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La investigación desafía la teoría convencional de que la transición del forrajeo a la agricultura impulsó el desarrollo de sociedades complejas y jerárquicas mediante la creación de excedentes agrícolas, y encuentra que la adopción de los cultivos de cereales es el factor clave.
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Universitat Pompeu Fabra | UPF
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Una investigación de la Universidad de Warwick, la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Universidad de Reichman, la Universidad Pompeu Fabra y la Barcelona School of Economics pone en entredicho la teoría convencional de que la transición del forrajeo a la agricultura impulsó el desarrollo de sociedades complejas y jerarquizadas al crear excedentes agrícolas en zonas de tierra fértil.
En El origen del Estado: ¿Productividad de la tierra o capacidad de apropiación?, publicado en el número de abril del Journal of Political Economy, una de las revistas más antiguas y prestigiosas de economía, los profesores Joram Mayshar, Omer Moav y Luigi Pascali demuestran que la elevada productividad de la tierra no conduce por sí sola al desarrollo de estados que recaudan impuestos.
La adopción de cultivos de cereales es el factor clave para la aparición de la jerarquía
Los autores teorizan que esto se debe a que la naturaleza de los cereales exige que se cosechen y almacenen en lugares accesibles, lo que hace que sean más fáciles de apropiar como impuesto que los cultivos de raíces, que permanecen en el suelo y son menos almacenables. Demuestran un efecto causal del cultivo de cereales en la aparición de la jerarquía utilizando pruebas empíricas extraídas de múltiples conjuntos de datos que abarcan varios milenios, y no encuentran un efecto similar para la productividad de la tierra.
Según el profesor Mayshar, investigador en la Universidad Hebrea de Jerusalén: "La teoría que vincula la productividad de la tierra y los excedentes con la aparición de la jerarquía se ha desarrollado a lo largo de algunos siglos y se ha convertido en algo convencional en miles de libros y artículos. Nosotros demostramos, tanto teórica como empíricamente, que esta teoría es errónea".
Para sustentar el estudio, Mayshar, Moav y Pascali desarrollaron y examinaron un gran número de conjuntos de datos que incluían el nivel de complejidad jerárquica de la sociedad; la distribución geográfica de parientes silvestres de las plantas domesticadas; y la idoneidad de la tierra para diversos cultivos para explorar por qué en algunas regiones, a pesar de miles de años de éxito agrícola, no surgieron estados que funcionaran bien, mientras que en otras surgieron estados que podían gravar con impuestos y proporcionar protección a las vidas y a la propiedad.
El profesor Pascali, investigador del Departamento de Economía y Empresa de la UPF i de la Barcelona School of Economics, explica que "gracias a estos nuevos datos, hemos podido demostrar que las jerarquías complejas, como las jefaturas y los estados complejos, surgieron en zonas en las que los cultivos de cereales, fáciles de gravar y expropiar, eran de facto los únicos disponibles. Paradójicamente, las tierras más productivas, aquellas en las que no sólo los cereales sino también las raíces y los tubérculos estaban disponibles y eran productivos, no experimentaron la misma evolución política".
También emplearon el experimento natural del Intercambio Colombino, el intercambio de cultivos entre el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo a finales del siglo XV que cambió radicalmente la productividad de la tierra y la ventaja productiva de los cereales sobre las raíces y los tubérculos en la mayoría de los países del mundo.
Pascali remarca que "la construcción de estos nuevos conjuntos de datos, la investigación de los estudios de caso y el desarrollo de la teoría y la estrategia empírica nos han llevado casi una década de duro trabajo. Estamos muy satisfechos de que el artículo se publique por fin en una revista con el prestigio de la JPE".
Por su parte, el profesor Moav, investigador en las universidades de Warwick y Reichman, afirma que "tras la transición del forrajeo a la agricultura, surgieron las sociedades jerárquicas y, finalmente, los estados tributarios. Estos estados desempeñaron un papel crucial en el desarrollo económico al proporcionar protección, ley y orden, lo que finalmente permitió la industrialización y el bienestar sin precedentes que se disfruta hoy en día en muchos países."
"La teoría convencional es que esta disparidad se debe a las diferencias en la productividad de la tierra. El argumento convencional es que hay que producir un excedente de alimentos antes de que un Estado pueda gravar las cosechas de los agricultores y, por tanto, que la alta productividad de la tierra desempeña el papel fundamental".
Mayshar añade que "hemos desafiado la teoría convencional de la productividad, sosteniendo que no fue un aumento de la producción de alimentos lo que condujo a jerarquías y estados complejos, sino la transición a la dependencia de los cereales apropiables que facilitan la tributación por parte de la élite emergente. Cuando se hizo posible la apropiación de los cultivos, surgió una élite tributaria que dio lugar al Estado”. "Sólo donde el clima y la geografía favorecían a los cereales, era probable que se desarrollara la jerarquía. Nuestros datos muestran que cuanto mayor es la ventaja productiva de los cereales sobre los tubérculos, mayor es la probabilidad de que surja la jerarquia”. Y remata: "La idoneidad de las raíces y los tubérculos altamente productivos es, de hecho, una maldición de la abundancia, que impidió la aparición de los estados e impidió el desarrollo económico".
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Un estudio del CSIC relaciona el tamaño de los animales domésticos y los hábitos de la ingesta de carne con los cambios socio-económicos entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía. La ganadería del pasado podría ayudar a desarrollar políticas más sostenibles que combatan el cambio climático, apoyando la ganadería extensiva y las razas adaptadas a los recursos locales.
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Un proyecto de la Institución Milá y Fontanals (IMF) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha analizado más de 200.000 restos animales en más de un centenar de yacimientos entre la Edad de Bronce (siglo XII a.C) y la Antigüedad tardía (siglo VI d.C). En este periodo, los cambios políticos y económicos determinaron la evolución del consumo de carne y, por tanto, la elección de las especies domésticas y su tamaño, llegando a aumentar un 30% en época romana. Este trabajo podría ser clave en el desarrollo de políticas más sostenibles que ayuden a combatir el cambio climático mediante una mejor integración de la ganadería extensiva, respetuosa con los recursos locales y con razas adaptadas a cada región.
“Los huesos enterrados bajo nuestros pies nos muestran cómo la ganadería se ha ido adaptando a los cambios políticos, económicos, ambientales y tecnológicos a lo largo de la historia”, explica Silvia Valenzuela Lamas, científica titular de la IMF-CSIC.
