludable. Pero no está claro si las personas más sanas tienden simplemente a cultivar un huerto o si la jardinería influye en la salud. Solo tres estudios han aplicado el ensayo controlado aleatorizado. Ninguno se ha centrado específicamente en la jardinería comunitaria.
Para llenar este vacío, se reclutaron a 291 adultos de la zona de Denver (Colorado, Estados Unidos) que no practicaban la jardinería, con una media de edad de 41 años. Más de la mitad procedían de hogares con bajos ingresos. Del conjunto de participantes, la mitad se asignó al grupo de jardinería comunitaria, mientras que la otra mitad constituyó un grupo de control que debía esperar un año para empezar a cultivar un huerto. Ambos grupos realizaron encuestas periódicas sobre su ingesta nutricional y su salud mental, se sometieron a mediciones corporales y llevaron monitores de actividad.
Más fibra y mejor salud mental
Los participantes en el grupo de jardinería consumían, de media, 1,4 gramos más de fibra al día que los del grupo de control, lo que supone un aumento del 7%. Los autores señalan que la fibra ejerce un profundo efecto en las respuestas inflamatorias e inmunitarias, e influye en todos los aspectos, desde cómo metabolizamos los alimentos hasta la salud de nuestro microbioma intestinal y la susceptibilidad a la diabetes y ciertos tipos de cáncer. Además, este grupo también aumentó sus niveles de actividad física en unos 42 minutos a la semana.
Los participantes en el estudio también vieron cómo disminuían sus niveles de estrés y ansiedad, siendo los más estresados y ansiosos los que experimentaron una mayor reducción de sus problemas de salud mental.
La conexión social también es importante. "Incluso si vienes al huerto con la intención de cultivar tus propios alimentos en un lugar tranquilo, empiezas a mirar la parcela de tu vecino y a compartir técnicas y recetas, y con el tiempo las relaciones florecen", dice Litt, señalando que, aunque cultivar un huerto es bueno por sí mismo, hacerlo en comunidad puede tener beneficios adicionales. "No se trata solo de frutas y verduras. También se trata de estar en un espacio natural al aire libre junto a otras personas".
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Trabajo de referencia | Litt J, Alaimo K, Harrall K, Hamman R, Hébert J, et al. Effects of a community gardening intervention on diet, physical activity, and anthropometry outcomes in the USA (CAPS): an observer-blind, randomised controlled trial. The Lancet Planetary Health. Volume 7, Issue 1, January 2023. https://doi.org/10.1016/S2542-5196(22)00303-5
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La idea de que las lentes de contacto solo sirven para sustituir a las gafas ha quedado atrás, ya que están empezando a ofrecer nuevas soluciones terapéuticas, estéticas y tecnológicas.
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Más de la mitad de la población necesita utilizar algún sistema de corrección visual, gafas o lentes de contacto. De hecho, las lentillas tienen una importante cuota de mercado entre las personas que sufren algún problema de visión y por eso, tradicionalmente, solo pensamos en ellas como una alternativa al uso de las gafas. Sin embargo, hoy en día, con el avance de la investigación científica y de la tecnología, sus aplicaciones se han multiplicado. Por sorprendente que pueda parecer, son terapéuticas, pueden medir aspectos clave de nuestro estado de salud y tener una novedosa función estética.
Basta con echar un ojo a páginas como visiondirect.es para ver la enorme variedad de lentes de contacto que nos ofrece el mercado. Pero ¿qué hay más allá de la corrección de defectos como la miopía, el astigmatismo o la hipermetropía? Es evidente que el aspecto estético es uno de los motivos que nos puede impulsar a hacernos con ellas. Sí, incluso si no necesitamos corregir ninguno de estos defectos, podemos comprar lentillas azules sin graduar. Si lo preferimos, también pueden ser verdes, moradas, marrones, grises o de color avellana. Sin duda, los ojos son esenciales la imagen de una persona y no es extraño jugar con este elemento como una parte más de nuestro estilo personal.
Sin embargo, hay usos mucho más increíbles. Ya hay lentes de contacto que nos permiten monitorizar nuestro estado de salud. ¿Cómo? Analizando los niveles de glucosa que, no solo se pueden medir en la sangre, sino también en las lágrimas. Sin duda, las grandes beneficiadas son las personas diabéticas, que necesitan controlar su azúcar. Sin que tengan que hacer nada (nuestros ojos producen lágrimas continuamente para estar hidratados), este tipo de lentes de contacto cuenta con una capa de sensores y chips que detecta la cantidad de glucosa. Los datos se envían a través de una antena más delgada que un cabello y permiten avisar por medio de otro dispositivo si las cifras se salen de lo normal.
No menos interesante es el uso terapéutico de las lentillas. Básicamente, se trata de aprovechar el contacto directo con el ojo para que formen parte de algún tipo de tratamiento: curar heridas de la córnea, mejorar los problemas de ojo seco o tratar edemas y úlceras corneales. En esta línea, se está avanzando mucho en la utilización de lentes de contacto como reservorio de fármacos. Es decir, que contienen un medicamento y lo liberan poco a poco, provocando menos daños que con otras alternativas.
Finalmente, en la era de los wearables no podían dejar de aparecer las “lentillas inteligentes”. Es cierto que, por el momento, nada parece que pueda llegar a sustituir a la pantalla de nuestros teléfonos móviles, pero en los últimos años se han desarrollado muchos otros gadgets, desde gafas a relojes inteligentes. Lo más novedoso en este campo son las lentes de contacto. ¿Qué utilidad podrían tener? Imaginemos que tenemos que hacer una presentación o dar un discurso y nos aparecen las frases en nuestro campo de visión gracias a las lentillas de tenemos puestas. El tiempo dirá si triunfan.
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Demuestran que la acumulación en la epidermis de fenoles, sustancias que dan olor y color al fruto, lo protege frente a daños como el agrietado, así como de las altas temperaturas y los rayos ultravioletas.
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Un equipo multidisciplinar formado por expertos del
Instituto de Ciencias Materiales de Sevilla (ICMS-CSIC) y los departamentos de Biología Molecular y Bioquímica y de Mejora Genética y Biotecnología del Instituto de Hortofruticultura Subtropical y Mediterránea ‘La Mayora’ (IHSM-CSIC) ha comprobado que ciertos compuestos orgánicos de la piel del tomate intervienen en la resistencia al agrietado y la protección frente a la temperatura y la luz ultravioleta. En concreto, la capacidad de resguardo del calor y los rayos del sol varía según la modificación del grosor de la cutícula y de la acumulación de fenoles, compuestos orgánicos que determinan el color y aroma del fruto de tomate.
Tras realizar pruebas físicas y mecánicas, los expertos han concluido que el bloqueo de la parte más dañina de la radiación ultravioleta, denominada UV-B, es casi del 100% en cualquier estado de maduración. La origina la presencia de derivados del ácido cinámico, un componente natural presente de la pigmentación de la piel del tomate.
Por otro lado, la protección frente a la fracción UV-A, la menos perjudicial y responsable entre otras del bronceado de la piel humana, crece con el desarrollo del fruto y alcanza prácticamente el 100% cuando está maduro. En este caso intervienen tanto el aumento de grosor de la cutícula como la acumulación de un pigmento denominado flavona chalconaringenina, que además, robustece la piel del fruto.
En este estudio titulado ‘The Response of Tomato Fruit Cuticle Membranes Against Heat and Light’ y publicado en la revista Frontiers in Plant Science, los expertos realzan el papel de la cutícula, la parte más externa de la piel del tomate, como agente protector frente a estreses ambientales como la radiación nociva, el daño térmico y mecánico y la pérdida de agua.
Además, ayuda a regular la transferencia de calor con el medio. “La acumulación de fenoles es una herramienta muy eficaz para modular la cantidad de radiación ultravioleta que llega a los tejidos internos y constituye una estrategia de las plantas para adaptarse a los niveles ambientales de luz solar”, explica a la Fundación Descubre José Jesús Benítez, investigador del Instituto de Ciencias Materiales de Sevilla y uno de los autores de este trabajo.
La acumulación de compuestos fenólicos también controla otros parámetros físicos de la cutícula de tomate, como, por ejemplo, la temperatura de transición vítrea. Se produce cuando el material pasa de un estado rígido a otro de mayor fluidez estructural y condiciona el paso de moléculas de agua y gases desde y hacia el exterior del fruto. “Del mismo modo que la piel controla la integridad del fruto, también regula el intercambio de agua y gases. La clave es conocer los mecanismos que lo controlan y diseñar las estrategias para evitar el deterioro de calidad del fruto”, detalla Benítez.