El proyecto ZooMWest, financiado con más de un millón de euros por el Consejo Europeo de Investigación (ERC, por sus siglas en inglés), detalla la evolución de la ganadería de la península Ibérica y el norte-centro de Italia a lo largo de 1.700 años. Sólo en el noreste, se han analizado más de 90.000 restos animales pertenecientes a 101 yacimientos ubicados en las regiones de Girona, Tarragona, Lleida y Barcelona. Este recorrido ganadero entre los siglos XIII a.C y VII d.C, es decir, entre la Edad del Bronce y la Antigüedad tardía, refleja el predomino de dos modelos productivos determinados por el contexto político y económico de cada época.
“En sistemas económicos más locales, la ganadería se ajusta a las condiciones ecológicas de cada zona y los animales son más pequeños. En cambio, en sistemas económicos más grandes, como en época romana, se prioriza la producción de cerdo y vacuno, y los animales son más grandes”, detalla la investigadora.
El estudio, publicado en varios artículos de acceso abierto, relaciona este último modelo con las políticas ganaderas actuales. El resultado es un sistema intensivo donde prima el número y el tamaño de las reses sobre su impacto en la biodiversidad y sobre su dependencia del comercio internacional. Por ejemplo, Europa importa cada año 27 millones de toneladas de productos de soja de todo el mundo para alimentación animal.
La utilización de técnicas innovadoras de computación y meta-análisis han permitido comprobar que las vacas actuales son aún mayores que en época romana, y que estas ya eran un 30% más grandes respecto a las de Edad del Hierro. Este tamaño permite obtener un mayor rendimiento de cada animal, pero también incrementa las exigencias de agua y comida para alimentarlo. “Actualmente, la producción de cereal en España no cubre las necesidades internas, en particular para alimentación animal, y por ello hay que importar millones de toneladas de soja y cereales cada año. La ganadería intensiva es muy dependiente del comercio a larga distancia y, si la cadena de suministro cae, se cae todo”, destaca la investigadora.
La información aportada por la arqueología podrá ser utilizada para encontrar métodos ganaderos que sean más sostenibles a largo plazo. Las claves se encuentran en modificar los hábitos de consumo de carne y en la promoción de granjas que hagan uso de recursos locales y renovables para mantener su producción. Estás prácticas podrían tener un impacto positivo en el cambio climático mediante el desarrollo de una ganadería más respetuosa con el entorno.
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Una investigación internacional liderada por la Universidad Complutense de Madrid demuestra que la relación entre evolución y cambio climático depende de la especialización ecológica de las especies.
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Image by Vincent Boulanger from Pixabay
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La capacidad de habitar muchos ambientes –especies generalistas– o pocos –especialistas– es el factor más importante en la adaptación de las diferentes familias de mamíferos terrestres y su evolución frente a los efectos del cambio climático, según una investigación internacional liderada por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
El estudio, publicado en Historical Biology, parte de la hipótesis de los años 80 de la paleontóloga Elisabeth S. Vrba sobre la especialización ambiental de las especies como elemento crucial a la hora de entender la evolución y diversificación de las especies.
“Ya habíamos analizado algunos grupos en anteriores trabajos, pero esta es la primera vez que incluimos información de todas las especies de mamíferos terrestres, más de 5000 repartidas en 153 familias, para examinar esta cuestión” destaca Manuel Hernández Fernández, investigador del Departamento de Geodinámica, Estratigrafía y Paleontología de la UCM y del IGEO.
Los biomas son grandes unidades ecológicas definidas por sus condiciones ambientales; algunos ejemplos incluyen el bosque caducifolio o el matorral esclerófilo.
Las especies capaces de ocupar distintos biomas (generalistas) sufren menos las alteraciones debidas a cambios climáticos, ya que son capaces de aprovechar recursos con distinto origen, y pueden mantenerse sin cambios durante largos periodos de tiempo.
Por su parte, las especies que sólo pueden vivir en un bioma (especialistas) se ven muy afectadas por cambios climáticos que pueden fragmentar sus poblaciones y se diversificarán más.
“Si esta fragmentación se mantiene suficiente tiempo como para que el flujo genético se interrumpa entre ellas, puede dar lugar a la diferenciación de una especie distinta en cada uno de esos fragmentos poblacionales. Esto se refleja en una sobreabundancia de especies especialistas sobre las generalistas”, explica Hernández Fernández.
No obstante, añade, esta mayor capacidad de diversificación tiene la contrapartida de una mayor vulnerabilidad ante los cambios climáticos.
Biomas extremos, más favorables a la diversificación
Para llevar a cabo el estudio, se han recogido datos de distribución de cada especie, considerando qué biomas habitan. Esto ha permitido, además de corroborar la hipótesis, establecer que ciertos biomas representan lugares especialmente favorables para la diversificación de especies especialistas.
“Se trataría de los biomas que se sitúan en los extremos climáticos de nuestro planeta, que sufren mayores alteraciones a causa de las variaciones en el clima terrestre”, indica el paleontólogo de la UCM, que los enumera: las selvas ecuatoriales (extremo cálido-húmedo), los desiertos subtropicales (cálido-seco), las estepas (frío-seco) y las tundras (frío-húmedo)”.
También se ha observado una gran variabilidad entre las distintas familias y biomas, asociada a la heterogeneidad ambiental de estos, así como a la historia evolutiva y las diferencias fisiológicas de cada familia, que condicionan la capacidad de sus especies para sobrevivir o colonizar un nuevo bioma.
“Esto se debe a que además de la especialización ecológica, los procesos de diversificación asociada a los cambios climáticos también deben verse afectados por otros factores, los cuales todavía estamos lejos de entender plenamente”, añade Emilia Galli, coautora del trabajo y también investigadora de la UCM.
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Un equipo internacional de científicos, liderado por la Universidad de Granada (UGR), identifica por primera vez un conjunto de 267 genes relacionados con la creatividad y que diferencian al Homo Sapiens del Homo Neanderthalensis (Neandertal) y del chimpancé. La investigación apunta que estos genes supusieron su ‘arma secreta’ para evitar la extinción.
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La creatividad, el ‘arma secreta’ del Homo Sapiens, supuso una gran ventaja frente a los Neandertales jugando un papel importante en su supervivencia. Así lo considera un equipo internacional de científicos, liderado por la Universidad de Granada (UGR), que ha identificado por primera vez un conjunto formado por 267 genes que diferencian al Homo Sapiens del Neandertal.