Para obtener estos resultados, los expertos han trabajado con plántulas de tomate de la especie Solanum lycopersicum L. ‘Cascada’ cultivadas sobre sustrato de fibra de coco en un invernadero a prueba de insectos. En concreto, aislaron esta capa de los frutos y la sometieron a ensayos mecánicos y térmicos para determinar su elasticidad y respuesta a la temperatura. Comprobaron que el comportamiento mecánico y térmico de la cutícula depende directamente del contenido en fenoles. Con ello, se abren nuevas vías de estudio para determinar qué genes determinan los mecanismos de control de la calidad del fruto.
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El desperdicio alimentario en las agrotiendas, cooperativas agrarias y paradas de agricultores es de entre el 1% y el 2%, un porcentaje muy inferior al de los supermercados, donde del 5% al 10% de las frutas y hortalizas acaban en la basura.
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Así se desprende de un estudio del Institut de Ciència i Tecnología Ambientales de la Universidad Autònoma de Barcelona (ICTA-UAB) desarrollado en el marco de un proyecto que pretende contribuir a la creación de municipios resilientes que puedan hacer frente a situaciones de vulnerabilidad en materia alimentaria como la generada por la pandemia de Covid19.
El 80% de los alimentos mundiales se consumen en las ciudades, donde también se concentra el 70% de la generación de residuos. El proyecto PANDÈMIES - “Municipios resilientes a las pandemias mediante el nexo de agricultura de proximidad, energía, agua y residuos. Del piloto al municipio” pretende reducir el desperdicio alimentario, acercar la producción sostenible a los consumidores en las ciudades y concienciar a la población sobre este problema global.
El estudio compara el nivel de desperdicio alimentario de frutas y verduras en los establecimientos de cadena de distribución larga (supermercado, hipermercado) que suministran al 81% de la población, con los de cadena corta (agrotiendas, cooperativas agrarias y venta directa del agricultor), que abastecen al 19% de la población.
El desperdicio en agrotiendas y cooperativas es hasta un 80% menor que en los supermercados debido a que, en este tipo de establecimientos, se establece una mayor relación entre el comprador y el vendedor, que fomenta el consumo de alimentos más variados y de temporada. Asimismo, los clientes suelen tener una mayor conciencia ambiental y tienden a adquirir productos más “feos” estéticamente, la mayoría de los cuales no llegan a los supermercados. Según Pietro Tonini, investigador del ICTA-UAB responsable de este estudio, “entre un 10 y un 15% de lo que se cultiva se queda en el campo debido a exigencias estéticas, a la saturación del mercado o a precios demasiado bajos, unas cifras que no se contabilizan como desperdicio alimentario”.
El estudio, realizado con la colaboración del Ayuntamiento de Sabadell a partir de datos del Parc Agrari de Sabadell y de la cooperativa El Rodal, pone de manifiesto que quienes compran en supermercados/hipermercados suelen hacer un consumo más elevado de productos ultraprocesados, un tipo de alimentos que ha aumentado tras la pandemia. Por el contrario, los clientes de agrotiendas y cooperativas consumen más cantidad de productos frescos, dedican más tiempo a cocinar, y tienen una mayor conciencia ambiental y sobre la alimentación saludable.
Se estima que la distribución de cadena larga desperdicia 60 millones de toneladas de productos alimentarios cada año en Europa, es decir, entre 35 y 38 kilogramos por persona y año. “Esto significa que más de una tercera parte de lo que producimos se desperdicia: un dato terrible”, explica Pietro Tonini quien destaca que, por fortuna, la cadena corta de distribución está creciendo en los países del Mediterráneo.
El objetivo del proyecto es concienciar y promover entre la producción alimentaria sostenible entre la población, acercando la producción al consumidor. “En la actualidad, los mayoristas importan los productos de lejos, de manera que estamos rompiendo el sistema que hay en torno a las ciudades”, concluye Pietro Tonini.
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El 23% de los españoles afirma haber hecho acopio de alimentos por si acaso desde el inicio de la guerra. Según los expertos, limitar el número de productos aumenta la sensación de pánico e inseguridad en el consumidor y lo incita a un mayor aprovisionamiento.
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Núria Bigas Formatjé | UOC
El consumo de aceite de girasol que tiene un español durante todo un año es de 4 litros; desde el inicio de la guerra en Ucrania, el gasto que están haciendo algunos consumidores es de 5 litros al mes. Esta reacción es lo que los expertos consideran "efecto acopio". "Es la acción que realiza un consumidor al comprar más productos de los que realmente va a consumir en un período corto de tiempo para tenerlos como reserva en sus despensas. Se trata de un comportamiento que normalmente se produce debido a la falsa sensación de desabastecimiento de ciertos productos o por el anuncio de un encarecimiento de la materia prima que le lleva a comprar el producto en este momento y en mayor cantidad, antes de que suba de precio", explica Cristian Castillo, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
Crece la incertidumbre, sube la compra emocional, el acopio
La guerra en Ucrania y los posibles problemas económicos y de suministro derivados de este conflicto han hecho que crezca la incertidumbre en los consumidores. Según el observatorio de 40dB de abril de 2022, el 92% de los españoles cree que la guerra entre Rusia y Ucrania afecta negativamente a la economía española y solo un 3% niega que sea así. "En época de crisis económica, o cuando se producen situaciones que generan incertidumbre sobre el tiempo que pueden prolongarse y la posibilidad de que se agraven, el consumidor tiene una sensación de pérdida de seguridad y desarrolla un comportamiento de compra compulsiva (emocional)", explica Neus Soler, profesora colaboradora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC. En esta misma línea, Juan Carlos Gázquez-Abad, también profesor colaborador de estos Estudios, afirma que "efectivamente, por una parte, lo emocional derivado de una situación extrema y complicada hace que los consumidores se vuelvan más sensibles a todo lo relacionado con el entorno e intenten maximizar su sensación de seguridad. Pero, por otra parte, lo racional hace al consumidor intentar reducir los gastos lo máximo posible, incrementar el ahorro y sentir que la situación está 'bajo control'".
Limitar la compra aumenta el pánico y la inseguridad
El efecto acopio explica, en parte, las imágenes de estantes vacíos de algunos productos en muchos supermercados, sobre todo aceite de girasol y leche. Según el barómetro de abril de 40dB, casi el 23% de los españoles afirma haber hecho acopio de alimentos "por si acaso" desde el inicio de la guerra y un 25% no lo ha hecho pero se lo ha planteado. "Una situación como la actual, de incertidumbre económica, en la que la ciudadanía recibe constantemente noticias sobre 'lo que se nos viene encima', o sobre 'el posible desabastecimiento de ciertos productos', provoca una reacción totalmente emocional de protección que impulsa a la compra de más productos de los necesarios… todo bajo la premisa del 'por si acaso'", detalla Castillo, también investigador del grupo Sustainability and Management Research Group.
Para controlar este acopio, algunos grandes almacenes pusieron límite a las compras de ciertos productos y, recientemente, el gobierno ha optado por limitarlas, modificando la Ley de Comercio Minorista y permitiendo el racionamiento "ante circunstancias extraordinarias o de fuerza mayor". "Estas decisiones aumentan la sensación de desabastecimiento en los consumidores y provocan también un aumento del 'pánico' y de la inseguridad sobre lo que va a pasar en el futuro que, a su vez, conducen a un mayor acopio de productos", advierte Gázquez-Abad. Soler añade que otra consecuencia negativa es que el aumento de la demanda favorece que suban los precios. "Cuando el producto escasea y mucha gente quiere conseguirlo, se está más predispuesto a pagar un precio más caro".
La pandemia no ayudó
Ya pasó con el papel higiénico, y es que la pandemia aumentó la compra emocional de este producto en tiempos de inestabilidad. "Cuando las experiencias que hemos vivido anteriormente han dejado un poso de intranquilidad en nosotros (con la pandemia aprendimos que la sensación de estar seguros se puede ver alterada en cualquier momento), ante una nueva situación excepcional o diferente se nos puede disparar enseguida la alarma, haciendo que reaccionemos de una forma exagerada", afirma Soler. En España, esta vez ha sido el aceite de girasol aunque, precisamente, es el principal productor mundial (30% del total mundial y el 41% en la Unión Europea). "Sin ninguna duda, ha sido una compra totalmente irracional, porque su suministro estaba totalmente garantizado. Es difícil explicar la causa de las compras masivas de aceite de girasol, porque fueron totalmente irracionales y, por lo tanto, de difícil explicación", comenta Castillo.