Este importante hallazgo científico, publicado en la prestigiosa revista Molecular Psychiatry (Nature), apunta que estas diferencias genéticas relacionadas con la creatividad fueron las que permitieron a los Sapiens desplazar a los Neandertales en el pasado. Es la creatividad la que confirió al Homo Sapiens ventajas más allá de las puramente cognitivas, favoreciendo una mayor adaptación al medio que a los homínidos hoy extintos, al proporcionales una mayor resistencia al envejecimiento, las lesiones y las enfermedades.
Este hallazgo es el resultado de una investigación interdisciplinar que aúna la Inteligencia Artificial (IA), Genética Molecular, Neurociencias, Psicología y Antropología, y supone el quinto artículo consecutivo que publica este equipo de investigadores en una de las más prestigiosas revistas científicas del área describiendo la personalidad humana.
Los 267 genes identificados como exclusivos del Homo Sapiens por estos científicos forman parte de un grupo más grande de 972 relacionados con la personalidad en adultos sanos, descubiertos también por los mismos autores. En trabajos anteriores, demostraron que esos 972 genes están organizados en 3 redes casi disjuntas de características de la personalidad y que integran el aprendizaje y la memoria.
Evolución de las redes genéticas
“Estas redes han evolucionado de una manera escalonada. La más primitiva surgió en monos y simios hace unos 40 millones de años, y es responsable de la reactividad emocional, es decir, regula los impulsos, el aprendizaje de hábitos, el apego social y la resolución de conflictos”, explican los investigadores de la UGR. Hace menos de 2 millones de años surgió la segunda red, que regula el autocontrol intencional, es decir, la autodirección y cooperación para el beneficio mutuo. Por último, hace unos 100.000 años surgió la red de autoconciencia creativa.
El estudio que se publica esta semana puso de manifiesto que los genes de la red más antigua, la de reactividad emocional, eran casi idénticos en Sapiens, Neandertal y chimpancé. Sin embargo, los genes de autocontrol y autoconciencia de los neandertales estaban a medio camino entre los de los chimpancés y el Homo Sapiens.
La mayoría de estos 267 genes que distinguen a los humanos modernos de los Neandertales y chimpancés son genes reguladores de ARN y no genes codificadores de proteínas. Estos últimos son casi todos iguales en las tres especies y esta investigación pone de manifiesto que lo que las distingue es la regulación de la expresión de sus proteínas por los genes que se encuentran solo en humanos. Mediante el uso de marcadores genéticos, datos de expresión génica y de imágenes de resonancia magnética de cerebro integradas en base a técnicas de Inteligencia Artificial, los científicos pudieron identificar las regiones en las que esos genes y los genes con los que interaccionaban estaban sobreexpresados. Estas regiones están involucradas en la autoconciencia y la creatividad humanas, incluidas aquellas regiones fuertemente asociadas con el bienestar humano y de reciente aparición filogenética.
Una mejor resistencia
Además, “estos genes confirieron al Homo Sapiens una mayor aptitud física que a los homínidos hoy extintos, al proporcionales una mayor resistencia al envejecimiento, las lesiones y las enfermedades”, apuntan los autores. Con ayuda de datos genéticos, los investigadores pudieron estimar a partir de estos genes que la adaptabilidad y el bienestar de los Neandertales eran aproximadamente del 60 al 70% de los Sapiens, lo que significa que la diferencia de aptitud física entre ellos era grande.
Los hallazgos tienen amplias implicaciones para comprender qué permitió a los Sapiens desplazar a los Neandertales y otras especies en el pasado geológicamente reciente. Los autores lanzan como hipótesis que la creatividad puede haber proporcionado ventajas selectivas al Homo Sapiens más allá de sus ventajas puramente cognitivas.
“Vivir vidas más largas y saludables puede haber prolongado el período de aprendizaje juvenil y adolescente, que facilita y permite la acumulación de conocimiento. Esta es una característica notable de los humanos conductualmente modernos, y es un factor importante en el éxito económico y social”, destacan. La creatividad pudo haber alentado la cooperación entre individuos para promover el éxito de sus descendientes y su comunidad, permitiendo la innovación tecnológica, la flexibilidad de comportamiento y la disposición exploratoria necesarias para permitir que el Homo Sapiens se expandiera por todo el mundo con más éxito que otros linajes humanos.
En los cinco estudios publicados por estos investigadores en la misma revista de Nature se ha determinado y contrastado con múltiples fuentes de datos que el comportamiento humano no está solamente fijado ni determinado por nuestros genes, sino también por múltiples interacciones con el entorno. “Podemos aprender y adaptarnos según nuestra experiencia, incluso hasta el punto de modificar la expresión de nuestros genes. La creatividad humana, la prosocialidad y la longevidad saludable surgieron como respuesta a la necesidad de adaptarse a las duras y diversas condiciones que había entre hace 400.000 y 100.000 años”, destacan los científicos de la UGR.
Este trabajo es un ejemplo de cómo el uso de técnicas de IA y un tratamiento de los datos sin ningún tipo de sesgo puede ayudar a resolver incógnitas sobre la evolución del ser humano. Los resultados obtenidos abren la puerta al desarrollo de nuevas líneas de investigación para promover el bienestar humano, ayudándonos a adaptarnos creativamente a superar situaciones críticas.
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Trabajo de referencia | Zwir, C. Del-Val, M. Hintsanen, K.M. Cloninger, R. Romero-Zaliz, A. Mesa, J. Arnedo, R. Salas, G.F. Poblete, E. Raitoharju, O. Raitakari, L. Keltikangas-Järvinen, G. de Erausquin, I. Tattersall, T. Lehtimäki, C. R. Cloninger. Evolution of Genetic Networks for Human Creativity. Mol Psychiatry 2021, https://doi.org/10.1038/s41380-021-01097-y (in press).
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El paleontólogo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) Diego Pol participó del consorcio internacional que diseñó el método estadístico para inferir estas adaptaciones, publicada en la revista Nature.
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Ilustración: Davide Bonadonna
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A lo largo de la historia, diversos grupos de paleontólogos y paleontólogas hallaban restos de dinosaurios cerca de ríos y lagos, e inferían que, por ciertas características morfológicas, era posible que determinadas especies de dinosaurios hubiesen tenido hábitos acuáticos. Sin embargo, esa hipótesis nunca había podido ser corroborada de manera más o menos certera hasta ahora.
En un estudio publicado en Nature, del que participó el paleontólogo argentino Diego Pol, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) del Museo Paleontológico Egidio Feruglio, “se desarrolló un método que permite analizar a cientos de especies midiendo la densidad ósea de los huesos largos y de las costillas para inferir si un animal tuvo o no hábitos acuáticos. Los animales, cuando se sumergen, necesitan controlar su flotabilidad. Del mismo modo que los buzos se colocan un cinturón con peso llamado lastre para poder hundirse, el animal necesita incrementar la densidad de su esqueleto para facilitar el nado subacuático. Así, al medir ese dato, pudimos predecir este hábito en algunos dinosaurios con mucha certidumbre”, explica el científico.