A pesar del miedo, existe una situación de desabastecimiento real provocado principalmente por "la pandemia, la guerra de Ucrania, la huelga de transportistas y el consumo irracional", explica Castillo, que añade que "es cierto que algunos productos pueden tener problemas de suministro puntuales, pero no es motivo de preocupación. Lo que sí es una realidad, es que los precios de los productos pueden continuar subiendo como consecuencia de la situación global". Algunos expertos aseguran que el desabastecimiento puede ser muy grave durante el mes de abril. "Si esta situación continúa como hasta ahora, en la que arrastramos las consecuencias de una huelga de transportistas y consumos irracionales de productos, la respuesta es sí. Efectivamente, podemos encontrarnos ante una situación muy complicada, especialmente para adquirir productos perecederos como la leche, la frutas o la verdura", concluye Castillo.
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Planificar muy bien cada compra y respetar los horarios de comida permiten evitar déficits y no subir de peso. La fruta, los fermentados o los frutos secos son buenas opciones para combatir los bajones anímicos. Hay que compensar la falta de luz solar con alimentos ricos en vitamina D.
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Carla Nieto, UOC | La situación actual impuesta por la COVID-19 ha supuesto un cambio radical de los hábitos y las rutinas habituales. Y eso incluye la alimentación en todas sus vertientes: desde la lista de la compra (que debe adaptarse a nuevas circunstancias de disponibilidad y acceso) hasta el tipo de dieta que debemos seguir.
Hay que cuidar la alimentación no solo para mantenerse saludable y en un peso adecuado, sino también para paliar posibles déficits o estados que pueden darse como consecuencia de no salir a la calle.
Las profesoras de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Unversitat Oberta de Catalunya (UOC) Alicia Aguilar y Anna Bach, ambas también investigadoras del grupo FoodLab de la UOC, aportan una serie de recomendaciones que pueden tenerse en cuenta para gestionar los menús diarios y adaptarlos a las circunstancias actuales:
— Las restricciones y las nuevas pautas de adquisición de alimentos implican la necesidad de hacer una compra razonable y, sobre todo, responsable, que cubra todas las necesidades nutricionales a ser posible con el menor número de productos. Y, en este sentido, la opción más recomendable es la dieta mediterránea, ya que está basada en alimentos fáciles de conseguir en el supermercado y, además, aporta muchos de los nutrientes necesarios en un contexto de confinamiento. "Es variada, equilibrada y rica en frutas y verduras que pueden consumirse tanto crudas como cocinadas y combinadas con otros alimentos. Una de sus principales bazas es su elevado aporte de antioxidantes, indispensables para reforzar el sistema inmune, que es otra de las cuestiones que deben tenerse en cuenta en este momento, para prevenir contagios", señala Anna Bach. La profesora ofrece algunos ejemplos de los "básicos" de esta dieta que habría que incluir en la cesta de la compra: fresas y naranjas (ambos, productos de temporada), verduras de hoja verde (ricas en ß-caroteno, un antioxidante fundamental para la inmunidad de la piel y las mucosas), tomates (ricos en licopeno, un potente antioxidante), legumbres (frescas o envasadas), cereales (preferiblemente integrales), pescados (grasos y azules)…
— En cuanto a la logística de los menús, Anna Bach señala que, como hay que evitar salir innecesariamente, lo mejor es planificar compras en las que se prioricen los alimentos frescos, locales y de temporada combinados con otros menos perecederos, de los que siempre puede echarse mano en la despensa: conservas, legumbres, cereales o congelados. Esta recomendación está en línea con las pautas que acaba de publicar la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), en las que se recuerda que en estos momentos las compras deben ceñirse a los productos necesarios, evitando improvisar con alimentos más calóricos y también dejando de lado los ultraprocesados, que suelen ser menos perecederos.
— Una de las grandes "pérdidas" que experimenta el organismo como resultado de esta situación es la privación de la exposición a la luz solar, lo que tiene como efecto colateral el aumento del riesgo de presentar un déficit de vitamina D. Tal y como explica Anna Bach, esta vitamina actúa en el metabolismo permitiendo la absorción de calcio "y, para obtenerla de manera natural, se necesita la luz solar, ya que, cuando esta entra en contacto con la piel, genera esta vitamina mediante una serie de procesos metabólicos".
Para paliar en la medida de lo posible la ausencia de luz solar, la mejor opción es aumentar la ingesta de alimentos ricos en vitamina D: "Entre ellos destacan los pescados azules (pueden ser en lata o en conserva) como las sardinillas, los boquerones, las anchoas, el atún… También están los lácteos (algunos, además, vienen enriquecidos con vitamina D) o los huevos. Todos ellos, además de su fácil conservación y de que suelen ser del agrado de toda la familia, pueden consumirse solos o como parte de diversas recetas, combinados con otros alimentos, de modo que se contribuye a llevar una dieta más variada", señala Alicia Aguilar.