Según se afirma en la publicación, se usa la densidad ósea como indicador confiable para inferir adaptaciones ecológicas, haciendo especial énfasis en los huesos del fémur y las costillas dorsales. Las y los palentólogos que participaron de este estudio estiman que este método estadístico tiene un 97 por ciento de efectividad.
“Hemos visto muchas veces el caso de animales terrestres que evolucionan en criaturas de hábitos acuáticos y un caso muy discutido era el de los dinosaurios. A pesar de que fueron muy diversos y vivieron por más de 150 millones de años, no se había determinado hasta ahora que algún grupo hubiese sido acuático, pero los Espinosaurios eran candidatos posibles. Tenían un gran hocico como el del cocodrilo y las proporciones de los miembros también eran parecidas”, asegura Pol.
En este sentido, los resultados de los análisis arrojaron que la densidad ósea de dos especies de la familia de Espinosaurios –spinosaurus y baryonyx– son muy similares a la de animales actuales de hábitos acuáticos como el caimán y el cocodrilo.
Para poner en contexto y destacar algunos de los cambios evolutivos que protagonizaron este grupo de dinosaurios, pero también una gran cantidad de seres vivos, el científico comenta que “hace unos 120 millones de años, durante el Cretácico Inferior, ocurrieron una serie de cambios climáticos y ambientales en los ecosistemas terrestres y hubo una evolución acelerada en muchos grupos. Lo observamos en dinosaurios carnívoros y herbívoros. En esta época aparecen características cómo el híper-gigantismo. Es la época en la que emergen las plantas con flor que van a revolucionar los sistemas. Por diversas razones hay una aceleración de la evolución en muchos grupos y surgen nuevas formas de vida y adaptaciones. El caso de los Espinosaurios es un ejemplo más de nuevos tipos ecológicos que aparecen en esta época”, afirma Pol.
Para este estudio, investigadores e investigadoras de todas partes del mundo han reunido datos de más de 200 especies de animales vivientes “y la idea es hacer crecer esta base de datos para obtener más información, también de animales extintos. En el caso de los Espinosaurios, que han vivido en África, Europa y América del Sur, la expectativa es seguir colectando restos para tener cada vez más información sobre la biología y la ecología de estos dinosaurios tan fantásticos”, concluye el científico.
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El rápido calentamiento global fue causado por las mega-erupciones del vulcanismo del Decán en la India. Este cambio climático cesó 100.000 años antes del límite Cretácico/Paleógeno, tiempo suficiente para que los ecosistemas se recuperaran antes de ser golpeados por el asteroide de Chicxulub.
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Los investigadores Vicente Gilabert, Ignacio Arenillas, José Antonio Arz, Daniel Ferrer (IUCA-Universidad de Zaragoza) y Stuart Alan Robinson (Universidad de Oxford) han identificado por primera vez en España (Caravaca, Murcia) evidencias del último gran episodio de calentamiento climático del periodo Cretácico: el Late Maastrichtian Warming Event (LMWE). Este calentamiento global de hasta 2-5ºC, junto con la acidificación de los océanos, han sido relacionados por los autores con intensas erupciones volcánicas que ocurrieron hace entre 66.3 y 66.1 millones de años en la India (los llamados Deccan Traps).
El trabajo ha sido publicado en la revista Cretaceous Research y forma parte de la tesis doctoral de Vicente Gilabert. Se aportan nuevos datos sobre cómo cambió el clima y la geoquímica de la superficie de los océanos a lo largo de los últimos 400.000 años del Cretácico, periodo geológico que concluyó con el evento de extinción en masa del límite Cretácico/Paleógeno.
Para reconstruir el clima y su influencia sobre el plancton marino, se analizó la evolución de los isótopos estables del carbono y del oxígeno,junto con los microfósiles del grupo de los foraminíferos planctónicos. Estos protozoos se caracterizan por tener rápidos cambios evolutivos, ser muy abundantes y reaccionar de manera marcada ante los cambios ambientales, lo que les convierte en excelentes herramientas tanto para datar rocas como para evaluar los cambios climáticos del pasado.
La expresión geoquímica del LMWE en Caravaca se traduce en una disminución importante de los valores del δ13C y del δ18O en las rocas, lo que se ha relacionado con una etapa de aguas más cálidas, como consecuencia de la acumulación en la atmósfera cretácica de gases invernadero como el CO2 y el metano exhalados por los volcanes. Otra consecuencia de esta importante actividad volcánica durante este periodo fue la producción de grandes cantidades de lluvia ácida, que aumentó el grado de disolución y fragmentación de las conchas carbonatadas de los foraminíferos acumuladas durante este evento en los sedimentos.
La respuesta biológica fue compleja, aunque significativamente no tuvo lugar la extinción de ninguna especie durante el LMWE. Esta respuesta incluye una sobreabundancia de especies de foraminíferos planctónicos generalistas, es decir, capaces de subsistir bajo condiciones ecológicas amplias y cambiantes. También abundan en Caravaca especies y géneros adaptados a condiciones de baja oxigenación de las aguas, lo que se ha interpretado como una respuesta al hecho bien conocido de que la solubilidad del oxígeno disminuye a medida que aumenta la temperatura del agua. Otra estrategia biológica importante ante el último calentamiento global del Cretácico fue el enanismo, es decir la anticipación de la madurez sexual para conseguir una reproducción más rápida. De este modo, algunas especies en Caravaca redujeron su tamaño hasta en un 35%, dentro del intervalo correspondiente al LMWE.
La coincidencia en el tiempo de este evento con el comienzo de la fase eruptiva principal del Decán ha permitido establecer una relación causa-efecto entre ambos. Sin embargo, aunque la influencia del vulcanismo del Decán en los océanos fue notable durante el LMWE, las asociaciones de foraminíferos planctónicos y los marcadores geoquímicos de Caravaca indican una muy rápida vuelta a las condiciones climáticas y paleoambientales previas al LMWE. Este trabajo confirma así que la principal causa de la extinción masiva del límite Cretácico/Paleógeno fueron las perturbaciones paleoambientales desencadenadas tras el impacto meteorítico de Chicxulub en la península del Yucatán (México), y que el impacto ecológico de la fase eruptiva principal de los Deccan Traps fue mucho menor de lo estimado con anterioridad por otros autores.
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El hallazgo tuvo lugar en la Patagonia chilena y fue protagonizado por paleontólogos del CONICET y colegas del país transandino.
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Escultura de la reconstrucción en vida de 'Orretherium tzen' realizada por Marcelo Miñana/Fundación Azara.
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El hallazgo de restos fósiles de mamíferos la Era Mesozoica –lapso comenzado hace unos 250 millones de años (Ma) y culminado hace alrededor de 65 Ma–, también conocida como la “Era de los Dinosaurios”, no es algo que ocurra de forma frecuente. Si bien los primeros mamíferos aparecieron hace unos 180 Ma, durante la primera mitad del Mesozoico, sólo después de después de la extinción de los grandes reptiles, este grupo de animales pudo conquistar los más variados ecosistemas.
De esta forma, mientras se conocen restos dinosaurios de América del Sur desde fines del siglo XIX, los primeros fósiles de mamíferos de la era Mesozoica descubiertos en la región fueron encontrados a inicios de la década de 1980 en la Patagonia Argentina. Generalmente, los mamíferos de 'Era de los Dinosaurios' fueron de pequeño tamaño, menores a una zarigüeya y, por lo tanto, sus restos desperdigados pasan desapercibidos en los grandes afloramientos rocosos, en los que resulta más frecuente encontrar fósiles de dinosaurios o cocodrilos.
Del lado chileno de la cordillera de los Andes, la historia del descubrimiento de mamíferos de la Era Mesozoica es todavía mucho más reciente. Recién en 2020, se dio a conocer –a partir del descubrimiento de tres dientes molares y un diente incisivo– una especie bautizada como Magallanodon baikashkenke, un animal del Cretácico superior (período que se extiende desde hace unos 100 Ma hasta hace aproximadamente 66 Ma) de aspecto similar a un coipo y con dientes adaptados para la ingestión de vegetales duros.
Aquel descubrimiento, protagonizado por investigadores del CONICET y colegas chilenos, motivó que el grupo intensificara los trabajos de campo en las rocas las rocas cretácicas de la Formación Dorotea (Cuenca Magallanes) y encontraran nuevos y más completos restos de mamíferos. Uno de fósiles hallados –bautizado con el nombre de Orretherium tzen– fue recientemente publicado en la revista Scientific Reports.
Los restos encontrados de Orretherium tzen consisten en una mandíbula con cinco dientes y un diente molar del maxilar y, de acuerdo con dataciones radiométricas realizadas en el área del descubrimiento, tienen una antigüedad aproximada de entre 74 y 72 Ma.
“Contar con un material tan bien preservado de un mamífero del Periodo Cretácico es un privilegio y es fundamental para conocer mejor no solo a esta nueva especie mesozoica, sino también extrapolar su información para otros mamíferos encontrados en Argentina y en el resto de lo que fue el supercontinente Gondwana”, afirma Agustín Martinelli, investigador del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”” (MACNBR, CONICET) y primer autor del trabajo.
Orretherium posee una dentadura más simple que la de los marsupiales y placentarios (dos de los grandes grupos de mamíferos que existen en la actualidad, junto con los monotremas), y se lo clasifica como un mamífero meridioléstido de la familia Mesungulatidae. Está próximamente emparentado con Mesungulatum y Coloniatherium, géneros del Cretácico Superior encontrados en rocas de Río Negro y Chubut, respectivamente, y con Peligrotherium, género del período Paleoceno (el primero de la Era Cenozoica) descubierto en Chubut.
Hasta el momento, las especies del Cretácico de este grupo de mamíferos están representadas sólo por dientes aislados y/o mandíbulas que durante el proceso de fosilización perdieron la mayoría de sus dientes. Dentro de este panorama, el descubrimiento de Orretherium es de suma importancia porque la mandíbula preservada, de menos tres centímetros de largo, posee los cinco dientes en posición, lo que permite conocer la variación de la morfología dental en esta especie y ayuda a clasificar dientes que se encuentran aislados.
“A pesar de que los mesungulátidos fueron un grupo muy diversificado para el final de la Era Mesozoica aun necesitamos indagar más sobre sus relaciones de parentesco, su morfología y su rol paleoecológico dentro de los ecosistemas del Cretácico, que han sido extremadamente variados en su composición faunística y florística”, asegura Martinelli.
Durante fines de la Era Mesozoica los ecosistemas terrestres eran notoriamente diferentes a los actuales y los fósiles que se encuentran en rocas Cretácicas de la región de Magallanes develan una historia fascinante del momento anterior a la gran extinción de los grandes dinosaurios y otros reptiles, ocurrida hace unos 65 millones de años.
“Los fósiles encontrados en Chile son sumamente importantes para entender el rompecabezas de la historia evolutivas de los mamíferos durante la Era de los dinosaurios”, concluye Martinelli.
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Trabajo de referencia | Martinelli, A.G., Soto-Acuña, S., Goin, F.J. et al. New cladotherian mammal from southern Chile and the evolution of mesungulatid meridiolestidans at the dusk of the Mesozoic era. Sci Rep 11, 7594 (2021). https://doi.org/10.1038/s41598-021-87245-4
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El trabajo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) reconstruye en 3D el tórax del niño de Turkana, el esqueleto de H. erectus más completo, datado en 1,5 millones de años.
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Comparativa de las cajas torácicas de un ser humano moderno, un erectus y un neandertal / Markus Bastir
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Un estudio dirigido por investigadores españoles ha revelado que el Homo erectus, el primer ancestro humano que se extendió por el Viejo Mundo, desde África hasta el sureste asiático, y al que hasta ahora se consideraba esbelto y estilizado, en realidad era compacto, achaparrado y robusto.
Así lo revela un trabajo de paleoantropólogos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH), que han reconstruido en 3D la forma de la caja torácica del ejemplar de Homo erectus conocido como el niño de Turkana, un esqueleto juvenil de 1,5 millones de años hallado en Kenia en 1984.
El estudio, co-liderado por Markus Bastir, del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), y Daniel García Martínez, de CENIEH, se publica en la revista Nature Ecology and Evolution.
“Sorprendentemente, el niño de Turkana tenía un tórax más profundo, más ancho y más corto que el de los humanos modernos”, indica el investigador Markus Bastir. “Esto sugiere que el H. erectus tenía una construcción corporal más robusta de lo que se suponía, ya que hasta ahora se contemplaba la forma corporal de esta especie como esbelta o estilizada, lo que se asociaba con su habilidad para recorrer largas distancias”, añade.