— Por otro lado, es normal que la sensación que produce el confinamiento unida a la preocupación, la incertidumbre y el estrés generado por la situación que estamos viviendo desencadenen de forma puntual o mantenida estados de ansiedad y tristeza, los cuales se asocian a la apetencia de alimentos que proporcionan una gratificación inmediata pero que suelen ser hipercalóricos, muy ricos en azúcares y escasamente nutritivos. "Hay que intentar, en la medida de lo posible, no buscar en la comida la solución a un bajo estado anímico y controlar el hambre emocional, que lleva a comer de manera impulsiva y a escoger alimentos ready to eat, tipo snacks, chocolate, bollería, etc., que no son los más recomendables desde el punto de vista nutricional", afirma Alicia Aguilar.
Lo ideal, por tanto, es intentar no adquirir este tipo de productos (o, como «mal menor», limitar su consumo) y optar por alimentos que, como explica Anna Bach, pueden tener un efecto positivo en el estado de ánimo: los pescados grasos, ricos en ácidos grasos omega-3 (asociados a un menor riesgo de depresión); el chocolate negro, con compuestos que activan la química cerebral relacionada con el bienestar, o el pescado azul y las semillas de lino, imprescindibles para el buen funcionamiento del sistema nervioso central. "También son muy recomendables los alimentos fermentados (kéfir, yogur, kombucha, chucrut, kimchi…), pues son muy ricos en probióticos, garantes de una buena salud intestinal, un efecto muy importante teniendo en cuenta que hasta el 90 % de la serotonina (u hormona del bienestar) se produce en el intestino", afirma la profesora Bach.
Como "plan B" a los picoteos tipo aperitivo, Anna Bach recomienda frutas como los plátanos, «una estupenda fuente de azúcar natural, vitamina B6 y fibra prebiótica, nutrientes que trabajan de forma conjunta para mantener estables tanto los niveles de azúcar en la sangre como el ánimo». Las bayas, los arándanos y los frutos rojos (todos ellos ricos en antocianinas, antioxidantes que protegen el sistema nervioso) y los frutos secos (con moderación) son también buenas alternativas.
— El confinamiento y la menor actividad física favorecen el aumento de peso. Para evitar que la báscula se dispare de forma proporcional a la duración del estado de alarma en el que estamos, Alicia Aguilar recomienda mantener unas ciertas rutinas o hábitos en la manera de comer: "Respetar el número de comidas habitual (desayuno-comida-cena), moderando un poco la cantidad, puesto que es probable que haya un menor gasto energético debido a la reducción de la movilidad. Debe evitarse la acumulación de refrescos, snacks o bollería y, en su lugar, optarse por alimentos que haya que cocinar (arroz, pasta, legumbres, verduras, conservas de pescado…). Una buena idea es compartir la preparación de una nueva receta (y no necesariamente un postre) con alguien de la familia".
Comprar alimentos de forma segura
En cuanto al momento de hacer la compra, el decreto que regula el estado de alarma establece unas normas a las que hay que unir las emitidas por las distintas cadenas alimenticias, dirigidas a sus usuarios.
Pero, además, es muy importante respetar y tener siempre en cuenta unas pautas de higiene, fundamentales en un escenario de pandemia, y que explica Laura Soler, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC y experta en seguridad alimentaria: "antes de salir de casa, desinfectarse las manos; una vez en el establecimiento, mantener una distancia de uno-dos metros entre los consumidores y los trabajadores; utilizar guantes de un solo uso (que debe proporcionar el establecimiento) para tocar alimentos frescos, como la fruta y la verdura. También es importante evitar la contaminación cruzada entre los alimentos y cualquier fuente contaminante potencial como las superficies, el dinero, los teléfonos móviles… Y hay que recordar siempre que, si se tocan los carros, los estantes, las neveras y congeladores, en definitiva, cualquier superficie o el dinero al pagar (la mayoría de los establecimientos ya solo permiten hacerlo con tarjeta), no hay que tocarse después la cara y, siempre, limpiarse las manos con gel desinfectante o agua y jabón al finalizar la compra"..