“Por lo tanto, parece que la forma esbelta del cuerpo humano moderno, con un tórax y una pelvis estrecha, evolucionó más recientemente de lo que se pensaba. En lugar de aparecer tan tempranamente como la aparición del H. erectus, hace unos dos millones de años, habría aparecido con nuestra especie, H. sapiens”, explica García Martínez.
Una gran capacidad pulmonar
Los estudios sobre cómo este individuo H. erectus caminaba y corría se han limitado en gran medida a las piernas y la pelvis. Sin embargo, para la carrera de resistencia, sus capacidades respiratorias también habrían sido relevantes. “Hasta ahora, este aspecto no se había investigado en detalle, ya que evaluar el movimiento del tórax y la capacidad respiratoria en base a fósiles de costillas y vértebras fragmentados es difícil con los métodos convencionales”, explica Bastir. “Ahora, gracias a la introducción de técnicas de imagen virtual y de reconstrucción cada vez más sofisticadas, este estudio finalmente ha sido posible”, añade.
“En esta investigación, se ha podido reconstruir la caja torácica virtual en 3D del joven de Turkana, y se ha podido predecir su forma torácica adulta”, detalla García Martínez. “Además, la forma de su caja torácica se comparó con la de los humanos modernos y la de un individuo neandertal, para investigar el movimiento de su respiración mediante la animación virtual”, indica el investigador del CENIEH.
En este estudio también se aborda el hecho de que la forma de nuestro cuerpo moderno puede estar vinculada con una cinemática respiratoria optimizada para correr largas distancia, así como para otras actividades de resistencia. “El H. erectus tal vez no era el corredor delgado y atlético de larga distancia que imaginamos”, apunta Bastir. “De hecho, esto es coherente con algunas estimaciones de peso corporal del H. erectus, que proponen que esta especie era más pesada de lo que se creía. Este ancestro icónico probablemente se parecía un poco menos a nosotros de lo que lo retratamos a lo largo de los años”.
Una forma corporal adaptada al medio
La evolución de la forma corporal humana refleja el modo en el que los ancestros del ser humano se adaptaron al medio ambiente en el que vivían. Los humanos modernos, H. sapiens, tienen un cuerpo relativamente alto y esbelto que contrasta con la forma corporal de los neandertales, más bajos y achaparrados.
Los científicos han supuesto tradicionalmente que la forma corporal moderna se originó con los primeros representantes de H. erectus en el contexto de unos cambios climáticos relacionados con la recesión del bosque tropical africano, cerca de hace dos millones de años.
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Fósiles individuales de costillas y vértebras del niño Turkanar Reconstrucción virtual de la caja torácica. Fred Spoor | |
Los cuerpos modernos, altos y esbeltos, podrían ser evolutivamente ventajosos en el clima seco de sabana en el que África oriental comenzaba a convertirse. Esto es debido a que este cuerpo esbelto habría ayudado a evitar el sobrecalentamiento corporal, a la vez que habría servido para correr largas distancias sobre terreno abierto.
Según esta concepción, los fósiles atribuidos a H. erectus apuntaban hasta ahora a que esta especie ya tenía unas piernas más largas y unos brazos más cortos que sus antepasados Australopithecus, los cuales tenían una marcha bípeda bastante eficiente, pero que también poseían la habilidad de trepar a los árboles.
Algunas características de la modernidad que se observa actualmente en la especie humana, se podían ver en el H. erectus juvenil de 1.5 millones de años de Turkana (Kenia), que es el fósil de H. erectus más completo hallado hasta la fecha. Ahora, este nuevo estudio matiza esta concepción, al mostrar que los Homo erectus tenían un cuerpo más compacto y robusto de lo que se había pensado.
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Trabajo de referencia | Bastir et al. Rib cage anatomy in Homo erectus suggests a recent evolutionary origin of modern human body shape. Nature Ecology and Evolution. DOI: 10.1038/s41559-020-1240-4
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¿Qué provocó la desaparición del Homo neanderthalensis, una especie que, aparentemente, tenía tantas capacidades como Homo sapiens? Hay varias teorías que tratan de explicarlo: el clima, la competencia con Homo sapiens, la baja diversidad genética… Un estudio analiza la primera vértebra cervical de varios neandertales y confirma que la diversidad genética de la población era baja, lo que dificultó su capacidad de adaptación a posibles cambios del entorno y, por tanto, su supervivencia.
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Image by enriquelopezgarre from Pixabay
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En el estudio ha participado el profesor Juan Alberto Sanchis Gimeno, del Departamento de Anatomía y Embriología Humana de la Facultat de Medicina i Odontologia de la Universitat de València; el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), y el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH). Se han analizado tres vértebras del yacimiento de Krapina (Croacia) y revisado el material de otros yacimientos.
Los neandertales habitaron el continente europeo hasta hace apenas 30.000 años y su desaparición continúa siendo un misterio. Para conocer su diversidad genética se ha trabajado descifrando su genoma, pero también analizando diferentes caracteres anatómicos del registro fósil de la especie. “En este estudio nos hemos centrado en las variantes anatómicas de la primera vértebra cervical, conocida como atlas. Las variantes anatómicas de esta vértebra tienen una alta relación con la diversidad genética: cuanto mayor es la prevalencia de este tipo de variantes anatómicas, menor es la diversidad genética poblacional”, explica el investigador del MNCN, Carlos A. Palancar.
En Homo sapiens las variantes anatómicas del atlas han sido ampliamente estudiadas en los últimos años. En el caso de los humanos modernos, el atlas muestra alguna de las distintas variantes anatómicas en casi el 30% de los casos. “Sin embargo, probablemente debido a la mala preservación que tiene esta vértebra cervical y el poco material recuperado en el registro fósil, los atlas de neandertales apenas se han observado bajo esta lupa”, aclara el investigador de la Universidad de Valencia Juan Alberto Sanchis Gimeno.
Recientemente, investigadores del Grupo de Paleonantropología del MNCN determinaron la presencia de diferentes variantes anatómicas en los atlas de los neandertales del yacimiento de El Sidrón (Asturias). Con el objetivo de confirmar la alta prevalencia de las variantes anatómicas de esta especie analizaron exhaustivamente los atlas fósiles de los neandertales del yacimiento de Krapina (Croacia). “Krapina es un yacimiento de alrededor de 130.000 años de antigüedad, frente a los cerca de 50.000 que tiene El Sidrón. Es el yacimiento del que se ha recuperado un mayor número de restos neandertales, lo que lo convierte en una muestra de especial interés en el análisis de la diversidad genética de esta especie ya que potencialmente todos los individuos pertenecían a una misma población”, apunta Daniel García-Martínez, investigador del CENIEH.
El estudio de la anatomía de los tres atlas recuperados en este yacimiento ha revelado la presencia de variantes anatómicas en dos de ellos (66%). Una de ellas, conocida como Unclosed Transverse Foramen, UTF, tiene una prevalencia de tan sólo un 10% en humanos modernos. “Comprobar la presencia de estas variantes anatómicas en Krapina, junto con la revisión de otros atlas presentados a la comunidad científica que hasta ahora no se han analizado bajo esta perspectiva y que arroja datos similares (más del 50%), sugieren que la cantidad de variantes en los neandertales es significativamente mayor que la de humanos actuales”, afirma Palancar.
“Estos datos apoyan la teoría de que su diversidad genética era muy baja y confirma que esta pudo ser una de las causas de su desaparición”, concluye el investigador del MNCN Markus Bastir.
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La respuesta a esta pregunta ha intrigado a los paleoantropólogos desde hace décadas. Pero gracias a la reconstrucción de las capacidades auditivas de fósiles neandertales, los científicos tienen ahora la prueba de que los humanos modernos no hemos sido los únicos en poder hablar.
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María Martinón-Torres, Agencia SINC | La danza del tigre es una novela prehistórica en la que el paleontólogo finlandés, Björn Kurtén, desarrolla una trama de intriga centrada en la interacción de Homo sapiens y Homo neanderthalensis. Los neandertales son descritos como “los blancos” por su piel clara, optimizada para absorber la radiación ultravioleta, tan escasa en las latitudes del norte en las que llevan viviendo cientos de miles de años.
Los humanos modernos, por el contrario, son retratados como “los negros”, por su origen africano y su piel oscura y, según Kurtén, son percibidos por los neandertales como “altos y elocuentes, con un discurso tan variado y flexible como el de los pájaros”.
Los neandertales sienten fascinación por el habla humana, exquisita y prolija en sonidos articulados que asemejan trinos y gorgoreos. Durante mucho tiempo no nos ha quedado más remedio que acudir a la ficción para poder indagar en cuestiones tan interesantes como el tipo de interacción que tuvieron neandertales y humanos modernos o, precisamente, la más emblemática y también esquiva de las grandes preguntas de la evolución humana: ¿Somos la única especie que puede hablar?
La ciencia ha venido a rescatarnos, y el estudio liderado por Mercedes Conde Valverde, de la Cátedra de Otoacústica Evolutiva y Paleoantropología de HM Hospitales y la Universidad de Alcalá, sacia nuestra curiosidad con evidencia paleontológica. La pregunta no era sencilla de responder, pues los órganos implicados en la fonación –la laringe, las cuerdas vocales, la lengua o la glotis– no fosilizan.
Sin embargo, los investigadores se han aproximado al estudio del lenguaje a través de la reconstrucción de las capacidades auditivas de una amplia muestra de fósiles neandertales y de sus antecesores de la Sima de los Huesos de Atapuerca (Burgos).
Una prueba rigurosa y creativa
Mediante tomografía axial computarizada, una técnica de imagen de gran resolución, los paleoantropólogos han reconstruido las cavidades del oído externo y medio de estos fósiles y, aplicando un modelo biofísico del campo de la ingeniería de las telecomunicaciones, concluyen que los neandertales oían exactamente en el mismo rango de frecuencias que los humanos modernos.
Estas capacidades auditivas están estrechamente relacionadas con la producción del lenguaje, pues las especies están por lo general adaptadas para oír mejor precisamente las frecuencias que son capaces de producir y en las que se comunican. El ancho de banda de los neandertales es igual de amplio que el de los humanos modernos, y mucho más que el de los chimpancés, cuya comunicación se basa en un repertorio de sonidos mucho más pobre.
Cabe así inferir que los neandertales, como los humanos modernos, tenían la capacidad de oír y producir un lenguaje complejo, rico en consonantes y quién sabe si “variado y flexible como el de los pájaros” que imaginaba Kurtén.
Este estudio combina a partes iguales rigor y creatividad, pues los investigadores han encontrado una forma original y novedosa de, literalmente, hacer hablar a los muertos. Mercedes Conde y sus colegas han aportado evidencia científica en favor de una hipótesis que la mayoría de los científicos estábamos dispuestos a aceptar.
Es difícil concebir que una especie inteligente, con un cerebro tan grande o más que el de los humanos modernos, con un comportamiento complejo que incluye la capacidad de ornamentación personal, la disposición para el arte, la destreza en la caza de presas grandes y pequeñas, un historial extraordinario de supervivencia en las circunstancias climáticas más adversas, y la cabeza —y el corazón— para el comportamiento compasivo y las prácticas funerarias, no dispusiera de un sistema de comunicación complejo.
Y que fuera un sistema lo suficientemente rico para compartir con el prójimo los matices necesarios que cubren el amplísimo espectro de estados emocionales —alegría, preocupación, celos, miedo, duda, simpatía, ansiedad, envidia, soledad, compasión, duelo, amor, ilusión— que implica vivir.
Entre el recetario universal de consejos, todos conocemos el manido “Piensa antes de hablar”. Hoy lo podemos ratificar. Los neandertales hicieron las dos cosas: pensar y hablar. Esperemos que en ese orden.
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María Martinón-Torres es directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH).
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El CENIEH lidera un estudio, portada de la revista científica 'Nature', sobre la tumba de un niño de hace 78.000 años que fue encontrado en Kenia.
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Interpretación artística del entierro de Mtoto./Fernando Fueyo.
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Un estudio internacional liderado por el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos muestra el enterramiento humano más antiguo que se ha encontrado de África. El trabajo, publicado en la revista científica Nature, documenta los restos de un niño de 2,5 a 3 años, que tienen una antigüedad de más de 78.000 años y se encontraron en una posición flexionada, deliberadamente enterrados en una tumba poco profunda en la boca de la cueva de Panga ya Saidi (Kenia). Este hallazgo se une a la creciente evidencia de comportamientos sociales complejos del Homo sapiens desde épocas muy tempranas.
“Las prácticas funerarias son la evidencia de que el ser humano vive en el mundo físico y en el mundo simbólico”, explica a DiCYT la directora del CENIEH, María Martinón-Torres, primera firmante del estudio. Sin embargo, a pesar de que África fue la cuna del ser humano moderno, se sabe muy poco sobre el origen y desarrollo de las prácticas mortuorias en este continente. En cambio, los entierros de neandertales y humanos modernos en Eurasia se remontan a 120.000 años e incluyen adultos y una alta proporción de niños y jóvenes.