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La Fundació Residus i Consum, Amigos de la Tierra y Surfrider Foundation Europe reclaman la prohibición de la distribución de las bolsas gratuitas de un solo uso. Los países de la Unión Europea tienen sobre la mesa a lo largo de este año la transposición de la Directiva en la que se han de incluir medidas para reducir el consumo de estas bolsas de usar y tirar.
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Los estados miembros de la UE, España incluida, solo tienen 4 meses para aprobar la transposición de la Directiva (UE) 2015/720, del Parlamento Europeo y del Consejo, aprobada el 29 de abril de 2015, para la reducción de las bolsas de plástico de un solo uso. Noviembre es el mes en el que España tendrá que definir objetivos y medidas para la reducción, y posible prohibición, de este objeto de consumo cotidiano: la bolsa de plástico de un solo uso. Sin embargo, se acercan los plazos y todavía no se ha tomado ninguna medida, mientras algunos países vecinos ya se han puesto en marcha, como Italia o Francia.
Anualmente en Europa se utilizan más de 100 mil millones de bolsas de plástico; se considera que en los últimos 10 años el consumo de este objeto se ha incrementado en un 47%. Según los últimos datos disponibles de Cicloplast, en España, cada ciudadano consume de media al año 238 bolsas de plástico: más de 97.000 toneladas, de las que apenas se recicla el 10%. De hecho, la mayoría de las bolsas terminan en vertederos, incineradoras o como residuos en el medio acuático. Las bolsas son objetos de uso cotidiano con una vida útil media muy reducida estimada en unos 12 minutos. Sin embargo, su coste ambiental es muy elevado: es un derivado del petróleo, se consume agua y energía para su producción y distribución y permanece en el entorno durante siglos. Sin olvidar los efectos directos sobre la fauna marina: se estima que son causa de muerte de unos 100.000 mamíferos marinos cada año.
Con ocasión del Día Internacional sin bolsas de plástico, celebración promovida por la Fundació Residus i Consum, los colectivos ecologistas solicitan una legislación incisiva, como la prohibición de la distribución gratuita de las bolsas de plástico de un solo uso a nivel nacional y la puesta en marcha de acciones autonómicas contundentes para reducir de forma efectiva las bolsas de plástico de un solo uso. Sin ir más lejos, en Marruecos y Francia, ya cuentan con una ley para prohibir las bolsas de plástico que ha entrado en vigor el 1 de julio de este año.
En la actualidad, el Programa Estatal de Prevención de Residuos se limita a recomendar a las administraciones locales realizar acuerdos voluntarios y acciones de sensibilización ciudadana. Por otro lado, el Plan Estatal Marco de Gestión de Residuos hace referencia a la transposición de la Directiva europea, 2015/720 todavía en proceso de elaboración. A nivel autonómico en Catalunya está en trámite una ley que prohibirá la distribución gratuita de bolsas de plástico a todos los establecimientos de cualquier actividad. La prohibición de la distribución gratuita es la medida más efectiva para cumplir con los objetivos de la Directiva Europea para la reducción de las bolsas de plástico de un solo uso. Además se deben implantar otras medidas complementarias como: políticas de apoyo a los comerciantes para facilitar y premiar el buen hacer, fomento del uso de bolsas reutilizables, preferiblemente de tela orgánica y eliminación de las bolsas de plástico en grandes superficies para la adquisición de fruta y la verdura entre otras.
Con el fin de dar visibilidad a la problemática e incrementar la sensibilidad ciudadana en el territorio español tendrán lugar acciones en varias comunidades autónomas de impulso y apoyo a las políticas de mitigación de este impacto. Surfrider España en el marco de los eventos de San Sebastián 2016 Ciudad Europea de la Cultura y su campaña europea ban the bag propondrá una pesca de residuos en un antiguo atunero y un workshop con un artista de vasco, que realizará una instalación sobre el impacto de la basura marina en un mamífero: la ballena. Fundació Prevenció de Residus i Consum organiza una acción en un mercado de Barcelona que ha conseguido reducir las bolsas en más de un 50% a través de una campaña en la que se han dejado de dar gratis. Se fotografiará a consumidores y comerciantes que usen alternativas reutilizables a la bolsa de plástico. Y se facilitarán bolsas reutilizables sin asas ideales para substituir las bolsas de plástico pequeñas que tanto se usan en frutas y verduras, otro de los retos para eliminar de nuestras vidas el plástico de usar y tirar..
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