“La idea de que ambas especies se relacionaban con los muertos ya es aceptada de manera amplia por la comunidad científica y la sociedad en general”, comenta la investigadora. “Hace 100.000 años humanos modernos y neandertales ya enterraban a los suyos, pero nos faltaban evidencias sólidas en el continente africano. Lo que todavía no está claro es el motivo de esa diferencia cronológica entre los enterramientos africanos y euroasiáticos”, reconoce. Podría deberse a diferencias en las prácticas mortuorias, de manera que no han podido identificarse, o la falta de trabajo de campo en gran parte del continente africano.
Panga ya Saidi ha sido un sitio importante para la investigación de los orígenes humanos desde que comenzaron las excavaciones en 2010 por parte de arqueólogos del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana (Alemania) y los Museos Nacionales de Kenia. Los huesos del niño, al que los investigadores han llamado Mtoto (“niño en suajili) se encontraron por primera vez durante las excavaciones en Panga ya Saidi en 2013, pero hasta 2017 no se completaron los trabajos en la pequeña fosa que contenía sus restos. Al ser demasiado delicados para estudiarlos donde fueron hallados, se trasladaron a Nairobi y después al CENIEH para proceder a un análisis especializado.
El trabajo del CENIEH
Por eso, “lideramos un estudio que ha sido publicado en la revista Nature, la más importante en nuestro ámbito y, además, ha sido escogido como portada de ese número”, destaca Martinón-Torres. En este estudio, el CENIEH ha sido responsable de la excavación tanto manual como virtual del bloque de sedimento que contenía los huesos como del estudio del fósil humano. “Abarcó desde la identificación de la especie y la edad del niño, a la reconstrucción forense con la que se ratifica que se trata de un enterramiento. Han participado los laboratorio de Conservación y Restauración, el de Microtomografía, el de Cartografía y Reconstrucción 3D y el Grupo de Antropología Dental”, comenta la directora del CENIEH.
La datación por luminiscencia ubica a Mtoto en un momento preciso: hace 78.300 años. Este método, basado en una propiedad de ciertos minerales que acumulan cargas eléctricas en su estructura, permite fechar el último evento en el que el material haya estado expuesto a la luz solar.
Además, el CENIEH se ocupó de la excavación manual y virtual del bloque de sedimento que contenía los delicados huesos, con la ayuda de técnicas de imagen, así como el análisis de la composición del sedimento o el estudio microscópico de los huesos. Los resultados son coherentes con que el cuerpo del niño “hubiera sido enterrado deliberadamente, muy poco después de su muerte, en un espacio excavado para ello y en una posición cuidada, recostado flexionado, casi como en el lecho”, destaca Martinón-Torres. Asimismo, “el análisis de la secuencia de desarticulación, en este caso mínima y limitada a la articulación del cuello y el hombro, es característica de los enterramientos en los que la parte superior del cuerpo se ha envuelto en un sudario y se ha utilizado algún soporte, tipo almohada, para la cabeza”, destaca la directora del CENIEH.
Por otra parte, también es relevante que los restos humanos fueron encontrados en niveles arqueológicos con herramientas de piedra pertenecientes a la Edad de Piedra Media africana, un tipo distinto de tecnología que se ha argumentado que está vinculado a más de una especie de homínido. Esa asociación demuestra que el Homo sapiens era, sin duda, un fabricante de estos utensilios.
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Los restos de una joven de 9.000 años de antigüedad, enterrada con herramientas de caza mayor en Perú, contradice la hipótesis de que la caza prehistórica era dominio exclusivo de los hombres.
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Reconstrucción artística de la caza de vicuñas en Wilamaya Patjxa (Perú). Matthew Verdolivo (Univ. de California en Davis)
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Un equipo de investigadores, liderados por la Universidad de California en Davis (EE UU) y el Instituto de Investigaciones Arqueológicas Collasuyo (Perú), en colaboración con la población local, descubrió los restos de dos cazadores prehistóricos en un yacimiento del Holoceno temprano en las tierras altas de Perú.
Los análisis de la estructura ósea y los péptidos dentales identificaron que se trataba de una cazadora de entre 17 y 19 años y un hombre de entre 25 y 30 años. Los restos de la joven se dataron en unos 9.000 años de antigüedad y aparecía enterrada con un juego de herramientas de caza mayor en el yacimiento Wilamaya Patjxa en Perú.
Según el análisis de 27 individuos en diferentes yacimientos asociados con herramientas de caza mayor, los científicos concluyeron que entre el 30% y el 50% de estos cazadores durante el Pleistoceno tardío y el Holoceno temprano en América pudieron haber sido mujeres. Este estudio sugiere, por tanto, que el esfuerzo fue más neutral en cuanto al género de lo que se suponía anteriormente.
“Entre los cazadores recolectores históricos y contemporáneos, casi siempre ocurre que los hombres son los cazadores y las mujeres las recolectoras. Debido a esto, y probablemente a suposiciones sexistas sobre la división del trabajo en la sociedad occidental, los hallazgos arqueológicos de mujeres con herramientas de caza simplemente no se ajustaban a las cosmovisiones predominantes. Se necesitó un caso sólido para ayudarnos a reconocer que el patrón arqueológico indicaba un comportamiento real de caza de mujeres”, apunta Randall Haas, autor principal del trabajo.
La sepultura de la joven consta de una amplia gama de herramientas de caza y procesamiento de animales, que dan un apoyo robusto a su condición de cazadora. Estos restos incluyen puntas de proyectil de piedra para animales grandes, un cuchillo, material para extraer órganos internos y herramientas para raspar.
Revisión de 107 yacimientos más
Para determinar si esta cazadora era una anomalía o una de muchas en su época, los investigadores llevaron a cabo una revisión de 429 individuos del Pleistoceno tardío y el Holoceno temprano enterrados en 107 yacimientos. Los científicos hallaron que 16 de los individuos enterrados con caza mayor eran hombres y 11 mujeres.
Los investigadores contrastaron estos datos con modelos de división sexual del trabajo, que oscilaban entre el 0 % y el 100 % de participación femenina en la caza. Así, pudieron determinar que es muy improbable que las mujeres estén en una proporción tan grande en los entierros de los cazadores si no es porque las primeras mujeres participaron ampliamente en la caza.
“Nuestros hallazgos me han hecho reflexionar sobre la estructura organizativa más básica de los antiguos grupos de cazadores recolectores y, en general, sobre grupos humanos”, concluye Haas.
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Trabajo de referencia | Randall Haas et al. “Female hunters of the early Americas” Science Advances
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